CAPITULO II – MARCO TEÓRICO
II. 2. ENFOQUES TEÓRICOS DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES
La reflexión teórica sobre la acción colectiva ha sido el objeto de estudio de la sociología desde sus inicios y el desarrollo de diversos enfoques para el estudio de este fenómeno ha sido heterogéneo. Para los clásicos Durkheim (1985) y Weber (1944), la acción colectiva era considerada como modalidades de la acción y de la transformación social. Durkheim, se refiere a la acción colectiva como “estados de gran densidad moral”, de momentos de gran entusiasmo colectivo, en los cuales el individuo se identifica con la sociedad, y se eleva a un nivel superior de vida adhiriendo a ideas generales. Por su parte Weber, señala la importancia de distinguir entre la conducta reactiva y la acción social. Para el intelectual alemán, en la conducta reactiva existe un comportamiento no pensado, mientras que en la acción social existen procesos reflexivos, entre el origen del estímulo y la respuesta a esos estímulos. Dado que la acción social se desarrolla, al interior de una estructura social que está regulada por un sistema nacional de normas, cuando prevalece el impulso emocional, se produce la identificación afectiva con la acción y la ruptura de esas reglas cotidianas (Melucci, 1999)
Cuando a partir del siglo XIX, el auge del movimiento obrero se vuelve amenazante para el orden burgués, intelectuales como Le Bon (2000), o Tarde (2011), proponen una mirada irracional de la acción colectiva. Le Bon, por
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ejemplo, sostenía que el orden social conocido hasta el momento, basado en normas, y leyes, construido por una aristocracia intelectual, sería destruido, por la irrupción de las masas compuesta por individuos diferentes entre sí, en cuanto a inteligencia, estilo de vida o tipo de trabajo que adquieren una especie de alma colectiva que inhibe la individualidad, razón por la cual, cuando se asocian, piensan y actúan diferente a como lo haría cada uno de ellos en forma separada, porque estarían operando sobre ellos un fenómeno de sugestión colectiva. Para Le Bon, el hecho de que estos individuos no puedan acceder a determinados bienes materiales, o culturales, es el motivo que los impulsa a asociarse, para inaugurar una nueva era, que sería similar al comunismo primitivo característico de los primeros grupos humanos. De allí, la preocupación que causó en algunos intelectuales la presencia de los movimientos sociales.
A partir de 1950, la base de la teorización acerca de la acción colectiva, está dada por la influencia que ejerció en los investigadores, el desarrollo de los movimientos bolcheviques y fascista, en las décadas de 1920 y 1930, y por las experiencias posteriores de guerra y destrucción. Es por eso, que en la reflexión de los investigadores, que intentan explicar el por qué de la conducta colectiva, primara la noción de que estos movimientos sociales, son formas de comportamiento no institucionalizadas, potencialmente peligrosas, que se producen, como resultado de reacciones irracionales, derivadas de una situación de anomia. Talcon Parsons (1968) y su colaborador Smelser (1989), consideraban, que el surgimiento de las conductas colectivas no institucionalizadas, estaba en función de las tensiones originadas en el desarrollo desigual de los subsistemas que constituyen un sistema social. Desde esta
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perspectiva, los cambios sociales (industrialización, secularización, cambios culturales), ocurrían a espaldas de los individuos, pero como estos cambios los afectaba directamente, se sentían obligados a actuar. En este contexto, consideran que el comportamiento colectivo no institucional, ocurre cuando la acción social estructural está bajo tensión, y los medios institucionalizados resultan inadecuados para dominar esa tensión (Smlser, 1989).
En este mismo período, y desde la Escuela de Chicago, Herber Blumer (1951) desarrolla un primer enfoque de interaccionismo simbólico, para el estudio de los movimientos sociales. Esta perspectiva, orientada a la investigación de la conducta individual, entiende que la acción colectiva, es fruto de un importante proceso de interpretación de las relaciones humanas por parte de los actores, lo que lleva a la creación de nuevas normas, a procesos de autorregulación, así como también, a procesos espontáneos de aprendizaje social e innovación, que se contrapone a la idea de conducta desviada de los movimientos. Es la creatividad social presente en dichas formas innovadoras de “interacción simbólica”, lo que llevaría a romper con las rutinas del comportamiento institucionalizado convencional; de esta manera, nuevas formas emergerían con la dinámica propia del comportamiento colectivo.
Ambas perspectivas teóricas, el estructural-funcionalismo, y el interaccionismo simbólico, fueron consideradas como pertenecientes al enfoque del comportamiento colectivo, y prevalecieron en el estudio de los movimientos sociales hasta finales de los años 60’, estableciéndose una “especie de división del trabajo” entre ambas: La primera, se ocupó de analizar los aspectos
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macrosociológicos de la acción colectica, y la segunda, se dedicó al estudio microsociológico de la misma.
A partir de los años 60’ y 70’ del siglo XX, la proliferación de las protestas sociales en Europa y EEUU, obligó a una nueva reflexión. El marco conceptual desarrollado para explicar la acción contestataria de los estudiantes en esos años, sostiene que la motivación para la acción colectiva, se basa en sujetos motivados por intereses estrictamente racionales y personales. Uno de los autores que más ha contribuido a esta postura fue Mancur Olson (1965), quien elaboró un influyente modelo, según el cual los individuos solo participarán en acciones colectivas, cuando los costos de su acción no superen los beneficios de participar en la acción colectiva. Sin embargo, este modelo que explica porque la mayoría de las personas no participan en grupos que representan sus intereses, pierde efectividad cuando se trata de explicar porque una pequeña minoría si lo hace. Al respecto, señalan Dalton/Küchler que
….los intentos de reinterpretar estos movimientos como agentes de un bien propio no son creíbles. Las protestas de los MS raramente generan ganancias personales: pocos ecologistas o pacifistas pueden identificar los beneficios privados que cosecharán con sus esfuerzos, aunque los costos son fácilmente reconocibles. Además la investigación empírica muestra que los objetivos ideológicos y colectivos pesan más que los cálculos egoístas para mover a los individuos a que participen en grupos ambientalistas, protestas antinucleares y otras formas de acción colectiva ( 1990: 8).
En ese mismo sentido, Tarrow (1994), señala que cuando las personas participan en un movimiento, lo hacen por diversas razones que van, desde la pretensión de obtener ventajas personales, hasta la solidaridad del grupo, el
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compromiso con una causa, o el deseo de formar parte de un colectivo, lo que implica que los movimientos “exploten recursos no exclusivamente pecuniarios para implicar a la gente en la acción colectiva” (1994:45)
A partir de este momento histórico, el debate sobre la acción colectiva desplegada en los Movimientos sociales va a ser analizada por dos líneas: la europea y la norteamericana y ambas escuelas asegura De Piero (2005) van a destacar “la articulación colectiva y racional de distintos intereses por parte de la sociedad civil, en contraposición a los movimientos de masas que caracterizaron a la democracia moderna”(2005:65)