sosegada, buscando siempre la belleza correcta, huyendo de la exageración de la es- cuela castellana. Estamos pues ante un realismo idealizado que se caracteriza por la serenidad. A diferencia de la escuela castellana, la andaluza sigue usando la técnica del estofado (aplicación de pan de oro sobre la imagen). El escultor Martínez Montañés reúne lo mejor de esta, destacando su serenidad y fidelidad al clasicismo, lejos del ex- presionismo patético de los castellanos, algo que queda claro en el Cristo de la clemen-
cia. También son autores destacados Pedro de Mena, Alonso Cano y Francisco Salzillo.
En Canarias, en escultura va a destacar claramente José Luján Pérez, cuya for- mación es plenamente barroca, y cuya producción se dirige casi exclusivamente al te- ma religioso (La Dolorosa), vinculado a los pasos de Semana Santa, alternando sus obras entre piezas de madera policromada (la labor de pintar la delegará en sus discí- pulos) y las imágenes de vestir, de un claro realismo.
Respecto a la pintura española del Barroco, distinguimos una predilección por un equilibrado naturalismo, una composición sencilla, un predominio de la temática religiosa y una ausencia de sensualidad. Destacan entre todos, tres grandes pintores: Francisco de Zurbarán, Bartolomé Murillo y Diego Velázquez.
Francisco de Zurbarán fue un pintor esencialmente religioso, aunque realizó alguna obra mitológica como Los trabajos de Hércules para el Palacio del Buen Retiro. Hacia 1626 comienza a pintar sus cuadros más importantes. La mayor parte de sus obras fueron encargadas por órdenes religiosas: La vida de San Pedro Nolasco, o las pinturas del Monasterio Jerónimo de Guadalupe, hoy repartidas por varios museos.
Hacia 1639, su situación económica se complica y se ve obligado a hacer cua- dros que tendrán América como destino; también hacia este período irrumpe con fuerza la figura de Murillo que le hace la competencia, de tal modo que Zurbarán dará un importante giro a su manera de pintar. Sus temas cambian considerablemente y se aproxima a una religiosidad más dulce (El Niño de la espina, La Virgen-niña...) y a la pintura de bodegones, en los que demuestra la devoción que sentía por los objetos sencillos que emergen silenciosamente de la oscuridad, por la simplicidad que en defi- nitiva presidió toda su obra. El bodegón de Zurbarán ejercerá gran influencia en el Cu- bismo, al mismo tiempo que contribuyó a una mejor valoración de su producción artís- tica.
Bartolomé Esteban Murillo llevó a cabo un arte centrado en el filtro de la reali- dad por medio de una grácil interpretación de los tipos naturales, con el fin de acercar al máximo las escenas religiosas al pueblo. Esta gracilidad se materializó en unos temas inspirados sobre figuras infantiles o de bellas mujeres, que constituyeron exquisitos modelos para sus escenas religiosas. Su estilo fue experimentando una evolución des- de sus primeros trabajos tenebristas hasta desarrollar un arte maduro de gran lumino- sidad y figuras vaporosas.
Sus primeros cuadros, pintados para el convento de los franciscanos de Sevilla muestran un ambiente de oscuridad que irá desapareciendo paulatinamente. En su cuadro Niños comiendo fruta (1650), observamos un giro hacia las escenas de género. Este mismo tipo infantil, pero de mayor altura moral y con más dignidad, es utilizado para componer escenas religiosas, como en el Niño Jesús como pastor, de conforma- ción más vaporosa. Su otro tema favorito fue el de las Inmaculadas, de paños ampulo- sos al viento e idealizada belleza andaluza, colocadas siempre sobre un cúmulo nimbo- so elevado por angelillos con fondos evanescentes, como se constata en la Inmacula-
da, del Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Por último, Diego Velázquez, uno de los pintores más grandes que ha dado el arte español. Nacido en Sevilla en 1599, desde niño comenzó a formarse en diversos talleres, y en esa ciudad es donde inició su trayectoria como pintor, caracterizándose por el naturalismo, el gusto por las tonalidades terrosas, la pintura de género, los bo-
degones y la elección de personajes de la calle para protagonizar sus obras (Vieja
friendo huevos, El aguador de Sevilla...).
En 1621 va a Madrid y se aproxima a la vida de palacio. Uno de sus primeros encargos en este nuevo ámbito será un retrato del joven Felipe IV. A partir de este momento inicia su trabajo para la corte, que habría de durar toda la vida. Una vez allí comienza a desarrollar su evolución artística, ya que entra en contacto con las colec- ciones reales de pintura: Rubens, Tiziano, Veronés y Sánchez Coello, lo que motiva que se aclare su paleta y la técnica sea más suelta y vaporosa. En 1629, aprovechando una misión diplomática, Velázquez viaja a Italia, donde pudo conocer in situ a los grandes artistas del Renacimiento, y pintó obras importantes como La túnica de José o La fra-
gua de Vulcano. También hizo retratos del príncipe Baltasar Carlos, del conde-duque
de Olivares, y cuadros de caza del rey Felipe IV. También pintó retratos de bufones en los que se hace patente su humanidad (Sebastián de Morra), al reflejar sin burla la tris- te condición de estos personajes. En La rendición de Breda vuelve a los temas históri- cos, al reflejar la victoria del general Ambrosio Espínola al frente de los Tercios.
En 1648 vuelve a Italia, donde pinta un retrato del papa Inocencio X y el de Juan de Pareja, magníficos por la forma que tiene de plasmar su fuerza interior. En cuadros como la Villa Médicis es donde se nota que su paleta se hace más suelta todavía, pre- cursora lejana de lo que sería el Impresionismo. En la Venus del espejo vuelve a reto- mar el tema mitológico, notándose una clara influencia de la pintura veneciana.
Sus últimas pinturas serán Las hilanderas y Las Meninas, donde la pincelada es totalmente suelta y emplea mayor cantidad de masa pictórica. Es clarísimo su intento de captar el movimiento. De cerca, el espectador apenas puede vislumbrar manchas de colores, que adquieren forma y sentido a medida que se aleja del cuadro.