2. El itinerario de la muerte en Occidente
2.2 La muerte salvaje
2.2.1 La muerte del otro
Con este cambio, la muerte del otro es un ejemplo de las fuerzas incontrolables de la muerte salvaje, donde la idea de privacidad dominó, el miedo a la muerte fue transferido de uno mismo hacia el otro. La antiquísima relación entre la muerte, el 15 Ariés, 1983:263.
mal físico, la pena moral y el pecado comenzaron a dislocarse. El mal, inmóvil durante mucho tiempo, se aprestó a retirarse. A partir del siglo XVIII cambió la creencia en el infierno, con ello la idea de inmortalidad y del cielo se modificaron.
Uno de los elementos censurado y cuestionado fue el monopolio de la muerte que la Iglesia había ejercido desde los inicios de la Edad Media y que había incidido no sólo en las formas de enfrentarla, sino también en la prescripción de dónde y cómo morir, ejercicio que tuvo una fuerte querella con las ideas ¡lustradas y el avance científico, controversia que generó una serie de reformas sobre dónde debían ser enterrados los difuntos.
Desde la Edad Media la Iglesia, al menos hasta el siglo XVIII, no proporcionó ni mobiliario ni espacio a los muertos. Su asistencia y creación de lugares para depositar los cadáveres provocó, ante el desarrollo de las ciudades, un problema de salud pública que motivó la ruptura entre el mundo de los vivos y de el de los muertos, situación tolerada por el bien de ambas partes.
A pesar de que la salida de los difuntos de las ciudades se presentó con mayor frecuencia en el siglo XVIII, a raíz de las campañas de salubridad e higiene, ya desde el XVI y XVII había preocupación por las emanaciones y estruendos que se oían en las tumbas, que en principio fueron considerados como avisos sobrenaturales. Los médicos cuestionaron esas ideas y la opinión pública aceptó que los sitios de enterramiento eran un silencioso centro infeccioso. Aunque las campañas de salubridad perjudicaron el papel que monopolizaba la Iglesia, la propuesta fue asimilada y los cementerios pasaron a formar parte de la administración pública, por que se instalaron, en un principio, estos lugares fuera de la ciudad, donde la propia naturaleza de los mismos no afectara a los vivos.
En España la preocupación extendida sobre la salud e higiene públicas trajeron como consecuencia que Carlos III expidiera en 1787 la Real Cédula que se obligaba a modificar las prácticas funerarias y prohibía los enterramientos en el interior de los templos. Sin embargo, la medida no se difundió, como en el caso de Madrid donde el primer cementerio empezó a funcionar hasta 1809.16
El problema de la sobrepoblación de cadáveres que tanto inquietó a los reformadores de los siglos XVIII y XIX es de distinguir, ya que en algunos 16 Galán, 1988:255.
cementerios de la Iglesia alojaban cuerpos por siglos, incluso en algunas de ellas se decía que no había espacio ni para enterrar a un niño. Anteriormente se pensaba que algunos de los fallecidos tenían un olor de santidad, a diferencia de los cuerpos ordinarios; de manera que la corrupción de los cuerpos con todo ese carácter desagradable llegó a representar un estado terrenal que debía llevar a una vida eterna con un cuerpo recuperado.
Un ejemplo de lo anterior fue el Cementerio de los Inocentes en Paris, que inhumó cerca de dos millones de parisinos en un área de 60 x 120 metros durante siete siglos antes de que se cerrara en 1780, es decir 277 cuerpos por metro cuadrado.17
Los arqueólogos estimaron que el cementerio de una iglesia promedio utilizado durante más o menos un milenio, podía contener los restos de aproximadamente diez mil cuerpos, esto explica la usual elevación del terreno por encima del nivel del piso de la Iglesia. Casi desde el principio, los sepultureros cortaban, despedazaban, volteaban o apiñaban las tumbas de anteriores ocupantes para hacerles espacio a otros y, aparentemente, cada cien años, más o menos, nivelaban el terreno y empezaban de nuevo, por tanto, el argumento de la nueva cultura de los cementerios se fundamentó en la importancia de la salud pública, destacando que la corrupción de los muertos producía enfermedades a los vivos.18
Debido a este diagnóstico se difundió una serie de publicaciones que expresaban el peligro de las inhumaciones en las iglesias, un ejemplo de esto es el que transcribe Ariés (1983:400)
El 20 de abril se cava en Saulie, en la nave de la Iglesia de Saint-Saturnin, una fosa para una mujer muerta de fiebre pútrida [El cadáver de un enfermo conserva la enfermedad y su poder de contagio]. Los enterradores descubrieron el ataúd de un cuerpo enterrado el 3 de marzo anterior. Al bajar a la fosa el cadáver de la mujer, el ataúd se entreabrió, así como el cadáver del que se acaba de hablar e inmediatamente se difundió un olor tan fétido que los asistentes se vieron forzados a salir. De 120 jóvenes de ambos sexos que se preparaban para la primera comunión, 114 cayeron peligrosamente enfermos, así como el cura y el vicario, los enterradores y más de 70 personas, de todas han muerto 18, incluido el cura y el vicario.
17 Ariés, 1983:395-402. 18 Laqueur, 1998:18-24.
De este modo, se realizaron sondeos entre la población cercana de los sitios mortuorios a fin de mostrar la inquietud que representaban éstos como centros de contaminación. Los resultados fueron, para el caso de París, la creación de cementerios fuera de la ciudad, pero ¿qué cambios observó la Iglesia después de siglos de control?
Al parecer es el momento en que se concibió el cementerio laico, donde la intervención de los ministros de culto se vio reducida. Este espacio más tarde, además de centro de reposo, fue visto como un terreno de alivio e higiene. En estas circunstancias el servicio de la Iglesia se limitó a la misa de cuerpo presente, fue la única y última ceremonia religiosa pública. Persistieron los servicios de la Iglesia y el duelo, pero el público se dispersaba en ese momento y el cuerpo era conducido a un depósito, la inhumación perdió su carácter familiar y comunitaria para convertirse en una operación de policía municipal o meramente administrativa.19
La concreción de la necrópolis fue una lucha del movimiento ilustrado en contra del control que la Iglesia tenía sobre los espacios dé la muerte, todo ello se conjugó con el empuje de la estética neoclásica y romántica sobre la medieval. De este modo, la muerte perdió su estirpe monástica.
El siglo XIX es testigo de más cambios sobre la concepción de cementerio: se planteó la idea de que los cuerpos ya no fueran superpuestos sino yuxtapuestos, la profundidad de las fosas era exacta y no se debía usar la misma antes de cinco años. Además se reconoció el derecho, sin necesidad de autorización, para poner, en la fosa de su pariente, una piedra sepulcral o cualquier otro signo indicativo de tumba, con ello se personaliza el lugar del entierro, ya que antes, a raíz de la superposición de los cuerpos, no era posible.20
Las actitudes de los vivos ante los muertos se alteraron: emprendieron la construcción de las propias ciudades de los difuntos fuera de los patios de las iglesias y de otros espacios religiosos, donde sus cuerpos se habían confundido por la cercanía de unos con otros y por el tránsito cotidiano en estos lugares,21 por eso
19 Ariés, 1983:402-403.
20 Aries, p.428. 1
21 Ariés concuerda con esta postura al expresar que es en el siglo XIX cuando se llega un cambio de las actitudes ante la muerte, al cambiar la idea del cadáver que se tenía, (p. 368)
se enviaron a sitios geográficamente distantes en donde habían residido alguna vez. Esta disposición, que era la preocupación de Occidente a principios del siglo XIX, provocó la urgencia de crear las necrópolis.22
Durante el siglo XIX el mundo de los muertos fue desplazado una vez más: el nuevo espacio del cementerio público permitió, a cierta clase de los vivos, imaginar un nuevo orden del mundo de los muertos, un orden en el que el linaje le cedía paso a la historia y donde no había extraños -como había en los cementerios de ¡as iglesias- pues aquel que contara con los recursos y talento podía acceder al mismo espacio que cualquier otro; un orden donde el centro histórico de un lugar y la autonomía de la parroquia cedió paso a jardines planeados de manera consciente, pintorescos, extravagantes o insulsos, los cuales podían estar en cualquier sitio.
De este modo el cementerio reflejó, por un lado, la idea del cadáver absorbido cada-vez más en el lenguaje de la medicina y de la higiene, que se volvió intolerable por-su descomposición material; además el difunto era una fuente de ansiedad que fue desplazada al monumento y a los lugares conmemorativos que habían sido construidos ex profeso, sitios donde podemos contemplar a la muerte nunca contaminada por la idea de la sepultura ni por los emblemas repugnantes de la mortalidad.23
Por otro lado, el panteón reflejó un nuevo mundo, una nueva comunidad de muertos, representada en el limpio y dulce olor, en la nueva geografía real o simbólica que refuerza un cierto peso, solidez y crédito de una nueva comunidad de vivos. Con la nueva idea de higiene el cadáver llegó a estar fuera de lugar, justo donde se le había puesto por lo menos en el siglo VI, por lo que, el cementerio, al ser una entre varias soluciones para disponer de la carne humana en corrupción, se tornó la solución para hacer de los muertos seres más limpios.24
También se observaron cambios en la legislación funeraria donde se advirtieron algunos puntos como la racionalización de la muerte con el fin de controlar su fatalidad y, con ello, la declaración del deceso por el Estado civil, no así en el religioso. Se manifestó la laización, que es la preocupación de
22 Laqueur, 1998:16. 23 Laqueur, 1998:18-21. 24 Ariés, 1983:395-402.
desacralizar los ritos y las creencias mortuorias, con lo cual se reglamentó la higiene, el transporte de los cadáveres, los límites del cementerio y las viviendas.
Lo anterior es percibido por Thomas (1983:409) al afirmar que a partir del siglo XVIII hubo un importante movimiento de descristianización: Francia fue el país más perceptible del proceso, pues dio un golpe a la socialización religiosa y clerical de la muerte. Esos cambios de desacralización acarrearon consigo la desocialización, el hombre muere solo ante un personal hospitalario anónimo. Antes desafiaba su muerte de acuerdo con el grupo entero, hoy se ve privado de su muerte por la voluntad de su familia, la cual lo separa de la comunidad.
Sin embargo el hombre moderno, cartesiano o positivista, no ha exorcizado aún sus temores ancestrales aunque los disfrace bajo la fachada de ciencia e higiene. La muerte y el cuerpo muerto constituyeron en sí mismos objetos de estudio científico, independientemente de las causas del fallecimiento.
Al reconocer la importancia de la ciencia médica, en la prolongación de la vida, se descubrieron los problemas que trajo consigo su avance no sólo en los tratamientos clínicos, sino que llegó más lejos al involucrar los aspectos sociales por los que atravesaban los pacientes cuando eran sometidos a estos tratamientos, cuyo beneficio se masifica durante el siglo XIX.