Aunque la verdad sea dicha, nunca Estefanía y yo fuimos ricos ni nada que se le pareciera. Si algo tenía nuestro cuarto de la Plaza de Santo Domingo en la ciudad de México, es que era un cuarto bien orientado, y con las paredes de cáscaras de huevos como las casas de los pigmeos enemigos de las grullas, pero nada más. Nunca siquiera tuvimos amigos de esos que cuando llegas a su casa, prorrumpen en caviares y champañas. Y a propósito de champaña, sólo una vez, que yo recuerde, abrimos una botella y fue la tarde en que la llevó el primo Walter, que acababa de regresar de uno de sus viajes por Europa. «Compré esta botella para celebrar», nos dijo. «¿Para celebrar qué?», preguntó mi prima con esa ingenuidad que la circunscribía en sus momentos más lúcidos y hacía saltar los corchetes de su brasier. «Para celebrar que pude comprarla», respondió Walter, y prometió que algún día iba a sorprendernos con una gigantesca botella Nabucodonosor de 520 onzas líquidas. Pero nunca lo hizo. Nosotros, en cambio, con muchos trabajos y los ahorros de meses enteros compramos una vez veintiuna botellas de sidra para recibir con veintiún cañonazos al nuevo año, a quien nombramos generalísimo en jefe de los trescientos sesenta y cinco días que lo seguirían fácilmente, por los inviernos apabullantes de Iowa City, las primaveras eternas del Valle de México, los veranos del desierto viviente y los otoños de París que se festejan a sí mismos arrojando al viento miles de hojas doradas.
Y si alguna vez te he dicho que íbamos a París o veníamos de Londres, en realidad es que nos gustaba jugar así, y decirlo así, cuando íbamos a la calle de París o veníamos de la calle de Londres. Si alguna otra vez te dije que visitamos El Prado, el Louvre o L’Orangerie, era que pedíamos prestados en la biblioteca libros de arte dedicados a estos museos y otras galerías —no teníamos para comprarlos—, y nos gustaba jugar después diciendo que habíamos estado aquí o habíamos estado allá. Y el único entre todos nosotros, como te repito, que no sólo una vez sino muchas veces fue a Europa, era nuestro primo Walter, que vivió varios años en Londres con el único objeto de escribirnos cartas donde nos decía tontería y media: que si las hileras de taxis negros que pasaban por el Strand enterraban su prestigio todos los días; que si había conocido a un par de viejecitos que vendían pedazos de parque inglés y venados con las astas llovidas de whisky; que si cada domingo se encontraba a la vuelta de la esquina al renovado Támesis que arrastraba toda la cultura semanal y que lo deslumbraba, como al buen Pound, con sus cabeceos occidentales.
Pero de todos modos y aunque parezca contradictorio, todas las cosas que teníamos en nuestro cuarto y en nuestra vida tenían un valor incalculable. Y no crea usted, don Próspero, señor billetero, no creas tú, Palinuro, que te hablo del valor sentimental que representaban para nosotros: eso se da por descontado. No, me refiero al valor real, al económico, al que endulza los negocios de todas las centurias. Porque si bien no teníamos tazones de porcelana Wedgwood, ni divanes madame Recamier, ni la máscara de jade que inmunizó el alma de un barón azteca, a cambio de eso estábamos
rodeados de objetos que gracias a las leyes de la oferta y la demanda habían alcanzado precios astronómicos.
Esto lo descubrimos un día en que estábamos más pobres que de costumbre, nuestras deudas a punto de excomulgarnos y nuestros ahorros al borde del suicidio: Estefanía tuvo la increíble idea de organizar una serie de subastas para vender nuestras propiedades al mejor postor. Según sus cálculos, podríamos sacar con suerte unos tres mil pesos. De ellos, dos mil nos servirían para dar el primer pago de todas las cosas que vendiéramos, para así tenerlas otra vez, y además nuevas. Con los otros mil pesos, podríamos quizás sobrevivir unas cuantas semanas. Así que invitamos al lechero, al general que tenía un ojo de vidrio, al cartero, a la vecina loca, a la portera, y lo invitamos a usted, don Próspero, y al primo Walter.
Todo salió perfecto a pesar de la ausencia de Walter. Lo primero que rematamos fue nuestra licuadora Osterizer. El general que tenía un ojo de vidrio pujó hasta treinta y cinco pesos. Don Próspero dijo de inmediato: «Cuarenta».
«¿Cuarenta qué?», preguntó el general.
«Cuarenta pesos, naturalmente», contestó don Próspero.
«Nada de naturalmente: podían haber sido cuarenta caballos o cuarenta cañones. De muchas cosas se puede hacer cuarenta.»
«Cuarenta pesos, ¿quién da más?», dijo Estefanía, feliz, y dio un golpecito con el martillo. Y de pronto yo, sin saber por qué lo hacía, me levanté y dije: «Cinco mil dólares.»
Los circunstantes me miraron entre asombrados y tristes, y yo, por supuesto, me quedé con la licuadora. En la explicación que les di, y que fui inventando a medida que se me ocurría, encontré yo mismo las razones de mi actitud. Les hablé de las muchas veces que tú, Estefanía, en bata y con legañas, o en delantal blanco y cofia de chef, me habías preparado al día siguiente un licuado de leche y fresas para aliviar los efectos de la borrachera de la noche anterior, o una salsa de crema y nueces de Castilla para la cena de aniversario. Y te pedí, Estefanía, que adoptaras la posición de la Estatua de la Libertad, con el prisma de la lidiadora en lo alto, a fin de que todos pudieran contemplar la descomposición de la luz en el espectro luminoso de las zanahorias, los tomates, los betabeles y las colecitas de Bruselas que tantas veces nos habían salvado de morirnos de hambre. Y les señalé que en la licuadora (mejor que en ningún otro objeto de nuestro cuarto) podían apreciar lo que dijo Carlos Marx en el sentido de que el valor de un artículo es labor cristalizada; y después les hablé de la aparición de la propiedad privada, vinculada por Engels con el cambio del matriarcado al patriarcado, pero que en nuestro caso apareció cuando nos liberamos de uno y de otro: yo del matriarcado de mamá Clementina y Estefanía del patriarcado del tío Esteban, y nos salimos de nuestras casas y pusimos nuestro departamento con nuestras propias cosas. Antes, mamá Clementina y el tío Esteban nos insistían a mí y a Estefanía que todo lo que había en nuestras casas era de todos y por lo tanto nuestro, pero cuando rompíamos algo o tomábamos prestado dinero resultaba entonces que la lámpara era de mamá Clementina, o los cinco pesos del tío Esteban, y no nuestros como ellos decían. Con argumentos por el estilo, hablándoles del amor, de las naranjas negras que se aparecen en los pentagramas, de las piernas de Estefanía y sobre todo de Adam Smith y de los obreros de Bimbo que los hacen bañarse todos los días antes de hacer el pan y del Seguro Social y de los aguinaldos de Navidad y de la plusvalía y de Fanón, compré esa misma noche nuestro colchón
Simmons en siete mil quinientos pesos, el retrato del tío Esteban en mil quinientas libras esterlinas y cuatro hojas de afeitar Gillete (propiedad de Estefanía), en novecientos millones de liras.
El lechero, don Próspero, el cartero y el general que tenía un ojo de vidrio hicieron todo lo posible por mostrarse comprensivos, pero al final de la subasta, cuando se encontraron con las manos vacías y contemplaron mis riquezas, la envidia se les deslizó por los vericuetos del alma y juraron que no volverían a asistir a ningún remate. Entonces yo le compré a Estefanía tres botellas de vino en cincuenta mil pesos cada una y un pollo frito al estilo Kentucky en doscientos cincuenta y tres dólares, y los invitamos a cenar. Al segundo vaso de vino todos habían olvidado el agravio y quedaron de presentarse al día siguiente.
Excuso decirte que cuando salimos a caminar esa noche por la Zona Rosa, yo sentí por primera vez lo que sienten los ricos y hasta caminé y hablé y bostecé en forma diferente y vi por encima del hombro en forma distinta también.
Nos tomamos un café en París y una pizza en Génova. Vimos los aparadores de Hamburgo y entramos a una librería en Niza, donde mi prima pidió que le apartaran las obras completas de Ortega y Gasset y La Región Más Transparente. Cuando regresamos a nuestro cuarto, sin los libros y sin un quinto, me di cuenta que yo no había sido justo y que a ese paso Estefanía se iba a quedar en la miseria, nadando en los millones de pesos que yo le debía. De modo que le prometí que al día siguiente iba yo a rematar mis cosas, y ella a sentarse entre los postores.
Y así fue: Estefanía compró mi cepillo de dientes, el cartel de la representación de Hedda Gabler en el Teatro Aldwych, el Silabario y Catón de Bruno, y además mis corbatas, dos de mis maletas viejas y todas mis mancuernillas, pagando cifras enormes que hicieron temblar de miedo a nuestros invitados. Pero nada le agradecí tanto como haberme dado quinientos mil dólares por el manuscrito de una novela en la que llevaba yo muchos años trabajando, con lo cual Estefanía quiso demostrarme que los autores desconocidos pueden ser famosos sin que nadie lo sepa.
Esta vez nadie aceptó nuestra invitación a cenar. Cada uno tuvo un pretexto diferente para retirarse a la mitad de la subasta, con la excepción del general, que nos dijo que tenía cuarenta.
«¿Cuarenta qué? —le preguntó Estefanía—. ¿Cuarenta pretextos?»
El general no contestó: se puso la gorra y las condecoraciones, nos miró con un ojo lleno de rabia y salió dando un gran portazo para perderse en una noche sin dimensiones donde las estrellas, los anuncios de gas neón y los automóviles, ocupaban todos el mismo plano, como en las perspectivas caballeras.
La segunda persona que se marchó fue la vecina loca, que no encontrando un pretexto mejor, dijo que se tenía que ir porque estaba esperando una carta. En seguida el cartero dijo que se iba porque tenía que entregarle la carta. La portera se aprovechó para decir que tenía que ir a abrir la puerta para que pudiera entrar el cartero a entregar la carta. Y don Próspero nos dijo que tenía que dar un pésame con la mitad triste de su cara, y luego ir a una fiesta con el lado alegre.
«¿Y por qué no viene después de la fiesta?», le preguntó Estefanía. «Ah, porque tengo que escribir la carta.»
Mi prima y yo suspendimos la subasta para después de la película de la televisión.
Esta vez me tocó, de nuevo, sentarme entre los postores. Pero como no tuve quien compitiera conmigo, cuando Estefanía abrió su joyero y puso en remate el broche con cuatro perlas de verdad
que había heredado de la tía Luisa y el anillo de oro del tío Esteban, yo me aproveché y le di treinta centavos por el collar y dos chelines por el anillo.
Estefanía no dijo una palabra, pero al día siguiente me compró mi tocadiscos Garrard estereofónico junto con mi radio Punto Azul en dos pesos argentinos. Después me compró mi estetoscopio y mis bisturíes, mi Bioquímica y la Colección completa de los Surgeon’s Quarters de Fort Winnebago, Illinois, en medio franco. Y no contenta con eso, en la tarde, se quedó con todos mis discos de Charlie Parker por seis céntimos de dólar, y con toda una ópera por tres peniques.
Cuando acabamos de vendernos y comprarnos todos los objetos tangibles y externos que nos pertenecían, entre ellos las paredes de nuestro cuarto, los cimientos de nuestro edificio y los colores de nuestra bandera, nos vendimos y compramos todo lo imaginable, como los órganos de nuestro cuerpo y sus funciones, nuestras alegrías y nuestras tristezas.
Yo le compré a Estefanía todo su aparato circulatorio, incluyendo el tronco celíaco y sus ramas. Ella me compró el metabolismo.
Yo le compré la pena que sintió con la muerte del tío Esteban, y ella me compró la alegría que yo sentí cuando la vi tan aliviada del dolor, y que fue tanta, que poco a poco le fui comprando todos sus muertos.
Pero pronto tuvimos que enfrentarnos a dos problemas. Primero, que seguíamos sin dinero porque nos pasábamos el tiempo otorgándonos créditos mutuamente, pagaderos a plazos cada vez más largos. Segundo, que yo no podía pasarme toda la vida pidiéndole a mi prima que me prestara su aliento para llenar mis pulmones, sus escaleras para bajar a la calle y su ciudad para caminar por sus jardines, y ella tampoco podía pasarse la vida entera pidiéndome que le prestara mi corazón para abrigar sus presentimientos, mi ventana para asomarse a ver su cielo y mi lluvia para estrenar el paraguas que acababa de comprarme.
Y encima de todo, como si Estefanía no tuviera suficientes peatones, viaductos y parquímetros en su haber, y no tuviera yo que cargar con tantos problemas, países y monumentos inmerecidos, la muy cínica me reprochaba que le marchitara yo sus bosques con mi invierno.
Así que decidimos, tras devolvernos todas nuestras cosas y liquidar de esta manera todas nuestras deudas, comprar El Universal, consultar El Aviso de Ocasión y encontrar un trabajo.
«Walter Thompson, Young and Rubicam, McCann Erickson: todas necesitan gente con talento — dijo Estefanía—. ¿Por qué no trabajamos en una agencia de publicidad?»
La pregunta de Estefanía me pareció tan estúpida, que no pude contestarle. Otras veces yo disfrutaba mucho el juego surrealista de las definiciones que se parecía al método Olendorf por lo absurdo de las preguntas y las respuestas, que no tenían nada que ver entre si, pero en esta ocasión no le pude perdonar a mi prima que tomara las cosas tan a la ligera siendo que en nuestra vida, y ante nuestros ojos, se abría en esos momentos un compás desesperado.
«¿Y qué es un compás desesperado?», me preguntó Estefanía, y con esta pregunta que se detuvo en sus labios con la inocencia de un colibrí, me sacó de un sueño tijereteado que se alargó hasta las postrimerías del renglón.
sábanas para mantear la modorra: cinco chinches inocentes se transformaron, de común acuerdo, en cinco gotas de sangre voladora.
«¿Y qué es una ocasión para violarme?»
Me puse un calcetín verde por el lado más aproximado a la primavera y le contesté: «Un estornino en la selva.»
«¿Y qué es un estornino en la selva?»
Me levanté apoyado en la frente, caminé de uñas hasta la cómoda, me vi en el espejo de barriga entera y me di cuenta que yo había triunfado en la vida.
«La palabra del alférez», le contesté, preguntándome a mi vez qué sería más adecuado para la ocasión: si usar peluca larga de dos colas o un bigote de moño.
«¿Y qué es la palabra del alférez?», me preguntó estirando sus brazos y mostrando sus axilas, donde por lo general anidaban los buenos deseos.
«Una publicidad desahuciada», le contesté, y escogí la camisa con las rayas rojas y cuello de gavilán. Estefanía se revolvió en la cama como un gatito de Angora y se quedó callada durante treinta segundos y quince autobuses.
«¿Y qué es una publicidad desahuciada?» «La memoria de la tía Luisa.»
«¿Y qué es la memoria de la tía Luisa?»
Le hice a la corbata un nudo As de Guía como en los mejores tiempos de Lord Baden Powell, me puse el zapato izquierdo de piel de cocodrilo con ampollas doradas y le contesté:
«La borrachera del estío.»
«¿Y qué es la borrachera del estío?» «Estefanía bajo un árbol.»
«¿Y qué es Estefanía bajo un árbol?», me preguntó cubriéndose con la cobija y caminando de un lado a otro del cuarto como un fantasma despistado.
«La maldición de los espejos», le contesté, y me puse la dentadura de gala y el zapato izquierdo de papel de china con hebilla de violín y cintas de dulce y la pierna izquierda del pantalón gris con rayas rojas.
«¿Y qué es la maldición de los espejos?», me preguntó Estefanía viéndose de perfil en los anuncios de Ron Bacardí.
«Una carta sin nombre.»
«¿Y qué es una carta sin nombre?», insistió.
«Un aviador con los ojos de nuez moscada», le dije, y recordando que yo también tenía que ir al correo a dejar unas cartas y entre ellas una donde rechazaba el puesto de gerente de ventas de una perfumería, me puse la estampilla derecha en la flor izquierda del ojal más perfumado del cuarto, y con guantes de tetas de vaca me preparé a decirle adiós a Estefanía. Pero ella no podía perdonarme:
«¿Y qué es un aviador con los ojos de nuez moscada?», me preguntó chupando sus pestañas postizas.
«A ver… dime tú qué es», la desafié.
«¿Y qué es, a ver, dime tú qué es?», me preguntó de rodillas a la altura de mi ombligo.
las que trajo Palinuro la otra tarde.»
Se levantó temblando de frío. De sus labios escurrió un hilo de rímel, como si le hubieran dado una bofetada en blanco y negro.
«¿Y qué es un sombrero con naranjas?» «Un árbol incendiado.»
«¿Y qué es un árbol incendiado?», me pregunto. Para entonces yo estaba casi vestido: sólo me faltaba ponerme el pulmón de cuadros, la pierna izquierda del pantalón azul con triángulos blancos y canarios, el calcetín izquierdo con agujeros color carne, el portafolio de etiqueta y la tetera de coral.
«La prodigiosa revelación de un almanaque», le contesté. Ella volteó a ver con curiosidad casi maternal el almanaque que teníamos sobre el escritorio, y me preguntó:
«¿Y qué es la prodigiosa revelación de un almanaque?»
Yo me puse la manga derecha del chaleco verde, el cuello rojo del abrigo, el tacón de las botas, la punta de las sábanas, dos arrugas nuevas y los botones marfil de nuestro colchón Simmons y le dije aspirando una pizca de rapé:
«Entretenerse en las ruinas. ¿Por qué me haces tantas preguntas?» y la cogí de los hombros. «¿Y qué es entretenerse en las ruinas? ¿Qué es por qué me haces tantas preguntas?»
Le mordí el cuello hasta dejarle la cicatriz de una estrella pervertida y le contesté: «La aspiración de un diputado.»
Me fui al baño, me quité la camisa, los binoculares, la corbata de celuloide y el gorro de noche, me puse el pene, oriné y saqué la brocha de afeitar, la pasta de dientes, la loción, el cepillo, el encendedor y las esponjas, las tijeras y mi pasaporte.
«¿Y qué es la aspiración de un diputado?»
«Una mujer sin acústica», le conteste, fiel a la espuma que tapizaba mi cara, y enjaboné el espejo, las cortinas de baño, el piso y mi pluma fuente, para rasurarles mi imagen, el dibujo de flores, la mugre y la tinta.
«¿Y qué es la mugre y la tinta?», estuvo a punto de preguntarme Estefanía, pero no fue capaz de adivinar mis intenciones. A cambio de eso, se asomó por la puerta del baño con una diadema de