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Su Espíritu con ustedes Ruego con todo mi corazón que escuchen la voz del Espíritu, el cual se

blancas que estaban sentados, el uno a la cabecera y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto.

“Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.

“Y cuando hubo dicho esto, se vol-vió y vio a Jesús que estaba allí; pero no sabía que era Jesús.

“Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.

“Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni!, que quiere decir, Maestro.

“Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; pero ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:11–17).

He orado para que se me permita sentir algo de lo que María sintió en el sepulcro y lo que otros dos discípulos sintieron en el camino a Emaús mien-tras caminaban con el Salvador resuci-tado, pensando que era un visitante en Jerusalén:

“Pero ellos le insistieron, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos.

“Y aconteció que, estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, y lo partió y les dio.

“Entonces fueron abiertos los ojos de ellos y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista.

“Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros mientras nos hablaba en el camino y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:29–32).

Algunas de esas palabras se repi-tieron en una reunión sacramental a la que asistí hace más de 70 años. En

aquellos días las reuniones sacramen-tales se llevaban a cabo en la noche. Afuera estaba oscuro. La congregación cantó estas palabras conocidas; yo las había escuchado muchas veces, pero el recuerdo que perdura en mí es el de un sentimiento que tuve una noche en particular. Ese sentimiento me acerca al Salvador. Quizás si recito las palabras, vendrá a todos nosotros de nuevo:

Conmigo quédate, Señor; el día cesa ya.

El manto de la noche cae y todo cubrirá.

Sé huésped de mi corazón; posada te dará.

Conmigo quédate, Señor; ardió mi corazón al caminar contigo hoy, los dos en comunión, y tu espíritu de paz por siempre quedará. Oh permanece, Salvador; la noche viene ya. Oh permanece, Salvador;

la noche viene ya 1.

Más preciado que un recuerdo de los acontecimientos es el recuerdo de cómo el Espíritu Santo conmovía nuestro corazón, así como Su continua afirmación de la verdad. Más preciado que ver con nuestros ojos, o recordar palabras que se dijeron y se leyeron, es traer a la memoria los sentimientos que acompañaban a la serena voz del Espíritu. Rara vez lo he sentido exactamente como lo sintieron los via-jeros en el camino a Emaús: como un suave y a la vez inconfundible ardor en el corazón. Con más frecuencia es un sentimiento de luz y tranquila seguridad.

Tenemos la invaluable promesa de que el Espíritu Santo será nuestro com-pañero, y además tenemos instruccio-nes verdaderas de cómo reclamar ese don. Esas palabras las pronuncian los siervos autorizados del Señor, con sus manos sobre nuestra cabeza: “Recibe el Espíritu Santo”. En ese momento, ustedes y yo tenemos la seguridad de que Él será enviado, pero tenemos la obligación de escoger abrir nuestro corazón para recibir la ministración del Espíritu a lo largo de la vida.

Las experiencias del profeta José Smith ofrecen una guía. Él comenzó y continuó su ministerio con la decisión de que su propia sabiduría no era suficiente para saber qué curso debía seguir. Decidió ser humilde ante Dios. Luego, José eligió preguntar a Dios; oró con fe en que Dios le respon-dería. La respuesta llegó cuando era un jovencito. Esos mensajes llegaron cuando él necesitaba saber cómo Dios quería que se estableciera Su Iglesia. El Espíritu Santo lo consoló y lo guio a lo largo de su vida.

Él obedeció la inspiración cuando esta era difícil. Por ejemplo, recibió la instrucción de enviar a los Doce a Inglaterra cuando más los necesitaba, y los envió.

Aceptó la corrección y el consuelo del Espíritu cuando se hallaba encar-celado y los santos estaban siendo terriblemente oprimidos. Y obedeció cuando emprendió el camino a Carthage, incluso sabiendo que afron-taba un peligro mortal.

El Profeta José nos dio el ejemplo de cómo recibir dirección espiritual y consuelo continuos mediante el Espíritu Santo.

La primera decisión que tomó fue ser humilde ante Dios.

La segunda fue orar con fe en el Señor Jesucristo.

La tercera fue obedecer con exac-titud. La obediencia puede significar actuar rápidamente; puede significar prepararse; o puede significar espe-rar con paciencia que llegue más inspiración.

Y la cuarta es orar para conocer las necesidades y los sentimientos de otras personas, y cómo ayudarlas en nombre del Señor. José oró por los santos que afrontaban aflicciones cuando él estaba en la cárcel. He tenido la oportunidad de observar a

los profetas de Dios mientras oran, piden inspiración, reciben instrucción y actúan en base a ella.

He visto con cuánta frecuencia sus oraciones son a favor de las personas a quienes ellos aman y sirven. Su preocu-pación por los demás parece abrir su corazón para recibir inspiración. Eso puede aplicarse a ustedes.

La inspiración nos ayuda a ministrar a otras personas en nombre del Señor. Ustedes lo han visto por su experien-cia, tal como yo lo he visto. Mi obispo una vez me dijo, en un momento en que mi esposa se encontraba bajo gran presión en su vida: “Cada vez que sé de alguien del barrio que necesita ayu-da, cuando llego para ayudar, descubro que la esposa de usted estuvo allí antes que yo. ¿Cómo lo hace?”.

Ella es como todos los que son grandes ministros en el reino del Señor. Parece que hay dos cosas que ellos hacen. Los grandes ministros son dignos de la compañía constante del Espíritu Santo y son merecedo-res del don de la caridad, que es el amor puro de Cristo. Esos dones han crecido en ellos debido a que los han utilizado para prestar servicio por amor al Señor.

La forma en que la oración, la ins-piración y el amor por el Señor actúan

juntamente en nuestro servicio se describe de forma perfecta para mí en estas palabras:

“Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.

“Si me amáis, guardad mis mandamientos.

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre:

“El Espíritu de verdad, al que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros le cono-céis, porque mora con vosotros y estará en vosotros.

“No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros.

“Todavía un poquito, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis.

“En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.

“El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él” (Juan 14:14–21).

Expreso mi testimonio personal de que en este momento el Padre está al tanto de ustedes, de sus sentimien-tos y de las necesidades espirituales

resurrección nos concede lo que el apóstol Pedro llamó “una esperanza viva” (1 Pedro 1:3). Esa esperanza viva es nuestra convicción de que la muerte no es el final de nuestra identidad sino tan solo un paso necesario dentro del misericordioso plan de nuestro Padre Celestial para la salvación de Sus hijos. Ese plan requiere que haya una transi-ción de la mortalidad a la inmortalidad. Para tal transición es fundamental el ocaso de la muerte y la gloriosa maña-na hecha posible por la resurrección de nuestro Señor y Salvador, que celebra-mos en este domingo de Pascua de Resurrección.

II.

En un gran himno escrito por Eliza R. Snow, nosotros cantamos:

Oh cuán glorioso y cabal el plan de redención: merced, justicia y amor

en celestial unión1

Para el fomento de ese plan y esa unión celestiales, nos congregamos en reuniones, incluyendo esta conferencia, Por el presidente Dallin H. Oaks

Primer Consejero de la Primera Presidencia

I.

Mis queridos hermanos y hermanas, al igual que ustedes, he sido pro-fundamente conmovido, edificado e inspirado por los mensajes, la música y los sentimientos de esta ocasión al estar juntos. Estoy seguro de que hablo en nombre de ustedes al expresar agradecimiento a nuestros hermanos y hermanas que, como instrumentos en las manos del Señor, nos han dado el efecto fortalecedor de este rato juntos. Me siento agradecido de hablar a esta audiencia el domingo de Pascua de Resurrección. Hoy nos unimos a otros cristianos para celebrar la resu-rrección del Señor Jesucristo. Para los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la resu-rrección literal de Jesucristo constituye un pilar de nuestra fe.

Debido a que creemos en los relatos de la Biblia y del Libro de Mormón acerca de la resurrección literal de Jesucristo, también creemos, por las numerosas enseñanzas de las Escri-turas, que una resurrección similar vendrá a todos los seres mortales que hayan vivido en esta tierra. Esa

Cosas pequeñas y

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