SEGUNDA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES
LA LEVADURA DE LOS FARISEOS Y DE HERODES O SEA, LA CEGUERA DE LOS DISCÍPULOS
No es un descuido
Se tiene la impresión de que Mc, de repente, suspende o modera notablemente la
narración de los hechos, que en él habitualmente tienen un ritmo apremiante, para acentuar el elemento didáctico.
Como si los intereses catequéticos se sobrepusieran y prevalecieran sobre los narrativos. En suma, una pausa de reflexión y verificación. Es inútil acumular hechos, si éstos no son digeridos, asimilados a través de la percepción de su significado profundo.
Hecho precedente. Los discípulos, una vez en la barca, caen en la cuenta de que no tienen pan suficiente a causa de un olvido suyo.
Y el detalle, molesto, es advertido y se hace presente ante todos, convirtiéndose en motivo de discusión.
Ellos son los encargados del avituallamiento, como de todas las cosas materiales. Quizás se echan la culpa unos a otros. ¿A quién tocaba? ¿Y cómo se puede remediar? Algunos interpretan los v. 14-16 como prólogo a una tercera multiplicación de los panes, para el círculo de los amigos de Jesús. Me parece excesivo. Es difícil pensar que Jesús haga un milagro para resolver las dificultades prácticas de los suyos.
Más bien parece que el dicho «guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes» está fuera de su sitio, e interrumpe el hilo de la narración. Algún estudioso insinúa que se trata de una inserción posterior y no muy feliz.
Es cierto que sorprende un poco el hecho de que Jesús no vuelva más, en todo el episodio, sobre este tema.
Pero veamos las cosas con calma.
Tengamos presente que la levadura, en la mentalidad judía, es una imagen negativa. Sólo Jesús, en una parábola (Lc 13, 20-21; Mt 13, 33), la traducirá en clave positiva. Los rabinos, sin embargo, veían en la levadura la imagen de una fuerza que obra dentro del hombre en sentido malo y lo predispone al mal.
Principio de fermentación, la levadura se entiende como principio de corrupción. No es casual que los panes fermentados no pudieran ofrecerse en el templo.
Es típica en este sentido, la oración del rabino Alejandro (s. III d.C.): «Señor del universo, es claro en tu presencia que nuestra voluntad sería hacer tu voluntad, ¿y quién lo impide? La levadura que está en la masa y el servilismo a los reyes. Que se cumpla tu voluntad de liberarnos de su poder y que volvamos a cumplir las leyes de tu voluntad con todo el corazón».
Según algunos, este dicho, aplicado a la expresión de Jesús, se adaptaría
perfectamente: la levadura en la masa equivaldría a la «levadura de los fariseos»; y el servilismo a los reyes encontraría su paralelismo en la «levadura de Herodes». No olvidemos que los fariseos y los herodianos se habían puesto de acuerdo para
eliminar a Jesús (Mc 3, 6). Los primeros, quizás, por miedo a perder el prestigio religioso de que gozaban ante el pueblo. Los segundos, porque veían en él una amenaza a su política. Los dos partidos, tan distintos entre sí, se encontraban en una postura común frente a Jesús: la cerrazón ante Dios (en nombre de la religión, los fariseos; en nombre de los políticos, los herodianos; y los dos, tocados por el mismo mal que determina el rechazo: el apego a sí mismos).
Si las cosas están así, se puede también comprender que el «dicho» (logion) no está en efecto fuera de lugar en la trama del relato. La barca no hace mucho que despegó de la orilla, después de la discusión con los fariseos, y los apóstoles se dan cuenta del grave olvido del pan y están preocupados por ello. Jesús, sin embargo, todavía bajo la impresión de la disputa precedente, quiere advertir a los suyos que no se preocupen del pan, sino más bien de la levadura de los fariseos (que, quizás, aún se dejan ver en la lejanía). O sea, deben estar atentos a no dejarse contagiar por aquella mentalidad, a no dejarse influenciar por aquella mala disposición respecto de ellos.
·Lagrange comenta: «Jesús quiere que sus discípulos se mantengan lejos de aquellos dos partidos (fariseos y Herodes): del primero, cuya religión es más exterior que profunda; del otro, que está totalmente cogido por las cosas del mundo y de la política. Los discípulos deben buscar a Dios en la más absoluta pureza».
Otra hipótesis: quizás ha sido Jesús, con su advertencia a guardarse de la levadura de los fariseos (conclusión de la discusión precedente), quien trae a la memoria de los
discípulos la falta del pan. La sustancia de las cosas no cambia.
Pero, a estas alturas, la reprensión de Jesús asume una amplitud insospechada y se resuelve en una diagnosis cruel de las enfermedades que padecen los discípulos: corta inteligencia, ceguera, sordera, dureza de corazón, sospechosa pérdida de memoria. El estado general de su salud está bien lejos de ser tranquilizador...
Hace observar J. Delorme: «En el lenguaje bíblico, los ojos, los oídos, el corazón van juntos. Los ojos permiten ver el evento, los oídos oyen la palabra que se dice acerca del evento, y el corazón permite comprender la voluntad de Dios».
Tengamos además presente que el «¿no comprendéis»? (v. 17) se traduciría literalmente por «¿no tenéis cabeza?». Así se reprendería la falta de atención, mientras que el «no entendéis» se referiría a la falta de reflexión profunda.
En suma, es el martilleo de cinco reprensiones sucesivas «que pasan revista a todos los sentidos del hombre para hacer entender a los interlocutores que no han entendido absolutamente nada» (C. M. Martini).
La torpeza de los discípulos se manifiesta, sobre todo, con referencia a los dos hechos más extraordinarios y recientes: la multiplicación de los panes.
Si recordamos el discurso de las parábolas, y confrontamos algunas expresiones idénticas, comprendemos la gravedad de la reprensión de Jesús: los discípulos se están poniendo en la misma situación de los que están «fuera».
Es lucidísimo, a este respecto, el análisis de Lagrange: «Los discípulos recuerdan
perfectamente los hechos. Responden sin dudar lo más mínimo y saben distinguir muy bien lo que ha sucedido en las dos circunstancias. Están muy lejos de ser unos estúpidos, pero no comprenden el gran drama que está desarrollándose ante sus ojos. Después de un incidente insignificante, he aquí que explota el disgusto del Maestro; ataca toda la postura de los discípulos hasta aquel día. A pesar de su situación privilegiada, están a la misma altura que la gente. Pero como sucede con frecuencia en casos semejantes, el Maestro se aprovecha de un descuido bastante vulgar para decir todo lo que merecen acerca de su conducta».
La esclerocardia es una enfermedad de los ojos COR/DUREZA:
El diagnóstico de Jesús se concentra esencialmente en una enfermedad: dureza de
corazón (v. 17). Se habían ya manifestado síntomas alarmantes durante la travesía del lago y siempre a propósito del «hecho de los panes» (6, 52).
Esta enfermedad se expresa con un término técnico: esclerocardia.
Tengamos presente que el corazón, en lenguaje bíblico, indica no tanto la sede de la vida afectiva, cuanto la fuente de los pensamientos y de la comprensión.
Por tanto aquí se denuncia, no la falta de comprensión, sino la falta de inteligencia. «La
esclerocardia es la incapacidad para ver el alcance mesiánico de lo que acontece» (B. Maggioni). Cerfaux traduce justamente: «ceguera del espíritu» Es una de las expresiones típicas de
Pablo. Que se encuentra también en Juan.
Normalmente se trata de un lenguaje que denuncia sobre todo la ceguera del pueblo elegido, y es significativo que, en este contexto, Mc la aplique a los apóstoles.
Mc adopta esta expresión, por primera vez, en el episodio de la curación del hombre de la mano paralizada, cuando subraya la cólera de Jesús contra los fariseos, y después su tristeza precisamente frente a la dureza de su corazón (3, 5). Y. particularmente en este caso, resulta significativa la postura de Jesús que demuestra ya la indignación ya la compasión frente a criaturas incapaces de reconocer en él al enviado de Dios y de ponerse en sintonía con las intenciones divinas.
El tema de la ceguera volverá en las parábolas. Y aquí la no-inteligencia afecta a la realidad del reino de Dios que se ha hecho cercano, presente en Jesús.