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NO BASTA VER LOS MILAGROS ES NECESARIO «LEERLOS»

LA FE DE UNA MUJER PAGANA

/Mc. 07/24-30 /Mt/15/21-28

Una mujer se adelanta para reivindicar las migajas

En contraste con los fariseos que, antes de gustar el pan, se hacen problema de las manos lavadas, he ahí una mujer pagana que se adelanta a pedir las sobras del banquete celebrado en el desierto.

Pero, antes que ella, ha sido Jesús, como de costumbre, quien ha tomado la iniciativa «saliendo» al territorio de la impureza, entre los paganos.

En un principio, sin embargo, parece que Jesús, si bien ha superado aquella barrera, permanece aún bloqueado por el racismo religioso típico de los hebreos. Y esto, aunque la dureza de su posición es atenuada en parte por el «primero» (v. 27): primero tienen que saciarse los hijos. Mateo dirá: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (15, 24).

En realidad la barrera es saltada por la mujer, o mejor por su fe. Y se diría que Jesús no esperaba otra cosa.

El no se mueve mucho fuera de los confines de Israel. Sus contactos con los paganos son esporádicos. Sin embargo su postura hace que estos últimos descubran el secreto para acercarse a él y el título (la fe) que les autoriza a sentarse a su mesa.

Más que ir directamente en misión a los paganos, Jesús provee para dejar abolidas todas las complicaciones de tipo religioso-burocrático y todas las prevenciones en relación con las mismas, ya que éstas prácticamente cerraban el paso a estos «alejados».

Me parece que toda la narración está articulada en torno a dos términos claves: casa e hijos. La casa es, inicialmente, donde Jesús se refugia para excluir a los intrusos. A la «hija» de la mujer, Jesús contrapone los propios «hijos», a los que parece destinado el pan de una manera exclusiva.

Veámoslo mejor. En casa Jesús busca resguardo. Y precisamente, la casa se convierte en lugar de encuentro incluso para los «extraños».

Y la mesa, dispuesta para acoger a los hijos, termina por ser una mesa abierta a todos. Los cachorros, que se conforman con las migajas que caen de la mesa, logran también ellos encontrar puesto y se convierten en hijos.

Paradójicamente Jesús, aunque no se mueva de aquella casa, alcanza (se deja alcanzar) de todos aquellos que hasta ahora eran inexorablemente dejados fuera.

Tengamos presente, que, algunas veces, en el hebraísmo, los paganos recibían el

apelativo de perros. El rabí Eliecer sentenciaba: «El que come con un idólatra es como uno que come con un perro».

Y tengo que decir que el perro era considerado "como la más despreciada, atrevida y miserable de las criaturas, por lo que resultaba la peor de las injurias llamar a una persona con este nombre" (P. Billerbeck).

Pero aquí se habla de cachorros, y es difícil que la palabra pueda tener un sentido

totalmente despectivo. De todos modos, estamos siempre dentro de un contexto doméstico.

Las palabras son importantes Algunos detalles de la narración.

La zona de Tiro (llamada Fenicia en los Hechos) limitaba al nordeste con Galilea. La alusión a Sidón falta en muchos manuscritos, y probablemente se trata de una asimilación con el relato de Mt.

El fin de este viaje parece que no fue misionero. Quizás existía en Jesús solamente el deseo de apartarse. O, también, la exigencia de sustraerse a las «atenciones» de Herodes Antipas. Un hecho sorprendente en Mc: no hay alusión alguna a los discípulos.

«El retiro en territorio de Tiro constituye la ligazón esencial entre el fracaso del ministerio galileo y el informe de la jornada decisiva en los alrededores de Cesárea de Filipo". La mujer es definida en base a su religión (griega, o sea pagana) y a su nacionalidad (siro-fenicia, para distinguirla de la líbico-fenicia, o cartaginés).

Es la primera vez que en un relato de Mc, Jesús es llamado con el título de «Señor». Se trata de una curación a distancia. Esto es más bien insólito en el evangelio de Mc, donde las curaciones se obtienen, normalmente, por contacto o también a través de una palabra «poderosa». Aquí se trata, por el contrario, de una certeza («el demonio ha salido de tu hija», v. 29) y de un mandato-despedida («¡Vete!")).

En casa la mujer encuentra a su hija echada en la cama. Quizás el detalle pretende subrayar un estado de debilidad y postración, después del paroxismo de la posesión diabólica (V. Taylor).

Se puede observar aún que este milagro está construido más sobre las palabras (sobre la «lucha» verbal entre la mujer y Jesús) que sobre los hechos.

Y lo que resulta importante es la palabra de la mujer ("...por lo que has dicho..", v. 29) que logra mover a Jesús de aquel rechazo inicial, pero también la palabra de Cristo. Por lo que, en el encuadre de un milagro que, entre otras cosas, no se describe, somos invitados a reflexionar acerca de la palabra que es pan, que es alimento espiritual.

«¡Vete!...». La mujer corre, por supuesto, para constatar el milagro.

Pero también para anunciar a los demás, que son como ella, que en la mesa de Jesús hay también pan para ellos.

Así como Jesús no sigue la Halacach farisaica, tampoco esta mujer se preocupa de los límites impuestos por el particularismo judío. Posee, sin saberlo, una fuerza capaz de mover las montañas (Mc 11, 23).

PROVOCACIONES

1. Puede ser que Jesús fuera a la región de Tiro para «apartarse» (desde la vuelta de los discípulos no lo ha conseguido).

Pero pienso que ha sido sobre todo la discusión con los fariseos lo que le ha decidido. Esas son las cosas que acaban con una persona, que la vacían literalmente, que hacen sentir la necesidad urgente de cambiar de aires.

Jesús, cuando está empachado de minucias legalistas, marcha a otra parte...

Cuando se hace problema de reglamentos, se razona en términos jurídicos, él no está. Prefiere pasar a otro lugar, entre los paganos, más que permanecer en éste discutiendo indefinidamente acerca de «nuestras cosas».

Donde las «observancias exteriores» se convierten en la preocupación principal, Jesús sabe que allí no se puede esperar nada bueno.

Aquí, implicado en disputas mezquinas, escucha siempre los discursos habituales.

En territorio pagano tiene la posibilidad de oír, de labios de una mujer, una palabra nueva. 2. La insistencia en el tema del pan destinado a los hijos deja adivinar que las primeras comunidades cristianas son sensibles a la cuestión de la participación a la mesa. Constituía un motivo de notable fricción entre mentalidades opuestas.

Se diría que el caso no está totalmente resuelto ni siquiera hoy, en ciertos ambientes, donde se prefiere dar dinero a compartir la mesa, donde se practica la limosna -y quizás un «tratamiento» con todos los respetos- pero no la hospitalidad, donde no se permite que a una persona le falte algo, pero a quien se niega el don esencial: hacer que se sienta como en casa.

Con el agravante de que, en aquel tiempo, se trataba de relaciones entre paganos y cristianos, mientras que hoy el problema afecta a personas de la misma fe. Y es algo que de verdad desanima.

No queda sino esperar a que las comunidades cristianas caigan en la cuenta de que la línea evangélica (la única que define a una comunidad como cristiana) pasa a través del pan. Un pan ofrecido aparte a los de fuera no es ya un pan ofrecido sino rechazado. Por

mucho que desagrade, es necesario tener el coraje de reconocer que se da también este

sacramento negativo, al que se acercan muchas personas religiosas: el rechazo de la comunión. Hay algo peor que la soledad. Y es el permanecer «entre nosotros» .

3. «Por lo que has dicho...» Entre mis innumerables vicios, no existe la envidia (al menos, eso me parece). Pero, aquí, no puedo por menos de envidiar a aquella mujer.

Qué daría yo por oír decir algo semejante: «por lo que has dicho...».

El Señor oye muchas palabras mías, incluso excesivas. Quién sabe si al menos una vez, en medio del montón de mis plegarias charloteadas, el Señor logra descubrir una palabra. La que le interesa. La que no ha oído nunca. Después de la cual, puedo volver a casa seguro. Mis oraciones, con excesiva frecuencia, son peleas que no conducen a nada, grandes

maniobras verbales. Jesús prefiere una oración que sea lucha. Y no desea otra cosa mejor que quedar vencido. Por una palabra...

4. La mujer siro-fenicia ha sido habilísima.

Ha dado la razón a Jesús. Pero ha logrado traer el argumento a su favor.

«Sí, Señor, pero...». Con aquel "pero" ha tomado al Maestro por la palabra y le ha llevado a su campo. Le ha arrancado de los hijos, para interesarle por los «cachorros».

A ella le venía muy bien el ejemplo de los perros. No se sentía ofendida en absoluto por la cercanía. En el fondo, aquella era su arma, y se la había puesto al alcance de la mano precisamente el adversario.

Precisamente. Yo no pretendo el pan de los hijos. Pretendo las sobras que tocan a los cachorros.

Quizás esta mujer tiene algo que enseñar a todos, incluso a los maestros de oración más acreditados.

La oración, en el fondo, consiste en dar la razón al Señor. Y cuando él tiene razón, cuando estamos de acuerdo con él, nosotros somos los que ganamos.

Cierto, Señor, soy un desgraciado. ¿Pero tu gracia no está destinada precisamente a aquellos que están desprovistos de ella?

Cierto, soy un pecador. Pero tu perdón no es para ti, debes darlo por fuerza a quien tiene necesidad de él.

Cierto, Señor, no hago nada bueno. Pero lo importante es que tú hagas algo bueno por mí (y mi ineptitud, que no me cuesta reconocer, impide que pueda existir confusión en la atribución de los méritos).

Mira, Señor, conmigo tienes todas las de perder al tener razón...

CONFRONTACIONES El pan de los hijos

¿Cuál es este pan de los hijos? Aquí se refiere a la curación pedida, allá (en el desierto) a la palabra de la revelación. Pero la palabra como no era incompatible con la multiplicación de los panes, así tampoco aquí debe oponerse al milagro. El uno y la otra son la revelación bajo una doble especie.

Siendo esencialmente signo, como lo quiere Jesús, el milagro no es separable del propio significado que orienta hacia la palabra. El es la palabra en acto y sólo quien tiene un corazón duro no puede comprenderlo. Si Jesús duda en hacer una «señal» en territorio pagano, es porque no se lo ha propuesto ni siquiera en otra parte. El valor esencial de signo del milagro se perdería, «echado a los perros». Y Jesús escucha inmediatamente la súplica de la mujer «griega», porque su respuesta demuestra que acepta poner el milagro en relación con la misión del enviado (A. Nisin, o. c.).

La mujer entre dos banquetes

Para los lectores cristianos del evangelio de Mc la sentencia de Jesús acerca del pan de los hijos traía a la memoria la primera multiplicación de los panes, en la que fueron saciados los miembros del pueblo de Dios, los hijos. En la segunda multiplicación, participaron también los paganos de la Decápolis. Así el episodio de la mujer pagana sella la transición entre estos dos banquetes mesiánicos; los paganos desde ahora toman parte en el

banquete mesiánico, que para la comunidad cristiana se renueva en la mesa eucarística. Mc ha puesto de relieve en su evangelio este episodio que daba una solución autorizada a un problema candente de la comunidad: la posición de los paganos en la historia salvífica (R. Fabris, o. c.).

Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato (Hech 10, 34).

Una luchadora ejemplar

G. Dehn recuerda que Lutero tuvo una verdadera predilección por esta mujer, y la ha considerado siempre como un gran ejemplo del combate de la fe con el Dios escondido, donde la fe consiste en dejarse despojar por Dios, agarrándose al no divino, hasta que se cambia en sí. Y cita este párrafo de ·Lutero-M:

«Por eso este es un alto y excelente ejemplo por el que se ve qué potente, qué

imponente y qué fuerte es la fe. Coge a Cristo por su palabra que es irritada, y hace de la palabra dura una consoladora inversión, ejecuta un golpe maestro y hace prisionero a Cristo de su misma palabra.

«El ha comparado a la mujer con un perro: ella lo acepta y pide solamente que la deje ser un perro, tal como la ha juzgado.

«¿A dónde quiere llegar Jesús? Ha quedado atrapado. A un perro se le dejan las migajas caídas bajo la mesa. Es su derecho. Y entonces él se abre y le da lo que quiere, y ya no es un perro, sino una hija de Israel. Así ella recibe no sólo el derecho del perro, sino también el derecho del hijo» (citado por G. Dehn, o. c.).