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CURACIÓN DE UN LEPROSO

LA SEMILLA QUE CRECE POR SI SOLA:

Mc. 04/26-29:

La llaman la «parábola de la semilla que crece por sí misma» (o «espontáneamente» o «a escondidas»), «de la semilla que germina sin que se ponga la mano en ella», o también «de la tierra que da fruto», e incluso «del labrador paciente» (con las variantes «confiado», «lleno de esperanza»).

Lo que significa que, para una parábola de apariencia tan simple, resulta más bien difícil determinar el tema principal, acertar de qué se trata.

Es significativo el hecho de que los otros evangelistas no la mencionen. Sólo Mc la registra. En Mt se puede encontrar un vago paralelo en la parábola de la semilla y de la cizaña (Mt 13, 24-30), puesta en el mismo contexto. Evidentemente el campo de la semilla que crece en silencio resultaba un poco vacío y ha querido llenarlo con la grana. Y la escena del labrador que se limita a dormir y a levantarse según sea noche o día, quedaba un poco chata, y ha pensado, con buen criterio, darle movimiento, e incluso dramatizarla, con la acción dañosa del enemigo del hombre.

Pero Mc no tiene miedo a presentar esta parábola difícil.

Cierto, se habla del misterio del reino. Se dice expresamente (v. 26).

Pero me parece que discutiendo si el reino aquí hay que entenderlo en su principio germinal interno (dentro de cada uno de los hombres o dentro de la sociedad), o en su aspecto de desarrollo en coincidencia con la evolución de la historia, o en clave

escatológica (la siega: cf. Joel 4, 13: «Meted la hoz, porque la mies está madura») existe el peligro de no captar el centro de gravedad de la parábola.

Evidentemente, Jesús se refiere a su situación, parte de ella.

Es precisa, en este sentido, la exégesis (alabada incluso por la Lagrange) que hace

Loisy: «Como el agricultor, Jesús siembra el reino predicando el evangelio. No le toca dirigir la siega, o sea el advenimiento completo del reino, y no nos debe impacientar que esta venida no se produzca inmediatamente. Es asunto que pertenece a Dios, así como el desarrollo actual y misterioso del reino es obra suya y secreto suyo».

En este contexto, la parábola puede ser una respuesta a las intolerancias de los zelotes -presentes también entre los apóstoles-, que querían pasar decididamente a la acción, a las impaciencias de los «suyos», que desearían un éxito más evidente, y a los delirios y cálculos de los apocalípticos. Y quizás, también, una invitación... a la calma y a la interioridad para aquella gente siempre ávida de acontecimientos sensacionales. Pero, con todo esto, aún no está aclarada la intención de la parábola.

Protagonista es la semilla

Alguno sostiene que se hace resaltar el proceso del crecimiento. Otros, que la cosecha. A mí, por el contrario, me parece evidente que la protagonista es la semilla.

En las parábolas precedentes, se ha destacado, ante todo, la figura del sembrador y "fijado" su gesto. Después se ha hablado de las diversas clases de terreno. Ahora, justamente, el interés recae sobre la semilla.

Discutir si el acento se pone en los inicios o al final, está fuera de lugar. Aquí se quiere

llamar la atención sobre la característica principal de la semilla: su fuerza interna, sus potencialidades. La semilla es la cosa más débil, pero también la más fuerte. No es que se niegue o se minimice la acción del sembrador. Como no se niega la importancia del terreno. Pero de esto ya se ha hablado. El trabajo y la acción del labrador han sido y son necesarios (sembrar, arar, escardar, etc.). Pero aquí no interesa. Hay que ocuparse de la fuerza vital ínsita en la semilla, que es independiente de la acción del hombre y de su saber («sin que él sepa cómo», v. 27; la misma alusión al dormir o al estar alerta del agricultor indica algo «desenganchado» de lo que sucede en el campo).

El labrador puede ir a dormir y puede levantarse, no porque su trabajo carezca de importancia. Sino porque se habla de otra cosa. Y él en este momento no interesa. Las dos tentaciones siempre al acecho en esta parábola son la interpretación alegórica (1) y el interés exasperado por lo que hace o por lo que no hace el labrador.

También los estudiosos más avisados derivan de buen grado hacia el campo moral, cuando se trata de sacar las consecuencias. Y entonces la parábola constituiría una

invitación a la paciencia, a la serenidad, una apología de la esperanza, un sedante contra el insomnio y los afanes. No es casual que alguno se adelante diciendo «la parábola del agricultor paciente», que es como echar a andar con pie equivocado.

Evidentemente, es fácil sentirse en situación embarazosa frente a la semilla. No se sabe qué decir. Se prefiere hablar del hombre, aunque sea para admirar su calma o para exhortarlo a tener confianza.

Y. sin embargo, la parábola no es un himno genérico a la esperanza.

Representa una invitación clara a descubrir la acción de la semilla, su potencia. La palabra de Dios es viva, eficaz, tiene una fuerza interna irresistible.

Hace que suceda algo. Es más, ella misma es acontecimiento, hecho. Se podría decir: esta sucediendo la palabra. Este es el hecho decisivo.

El reino está presente, acontece. Es esencialmente poder de Dios, no acción del hombre. El reino es actual en su aparente inactualidad.

Se manifiesta en la ausencia de signos exteriores. Crece y trabaja, aunque parezca que no pasa nada. «Produce», aunque todo quede como antes.

Resumiendo: el reino considerado desde tres ángulos diversos. Como siembra (parábola del sembrador). Como acogida y responsabilidad (explicación). Como poder (la semilla que crece por sí sola).

Este último aspecto, no excluyendo los primeros, incluso presuponiéndolos como condición (la semilla, para poner de relieve su fecundidad, tiene necesidad de ser

sembrada; y la siembra implica necesariamente un terreno), sin embargo se desengancha de ellos. O sea: la fuerza vital no es dada a la semilla por la actividad del agricultor. La posee por sí misma.

El creyente, como el agricultor, es alguien que sabe todo esto.

No debemos equivocarnos a este respecto. La parábola no dice que el hombre no sabe. Dice que no sabe cómo (v. 27). Que es bien distinto.

El creyente es alguien que sabe del reino. Está informado acerca de ello. Tiene conocimiento de su presencia. Advierte su acción.

El «cómo» no añadiría nada. Es más, quitaría algo, tanto a su fe, cuanto a la potencialidad de la semilla.

Finalmente, el creyente tiene necesidad de que el «cómo» permanezca secreto.

De otro modo desaparecería de su vida el elemento estupor y la dimensión del respeto. No lo veremos jamás de rodillas. Sino siempre afanoso, siempre encorvado para controlar. O, peor, para manipular.

PROVOCACIONES

1. Creo intuir el motivo por el que los otros evangelistas y muchos predicadores omiten esta parábola. Porque no presenta aplicaciones prácticas.

Cierto tipo de gente si no señala deberes a los demás, se siente desocupada. Si no dice a los otros lo que tienen que hacer y sobre todo lo que no tienen que hacer, se siente inútil. La parábola es embarazosa porque no dice ni lo que tenemos que hacer ni mucho menos lo que debemos evitar. Dice, simplemente, lo que está haciendo la semilla.

El agricultor, después de haber hecho lo que era necesario, ahora «deja hacer». Y es la acción más difícil de cumplir.

«Dejar hacer» y «Dejar estar»).

2. No se trata de condenar el eficientismo.

El eficientismo desaparece frente a la eficacia de la semilla-palabra.

Las manías eficientistas y los afanes organizativos son desenmascarados en sus

pretensiones ridículas y aparecen fuera de lugar cuando se revela la fuerza natural de la semilla. El eficientismo y el activismo no se combaten. Se demuestran «fuera de lugar». En el

campo del reino no tienen cabida. La semilla les excluye.

3. Una fórmula que todos cacarean hoy es «la irrupción de Dios en la historia» o «la irrupción del reino». No existe una palabra más inflada que «irrupción». En algunos libros, se encuentra en cada página y tienes la impresión de que el volumen va a explotarte entre las manos de un momento a otro.

No discuto la legitimidad teológica del término. Pero me parece, modestamente, que en nuestra civilización, contaminada por la espectacularidad y por el sensacionalismo, puede alimentar muchos equívocos.

En realidad, cuando Dios "irrumpe" en la escena para liberar a los hebreos de la opresión, comienza una fatigosa -y en absoluto triunfal- marcha a través del desierto. Cuando Cristo «irrumpe» en medio de los hombres, encontramos a un niño en un establo. ¿Acaso, «irrupción» no será una traducción un poco... libre de la kénosis?

Y después desafío a cualquiera a demostrar que la parábola de la semilla, que crece por sí misma, sugiere la imagen de una irrupción.

Me parece que es mejor decir: el reino viene, está sucediendo.

Dejemos descansar un momento a la irrupción (debe estar también un poco cansada), y sustituyámosla con una palabra más discreta. Después de tantos destrozos (verbales), la semilla podrá continuar su acción silenciosa...

(Y pido disculpas si también a mí, quizás, se me ha escapado alguna «irrupción». Se dan casos, desgraciadamente, en los que el lenguaje usual piensa en lugar nuestro).

4. El cristiano no es un constructor del reino, y menos aún un programador o un director de obras. Es, más modestamente, pero más útilmente, uno que ofrece posibilidades al reino.

Y, a veces, la posibilidad más apreciada puede ser la de no estorbar.

5. Dando un poco de pábulo a la fantasía acerca de la realidad que tenemos ante los

ojos, podemos descubrir cómo la parábola, en el fondo, «ridiculiza» -con su imagen central de la semilla que crece por sí misma- ciertas «partes» que a veces los hombres de iglesia se asignan únicamente para no hacer la figura del agricultor que «duerme o está en pie según sea de día o de noche».

Es un trabajo que dejo a mis lectores (contento, en todo caso, de registrar sus aportaciones). Y me limito a sugerir una lista de personas que «no entran» en la parábola. Tal como se me vienen a la cabeza.

En primer lugar, no hay nadie que se afane por exterminar los pájaros que picotean la semilla. Y ni siquiera existe alguien que haga de espantapájaros. Y tampoco ni sombra de un especialista en piedras o en espinas.

No se ve a nadie que proteja la frágil planta, la resguarde, o aísle las especies que considera más apreciadas con pequeños muros de separación, aptos para este fin.

No hay lugar para el experto en botánica, el que sabe todo acerca de la semilla, menos lo más importante: que la semilla no recibe instrucciones suyas.

(Conviene siempre desconfiar de los expertos en botánica eclesial. Personalmente he conocido a algunos que han cometido errores colosales, dirigiendo todo su afán hacia espigas «ejemplares» que después se han manifestado vacías, y despreciando otras que

tenían algo en la cabeza, pero con el inconveniente de no plegarse, lo que les salía muy bien a los primeros; que cambiaban las hierbas de adorno por los frutos; que no distinguían entre venenos y abonos; que desconfiaban del perfume más genuino, y en compensación no advertían el hedor más pestilente; que animaban a los parásitos y mortificaban a los trabajadores sin relieve, que ayudaban oprimiendo, favorecían manipulando, servían utilizando; que creían tener corazón sólo porque no usaban la cabeza...).

No aparece el que cree que el sistema más seguro para aligerar el crecimiento consiste en tirar del tallo...

(Ciertos especialistas en «crecimiento controlado» o «forzado» de las personas, no caen

en la cuenta de que obtienen solamente un resultado, el de retardar e incluso impedir la maduración).

No encuentra puesto el encargado de medir la altura de las pequeñas plantas (para asegurar que corresponden a los modelos que él tiene en la cabeza).

No despuntan los expertos en previsión, los futurólogos (a propósito: ¿es justo

preguntarse si el reino tiene un porvenir? Sería como preguntarse si la semilla tiene un porvenir...). No son presentados los que saben todo acerca de la iglesia del año 2.000, aquellos que

sostienen que es necesario especificar las causas que el discurso del reino hay que

afrontarlo contra corriente, o aquellos otros que dicen que es un desastre, o los otros tipos

que cacarean continuamente "¿dónde vamos a parar?" (y al menos dijesen por dónde hay que comenzar).

Y, si no me he distraído, tampoco existen los que deciden las estaciones, imponen límites de entrega, fijan el tiempo de la recolección, hacen concursos para el mejor producto, premian las espigas más bellas.

Estos personajes no están en la parábola.

En la parábola hay una semilla que sabe hacer su propio oficio, y llega adonde quiere y

cuando y como quiere. Y no tiene necesidad de que alguien le sugiera las modalidades de su crecimiento.

Y hay un agricultor que duerme y está en pie, según sea de noche o de día. Es una persona seria, ¡qué caramba!

6. Para percibir las realidades de este reino, quizás es necesario usar «diversamente» de nuestros sentidos. Se trata de oír el grano que crece. Y de ver la palabra que es anunciada. 7. Alguien dice «debilidad y fuerza de la semilla. Vulnerabilidad y potencia». Yo pondría dos acentos. Así: la debilidad es la fuerza de la semilla. La vulnerabilidad es su potencia. 8. Muchos quedan sorprendidos por el hecho de que en el evangelio de Mc la Virgen ocupa un puesto casi irrelevante. Quizás en esta parábola se pueda captar una alusión. Probablemente esta es la parábola que nos hace entender la posición de María (y también la nuestra) en relación a la semilla. Dar, retirándose. Ofrecer, dejando. Unir, desapareciendo. Comprensión liberadora.

O sea, valor, importancia de una fidelidad y de una participación hecha de ocultamiento. María no tiene necesidad de aparecer al exterior en acción. Es «cómplice» tanto de la semilla como del surco.

Es solamente una hipótesis que aventuro, entiéndase bien.

Pero tengo la impresión de que a aquel agricultor le podemos dar un nombre de mujer.

Qué debemos hacer

No debemos probar la palabra de Dios.

Debemos anunciarla, sembrarla (A. Maillot, o. c.). No tomar nunca a los demás por imbéciles

He aquí los criterios en que debemos inspirarnos para los problemas actuales: 1. Prioridad del anuncio del evangelio.

2. Paciencia y confianza en la obra divina. No dramatizar jamás, aunque hiele.

3. Respeto al auto-matismo y a la auto-nomía de la semilla: lo que significa, en el fondo, respetar a los otros y al Espíritu santo.

El problema es siempre éste. Se trata de no tomar a los demás por imbéciles, y al Espíritu santo por una persona que habría esperado la psicología y la sociología para existir (Ibid.)

Condenados al estudio de lo posible

Hay una frase-clave en la parábola: «sin que él sepa cómo». O sea, no se entiende nada (v. 27). Es la gran sonrisa de Dios sobre la iglesia. Y debería ser la nuestra: no entenderemos

nada jamás.

No entenderemos nunca por qué aquella determinada semilla que debería germinar no ha germinado y aquella otra que no podía germinar, produce un fruto maravilloso. No sabremos nunca por qué en aquel mal terreno (malo a nuestros ojos), una semilla mal sembrada, mal cultivada, ha nacido optimamente, y por qué en otra parte, a pesar de las predicaciones sublimes, de los sociólogos expertos, psicólogos sutiles, teólogos

excepcionales, todo se ha ido al traste.

No lo entenderemos nunca. Porque el asunto no es de nuestra incumbencia. Al fin y a la postre, este texto nos muestra la extraordinaria potencia de la semilla. Porque ésta puede germinar allí donde nada debería crecer.

Y nosotros estaremos entonces en disposición de descubrir la razón de esta debilidad y de esta potencia unidas.

Es el amor de Dios.

En efecto, si por amor Dios se hace débil, este amor es también lo que hay de más

fuerte. El amor es lo que puede cambiar el Sahara en un jardín. Es el que hace posible lo imposible. Pero el amor permanecerá siempre incomprensible, no sabremos nunca de dónde viene,

ni adonde va.

La ciencia, por su parte, se ocupa sólo de lo posible. Sociólogos, psicólogos, teólogos, estrategas, están condenados al estudio de lo posible.

Y hacen bien su oficio. Sólo deben recordar, y nosotros con ellos, que cuando se trata del amor de Dios:

«¡No entenderemos nunca nada!» «No sabemos cómo actúa» (Ibid.) > El reverso del poder

La potencia fecunda es el reverso del poder (F. Belo, Lectura política del evangelio, Madrid 1975). (·PRONZATO-3/1.Págs. 214-222)

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1) La interpretación alegórica ha celebrado precisamente sobre esta parábola triunfos discutibles. He aquí algunos ejemplos significativos. El sueño y la vigilia del agricultor podrían interpretarse en el sentido de la ausencia de Cristo de su semilla (la iglesia) después de la ascensión. O también -en clave psicológica- indicaría la confianza del sembrador (Cristo) en su fundación (la iglesia). En clave moral la alegorización es aún más libre. Semilla=evangelio; campo=corazón del hombre; crecimiento= colaboración del hombre con la acción de la gracia; espigas= obras buenas; siega=muerte. (Cf. J. Schmid, o. c. ).

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