CURACIÓN DE UN LEPROSO
EL ESCÁNDALO DE LAS ESPIGAS ARRANCADAS:
Mc. 02/23-28 Mt/12/01-08 Lc/06/01-05 ...Pero después llegaron los escribas
Maestro, los adversarios piensan "en sus corazones" (2, 6), o bien se lamentan con los
discípulos. Pero cuando los discípulos son los culpables, entonces buscan camorra con el Maestro. Aquí, después, la discusión continúa con los comentaristas. La emprenden con Mc, con
sus narraciones puestas juntas independientemente del desarrollo real de los hechos, con sus citas bíblicas inexactas (y no es el primer infortunio en la materia), con la superposición más o menos lograda de cuestiones que interesaban a la iglesia primitiva, etc.
Un episodio simplicísimo -¡y siempre de actualidad!- se vuelve más bien confuso a fuerza de quererlo explicar.
Entonces, alguno se pregunta alarmado, ¿de dónde vienen los fariseos, dado que un día de sábado solamente es lícito andar unos cientos de metros, y esta gente guarda estas cosas? ¡Qué historias! Estos no vienen. Son infalibles, inexorables policías. Aparecen allá donde hay alguien que infringe una ley.
Y así es como la ley del descanso sabático -uno de los puntos claves de la religiosidad hebrea- se explicita en una infinidad de prescripciones y prohibiciones (¡hay nudos que pueden hacerse, mientras otros están prohibidos! Se especifica incluso cuántas sílabas se
pueden escribir), no hay necesidad de recorrer mucho camino para poder sorprender a un transgresor.
Pero entre las innumerables listas de trabajos prohibidos en día de sábado, no se había incluido un "trabajillo" bastante difundido: mover la lengua contra el prójimo. Por lo que también durante el descanso, los fariseos están siempre en actividad.
En conclusión. Existía una lista confeccionada por los rabinos de "trabajos capitales": había catalogados 39. Por cada uno de estos 39 trabajos prohibidos, existía una sub-clase de seis, para incluir todos los casos y eliminar las dudas. Así la siega era considerada una acción incompatible con el descanso sabático. Pero estaba especificado: "segar, vendimiar, recoger aceitunas, cortar higos, arrancar (es la infracción cometida por los discípulos)». Y además existía la casuística. ¡Subirse a una planta era ilícito, porque se podían dejar caer inadvertidamente los frutos, lo que ya formaba parte del caso de la siega (sub-especie «recolección de frutos»)!
A los discípulos se les consentía segar en un campo ajeno sirviéndose de las manos, pero no de la hoz (1). Debían, sin embargo, prestar atención al calendario. La acción, lícita habitualmente, estaba prohibida en día de sábado. Porque, estaba escrito, "arrancar las espigas es un trabajo auxiliar de la siega, por eso quien arranca allí donde la espiga crece, es tan culpable como si segara". ¡Por eso los discípulos que desgranan, ya que -por lo que dice Mt- tienen hambre, se hacen culpables de siega!
Será oportuno recordar la concesión de la ley original:
«Pero el día séptimo es día de descanso para Yahvé, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Yahvé el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contiene, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yahvé el día del sábado y lo hizo sagrado» (Ex 20, 10-11). Una ley fundamental expuesta en dos versículos.
...Pero después llegaron los escribas, que de este mandamiento simplicísimo y bien motivado han sacado «una construcción monstruosa de incomprensibles pretensiones divinas sobre los hombres (G. Dehn).
Una auténtica aberración.
El exceso de señales hace perder el camino
Me parece que la narración de Mc intenta resaltar, ante todo, este aspecto del legalismo: la desproporción. Un motivo fútil, un incidente insignificante, da lugar a un caso enorme. Es la desgracia del legalismo de todos los tiempos: la complicación. Se
parte de la ley, que tiene como fin trazar la carretera, indicar la dirección del camino, y se llega a una tal proliferación de precisiones e indicaciones detalladas, que un pobre hombre
no se las arregla más y termina por perder el camino.
Un antiguo dicho rabínico sostiene que si el pueblo llegase a observar al menos dos veces el sábado, vendría el reino de Dios. O sea: la empresa presenta unas dificultades tan insuperables que, si hubiese acontecido, sería... ¡el fin del mundo!
El legalista no cae en la cuenta de que una norma pierde dignidad y credibilidad, cuando, usada únicamente para restringir los espacios de la vida del hombre, no logra ya responder a una pregunta precisa: ¿Por qué? Proliferación y degeneración de las leyes caminan juntas.
En contraposición a la minuciosidad casuística de los fariseos, la enseñanza de Cristo es liberadora. No ahoga, permite respirar.
Jesús rechaza colocarse en el terreno de la polémica moralista.
Podría objetar que el caso no tiene nada que ver con aquello del "segar". Pero entonces Cristo se colocaría a la misma altura de sus adversarios. Y él quiere superar el legalismo. Con su contra-pregunta "¿nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad?" (v. 25) intenta solamente subrayar que, en ciertos casos, puede no observarse la ley, que existe una exigencia dictada por la necesidad, superior a la exigencia de la observancia (2).
El sábado ha sido instituido para el hombre,
o sea, Cristo nos hace descubrir las intenciones de Dios
Pero el «pronunciamiento» decisivo de Cristo es el del v. 27: "El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado".
Se ve que no era una novedad absoluta para el judaísmo.
Expresión de una cierta mentalidad abierta puede ser considerado el célebre dicho de Simón ben Benashia, un rabino del siglo II d.C.: «El sábado ha sido dado a vosotros y no vosotros al sábado».
Pero, evidentemente, no siempre se tenía esto presente. Y la novedad para cierto tipo de gentes puede ser precisamente el recuperar la memoria.
Nota agudamente ·Lagrange: «La observancia del sábado no añade nada a Dios. Dios no ha creado al hombre para que custodie sus sábados, sino que ha instituido el sábado para el interés del hombre, como todas las leyes que le ha dado. Lo que no quiere decir que el hombre sea libre para abrogar y ni siquiera para infringir una ley puesta por Dios para su bien, sino solamente que esta ley ya no obliga si perjudica al hombre».
La novedad de Cristo no está en descubrir otros casos, además de los ya conocidos, en los que es posible liberarse de la ley.
Los fariseos, con su casuística puntillosa, en el fondo tratan con Dios, chalanean, pactan con él en el intento de llegar a transaciones ventajosas para el hombre.
No. Con Dios no se puede tratar de igual a igual.
Cristo, más bien, enseña a descubrir la intención de Dios cuando da una ley. Y esta
intención es reconducible al bien, al beneficio del hombre. La intención del legislador revela la finalidad del sábado.
Por lo cual la ley es liberada de sobrecargas abusivas y llevada de nuevo al proyecto original de Dios en favor del hombre.
La ley no es solamente peso, sino ayuda. No es yugo, sino liberación.
No es imposición, sino don.
Los fariseos terminaron por olvidar (y hacer olvidar) que el sábado era una bendición, un don, que debía ser saludado con alegría, no una prisión.
Y era verdaderamente paradójico que una institución, que, además de recordar el descanso de Dios en la creación al séptimo día (Gn 02, 02-03), debía ser memorial de la liberación de Egipto (Dt 05, 15), se hubiera convertido en esclavitud legalista. El «premio»
aún permanecía. Pero resultaba tan difícil conseguirlo, que tomaba características punitivas.
Olvidando el aspecto fundamental de don, es natural que se absolutice la ley, por lo que el hombre, en su observancia escrupulosa, cree «conquistarse», «pagarse» la propia salvación. Y se invierten los papeles. Dios, dador, se convierte en quien me debe algo por mis
prestaciones onerosas. De acreedor se hace deudor.
La «buena noticia» se transforma en código de comportamientos exteriores. El régimen
de la gracia cede el paso al rescate del miedo, a la obsesión legalista, a la exasperación formalista. Más que recibir de Dios cada día, el hombre presenta la cuenta a efectos de recompensa.
Más que acoger el sábado como un don, posibilidad de encuentro, el hombre se posesiona de él, se lo apropia, hace de él el campo de sus prestaciones virtuosas. El don, cierto, exige una responsabilidad, un compromiso. Pero los fariseos terminan aprisionando al hombre en una red tan tupida de preceptos que impide al destinatario gustar del don.
También en este caso los fariseos son unos separados: su interpretación mezquina de la ley les separa de la voluntad expresa del legislador. Meten de contrabando, como voluntad de Dios, lo que va directamente contra la intención original de Dios.
No existe peor enemigo de la voluntad de Dios que aquél que adosa esta etiqueta de favor sobre una mercancía fabricada abundantemente por la mezquindad humana. A lo mejor por no pagar la aduana de una debida explicación a base de inteligencia y buen sentido. O quizás, peor, para esconder intereses inconfesables. O maniobras sospechosas.
El hombre como medida de la ley
Cristo, pues, pone al hombre como medida de la ley.
La ley no tiene valor en sí misma. Vale en cuanto que es para el hombre, se resuelve en favor de su vida, de su crecimiento.
Y como garantía de este principio, Cristo coloca su propia persona: «De suerte que el hijo del hombre también es señor del sábado» (v. 28). Alguno defiende que el "de suerte" está fuera de sitio, y que este versículo explica simplemente el anterior.
O sea, así como el hijo del hombre es señor también del sábado establece que el sábado está hecho para el hombre. Tendríamos así una especie de concesión benévola. A mí me parece todo lo contrario. Precisamente porque el sábado ha sido instituido para el hombre -como principio intangible-, y así como los escribas y fariseos de todos los tiempos están inclinados instintivamente a olvidarlo, he ahí que el hijo del hombre pone su fuerza en defender este «espacio sagrado». ¡Espacio sagrado que no es el sábado, sino el hombre!
De ahora en adelante, quien ose confundir las cosas, y someter el hombre a la ley, encontrará al mismo hijo del hombre oponiéndose.
Dios está de parte del hombre. Y le restituye el sábado como espacio de libertad, de vida, de amor, substrayéndole a todo tipo de compromiso legalista.
Dios es quien ofrece posibilidad de movimiento al hombre, ensancha los espacios. Dirá san Agustín: «Nosotros mismos seremos el séptimo día». Y lo seremos a través de un camino de gozosa obediencia bajo el signo de la gracia, durante el que acogeremos el pan que se nos «da», y nuestro canto de alegría apagará las voces de desaprobación de los fariseos que «asoman» por todas partes.
PROVOCACIONES
1. «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado». No olvidemos, sobre todo, el aspecto de gozo y bendición que debe caracterizar al sábado. En efecto, los recursos de la mentalidad farisaica son infinitos. Algunos individuos admiten, sí, el principio del «sábado para el hombre». Sólo que después, lo que es bueno para el
hombre, lo establecen ellos, lo saben ellos. Y entonces incluso un montón de imposiciones se hacen tragar como medicina, amarga sin duda, incluso quizás repugnante, pero «para tu bien». Es necesario estar muy atentos frente a gente que saca de su cabeza el bien del hombre
en vez de referirlo al proyecto de Dios.
El criterio para distinguir los dos productos es la «bendición». Difícil de precisar en términos teóricos. Son cosas que se advierten instintivamente.
Lo que es producto farisaico sabe a rancio, tiene un no se qué de tétrico, te congela, te complica la digestión.
Lo que viene de Dios tiene el signo de la frescura, es algo de manantial, te encuentras a gusto en ello, te hace intuir una posibilidad.
En el primer caso, te acomodas fatigosamente.
En el segundo, te sientes comprometido. Seriamente, pero gozosamente. Los fariseos no pueden menos que imponer.
Dios te invita.
2. En la perspectiva del «sábado para el hombre», estamos en disposición de responder a una pregunta: «¿Qué comportamiento puede definirse como religioso?». Pues es religioso un comportamiento determinado por una ley hecha para el hombre, para sus exigencias, para su realización.
Es antirreligioso un comportamiento que aplasta, mortifica, sofoca al hombre, restringe la libertad, le amarga la alegría de vivir, estrangula su espontaneidad.
La línea de demarcación entre postura religiosa y postura antirreligiosa no es Dios sino el hombre. O. si queremos, es «Dios para el hombre».
3. Ha caído en mis manos recientemente un documento de "renovación" de un instituto religioso. Algo que hace palidecer al legalismo minucioso de los fariseos. La vida de una persona allí dentro, ya no es vida. Era el quebrantamiento de innumerables movimientos, la descomposición de todas las posturas posibles, la enumeración de todos los casos. En suma, una especie de engranaje monstruoso, cuyo funcionamiento es programado rigurosamente desde fuera con el fin de producir gestos, actos, un estilo al que se da el
nombre (una especie de marca de fábrica garantizada) de «auténtica vida, según el carisma del fundador».
Pero, entre aquella sarta interminable de exigencias precisadas en los detalles más banales, estaba esta frase: «vida religiosa, proyecto de liberación». Es realmente verdad que el humorismo más eficaz es el inadvertido.
Me venía a la cabeza una imagen. Te libero de una prisión. Basta con que recorras este itinerario que te presento. Y el itinerario a seguir resulta tan embarullado, retorcido, frenado por centenares de direcciones únicas, limitaciones, advertencias, imposiciones, giros prohibidos, operaciones absurdas, que resulta prácticamente imposible salir de allí... O, si uno llega a salir, es sólo para ser internado en un hospital psiquiátrico.
Qué triste es constatar que ciertos maestros confunden las exigencias del seguimiento con la preocupación cuantitativa, el necesario sacrificio con las imposiciones más arbitrarias, la obligada renuncia con el ahogo de las personas o de su espontaneidad, el ser-para con la instrumentalización más vil.
«Anuncio gozoso». Pero, para ir a retirar aquella "buena noticia", esta gente te impone una hilera burocrática extenuante. Siempre falta un documento. O un sello. O aquel dato es inexacto. Y cuando llegas, si llegas, tienes la impresión de encontrarte entre las manos un código y no el mensaje esperado. La triste impresión de haber sido engañado. No,
ciertamente, por Dios. El no defrauda jamás.
«Ven y sígueme». Muy simple, aunque extremadamente comprometido.
ya desapareció. Su figura se ha desdibujado. Entre él y nosotros un muro de papel. Pero Dios, quede bien claro, no tiene nada que ver con todo esto. Aun cuando alguno
indique abusivamente que él es el remitente, para hacer pasar la propia mercancía de dudosa calidad.
Lo que viene del Señor está contenido en un sobre simplicísimo. Lo abres, lees, y... te dan ganas de correr.
«No el que dice voluntad de Dios, voluntad de Dios...». Es difícil establecer la
proveniencia. Es arduo verificar si la cosa llega de lejos, o de una estación intermedia que la manipula según el propio capricho.
Existe, sin embargo, un criterio bastante seguro: basta con probar qué produce la comunicación en el destinatario.
Si ves un hombre encorvado, puedes estar seguro de que Dios nada tiene que ver con ello. Si, por el contrario, ves un hombre de pie. Entonces, sí, esa es la voluntad de Dios. 4. Todavía una palabra acerca de los fariseos de todos los tiempos que «asoman» y «van a decir». Hace falta tener piedad de ellos. Es gente observante, sí, pero a quienes la observancia de la ley no les da alegría. Su alegría es completa sólo cuando pueden detectar o denunciar las infracciones ajenas. Confunden la colaboración con el ser espías. Llenan su vacío no con valores sino con minucias. Preocupados por cuatro espigas arrancadas, no dudan en demoler a una persona a golpes de lengua. Es gente así. Pero es triste que existan personas que los escuchen, les tomen en serio, se sirvan de su «colaboración». Cristo se comportó de muy distinta manera y se hizo cargo de la defensa
de los discípulos «culpables». Su respuesta podemos traducirla libremente así: «¡Seamos serios!».
CONFRONTACIONES
El observante absolutiza la ley, buscando la salvación en la observancia escrupulosa y minuciosa de la ley, que se convierte así en un medio de autoliberación y autoafirmación, porque el Dios justo es deudor de una recompensa a la observancia legalista y farisaica de la norma, y así el hombre ya no queda confiado a la gracia de Dios. El ya no recibe de Dios su liberación... Está cogido por el ansia y la preocupación... El hombre de la ley está siempre tentado de transformar el evangelio en un código y a Jesús en un legislador... Al sistema de observancias exteriores, Jesús opone una religión fundada en la verdad, en el amor y en la libertad (Una comunitá legge il vangelo... o. c.).
Algunos querrían llevar la institución del sábado no sólo al uso del hombre, sino también a las manos y bajo la autoridad del hombre. Este no es el pensamiento de Jesús. Sabe muy bien que, para los judíos, el sábado es de institución divina. Y él no lo niega. Pero recuerda que Dios ha establecido el sábado, no como una especie de absoluto, que tiene el propio fin en sí mismo, sino de hecho, para el bien del hombre. Luego coloca la cosa en el sentido de su finalidad. En cuanto a tocar el mismo sábado, o incluso dominarlo, esto pertenece exclusivamente a la autoridad de quien lo ha fundado. Esta es la razón de por qué, cuando Jesús reivindica la soberanía del hijo del hombre sobre el sábado, está hablando de sí mismo, no de un hombre cualquiera (T. R. Bernard, Le mystère de Jésus, Mulhouse 1959). ...
1) "Si pasas por entre las mieses de tu prójimo, podrás arrancar espigas con tu mano, pero no meterás la hoz en la mies de tu prójimo" (Dt 23. 26). Lo que es incluso lógico...
2) En lo que se refiere a las «equivocaciones» de Mc. resultan más bien evidentes. Leyendo el episodio en I Sam 21, 2-7, se cae en la cuenta de que el sacerdote no era Abiatar sino Ajimélek. Y el rey no entró "en la
casa de Dios", o sea en la tienda donde se custodiaba el arca, sino que más bien ha sido el sacerdote el que ha salido fuera a ofrecerles los panes sagrados de la proposición, o sea, los doce panes frescos que, en dos montones, se ponían cada sábado sobre la mesa en la presencia de Dios (por eso se llamaba «de la proposición»). A Mc le interesa más, como hace notar san Jerónimo, el sentido de la Escritura, que los detalles. Por otra parte, se puede explicar el «vacío de memoria» teniendo presente que Abiatar era más conocido por su padre Ajimélek y su nombre se asociaba comúnmente a las vicisitudes de David. Y hay que subrayar que en este episodio entra por primera vez el término «pan», que tiene un puesto relevante en el