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La muerte en el México prehispánico

2. El itinerario de la muerte en Occidente

2.3 La muerte en el México prehispánico

Hablar de la concepción de la muerte prehispánica es muy complejo a raíz de la diversidad cultural en esa época, sin embargo me parece que ha habido un acuerdo en retomar como eje de ésta a la cosmovisión mexjca; en parte, porque está documentada tanto en los códices, como por las crónicas de conquistadores y evangelizadores, razón por la que parto de esta cultura, ya que su análisis mostrará las permanencias que aún perviven sobre la explicación e interpretación de la muerte.

La muerte en la cosmovisión mexica fue parte de la atmósfera que coexistió en la cotidianidad; en su pensamiento no existía ruptura entre la vida y muerte. La sociedad mexica integró la muerte en su ciclo cosmogónico como una circunstancia más del devenir: al morir se renace; ésta fue la idea básica y de ella se desprendió la concepción de permanencia, porque la muerte no marcaba un fin, al contrario, era el eterno principio, sin miedo a la fe y sin miedo a la muerte.29

Esta visión del mundo se complementó con la idea de dualidad, es decir, la convivencia de dos entidades como el día y la noche o la vida y la muerte. Estos pueblos creían en la dualidad del humano constituida por el cuerpo y el espíritu, este último dividido en dos: uno que formaba parte de la carga del destino o tonalli, y que habitaba en un animal silvestre que se extinguía al morir el cuerpo; y otro inmortal, que con la muerte del ser humano iba a un sitio determinado por la forma

, 30

en que se moría.

A partir de esta postura se observa una compleja ideología en la cual vivos y muertos compartían la responsabilidad de la persistencia del orden cósmico. La vida representaba entonces, una sola etapa de tránsito a la que se temía más que a la muerte: El México antiguo no temblaba ante Mictlantecuhtli, el dios de la muerte, sino ante el dilema de la vida, la llamaba Tezcatlipoca. La otra vida no se imaginaba como un sitio de ocio, sino como la continuidad de su labor y cargo. La tranquilidad para recibir este acontecimiento era la muerte gloriosa; esa fue la

29 Rodríguez, 2001:20. 30 De la Garza, 1997:17-18.

razón por la que el mexica no se aferró a la vida y le era fácil morir, ya que no

significaba más que el fin de una situación no precisamente afortunada.

De esta cosmovisión se desprende, además, la idea de inmortalidad que

era la idea de indestructibilidad de la fuerza vital.31 Prueba de ello es el mito de la

vida, que dice cómo a partir de los huesos que Quetzalcoatl recogió en el Mictlan

(el mundo de los muertos), y que regó con su sangre, se creó la humanidad. Este

mito plantea la idea de que algo perdura siempre, aun en los huesos, y a partir de

esa energía se puede crear algo nuevo; aunque en la tierra se vive una sola vez y

en ella es importante mantener el ciclo permanente, la constante y eterna lucha

entre Tezcatlipoca y Quetzalcoatl. De toda

esta concepción se rescatan dos ideas

centrales del pensamiento frente a la muerte:

permanencia y dualidad.32

El hombre mesoamericano creó también sus

dioses de la muerte, de los cuales destacan

las figuras de Micííaníecuhtli y su compañera

Mictecacihuatl. Los mayas tuvieron su

correspondiente dios de la muerte en la

figura de Itzamná, que representa, también,

una fuerza conservadora y otra destructora/11

Mictlantecuhtli, dios de la muerte, El Zapotal, Veracruz. Arqueología mexicana (1999,11)

A diferencia del cristianismo, donde el creyente está condicionado por su

comportamiento para lograr la trascendencia de su vida después del fallecimiento,

en el mundo mesoamericano lo que determina este paso es el género de su

muerte. Para ser más explícitos en palabras de Octavio Paz “Dime cómo mueres y

te diré quien eres”.34

31 Matos, 1986:55. 32 Rodríguez, 2001: 21. 33 Westheim, 1971:32. 34 Matos, 1975:57.

Cuatro eran los lugares del más allá en el mundo prehispánico: e! primero y más común de ellos, el Mictlan (al que algunos cronistas españoles identificaron como el infierno), donde iban todas las almas que habían muerto de forma natural, excepto las que habían sucumbido por alguna causa relacionada con el agua. El tiempo que pasaban ahí era definido, sólo cuatro años. Pasado éste, el difunto iba a Chicnauhmitlan, nuevas tierras de los muertos, donde era totalmente destruido.35 La muerte era no sólo la consecuencia, sino la causa de la vida en una cosmovisión de naturaleza cíclica.36

Durante el tránsito al Mictlan, el espíritu se alimentaba de los olores de la comida y bebida, tenía que realizar un recorrido y pasar por dos sierras que chocaban entre sí. Había una culebra que guardaba el camino (lugar de la lagartija verde), así el alma tenía que pasar ocho páramos y ocho callados (lugar en donde se encuentra el itzehecayan o viento frío de navajas). Para ello se quemaban las ropas y utensilios del difunto con el fin de que le sirvieran de abrigo, después éste debía atravesar un río (Chiconahuapan) antes de llegar al Mictlan ayudado por un perro de color bermejo (el cual tenía que ser sacrificado para que acompañara al difunto en su travesía), Después de superados todos los obstáculos del viaje, se presentaba ante Mictlantecuhtli, “Señor del Mictlan”. Ahí pasaba a otra existencia distinta de la vida. Sólo en las fiestas dedicadas a los muertos, volvían éstos a la tierra.37

El segundo lugar era el paraíso del Sol, el Tonatiuh líhuicac, donde iban los que obtenían una muerte gloriosa (en la guerra o sacrificados). A estos se les concedía la posibilidad de trascender, ya que a los cuatro años se convertían en diversos seres. Este lugar se localizaba en el cielo y estaba dividido en dos partes, la oriental y la occidental. Todas estas almas pasaban a formar parte de la corte del Sol, transportándolo por el firmamento, del amanecer al medio día era conducido por los guerreros y de esa hora al atardecer, por las mujeres muertas en parto, las Mocíhuaquetzques o Cihuapipíltin.38

35 González, 1985:99.

36 Matos, 1975: 58 y López, 1997:16. 37 Matos, 1975:68 y De la Garza, 1997:23. 38 Matos, 1975:58.

El tercero era un lugar denominado Tlalocan, o paraíso de Tlaloc, calificado así por los cronistas al ser el que guardaba mayor relación con la idea cristiana del paraíso; ahí llegaban los que morían a causa del agua (ahogados), los heridos por un rayo o los que tenían muertes derivadas de este elemento. En este lugar se percibe más la idea de perennidad, ya que los que iban a él los tenían por dioses. Es el lugar del eterno renacer donde la tierra siempre daba frutos.39

El cuarto era conocido como Chichihuacuauhco o Tonacacuauhtitlan, denominado por Sahagún como el árbol nodriza, en el cual los niños muertos a temprana edad esperaban de nuevo su turno para volver a nacer.

Para llegar a estos sitios había que seguir un camino, sólo señalado por los dos primeros, y de éstos, el más detallado es el Mictlan, aunque existen versiones con diferencias notables entre códices y cronistas. El viaje hasta el noveno lugar duraba cuatro años, y el del cielo al Sol o Tonatiuh lihuicac era de ochenta días.

Para el indígena, la muerte emerge como una ofrenda esencial: existe una deuda con los dioses que han creado la humanidad, misma que se origina, casi siempre, con el sacrificio o muerte de alguna deidad en el momento creador. Por tanto, para asegurar la supervivencia y continuidad de la vida, los hombres tienen que ofrendar a los dioses lo más sagrado que tienen, su propia vida.40

La relación entre la forma de morir y el lugar a donde se va en el más allá tiene una fuerte relación con las formas del rito funerario. Así, al morir un tlatoani se amortajaba por los viejos y oficiales. Esta mortaja iba de acuerdo con el tipo de muerte, la jerarquía del individuo o el dios patrón del pueblo, si moría ahogado se le ponía la indumentaria de Tlaloc. Parte esencial del rito funerario era la colocación de una piedra en la boca o el corazón argumentando que serviría para proporcionar, al muerto, un objeto valioso con qué pagar un servicio en el más allá.

Después de la preparación del cadáver de un noble, se le ubicaba en la sala principal del palacio. Durante la ceremonia los ancianos y sacerdotes

Rodríguez, 2001:22.

40Es interesante destacar las ceremonias dedicadas a la muerte. López Austin las separa de la siguiente forma: a) El culto a los dioses de la muerte, que garantizaba la permanencia de la vida; b) el culto a los antepasados, resguardados en el hogar o en los templos; c) el culto a las fuerzas sobrenaturales contenidas en las reliquias sagradas; d) el culto a los difuntos que incluía actos tan diversos como, tratamiento del cadáver, respeto a los restos, prevención y remedio contra sus daños, etcétera (1999:9).

entonaban el canto a la muerte, Miccacuical, en tanto las mujeres relacionadas con el difunto preparaban comida y bebida que colocaban frente a la imagen, mientras los nobles ponían ramilletes de flores y tabaco.

Se preparaba una pira donde no sólo se colocaba el bulto funerario sino también el perro bermejo que lo ayudaría a pasar el río Chiconahuapan, con un hilo flojo de algodón al pescuezo para que el difunto nadara. Además por el paso que haría por la zona de los vientos fríos, en uno de los tránsitos al Mictlan, se quemaban sus pertenencias. Lo mismo se hacía con las mujeres nobles que morían.

Los encargados de quemar al difunto eran los viejos; una vez terminado el fuego, los sacerdotes rociaban, con un hisopo mojado en agua de laurel, tres veces la ceniza en los rostros de los nobles y guerreros, mujeres del muerto y concurrencia en general. En ese mismo día se sacrificaban veinte esclavos y veinte esclavas y se enterraban aparte. Las cenizas y los restos, junto con los mechones de pelo cortados al nacer y al morir se enterraban, cuando se trataba de un tlatoani, en el templo de Huitzilopochtli.41

Es preciso mencionar las formas de sepultura ya que, con el impacto de la colonización, se lesionaron los sitios de enterramiento que comúnmente tenían los mexicas, lo que hizo que cambiara la ¡dea de la tumba, pues los lugares de inhumación se destinaban de acuerdo con la clase de muerte. El lugar más común de enterramiento de los restos era algún cuarto de la casa, generalmente donde se localizaba el fuego del hogar. Si el personaje tenía algún estatus dentro del calpulli, sus restos se depositaban en el calpulco o casa común de cada calpulli, donde se encontraba el dios protector de la comunidad. Las mujeres muertas en parto, eran sepultadas en el patio del templo de las Cihuapipiltin, y los niños, debajo de los graneros.42

En el caso de la gente común, el cuerpo era amortajado y envuelto en un petate, como se muestra en los bultos funerarios de los códices, es posible que de ahí venga la costumbre de decir en nuestro lenguaje popular actual “ya se petateó”. Para la clase alta o pilli se menciona que había una sepultura de bóveda 41 Rodríguez, 2001:27.

42 2001:32.

en el patio de la casa de cada señor, donde se enterraban a él y a sus descendientes.