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La erudición del primo Walter y las manzanas de Tristam Shandy

In document Palinuro de México (Fernando Del Paso) (página 194-200)

Sí, sin duda la erudición del primo Walter era más bien un lastre. Saber que el ojo humano tiene siete millones de conos, no parecía un conocimiento que lo ayudara a ver mejor, porque el primo Walter fue siempre bastante miope. Saber que el rubor es causado por la dilatación de los vasos faciales periféricos, no parecía tampoco servirle de gran cosa, porque Walter se sonrojaba contra su voluntad a la menor provocación. Saber, por último, que nuestro sistema nervioso tiene diez mil millones de neuronas y cien mil millones de células gliales, no parecía ya no digamos un dato que ayudara a nadie a ser más feliz en la vida, sino ni siquiera un conocimiento que contribuyera a la propia inteligencia del primo.

Porque no se puede ser inteligente —pensó Palinuro— y lastimar a las personas que se quiere cuando uno está tratando de hacer lo contrario, como aquella vez en que Walter quiso consolar a Estefanía diciéndole que no debía preocuparse por los experimentos efectuados con animales, pues al fin y al cabo no eran las criaturas inocentes que aparentan ser. Y en seguida le habló de las teorías del padre Bougeant, de los numerosos personajes que se habían referido al aura corrumpens que despiden los animales y de la interminable lista de golondrinas, perros, puercos, gansos y caballos que habían sido juzgados como criminales a través de la historia y que acabaron con sus huesos y sus plumas en la cárcel, o con su vida en la hoguera o la horca. No por nada —agregó—, Lombroso se refirió a muchos animales como deliquenti nati, Mefistófeles se reveló a Fausto como el señor de las ratas, los ratones, las moscas y las ranas… «Der Herr der Ratten, und der Mäuse, der Fliegen, Frösche.» Estefanía lloró, y el tío Esteban tuvo que contarle una vez más las historias de los perros San Bernardo que les llevan coñac a los exploradores impotentes enterrados en la nieve hasta la cintura.

O como aquellas otras veces —y que fueron tantas—, en que diez minutos después de jurarle su cariño a la tía Luisa y a la abuela Altagracia, Walter las irritaba tratando de demostrarles que a pesar de que las dos beatas se pasaban la vida rezando rosarios y letanías y que no había día de Dios en que no fueran a la iglesia a darse golpes de pecho, él sabía más de religión (e incluso de apologética) de lo que jamás llegarían a saber las dos juntas, y eso a pesar de ser un descreído: porque ateo no, les aseguró: él creía en un Dios deseante y deseado que estaba fuera de la comprensión del vulgo, y por la misma razón no pensaba, como Voltaire, que si Dios no existiera sería necesario inventarlo. Walter nunca se atrevió, por supuesto, a hablarles de los evangelios heterodoxos (como el de David Friedrich Strauss) que atribuían el embarazo de María (o Mirjam) a un joven llamado Pantera. Nunca mencionó las teorías sobre el papel desempeñado por Judas Iscariote (De Quincey, por ejemplo), y que de ser verdaderas lo transformaban si no en la víctima más importante de la cristiandad, sí en la

primera y la indispensable. Y jamás citó a Rousseau que decía que cuando Cristo comulgó, tuvo que tener el cuerpo entero en su mano y poner la cabeza dentro de su boca. Esta clase de gimnasias, no tanto físicas como intelectuales, hubieran sido demasiado para la abuela Altagracia y la tía Luisa. Ellas podían aceptar que los Reyes Magos estuvieran enterrados en la Catedral de Colonia —como afirmaba Walter— y al mismo tiempo vivos en la constelación de Orión —como creían ellas— porque eso no entraba en conflicto con la idea de que todos los muertos que estaban tres metros bajo tierra estaban también mucho más abajo, en el infierno, o mucho más arriba, en el cielo. De los libros apócrifos del Viejo y el Nuevo Testamento como Bel y el Dragón y La Venganza de El Salvador; de las teorías de los latitudinarios que sostienen que cualquier religión capacita para salvar el alma; de descubrimiento de que el maná no era otra cosa que una especie de sacarina secretada por un insecto y que es absorbida por el rocío de los tamarindos del Sinaí y que cuando está seca flota en el viento; de la semejanza entre el Padrenuestro y el Kodish caldeo; de las simpatías y las diferencias que pudieran existir entre la Biblia y la Shasta, el Zend-Vesta, el Corán y los libros sibilinos, o de otros paralelismos entre la misa y sus misterios comparados con los ritos paganos y las leyendas solares, Walter podía hablar en la mesa, con un poco de cuidado y dirigiendo la palabra al tío Esteban o a papá Eduardo o al abuelo Francisco, porque la abuela y la tía no escuchaban, o fingían no escuchar. Aunque a veces, indignadas, no les quedaba más remedio que intervenir. «Eso es completamente absurdo», exclamó la abuela Altagracia. «No, abuela —afirmó Walter—. El hecho de que según los cálculos de los expertos Cristo nació en realidad en el año cuatro antes de Cristo sólo quiere decir que la cronología está equivocada y que debimos haber comenzado a contar nuestra era cuatro años más atrás…» «Es imposible —insistió la abuela—. Cristo no pudo nacer cuatro años antes de haber nacido.» Y el primo Walter, con todo el dolo y la ventaja de que sabía echar mano en esas circunstancias, se levantó de la mesa, se pasó la servilleta por los labios y dijo: «Para Cristo todo era posible. Cristo hacía milagros, ¿no es cierto?» Y bueno, sólo una vez, que Palinuro recordara, la abuela Altagracia había callado a Walter y fue un Viernes Santo, cuando también estaban reunidos lodos en el comedor hablando muy en serio de la muerte del Señor, y claro, Walter dijo de pronto con la boca llena: «A propósito, leí en un libro que Cristo, según un tal doctor Stroud, murió debido a una ruptura del corazón que causó la efusión de sangre en el pericardio. Y la mejor prueba de eso es que cuando Longinos lo picó con su lanza, por la herida salieron coágulos esponjosos; es decir, una mezcla de crassitudo y serum». La abuela Altagracia, escandalizada, le dijo: «Nuestro Señor no pudo morir de lo que muere un hombre, porque era el Hijo de Dios». «Pero de algo tuvo que morir si era de carne y hueso —alegó Walter—. Y si no fue del rompimiento del corazón, ¿entonces de qué murió?» La abuela necesitó sólo dos segundos para responderle: «De un milagro —dijo—. Su muerte fue el último milagro que hizo».

En otra ocasión, el primo Walter quedó en uno de los ridículos más grandes de su vida. Solía aprovechar cualquier coyuntura para conducir la conversación hacia los temas de sus lecturas más recientes, y así, en la cena que siguió al bautizo de k hija de la tía Enriqueta, y a propósito del bolo que el tío Felipe arrojó al aire para que se lo arrebataran los muchachos, Walter dijo que una moneda de cincuenta centavos desarrolla, al caer, un millón de ergios de energía, y que a propósito, el nombre que le dio Leibniz al impacto de los objetos era el de vis viva. Así que cuando alguien se cae —agregó columpiándose en la silla— produce, sin lugar a dudas, una vis viva. Y entonces —si lo

hubiera hecho a propósito no le habría salido tan perfecto—, metió los pulgares en las bolsas de su chaleco de rombos, se echó hacia atrás muy orondo y se cayó con todo y silla.

Walter se negó a calcular cuantos millones de ergios había desatado, o cuantos microvatios habían producido las risas de todos. Cambió el tema y sin más ni más comenzó a hablar, y con la intención de captar la atención del tío Esteban, de Gilíes de Corbeil, médico de Felipe Augusto, que había escrito —dijo— cuatro obras en versos latinos, una de ellas dedicada completamente a la orina. La abuela dijo que ése no era un tema adecuado para la sobremesa, Estefanía dijo que era ella la que se estaba orinando de la risa, y todos se levantaron de la mesa, dejando sólo al primo Walter. Bueno, no todos porque al tío Esteban se le ocurrió la idea de dedicar un número de la revista Historia de la Medicina al congreso de urólogos que iba a celebrarse en unos meses más, y Walter le sugirió que ilustrara en la portada el cuadro La Femme Hydropique de Gerard Dou, en el que aparece junto a la paciente un médico que sostiene en lo alto un matraz lleno de orina y lo examina al trasluz, y le recomendó que no dejara de mencionar el párrafo de Le Román de Renart, donde el zorro examina la orina del león.

La respuesta de la abuela no causó tanto regocijo como la caída en el comedor, que fue disfrutada no sólo por los tíos y demás parientes, sino por los propios amigos del abuelo Francisco (ya que Walter no desperdiciaba ninguna oportunidad para humillarlos con su erudición), y a la cual se refirió el general que tenía un ojo de vidrio, diciendo que más bien que haber producido una vis viva, lo que había logrado el primo Walter era haber demostrado su vis cómica. Y aclaró en seguida que no sólo en la academia de West Point, sino lo que era más importante: en la escuela de la vida, había aprendido algunas frases en latín: Dulce et decorum est pro Patria mori, afirmó, mirando a todos con un ojo célebre. Esto no quería decir, de ninguna manera, que el general o los otros amigos del abuelo fueran cultos. En realidad abuelo y don Próspero eran los únicos que alguna vez se habían preocupado por la filosofía, el arte, el jazz y esas cosas, y algunas tardes, el amor del coñac y los quesos azules, trataban con paciencia de aculturar a sus amigos. Pero era inútil. Un ejemplo clásico era el ex diputado Fournier, que a pesar de amar el orden, el progreso y el altruismo, se hacía el sordo completo apenas Augusto Comte comenzaba a hablar de su famosa Ley de los Tres Estados. Nietzsche, que solía aparecerse abrazado a la cabeza de un caballo, no era bien visto. Tampoco Nerval, al que se le veía con frecuencia caminando por la calle de la Vielle Lanterne de París. Brueghel y sus dos hijos —Brueghel del Infierno y Brueghel del Terciopelo—, eran mejor recibidos gracias a la magia de sus nombres. En cambio, cuando el abuelo hablaba de México, cuando contaba por ejemplo que el badajo de la campana de Dolores (que se llamaba el esquilón de San Joseph) estaba hecho con una granada, sus amigos le prodigaban una salva de aplausos. «¡Qué barbaridad — decía la abuela Altagracia—: la próxima vez que demos el grito de Independencia, puede haber una explosión!» «La habrá, la habrá», decía el abuelo en tono misterioso, partía un pedazo de queso danés y agregaba: «Mmmmm… hay algo podrido en Dinamarca». Y así se pasaban las tardes de los sábados el abuelo Francisco y sus amigos, que parecían completarse unos a otros porque el que no había ocupado un escaño verde en el Congreso había cabalgado al lado de su General Obregón y el que no era maestro venerable de una logia del Rito de York era un lector fiel de la enciclopedia, y también, por supuesto, porque el abuelo veía muy bien con el ojo izquierdo que era el que le faltaba al general que tenía un ojo de vidrio, y el general oía perfectamente con el oído derecho que era del

que estaba sordo el ex diputado Fournier, y el ex diputado Fournier tenía completo y sano el brazo izquierdo que era el que le faltaba al billetero de la lotería, y el billetero podía reír o ponerse serio con el lado derecho de la cara, que era el que don Próspero tenía paralizado, y don Próspero, por último, caminaba sin ningún problema con la pierna derecha, que era la que tenía inservible el abuelo Francisco. De la misma manera, había también una serie de conocimientos que pertenecían al inconsciente colectivo del abuelo y de sus amigos, de modo que podían perdonar que Walter supiera más que aquellos ignorantes que por ejemplo nunca habían oído hablar de Paderewski, que además de ser un gran pianista había sido presidente de Polonia, o que aquellos que jamás habían tenido ocasión de escuchar un comentario sobre la quinta sinfonía de Dvorak, conocida como la Del Nuevo Mundo. Que Walter, en fin, supiera más que los analfabetos que ignoraban por completo la existencia y la historia del cardenal Richelieu, conocido como la Eminencia Gris; o incluso más que aquellos que no tenían la menor idea de que Goebbels había sido el responsable de la famosa frase: «cuando escucho la palabra cultura saco mi revólver», todo esto era digno de elogio, porque ellos también lo sabían. Es decir, lo que no sabía don Próspero lo sabía el abuelo o lo sabía el general o lo sabía el tío Esteban, y por ello podía afirmarse que todos, entre todos, lo sabían. Pero lo que les resultaba imperdonable, lo que no podían tolerar es que Walter, cuando ellos se atrevían a hablar de esto o de aquello o de lo de más allá, les saliera con la novedad de que Paderewski no había sido presidente de Polonia sino primer ministro, que la quinta sinfonía de Dvorak era en realidad la novena, que el verdadero autor de la frase sobre la cultura y el revólver no había sido Goebbels —ni Goering, como se atrevió a afirmar el general con su ojo disidente— sino el expresionista Hanns Johst, Jefe de la Cámara de Escritores del Imperio, y que, por último, se había dado el nombre de Eminencia Gris no al cardenal Richelieu, sino a su ayudante el padre Joseph de París, cuyo verdadero nombre había sido François Leclerc de Tremblay.

De nadie, sino de ellos, había sido la culpa. Comenzaron a ofrecerle dulces, cuando Walter tenía diez años, para que se agregara a la peña de amigos durante unos minutos y los divirtiera con su precocidad. Pero la diversión, como a los doctores del templo, les duró poco tiempo. Y cuando ya hecho todo un joven y con una barbita incipiente, cuando medía un metro setenta y tantos de modo que ni el general ni el abuelo podían ya contemplarlo desde lo alto de sus catorce lustros de sabiduría, y ya habiendo vivido en Londres una temporada dejó de pedir caramelos para aceptar habanos y copas de coñac, Walter se transformó en una plaga. Lo de menos es que se pusiera a hablar de cosas que nadie entendía y de personas que para los amigos del abuelo no existían ni existirían nunca: las películas de Pudovkin o de Fritz Lang, la hermenéutica de Dilthey, la obra de Saussure o Lukasiewicz; la escultura de Naum Gabo o la pintura de Kokoschka; la teoría del flogisto o las disputaciones De Quolibet, la poesía de Trakl o la música de Gulielmus Dufay: esto y los Ídolos del Mercado de Bacon, el periodo llamado Sturm und Drang, el libro de Caird sobre Hegel, la Palingenesia Universal y la diferencia entre el poeta Samuel Taylor Coleridge y el músico negro Samuel Coleridge Taylor, era como si Walter estuviera hablando en griego. Y Walter no era tan tonto como para no darse cuenta que a nadie le interesaba (como no fuera a don Próspero pero sólo cuando el asunto coincidía con la letra de la enciclopedia que estaba leyendo), que él conociera personalmente a Darii y Ferio, que hubiera leído a Sheridan Le Fanu y todas las leyendas sobre vampiros surgidas en Iliria, o que él supiera que Buto era en la mitología egipcia la designación del

caos infinito, que la palabra alemana Weltanschauung se refería a toda una concepción del mundo, o que los clientes de Madame Sosotris le tenían miedo al futuro.

A nadie, tampoco, entre los amigos del abuelo, le interesaba sus conocimientos médicos, o al menos con muy pocas excepciones, y eran sólo aquellas que parecían tener algún tinte obsceno. El ex diputado Fournier se asombró de la relación que había entre la palabra orquídea y la palabra orquitis que designaba la inflamación de los testículos, y el general miró a Walter con un ojo incrédulo cuando lo escuchó hablar de los vínculos que existían entre la palabra penicilina —una nueva y maravillosa droga, les aseguró— y la palabra pene o miembro viril. Siempre me han gustado algunas cosas de la medicina, afirmó el general. Siento decepcionarlo (dijo Walter) pero esto no tiene nada que ver con la medicina, sino con la etimología.

Otra de las manías de Walter, era la de referirse a lo que él designaba como los antecedentes que demuestran que el Eclesiastés tiene razón al afirmar que no hay nada nuevo bajo el sol. Pero nadie le prestó atención cuando afirmó que la leyenda de Raimundo Lulio tenía un antecedente en la historia de Titón, quien había obtenido la inmortalidad pero se olvidó de pedir la juventud eterna, ni cuando dijo que efectivamente el Si fallor sum de San Agustín anticipaba a Descartes, y que sin lugar a dudas el pintor Luca Cambiaso era el padre del cubismo y Lyell el padre de la teoría sobre la evolución, ni cuando opinó que Bioy Casares debió de haber leído Las Bacantes de León Daudet antes de escribir La Invención de Morel y que Oscar Wilde debía —o debió— conocer (antes de escribir El Crimen de Lord Arthur Saville) la leyenda de Trasio, el adivino de Chipre que le predijo al rey Busiris que se obtendrían buenas cosechas si se sacrificaba cada año a un extranjero, y él —el adivino— fue el primer sacrificado.

En venganza, una tarde en que el abuelo citó el verso donde el poeta mexicano Enrique González Martínez ordena que se tuerza el cuello al cisne de engañoso plumaje (aludiendo, claro, al poeta nicaragüense Rubén Darío) Walter señaló que el concepto no era nada original, porque ya Verlaine había hablado de la conveniencia de torcerle el cuello a la elocuencia. No pudo resistir tampoco cuando el general afirmó que el primer bombardeo aéreo de la historia lo había efectuado un militar mexicano (el general Pesqueira, en Sinaloa, si no mal recuerdo —dijo—) y entonces Walter aseguró que según sus informes ya los austríacos habían bombardeado Venecia en 1840 con montgolfiers no tripulados. La puntilla fue cuando el abuelo comentó la mala suerte que había tenido el general Bernardo Reyes, que recién escapado de la cárcel al frente de un grupo de rebeldes, apenas llegado al Zócalo una bala en la frente lo había matado: Walter dijo que para mala suerte, la de Portheo, el primer griego que salió del caballo de Troya, se cayó de cabeza y se mató.

Por esta vez, sin embargo, la cultura salvó a Walter de una segunda caída, aunque no tan grave como la del griego, ya que hablando de la Revolución el tío Austin metió su cuchara y acusó a

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