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La mitad alegre, la mitad triste, la mitad frágil del mundo

In document Palinuro de México (Fernando Del Paso) (página 120-139)

«Con qué nobleza se revuelven Todos juntos esos muchachos Y claman por una justicia Perturbando, vociferando…»

dijo el primo Walter cuando en efecto, perturbando y vociferando entraron a la cantina La Española —donde en esos momentos se encontraban Walter y Palinuro comiendo caracoles a la vizcaína y bebiendo cerveza— siete, diez, quince muchachos, quién sabe cuántos, todos juntos y hablaron, rieron, echaron albures y discursos, repartieron volantes y salieron alegres, tumultuosos, perturbando. ¿Por qué no se olvidan de la política y se ponen a estudiar? Se preguntó Walter en voz alta, pero lo que dijo —no lo de la política y el estudio sino la cita del poema de Jorge Guillén— lo hizo no tanto porque lo conmovieran los estudiantes o le importaran sus problemas y sus ilusiones, sino únicamente con el propósito de demostrarle a Palinuro —o demostrarse a sí mismo—, que la recóndita zona de su cerebro que correspondía a lo que podría llamarse memoria auditiva o memoria literaria —o a lo que quizás don Próspero hubiera llamado la protuberancia de la memoricidad poética— estaba, en su caso, funcionando a las maravillas esa noche, que como todas las noches era hija del caos y madre del sueño, de la muerte y del delirio y en la que una vez más los dos primos estaban dispuestos a beber y hablar hasta que los gallos con las paperas llenas de carbón inauguraran el día y los carniceros comenzaran a deslomar la manteca con el fulgor del vértigo: ¡Oh noche engendradora de embelecos! hubiera también exclamado Walter y agregado que el ¡oh! era un añadido de su propia cosecha de ohes, ayes y ahes que crecían en su huerta en estado lírico, si Palinuro no hubiera insistido en que su primo le explicara qué era la memoria auditiva y cuál la memoria musical y cuál la memoria táctil y cuáles, en fin, todas las memorias que le enumeró Walter gracias a que —agregó por hacer un chiste, él desde luego tenía una gran memoria. O cuando menos un montón de buenas memorias especializadas—, y entonces Walter, Walter el elegante, Walter el del chaleco de rombos y Walter el que había vivido en Londres, Walter que como Dante Gabriel Rossetti tenía preferencia por lo triste y lo cruel, Walter que lo había leído todo, Walter que sabía de las cuatro mil cuatrocientas cuarenta y ocho enfermedades de las que hablaban los antiguos sabios de la India, que sabía por qué se llamaba materia pecante al sustrato de una enfermedad y el único en la casa que había oído hablar de Caradrio, el ave fabulosa cuya sola mirada curaba la ictericia; Walter en fin, el mismo que había pronosticado que así como en Boloña había una escultura de Tagliacozzi con una nariz en la mano, así también habría alguna vez en el pueblo natal de Molkas una escultura de su mutuo amigo con un pecho en la diestra (pero no el suyo sino el de una mujer), Walter comenzó a

explicarle a Palinuro, entre trago y trago y con el objeto de hacerle entender a su primo la miseria y la fragilidad de la vida humana, cómo es que nuestro cerebro, al igual que nuestro cuerpo, no es otra cosa que un pequeño agregado de órganos: uno que sirve para oler, otro para defecar, otro para sentir hambre o recordar un poema, y así sucesivamente aunque claro, ésta era una explicación muy elemental y las cosas, agregó, son muchísimo más complejas, pero no por eso más alentadoras, sino al contrario, y por supuesto, cuando rebanas un cerebro (como me contaste que lo hiciste o lo viste hacer) no te encuentras adentro una nariz minúscula, unos ojos en miniatura o un estómago de juguete, y mucho menos y por fortuna una ilusión con la forma y el color mostaza de un suéter universitario o un pensamiento con alitas anaranjadas; de hecho uno no se encuentra nada salvo en esas raras y sorprendentes ocasiones en que se tiene el privilegio de abrir un cerebro y descubrir en su interior uno de esos tumores ovoides y perlados con apariencia de nácar y formados por colesterina y carbonatos cálcicos que lo hacen a uno pensar en la existencia de un huevo de gallina dentro de un huevo de avestruz, y en la posibilidad de que de pronto se abra para dejar nacer a un cerebro fresco y nuevo y recién barnizado y del tamaño de un huevo de paloma, que contenga, condensada, toda la sabiduría del mundo. A su vez, la explicación que hizo el primo en La Española, quizás no hubiera tenido lugar si Palinuro, tras un segundo y enorme y casi sobrehumano esfuerzo por vencer la repulsión y después de sus viajes por la pintura, por la publicidad y por las Islas Imaginarias, no hubiera regresado a la Escuela de Medicina y asistido a una segunda autopsia que por pura coincidencia era también la de un muchacho de más o menos su misma edad. Imposible (dijo Walter) los cuerpos de muchachos de veinte años no se dan como enchiladas y comenzó a hablar de nuevo de las disecciones de cadáveres que se hacían en otras épocas cuando los ayudantes de cirujano colocaban en el suelo una alfombra ¿sería roja para disfrazar la sangre? para que al igual que el Sha de Persia, el emperador Moctezuma y los magistrados de las Cortes inglesas, sus pies no entraran en contacto con la tierra impura. Y si Palinuro se animó al fin a regresar, fue gracias a que Walter le había insistido tantas veces que con el tiempo todo el mundo podía dominar la repulsión con sólo proponérselo, y que esperaba que Palinuro algún día se recibiera de médico y cirujano Magna Cum Laude con todos los honores (y todos los horrores) necesarios en la querida Escuela de Medicina, en la inefable Alma Máter, para que él, Walter, lo recibiera como John Hunter recibió a su hermano William en su casa de Londres (de Londres tenía que ser) no necesariamente con los brazos abiertos pero sí con los brazos, o tal vez debía decir con dos brazos, porque al igual que el pecho que Molkas tendría en la mano, los brazos no eran de Johnny sino de un cadáver y Johnny se los regaló a Bill para que éste los disecara cosa que, dijo Walter, hizo en forma admirable. Y hubiera querido seguir hablándole de la Historia de la Cirugía de Graham que acababa de leer y de las disecciones que se hacían en Boloña, por ejemplo, donde sólo se disecaba un cuerpo en todo el año, justo antes de la Navidad ya que como decía Woodall «no es pequeña presunción desmembrar la imagen de Dios», y de los criminales jóvenes que eran estrangulados con toda habilidad y misericordia y se les prometía indulgencias si legaban su cadáver a la ciencia, y de la Academia Mexicana de Cirugía cuyo emblema podría reproducir Palinuro en tercera dimensión y de verdad el día que tuviera un cadáver (se refería a un cadáver para él solito) ya que consistía en una diestra con el Ojo de la Sabiduría en la palma, y si la mano era de la Sabiduría o en todo caso si el Ojo era de la mano eso era un misterio insoluble, pero el caso es que ambos se destacaban sobre el fondo escarlata de la sangre del mundo,

y hubiera dicho más, hubiera tal vez agregado Walter que decir que escaseaban los cadáveres era una exageración y que en todo caso lo que pasaba es que había demasiados estudiantes (de los vivos, claro) y que en sus tiempos era peor porque había menos universidades en la provincia y los muchachos parecían zopilotes alrededor de los cuerpos y ahora en cambio a Palinuro, si no le tocaba un cadáver para todo el año, un cadáver que pudiera conocer milímetro a milímetro y venícula a venícula (aunque desgraciadamente cada vez se pusiera más correoso) y con el cual acabaría por encariñarse hasta el punto de inventarle toda su historia y su pasado y de hablar con él y de pedirle perdón por sacarle la lengua (se refería, claro, a la lengua del cadáver y no a la lengua de Palinuro), si no sucedía así, siempre le quedaría el recurso de visitar a Caronte, el viejo cuidador del anfiteatro que nada tenía que ver con el viejo enterrador de la comarca aunque era melenudo como Mandrágoro, y pedirle que lo dejara trabajar con un cuerpo fresco durante unas horas, al amparo de las alas negras de la noche, porque los cadáveres —dijo, o hubiera dicho—, ya no cuestan dos guineas como hace dos siglos sino una botella de tequila, pues tal es el precio de Caronte, quien desde luego no se llama así, pero por obvias razones le habían dado ese apodo en honor del barquero del Hades encargado de transportar a los muertos y de rechazar las almas de los insepultos, y tampoco, claro, es ya necesario —le dijo— que un William Burke y su amante asesinen borrachos para vender sus cuerpos al doctor Knox, aunque por supuesto cada vez es más difícil que se aparezca en tu mesa de disecciones Dick Turpin u otro criminal famoso, ya que ahora los cadáveres son de viejos y vagos desconocidos, de prostitutas ¿y por qué no? quizás también de estudiantes que perturban y vociferan. Clamando justicia, murmuró Palinuro sin darse cuenta de lo que decía, sino sólo en un intento de completar la cuarteta. Pero Palinuro ya no deseaba escuchar nada de disecciones y autopsias imaginarias o de las disecciones que se anunciaban con bombo y platillos en el Daily Advertiser o en el London Evening Post, sino que quería, y así se lo dijo a Walter, referirse a una sola disección, o para ser más exactos a una sola autopsia concreta y real: la del segundo muchacho, a la que había asistido hasta el fin, hasta que el profesor había tomado su cerebro en la mano (no el suyo, claro, sino el del muchacho) y comenzado a rebanarlo en dieciséis partes, y de esto es de lo que interesaba hablarle a Walter y que Walter le hablara: del momento en que el profesor, tras extirpar la lengua, la garganta, los globos oculares y el cerebro, cortó transversalmente el hígado con un cuchillo largo y filoso y abrió el riñón y escindió los testículos y el bazo y comenzó después a rebanar el cerebro, y el silencio en el anfiteatro (le dijo Palinuro) era absoluto y si de la calle llegaba el rechinido de un tranvía, el clamor de los automóviles o un grito, no llegó en cambio ningún ruido que pudiera confundirse con Dios, así como adentro de la sala ningún ruido se confundió con un quejido cuando el profesor extrajo las cuerdas vocales, y ningún sonido se confundió con una exhalación cuando el profesor cortó el tejido pulmonar y si acaso hubo ruidos que se asemejaran en algo a los que hace un organismo vivo, se produjeron cuando el ayudante del profesor, en un cuarto anexo a la sala, vació en un recipiente el contenido del estómago y exprimió el intestino para que expulsara las heces, y por supuesto (¿pero qué por supuesto? preguntó Walter), no hubo tampoco, cuando el profesor comenzó a cortar el cerebro, ningún destello de conciencia pura o un último fuego de artificio póstumo que revelara un milagro: el cerebro era simplemente un órgano que podía cogerse con una sola mano, un órgano que como decía Walter tenía en efecto forma de huevo y estaba cubierto de sustancia gris y era blanco por dentro y tenía cisuras y surcos y eminencias y que podía

rebanarse exactamente en la misma forma en que se rebana un jamón o un queso Emmental. Y Walter, Walter que sabía tantas cosas, Walter que conocía las historias de la medicina más antiguas y exóticas que narraban el arte de curar desde los tiempos en que Sorano llamaba testículos a los ovarios y se decía que los escorpiones venían de la tierra de Gog y Magog; Walter que con cualquier pretexto contaba cómo Aristóteles refutó la teoría de Alcmeón, el cual afirmaba que las cabras respiran por las orejas, Walter, en fin, le dijo a Palinuro que quizás la última comparación era la más adecuada, y le recordó el proceso de porosis del cerebro durante el cual después de la muerte este órgano se llena de pequeñas cavidades de forma regular bajo la influencia de los microbios de la putrefacción y que son muy parecidas, según decían, a los agujeros del queso Emmental. Y claro, dentro del cerebro nadie, nunca, se había encontrado la Cuádruple Raíz del Principio de Razón Suficiente de Schopenhauer o la Hipótesis del Carbono Asimétrico de Van’t Hoff y Le Bel, o simplemente, como en el caso del segundo muchacho, las tablas de multiplicar y el alfabeto —o el llamado a la huelga y el relajo, si efectivamente se trataba de un estudiante vociferador— y las cartas a la novia: nada de eso estaba ni en ninguna ni en todas las dieciséis partes del cerebro, y no sólo porque el muchacho nunca hubiera estudiado filosofía o no le hubiera interesado la música o la química, y no sólo tampoco porque pudo haber sido un muchacho que jamás aprendió a leer y hacer números —y que por lo tanto jamás fue estudiante—, y que nunca le llamó la atención el fútbol ni tuvo novia alguna a quien amar y ofender; no sólo por todo eso, sino sencillamente porque nadie, nunca, le dijo Walter, ante los hemisferios cerebrales, ni Galeno, ni Albucasis, ni Avenzoar, ni Esculapio, ni el primer médico de los dioses cuando por primera vez tuvieron en sus manos el cerebro de un hombre muerto, habían encontrado nada en él. Aunque decir nada, claro, era ir demasiado lejos. Porque después de que Silvio inyectó las venas del cerebro con ceras ardientes, y a medida que fue avanzando el estudio arquitectónico de la corteza cerebral, que Stilling inventó la forma de cortar secciones continuas del tejido cerebral y que Golgi desarrollara un método para teñir el tejido con nitrato de plata que reveló la estructura del cerebro como una red de células nerviosas o como un sistema de redes relacionadas entre sí, y después, claro de inventado el microscopio, los investigadores —le dijo Walter—, habían desde luego descubierto en el cerebro tejidos, vasos infinitesimales y otras maravillas hasta llegar al corazón mismo de las células nerviosas. Pero además, después de que Max Dad y Broca habían localizado el centro del habla en la base de la circunvolución frontal del hemisferio izquierdo (que después lo refutara Henry Head eso era totalmente irrelevante para lo que estaban hablando haciendo uso, precisamente, de las circunvoluciones apropiadas cualesquiera que fueren), y después de que Helmholtz demostrara que el impulso nervioso viaja con boleto de ida y vuelta, y de que Fritsch y Hitzig comprobaran que un estimulo eléctrico del córtex cerebral provoca un movimiento involuntario de los ojos, después de todo eso (y antes también, porque Walter le advirtió que estaba citando nombres y experimentos en absoluto desorden cronológico), los investigadores habían encontrado maravillas en ese pequeño órgano que Palinuro había visto rebanar en dieciséis partes; o para ser más correctos, no sólo en el cerebro sino en todos los órganos y agregados que junto con los dos hemisferios cerebrales, forman el encéfalo. Y Walter hubiera seguido hablando y diciendo y tornando, si Palinuro, después de ordenar más caracoles y más cervezas, no hubiera desviado de nuevo la conversación para regresar esta vez ya no a la sala de autopsias sino a la misma cantina en donde estaban, La Española, y a

donde él, Palinuro, y un grupo de amigos y compañeros de la escuela habían también llegado hacía unos días y también vociferando, perturbando, alegres y sedientos pero por otras razones muy distintas, ya que después de la autopsia (le dijo a Walter), y luego que alguien hizo la observación de que las dieciséis rebanadas de cerebro formarían puestas una tras otra una banda de casi dos metros de largo, y luego de que el profesor reveló que el pulmón derecho del muchacho pesaba cuatrocientos cincuenta gramos y que su válvula mitral medía diez centímetros; o en otras palabras después de que el muchacho y con él lo que había sido: su memoria, sus recuerdos y sus vivencias y con él su infancia y sus amigos comenzaron a desparramarse por el mundo, a repartirse en frascos y en botes de basura, en cajas de Petri, en tubos de cultivo, en cristales y preparaciones microscópicas, en láminas y en transparencias, en vertederos y escusados, Palinuro y sus amigos decidieron ir a tomar unos tragos a La Española, donde además de los caracoles a la vizcaína se podía también comer ostiones en escabeche, sándwiches de tártara, cebollas al carbón y otras delicias increíbles, y allí, en el mismo lugar adonde acababan de llegar Palinuro y Walter en esos momentos (o mejor dicho en otros momentos), salieron a relucir otras estadísticas y otras medidas del cuerpo humano y otras bromas, y se reveló por ejemplo que todos los vasos capilares del muchacho —o en todo caso de cualquiera de los allí presentes— formarían, juntos, un tubo de veinte metros de diámetro o en otras palabras un tubo mucho más grande que cualquiera de los hasta entonces construidos para desalojar las aguas negras de la ciudad de México, y a propósito de agua, pero no de aguas negras sino sencillamente de hachedosó, agua simple, la hermana agua (hubiera dicho Walter citando a Amado Nervo) el agua que es agua y vapor y nieve y escarcha y nube y cascada, pero que es también cerebro y lengua, si uno se bebiera de sopetón los cuarenta y tantos litros de agua que contiene el cuerpo —dijo uno de los condiscípulos de Palinuro—, uno por supuesto se caería redondo con un ataque de hidropesía fulminante. Y a propósito de esto, si uno respirara, comenzó a decir otro de los amigos, pero aquí intervino Molkas que como siempre se distinguió por una vulgaridad diamantina y quien dedujo que al medir un miembro normal en erección unos quince centímetros de largo y un recto con todo y conducto anal la misma cantidad de centímetros, tendría el placer de llegar con la cabeza de su verga hasta el comienzo mismo del colon sigmoide de cualquiera de sus amigos que estuviera dispuesto a que su amante y seguro servidor (Molkas), le almidonara la flora intestinal. Y a propósito de lo de más arriba, continuó el otro amigo (que por cierto estaba muy metido en el asunto de la huelga y las manifestaciones), y que sin necesariamente darse por aludido dijo claramente «No me gusta que me interrumpan cuando hablo», nadie podría respirar de una sola vez los doce mil litros de aire, «¡Imagínense… doce mil litros de aire!» que cada día pasan por los pulmones: sencillamente uno también reventaría o se agregaría a los satélites terrestres o recorrería una distancia indefinida y repentina y serpentinamente increíble como esos globos que se inflan y se dejan sueltos, así no más: ¡prrrrt! Y a propósito de gases, dijo Molkas, pero quizás sería más fácil, dijo Fabricio, beberse de una sola sentada el litro diario de saliva producido por el organismo, aunque claro, uno se vomitaría de asco. A cambio de eso —hubiera dicho Walter de haber estado allí porque nunca se perdía la oportunidad de recordarle a todo el mundo que había vivido en Londres—. A cambio de eso —dijo Walter, que después de todo sí estaba allí en la misma cantina, La Española, cuando Palinuro le contaba de la vez que había venido con sus cuates—, a cambio de eso los ingleses, si se bebieran la pinta de bilis que producen todos los días como todo ser humano normal, al cabo de un año se

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