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La enseñanza de las teorías literarias como espacio dialógico

TEORÍAS LITERARIAS Y PRÁCTICAS CRÍTICAS DE FIN DE MILENIO

1. La enseñanza de las teorías literarias como espacio dialógico

Situaré la propuesta en los marcos epistemológicos del pensamiento semiótico de Charles Sanders Peirce, no en lo relativo a la metodología implementada por sus seguidores sino en cuanto a su concepción del signo triádico que, ideado como interacción entre representamen, objeto e interpretante,permite pensar la constante reinvención de las posibilidades de acercamiento a una materia, la literaria, que en dicha relación semiótica se concibe como dinámica, esto es, inagotable en su abordaje y sólo aprehensible como objeto inmediato. En concordancia, la cadena de

interpretantes que se conformó en el discurrir histórico de las teorías del siglo XX generó representaciones del objeto de estudio que se circunscribieron a un recorte espacial, y de esta forma se muestra cuán alejadas de la realidad están las pretensiones de que sus efectos de lectura y circulación se inmovilicen. Es decir, lo que destaco del discurso teórico de Peirce tiene que ver con la infinitud operacional según la cual pensó la semiosis social.

De este modo, si queremos describir el estado actual de la enseñanza de las teorías literarias en las universidades argentinas no podemos dejar de lado los avatares, a través del tiempo, del ‘signo’ literario en su dimensión triádica; pero también debemos tener en cuenta para el análisis lo que sucedió en nuestro país durante las graves interrupciones del orden institucional en las décadas del sesenta y del setenta; seguidas por una etapa de efímera efervescencia en los ochenta, y el

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triunfo, para algunos definitivo, de la economía neoliberal en los noventa. De qué modo la intelectualidad argentina se apegó a los modelos teóricos franceses o que eran filtrados por la meca de la cultura europea, París, como es el caso de Mijail Bajtin, Iuri Lotman, a través de los migrantes búlgaros Tzvetan Todorov y Julia Kristeva; qué sucedió cuando las fuerzas armadas irrumpieron en las universidades argentinas y quebraron una comunidad de investigación que fue modélica para el resto de América Latina, interrumpiendo procesos como el propio de la Universidad Nacional de Salta -creada con objetivos de integración regional y transregional-, y cómo se trataron de reconstruir lazos solidarios en el breve interregno de los ochenta para luego asistir al estallido del individualismo feroz promovido y sostenido por las políticas educativas dictadas por el fondo monetario internacional en los noventa. De algún modo, este proyecto que nos convoca intenta paliar, finalizando la primera década del siglo XXI, el aislamiento entre universidades del NOA y la ausencia de políticas de integración regional; intemperie a la que fuimos arrojados por obra del neoliberalismo, sostenido, sin duda, por las agencias locales de reproducción.

Voy a tomar como referencia -en las páginas que siguen- un trabajo de Analía Gerbaudo presentado en ocasión del último Jalla Brasil, en agosto del año en curso. Ella repasa la situación de las Universidades de La Pampa, Misiones, la Patagonia Austral, Tucumán y Córdoba, en lo relativo a la construcción del canon literario y teórico-crítico, para mostrar, entre otras cuestiones, cómo se las ingeniaron las universidades alejadas del “ombliguismo” de la UBA para elaborar posiciones teóricas. Apelaron a conceptos provistos por pensadores que podríamos llamar “locales”, si dimensionamos la dependencia de referentes europeos dominantes en las décadas de los sesenta y setenta, según vimos.

Sabemos que el campo académico es una arena de lucha discursiva, y luego de la noche de la dictadura más sangrienta que padecimos los argentinos, los que nos quedamos en el país saludamos con fervor el reingreso a la academia (entre otros) de un nombre como el de Ángel Rama80 que introdujo conceptos tan productivos como los de “ciudad letrada” (1984) y “transculturación narrativa”. Paso a paso irrumpieron pensadores latinoamericanos radicados en y fuera de sus países de origen, como Raúl Bueno, Antonio Candido, Antonio Cornejo Polar y Beatriz Pastor. Entre los nacionales, Gerbaudo menciona a Beatriz Sarlo y María Teresa Gramuglio, quienes en los ochenta instituyeron en el sistema literario rioplatense un canon literario en el que se impuso el nombre del escritor Juan José Saer; para caracterizar su literatura se apeló a una categoría que marcó escuela, la de “regionalismo no regionalista”.

Gerbaudo nombra también a Renato Ortiz, entre otros cuyos libros ingresaron en connivencia con los estudios culturales, a nuestro juicio un interpretante del

80

Llegué a Salta en 1978 y en los programas de literatura de la Universidad pública se excluía a Rama, volvió a mencionarse con la democracia del ‘84. También recuerdo los Congresos

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agotamiento de los estudios textualistas, representado en la pérdida de especificidad del objeto literatura. Pero es necesario aclarar este punto. La afirmación de Marc Angenot acerca de que los estudios literarios en el siglo XX han desarrollado múltiples teorías y métodos pero se quedaron sin objeto, hoy podemos relativizarla. Sabemos que desde las fuertes posturas de la lingüística y la primera semiología derivó una búsqueda infructuosa de especificidad, cuanto más se teorizaba sobre el lenguaje literario se constataba la migración de su pretendida cualidad poética a otras semiosis. Pero esto no implica afirmar la inexistencia de la literatura, sólo se niega que sea posible identificar el objeto inmediato que cada una de las teorías circunscribe con el objeto dinámico que aquella es, si seguimos a Peirce.

La semiótica de la cultura de Lotman, la recuperación de un Bajtin desbrozado de la interpretación kristeviana, la Sociocrítica en sus versiones europea y canadiense constituyeron, junto a los latinoamericanistas de los estudios poscoloniales o posoccidentales,81 una red que posibilitaba dejar el lastre de pensar en lo específico del objeto literatura para abocarse a lo diferencial. En múltiples congresos circularon las preguntas siguientes: ¿cómo construir en los discursos teóricos el espacio donde sea posible “escuchar” la voz del otro y percibir las marcas de lo contra-hegemónico?, ¿qué implica teorizar en América Latina?, ¿puede el texto literario trazar una diferencia respecto del discurso social dominante? Se hizo imprescindible reconocer las condiciones de producción de donde surgen los ‘valores universales’ que, leídos desde otras condiciones de reconocimiento, muestran las huellas inequívocas de los discursos sociales históricos que los atraviesan. Según Algirdas Julien Greimas, cuya semiótica textual alimenta aún el metalenguaje especializado de la crítica literaria, ninguna investigación en el marco de las ciencias sociales puede separarse de la cultura, por ende todas las semióticas entran dentro del campo de los estudios culturales. Pero la hora de las teorías ‘duras’ llegó a su fin en las academias. Los nuevos tiempos requieren teorías ‘débiles’ que puedan lidiar con la complejidad, y el reconocimiento de estructuras que subtienden las series discursivas quedó confinado a los especialistas.

La restricción del campo de estudio es un velo que se rompió para siempre -y lo prueban las antologías que provienen de Buenos Aires tanto como las caseras que generamos los profesores de las distintas provincias del interior, así como los temas de las investigaciones acreditadas en los organismos ad hoc de la Universidad-, y exigió la constante redefinición de lo que se entiende por literatura. Para algunos, la intersección dentro del espacio literario de textos de diferente grado de complejidad, que apelan a la escritura como práctica ligada a procesos de subjetivación social, permite revisitar el canon y la historia literaria. Para otros tiene carácter traumático porque desestabiliza un imaginario instituido socialmente y legitimado por la tradición literaria. De cualquier manera, la incorporación en las

81

Cfr la introducción del trabajo de Alejandra Nallim “Por la cornisa urbana: literatura argentina del nuevo milenio” ponencia presentada en Jalla Brasil (Río de Janeiro, agosto de 2010).

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clases universitarias de las crónicas que Martín Caparrós82 reseña como “ni novela, ni crónica, ni investigación (sino) todo eso y más (…) y un gran relato”, -como podemos denominar a los libros de Cristian Alarcón (Cuando me muera quiero que me toquen cumbia y Si me querés quereme transa)- prueba la permeabilidad actual del discurso crítico académico desde la irrupción de los estudios culturales.

En el caso de la Universidad Nacional de Salta sería largo reseñar los efectos de la ampliación del campo de trabajo, pero me gustaría destacar, sin desmedro de otros colegas, la labor investigativa de la cátedra de Literatura Española, que no sólo aborda la experiencia teatral más allá de lo literario en sentido estricto sino que lo hace en escala comparativa: teatro español/teatro hispanoamericano y noroéstico. También la de la cátedra de Literatura Hispanoamericana en la búsqueda de otros parámetros para historiar su objeto, en especial la tarea del seminario de la profesora Moyano, que incorpora las teorías de género para estudiar un recorte de la producción literaria escrita en Hispanoamérica. En Literatura argentina, en tanto, se han favorecido los cruces con el género policial y la historieta, además de incorporar literatura local; desde Prácticas críticas y Teoría literaria se ofrecen seminarios donde dialogan diversas prácticas artísticas con la literatura y, sin desconocer semiosis diferenciales, se ha procurado despertar en los estudiantes la necesidad de correlacionar la canción popular con la poesía canónica, en la medida de la coexistencia en la semiosfera de la diversidad e integración de los múltiples lenguajes que la constituyen.

Ahora bien, el referido estudio de Gerbaudo no abarca otras universidades “del interior”, se encuentran Jujuy y Salta excluidas en las consideraciones de la investigadora santafesina. Creo necesario restañar ese desconocimiento y en la última parte volveré sobre la urgencia de concretar una investigación rigurosa en torno a los programas de estudio de las universidades y de los niveles terciarios provinciales de enseñanza de las letras, el registro del uso de conceptos teóricos en los niveles secundarios, la constitución del campo intelectual; el rastreo de las modalidades de conformación y relación entre la capital y el interior de cada provincia, y cuáles son las políticas editoriales que podrían subsanar el mutuo desconocimiento de nuestras diferencias.

Con respecto a la propuesta generada por las cátedras de Teoría literaria, la directriz consiste en que la formación base de los estudios literarios debe construir un espacio de saber que, a través de la exposición y sistematización de las opciones que dispone el futuro docente e investigador como medio de conocimiento del campo literario, establezca un diálogo con la literatura, tanto en su formulación canónica como en los cruces e hibridaciones discursivos. Tal espacio de saber debe tener carácter procesual, pues la educación teórica se entiende sólo en interacción con las literaturas que constituyen la currícula de Letras: un recorte del campo literario ya implica una orientación teórica. Un ejemplo claro de esa inextricable relación es lo que se leyó en los espacios institucionales, aulas y congresos, en

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tiempos de dictadura; con qué herramientas conceptuales trabajamos los que nos quedamos en lo que se da en llamar hoy “inxilio”, y cuáles fueron las hegemonías discursivas de centros y márgenes que conformaron una escena tan diferente a la que hoy podemos constatar.

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