2. El itinerario de la muerte en Occidente
2.4. La colonización de la muerte y sus permanencias
2.4.3 El entierro
En cuanto al entierro había una preocupación sobre ello: hasta donde se sabe las personas poderosas se enterraban en su propio ataúd, pero el resto de los mortales debía acudir al alquiler del mismo. En los siglos XVI y XVII, al menos en España, a la mayoría de los difuntos se les destinaba una caja de madera propiedad de la parroquia, la cofradía o la hermandad, la cual era recuperada cuando se depositaba el cadáver en la sepultura. La utilización del ataúd propio parece ser posterior. Deben distinguirse dos usos de la caja: el primero era para efectuar la transportación del cadáver desde su lecho hasta el sitio de inhumación y el segundo servía para depositarlo en las entrañas de la tierra.63
Una vez exhalado el último suspiro, daban inicio una señe de rituales mortuorios empezando por la colocación de la mortaja en el cadáver y la encomendación a Dios del alma, recién desprendida, a través de las oraciones. 62 2000:202.
Pero al mismo tiempo era necesario difundir las noticia del fallecimiento. En caso de que el occiso perteneciera a una cofradía se avisaba a los hermanos mayores y menores, quienes muchas veces lo asistían ya desde su agonía. Una forma más de notificar sobre la muerte de una persona era a través del doble de campanas.64
Los concilios y sínodos trataron de reducir los toques de difuntos a sólo tres: el primero se daba para avisar de la muerte, dando tres golpes si era de varón, dos si era mujer y uno si era niño. El segundo anunciaba que el cortejo fúnebre se dirigía a la iglesia. Y el tercero informaba el fin del oficio de difuntos y el entierro. Cada clamor no debía durar más de un cuarto de hora; disposición que aparentemente no fue respetada, lo que motivó la repetición de la orden en varios momentos.65
Como todo servicio, los dobles implicaban un pago que, según los aranceles de derechos parroquiales de mediados del siglo XVIII, ascendían a cuatro reales. Sin embargo todo parece indicar que, independientemente del paso del tiempo, dicha cifra solía incrementarse, según se constata en una crítica periodística de 1832, en la cual se insistía en que se dobla siempre que se paga, y se paga no para el alivio y descanso del muerto (en caso de entierros), sino para la mortificación del vivo, para el empobrecimiento del doliente y para el provecho del cura y el sacristán.66
Una vez muerto los familiares amortajaban al difunto, le cerraban los ojos y ponían sus brazos en cruz. En el caso de la nobleza mexicana la mayoría optó por e l hábito de san Francisco como una señal de humildad y siguiendo ¡os receptos del fundador de la orden. El inicio de esta costumbre, de usar hábito café y cordón de burdo trenzado, se remonta a los siglos XIV y XV, con el desarrollo de las órdenes mendicantes en Europa. Un siglo más tarde, el papa León X concedió indulgencia plenaria a los que eran sepultados con el hábito.
A la hora fijada para el entierro, el clero parroquial en pleno, con el párroco revestido con sobrepelliz, estola y capa negra, salían del templo y se dirigían a la casa del difunto; el sacristán llevaba la cruz y los demás religiosos portaban velas y agua bendita. Una vez en la morada luctuosa, el encargado de celebrar el oficio 64 Staples, 1977a:15-20.
65 Zárate, 2000:225 y Staples, 1977b:177-193. 66 2000:225.
de difuntos acudía al sitio donde había reposado el cadáver durante el velorio y rezaba un responso o una misa de réquiem seguida de las absoluciones y la bendición. A continuación el difunto era colocado, con ios pies por delante, en unas andas de madera cubiertas de paño, llevadas por eclesiásticos, amigos o familiares.
El lúgubre sonido de las campanas anunciaba la salida de la cruz del templo hacia la casa, continuaba en el trayecto entre ésta y el sitio de entierro y no cesaba hasta que se había concluido la sepultura.67 A la cabeza del cortejo un monaguillo hacía sonar una campanilla que representaba la poderosa voz del arcángel, el terrible son de la trompeta con el que el día del juicio serán a él llamados todos los muertos.
Otro sonido que acompaña la procesión además de los rezos y el tañer de las campanas, era la música. Un lector del Diario de México denunció que algunos cortejos eran acompañados de trompeta y otros instrumentos bélicos, que más parece fandango o batalla de teatro, que seriedad y sentimiento. El editor complementó la queja diciendo que la música buena y bien dirigida, excita los sentidos que se quieren mover y puede ser muy propia para lós entierros, pero la que llaman ratonera, estrepitosa y de trompetazos, sólo debe servir para el campo. Probablemente lo intolerable eran los excesos, no así la música ya que su utilización era muy frecuente en las ceremonias, sobre todo si se trataba de misas cantadas en honor de los difuntos.68
Según lo establecido en las partidas, los entierros debían efectuarse en ¡a iglesia parroquial de la que fuera feligrés el difunto. No olvidemos que el derecho de sepultura era una de las prerrogativas de la parroquia, ya que de él obtenía parte de sus ingresos. Existía la posibilidad de seleccionar otro sitio pero, en ese 67 Durante esta etapa hubo varias quejas sobre el abuso del toque de campanas a tal grado que el arzobispo Alonso Nuñez y Haro en 1791 se vio obligado a recordar a sus subalternos, específicamente sacristanes y campaneros que cumplieran la norma sobre el toque de campanas. Nuñez Haro elaboró un reglamento más detallado ya que las campanas acompañaban una infinidad de acontecimientos religiósos, políticos y sociales, como la llegada del correo de España, las rogativas por la salud de los reyes, las fechas de las fiestas reales, las entradas primeras de los virreyes y arzobispos, y los anuncios de las catástrofes naturales. Además había que celebrar aniversarios, honras fúnebres, misas votivas y novenarios, elecciones de prelados, procesiones, profesiones, desagravios, días de rogación, indulgencias, festividades solemnes, entradas y salidas de religiosas y religiosos, la exposición y reserva del santísimo, la lista abarca prácticamente todas las actividades públicas, razón más que suficiente de la incomodidad de vivir bajo el toque de campana.
Staples,1977b:177-193. 68 Zárate, 2000:242.
caso, había que cubrir los derechos parroquiales propios y además pagar otra cantidad extra por el permiso especial.
Según el arancel de derechos parroquiales, publicado en 1757, existían varios tipos de entierros. Por lo que se refiere a los españoles, podían ser ordinarios de la cruz alta y sin pompa, los cuales tenían un costo de diez pesos y cuatro reales de derechos para los curas, uno de ellos portaría capa; además, debían pagarse, al menos, catorce pesos más para cubrir el acompañamiento de dos sacerdotes o, en su ausencia, de un sacristán, con una vela de cera buena de Castilla, cinco sacristanes, el incienso, el doble, el culto del Santísimo y los gastos del sagrario. Si los entierros eran de cruz baja, su tarifa se reducía a cuatro pesos para el cura y nueve reales más para los acompañantes. Uno de los sacristanes
debía llevar la cruz.69 !
En cambio cuando los entierros incluían pompa, ello significaba la erogación de más de quince pesos, siempre y cuando la sépultura fuera en la parroquia. Fuera de ella, los gastos se elevaban a veinte pesos y aún podía llegar
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a treinta si era en iglesias extramurales, es decir, cuya localización estaba fuera de las acequias que rodeaban el casco de la ciudad y que constituían los límites del territorio parroquial. Por último, los gastos debían ajustarse a los bienes y caudal del difunto, no debiendo exceder de cien pesos aun para los más ricos.
En cuanto a la sepultura, la nueva tarifa dividía a la iglesia en dos partes: costaba cuatro pesos abrir sepultura entre las gradas del presbiterio hasta el medio cuerpo y desde allí hasta la puerta sólo implicaba el gasto de 20 reales.
De esta forma puede percibirse la importancia de la dimensión parroquial en la época colonial, que fue colosal ya que replanteó las estructuras mentales que
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recrean la vida religiosa popular de la feligresía al dar frente a los embates de la muerte como parte de la “guerra divina". La Iglesia novohispana procuró tener una fuerte presencia a la hora de la muerte de los fieles con implementación de mecanismos de organización, a fin de que los creyentes se prepararan para la muerte a través de sus servicios.70 Al mismo tiempo construyó su imagen como la intercesora de las almas por medio de los rituales y el proceso de dicha
69 Zárate, 2000:271. 70 Pescador, 1992:274.
intercesión efectuados por los clérigos. Para dar un paso al paraíso era necesario dejar un lazo muy fuerte en el interior de la Iglesia que permitiera un acceso seguro antes y después de la muerte.