Como el sueño se me había espantado por completo, me puse a vaciar el cofre de Palinuro, que estaba lleno de sorpresas y objetos raros. Entre otras cosas que encontré, había una ampolla de vidrio que emitía vapores para preservar mariposas disecadas, cien hojas de papel con el caduceo de Mercurio como marca de agua, unas tijeras que Palinuro usaba para cortarle el pelo a los perros (como llamábamos a los estudiantes de primer año), cinco máscaras de diablos michoacanos, de distinto color cada una y dos frascos de farmacia antiguos. Uno decía INF. CALUMB Conc., y era donde mi amigo guardaba sus preservativos usados. El otro frasco decía LIQ:MORPH:HYD, tenía una cajita con todas las uñas que se había mordido en los últimos cinco años y un pomo con todo el esperma de las masturbaciones de nuestro amigo Molkas correspondientes a un plazo semejante, y que por lo mismo tenía una etiqueta que decía «Sementerio». También encontré una dentadura domesticada que había pertenecido a la abuela Altagracia, un gabinete flamenco de materia médica con cajoncitos llenos de hierbas y piedras bezoares, un frasco con un muestrario de colores impreso en su etiqueta para medir la alcalinidad o la acidez de la orina y dos de los tres gigantescos volúmenes de México a través de los Siglos, que según me explicó Palinuro, tenían propiedades carminativas, o en otras palabras, servían para la expulsión de gases: para esto, bastaba acostarte bocarriba y ponerse los volúmenes en el estómago: en seguida comenzaba uno —me dijo—, a echarse unos formidables pedos históricos.
Y mientras yo desentrañaba éstas y otras mil maravillas, mi amigo Palinuro, con el calcetín todavía en la cara y en voz muy baja —como si hablara consigo mismo, casi como si no quisiera que yo lo escuchara— me contó que antes de que comenzaran las clases en la Escuela de Medicina, cuando estaba recién salido de la preparatoria, el primo Walter lo invitó a una serie de conferencias. Hacía poco tiempo que Palinuro, lleno de fantasías, había comprado su uniforme y sus zapatos blancos, su maletín, un estetoscopio y un espejo frontal. Como siempre, el barrio, con sus edificios viejos pintarrajeados por el musgo y con sus callejones alusivos a la muerte y al Espíritu Santo, contribuyó a los hechizos que fascinaron su imaginación. Cuando caminaba por la Calle de los Santos Sepulcros, en Santo Domingo, le era fácil imaginarse que llegaba a la escuela vestido de blanco, con sus libros y sus instrumentos, saludaba a los nuevos amigos y a Caronte —el viejo y sabio portero encargado del anfiteatro—, subía por la escalinata, se descubría ante la imagen de San Lucas y entraba en la sala de disecciones. El anfiteatro era inmenso, con graderías circulares de roble labrado, ujieres que portaban antorchas de resinas perfumadas y mozos que al igual que en otras épocas más venturosas, cuando las disecciones eran públicas, repartían flores de azahar entre las damas para que el olor a corrupción no las ofendiera. Eran las novias de la muerte, pensó Palinuro, cuando se las imaginó sentadas junto a los enanos, las verduleras y los cocheros. Pero en este caso los efluvios provenían de las manzanas, del betún de Judea, de la vainilla: eran los olores de una
calle y de un mercado a las once de la mañana, con sol y automóviles, por donde caminaba Palinuro soñando con el primer cuerpo que contemplaría sobre la plancha de disecciones. Palinuro no sólo estaba de acuerdo con Balzac, quien había dicho que un hombre no puede casarse antes de estudiar anatomía, y haber disecado cuando menos a una mujer, sino que además, cuando leyó a Torcuato Tasso, comenzó a comprender el parentesco que une a la belleza con la muerte. Con Villon, Palinuro compartió la fascinación de las mujeres muertas y con Edgar Allan Poe la convicción de que la muerte de una mujer hermosa es el asunto más poético del mundo. El primer cuerpo que le tocara, por lo mismo, tendría que ser el de una muchacha joven, de trenzas oxidadas y piel tan blanca y quebradiza que casi transparentara las vísceras azules y «su corazón, copo de nieve», como había dicho un poeta triste y cursi. Después, un domingo encontró en el mercado de La Lagunilla una bomba aspirante y el gastroscopio: los dos viejos y oxidados, pero se propuso limpiarlos hasta que quedaran como nuevos. Y se extasió por horas enteras ante un escaparate de un comercio de instrumentos quirúrgicos y artículos médicos de la Calle de Brasil, que además de reflejarlo a él de cuerpo entero, reproducía un consultorio ideal con su báscula, su mesa de reconocimiento, su escala de letras, sus ficheros, su salivadera, su sillón para reconocimiento ginecológico, y dos armarios: uno repleto de medicinas y libros, y otro con instrumentos relucientes.
En la primera de las conferencias proyectaron la película a color de la extirpación de un riñón. Esta fue la primera vez que Palinuro salvó la distancia que hay entre la lámina de un libro y la realidad —o al menos, una aproximación fiel a la realidad—. Cuando el cirujano hizo el primer corte de la piel, y después el corte del panículo adiposo, Palinuro sintió un vacío en el estómago, pero pensó que pronto se le pasaría y trató de concentrarse en las maravillas que habrían de seguir. Pero bastaron unos cuantos segundos para que se diera cuenta de que tales maravillas sucedían, nada más, en el mundo de las palabras y de las ilustraciones: la ligadura de la arteria intercostal le produjo náuseas, y el primer atisbo de las palpitaciones de los músculos y los órganos cuyos movimientos escapan a la voluntad, lo llenó de alarma. En el momento en que el cirujano cortó la hoja fibrosa del peritoneo visceral y en seguida la cápsula renal, Palinuro sintió que un escalofrío le recorría todo el cuerpo, la vista se le nubló y supo que iba a desmayarse. Al aparecer el riñón Palinuro salió de la sala dando traspiés. De regreso a la casa, el primo Walter le aseguró que no tenía por qué preocuparse, que eso les sucedía a muchos estudiantes al principio, pero que después aprendían a dominarse y más tarde se volvían casi insensibles. Palinuro le agradeció el estímulo y se dijo que sin duda el primo Walter tenía razón. Entonces estaba muy lejos de pensar que el doloroso proceso que lo alejaría de la medicina, apenas había comenzado. Durante esas mismas vacaciones que precedían al primer período escolar, Palinuro visitó también varios hospitales y descubrió que le sucedía exactamente lo contrario de lo que le pasaba a Estefanía. Ella no toleraba la mención de cosas desagradables, pero era capaz de entrar en contacto directo y diario con ellas. Él, en cambio, podía hablar de cualquier cosa: de sangre y heces, de tumores, de las orinas con el olor a pescado característico de algunas infecciones de bacterias coli, de las lipomatosis gigantes y de cuanta porquería o monstruosidad se le ocurriera, incluso a la hora de la comida, sin que sintiera la menor aprensión. Pero cuando de verdad tuvo que enfrentarse a ellas, cuando de verdad aspiró el olor infinitamente agridulce y desesperanzado de los anfiteatros del Hospital General y del Hospital de la Mujer, y en una sala de la Cruz Roja vio a un hombre de cuyo ano pendía un trozo de intestino de casi
un metro de largo; cuando aspiró los vapores nauseabundos de la gangrena; cuando vio en el lazareto a enfermos con lepromas que reventaban de pus amarillo y espeso, y en el laboratorio de patología le mostraron dos tumores cancerosos de pulmón, pequeños, verdes y nacarados como dos guisantes, Palinuro se dio cuenta que existía la posibilidad de que jamás pudiera superar las náuseas atávicas, el horror cósmico que le producían todas esas miserias humanas.
La medicina estaba bien —me dijo Palinuro esa noche, en voz baja, como si hablara consigo mismo—, cuando uno se aventura con la ayuda del primo Walter a descubrir en la ciudad italiana de Bistori, el origen de la palabra bisturí. La medicina era la promesa de un mundo cabalístico mientras se contemplaba en los escaparates los aparatos de anestesia con cuatro indicadores de nivel a medio llenar con líquidos de distinto color que ascendían y descendían como los órganos para tocar música a colores inventados por Rimington y Burnett. La medicina era un cuento de hadas cuando se hojeaba un libro de vendajes y se descubría la belleza y la elegancia de vendajes de espicas, de capelina y cruzados de inversa, que recordaban el atuendo de las momias de Egipto, las sandalias de los gladiadores que daban su vida por Roma o los turbantes de califas que salían de noche, disfrazados, a caminar por las calles de Bagdad. La medicina era también algo con qué soñar cuando Palinuro y sus amigos se reunían en un café para hablar del cateterismo del corazón y se imaginaban nuevamente vestidos de blanco inmaculado, contemplando en una pantalla fluorescente el tubo de hule insertado en la vena del codo derecho y su paso a través de la vena innominada, la vena cava superior, la aurícula derecha y el ventrículo derecho hasta desembocar en la arteria pulmonar. La medicina, naturalmente, era una maravilla cuando en una noche de farra, mal comidos pero bien bebidos, los tres amigos se hacían el propósito de ahorrar dinero y comprar entre los tres un microscopio para descubrir personalmente el universo abigarrado e hirviente de los microorganismos. Palinuro se compró un viejo libro de bacteriología, y siguió soñando. Pero entre la mitología de la palabra bisturí y la resección del estómago —me dijo—, había una distancia enorme. Tan grande y tan insalvable como la había entre los colores de los niveles de la anestesia y la asfixia blanca con muerte instantánea que podía sobrevenir en cualquier momento durante el curso de una operación; o entre ese mismo mundo liliputiense y multitudinario de los microorganismos, y toda la podredumbre que producían en el cuerpo: las úlceras y las escamas. Las supuraciones, las membranas difteroideas, la septicemia. Y en última instancia, la muerte.
La muerte, en los tratados de sarcología y angiología, era también una muerte muy distinta a la verdadera, y las técnicas de las que hablaban los libros estaban destinadas no tanto a realzar la miseria de un cuerpo sin vida, sino a dignificarlo, a purificarlo, a transformarlo —por medio de transparencias y colores insospechados— en una escultura de alabastro. La primera operación, me dijo Palinuro, se llama hidrotomía. En la carótida primitiva del cadáver —y el cadáver volvía a ser, en sus sueños, el de una muchacha joven y blanquísima como las muertas que Berlioz se encontraba en las calles de Florencia— se introduce una cánula conectada al grifo del agua. Después se cortan las yugulares. O quizás mejor —decía el libro— se abre el tórax por su línea media anterior, se deja al descubierto el corazón y se perfora el ventrículo derecho introduciendo en el orificio un tubo de cristal. Se deja correr el agua. Y por el tubo comienza a o otar un surtidor de agua turbia teñida de rojo oscuro. Después, el agua se vuelve color de rosa y sale acompañada por coágulos y restos sanguíneos. Por último, se vuelve incolora y recupera su transparencia. El cadáver, con los tejidos
cutáneos hinchados, se deja por horas —o por días, si es necesario—, después de hacerle pequeñas incisiones en la piel para que salga el exceso de agua. El cuerpo, entonces, estaba listo para la segunda operación. Para conservarlo se le podía inyectar sustancias compuestas por azúcar blanco y sal gris, por ácido fénico y glicerina. Y para que revelara los secretos de sus venas y de sus arterias, había que recurrir a sistemas ideados hacía muchos años: Silvio, en el siglo XVIII, hizo la primera
descripción del encéfalo al inyectar en las arterias cera hirviendo de diversos colores. Palinuro se imaginó el cuerpo blanquísimo de la muchacha a través del cual comenzarían a nacer, crecer y multiplicarse como un río, o como mil ríos, las venas y las arterias. Las venas tenían que quedar rojas, y para ello se usaba Carmín Bermellón o Rojo Escarlata Ultramarino. Las arterias, azules, y para ello se recurría al Azul de Prusia o al Azul de Metileno. Así, la realidad se ajustaría a los colores de las láminas de los libros. Palinuro pensó mil veces en el cuerpo recorrido por los ríos rojos y azules de venas y arterias con sus infinitos meandros y ramificaciones, y su imaginación fue más allá todavía y se propuso, ¿por qué no? experimentar con ceras teñidas con otros colores. Podía tal vez emplear el Amarillo de Martius para las venas de los pulmones y el Negro Janus para teñir las arterias del cerebro. Con el Violeta de Hoffmann el hígado quedaría envuelto en una red de venas color lila. Con el Verde de Naftol, los ojos quedarían apresados en una malla de arterias color oliva. Después se podría recurrir a otros procedimientos mágicos que exigían conocimientos de óptica — como el índice de refracción de músculos, glándulas y líquidos— para volver transparente un segmento del cuerpo donde previamente se hubiera inyectado a las venas y arterias con las sustancias colorantes. Este procedimiento, llamado diafanización, ofrecía la posibilidad de transformar la estatua de alabastro en un cuerpo de cristal que revelara el mecanismo de relojería del organismo humano, los misterios de esa maravillosa máquina compuesta por cincuenta millones de millones de células, capaz de respirar tres mil trescientos galones de aire en un día o de procesar cuarenta toneladas de alimentos en una vida.
El primer cadáver al que se enfrentó Palinuro, me confesó, no fue el de una muchacha. Y no se trataba de una hidrotomía sino de una autopsia. Fue también esta vez el primo Walter quien lo invitó. El cadáver, por una extraña coincidencia, era el de un muchacho que debió tener la edad y la estatura de Palinuro. Que debió quizás tener las ilusiones de Palinuro cuando estaba vivo. La coincidencia fue todavía más lejos: Palinuro descubrió que el color de la piel, los ojos y el pelo era similar al de los suyos. Y si el parecido de la nariz, la frente o la boca casi no existía, había sin embargo otras semejanzas que no se podían poner en duda: entre el corazón del muchacho, sus intestinos, sus huesos, su lengua y su vejiga, y el corazón, los intestinos, los huesos, la lengua y la vejiga de Palinuro, no había ninguna diferencia notable. Por lo demás, era un muchacho desconocido, con sangre en la nariz y en la boca, con facies de Cushing, con los ganglios linfáticos crecidos, con manchas púrpuras en los brazos y en las piernas, con los testículos hinchados y edema en los pies, y cuya sangre había comenzado a decolorarse cuando aún estaba vivo sin que hubiera habido necesidad de inyectarle agua, por la simple razón de que había muerto de leucemia. Era un muchacho desconocido. Pero sus manos se parecían a las de Palinuro. Y también su cerebro, su médula espinal, su aorta. Palinuro resistió tan sólo unos minutos. Alcanzó a ver cómo el profesor, con un solo movimiento de cuchillo, cortaba la piel hasta las costillas desde el hombro izquierdo hasta el hombro derecho. Vio cómo efectuaba la incisión abdominal y cómo, también de un solo tajo, cortaba los
cartílagos costales y separaba los tejidos blandos del tórax. Palinuro se salió del anfiteatro y corrió al baño a vomitar. No alcanzó a llegar al escusado: dejó, en el mingitorio, los cuajarones de leche y los pedazos de carne y verduras a medio digerir. El olor repugnante de su propio vómito lo hizo devolver una y otra vez, hasta que le dolió el estómago. Después salió a la calle a caminar sin saber hacia dónde o por qué. Pero su imaginación no pudo escapar al horror. Sabía también de memoria todo lo que seguía. Mientras caminaba por San Ildefonso, a la sombra de aquellos inmensos fresnos que parecían contener a todos los pájaros del mundo, vio la mano enguantada del médico recorriendo los pulmones en busca de adherencias, y sintió que le faltaba el aire, que una mano de hierro le oprimía el pecho. Pasó después por las fotografías y los negocios de copiadoras, y los olores amoniacales que le llegaron le hicieron sentir un malestar intolerable. Vio al médico cortar con tijeras la cavidad pericárdica. Lo vio jalar el intestino delgado y colocarlo en una palangana blanca. Y no pudo dejar de imaginarse que el cuerpo del muchacho era el suyo. Y volvió a vomitar en una esquina, junto a un poste del alumbrado, cuando le llegaron las tufaradas de las fritangas y la cerveza. Recorrió todas las calles por las que él y yo habíamos pasado tratando de no pensar ya más en la autopsia, y casi lo logró. Y cuando estaba ya en el mercado de las flores, vio al médico extirpar el ano, extirpar la garganta y las estructuras cervicales. Y volvió a vomitar y el hedor ácido del vómito emponzoñó las fragancias de las rosas y las gardenias, de las lilas y los nardos. Cuando se alejaba del mercado, vio, con la misma claridad que si lo tuviera ante sus ojos, cómo el maestro cortaba la bóveda del cráneo con una sierra eléctrica y la separaba con escoplo y martillo. Una nueva y espantosa mezcla de olores lo asaltó: por un lado la fetidez de las pescaderías donde las merluzas, los calamares y las ostras llovían como maná sobre el hielo; por el otro, los olores de los cigarros Reina Victoria, Caprichos y Alfonso XIII fabricados por El Buen Tono: olores a tabacos Virginia, Burley y turco; aromas nobles y tostados, rubios y oscuros, que envolvieron la adolescencia de Palinuro con las fragancias del Jardín de Alá. Dos imágenes acudieron a su mente: las palabras de Flaubert cuando habla de la repugnante mezcla de olores de los cítricos y de los apestados de Jaffa, y la historia que le había referido un amigo sobre una avioneta que se estrelló en la sierra con dos hombres a bordo y un contrabando de perfumes, lociones y aguas de colonia. Unos días después, el equipo de rescate localizó los restos por las tufaradas traídas por el viento en las que se mezclaba la pestilencia de los cadáveres en descomposición con el olor de las fragancias. Cuesta abajo, transportaron los cuerpos a lomo de mula y uno de los cadáveres, hinchado como un globo, fue expulsando por el ano durante todo el camino unos gases estruendosos que combinaban también en su olor el tufo nauseabundo de la corrupción y de la materia fecal, con el aroma fresco y dulcísimo del espliego y la alhucema. Palinuro vio entonces cómo el cirujano vaciaba la cavidad craneal arrancando el cerebro con sus propias manos. Después el médico cortó con tijeras la aracnoides para exponer la arteria cerebral media. Y Palinuro vomitó el resto. Pero el resto fue sólo una baba