Es convertirse en parte de la vida de una persona y preocuparse por él o ella. Es también una entrevista de ministra-ción en la que se analizan las necesi-dades y fortalezas de manera sensible y apropiada. Es cuando el consejo de barrio se organiza para responder a una necesidad mayor.
Esa clase de ministración fortaleció a una hermana que se mudó lejos de casa cuando su esposo comenzó sus estudios de posgrado. Sin un teléfono que funcionara y un bebé pequeño que cuidar, se sintió desorientada en la nueva ubicación, totalmente perdida y sola. Sin previo aviso, una hermana de la Sociedad de Socorro llegó a la puerta llevando un pequeño par de zapatos para el bebé, los subió a ambos en su auto y los llevó a buscar la tienda de comestibles. La agradecida hermana informó: “¡Ella me dio ayuda y apoyo!”.
La verdadera ministración la ilustra una hermana mayor de África a quien se le asignó buscar a una hermana que no había ido a la Iglesia durante mucho tiempo. Cuando fue a casa de la hermana, descubrió que a esa mujer la habían golpeado y robado, que tenía muy poco para comer y que no tenía ropa apropiada para las reunio-nes dominicales de la Iglesia. La mujer que fue asignada para ministrarle llevó un oído atento, verduras de su jardín, Escrituras para leer y amistad. Al poco tiempo, la hermana “ausente” regresó a la Iglesia y ahora tiene un llamamiento porque sabe que se le ama y valora.
El combinar esos esfuerzos de la Sociedad de Socorro con el ahora reestructurado cuórum de élderes dará lugar a una unidad que puede arrojar resultados sorprendentes. El ministrar se convierte en un esfuerzo coordinado para cumplir con el deber de “visitar la casa de todos los miembros” y de “velar siempre por los miembros de la
iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos” 5, así como llevar a cabo el propósito de la Sociedad de Socorro de ayudarnos mutuamente a prepararnos para las bendiciones de la vida eterna 6. Al traba-jar juntas bajo la dirección del obispo, la presidencia del cuórum de élderes y de la Sociedad de Socorro pueden ser ins-piradas al buscar las mejores formas de velar y cuidar a cada persona y familia.
Permítanme darles un ejemplo. A una madre le diagnosticaron cáncer. Al poco tiempo comenzó el tratamiento y, de inmediato, las hermanas de la Socie-dad de Socorro se pusieron a trabajar, planeando la mejor forma de ayudar con las comidas, el transporte, las citas médicas y otro tipo de apoyo. La visitaban con regularidad, brindándole alegre compañía. Al mismo tiempo, el cuórum del Sacerdocio de Melquisedec se puso en marcha. Proporcionaron mano de obra para agregar un dormi-torio y un baño para facilitar el cuidado de la hermana enferma. Los hombres jóvenes prestaron sus manos y espal-das para participar en esa gran labor, y las mujeres jóvenes participaron al ofrecerse alegremente a pasear al perro todos los días. Con el paso del tiempo, el barrio continuó su servicio, añadien-do y adaptanañadien-do según fuese necesario. Era claramente una obra de amor, en la que cada miembro daba de sí mismo, mostrando unidos el modo personal de brindar cuidado que bendijo no solo a la hermana que sufría, sino a cada miembro de su familia.
Tras un valiente esfuerzo, la her-mana finalmente sucumbió al cáncer y fue sepultada. ¿Respiraron aliviados en el barrio y consideraron que habían hecho un buen trabajo y que era todo? No, las mujeres jóvenes siguen pasean-do al perro topasean-dos los días, los cuórums del sacerdocio continúan ministrando al padre y a su familia, y las herma-nas de la Sociedad de Socorro siguen tendiendo una mano para determinar fortalezas y necesidades. Hermanos y hermanas, eso es ministrar; ¡es amar como el Salvador ama!
Otra bendición de esos inspirados anuncios es la oportunidad que tienen las mujeres jóvenes de 14 a 18 años de participar en ministrar como compañe-ras de las hermanas de la Sociedad de Socorro, así como los hombres jóvenes de su edad sirven como compañe-ros ministrantes de los hermanos del Sacerdocio de Melquisedec. Los jóvenes pueden compartir sus dones únicos y crecer espiritualmente al servir junto a los adultos en la obra de salvación. Con-tar con los jóvenes en asignaciones de ministración también puede aumentar el alcance del cuidado que la Sociedad de Socorro y los cuórums de élderes impar-tan a los demás al aumentar el número de miembros que participen.
Al pensar en las excelentes joven-citas que he conocido, me alegro por esas hermanas de la Sociedad de Socorro que tendrán el privilegio de ser bendecidas por el entusiasmo, talentos y sensibilidad espiritual de esas jóvenes
al servir juntas, o ser ministradas por ellas. Me alegra también la oportuni-dad que tendrán las mujeres jóvenes de que las guíen, instruyan y fortalez-can las hermanas de la Sociedad de Socorro. Esa oportunidad de participar en edificar el reino de Dios será de gran provecho para las jóvenes, lo que les servirá para prepararse mejor para cumplir sus funciones como líderes en la Iglesia y en la comunidad, así como colaboradoras en sus familias. Tal como dijo ayer la hermana Bonnie L. Oscarson, las mujeres jóvenes “desean prestar servicio. Necesitan saber que son valiosas e imprescindibles en la obra de salvación” 7.
De hecho, las mujeres jóvenes ya están ministrando a los demás, sin asignación ni alarde. Una familia que conozco se mudó a cientos de kilómetros a un lugar nuevo donde no conocían a nadie. Durante la prime-ra semana, una niña de 14 años del nuevo barrio apareció en la puerta de su casa con un plato de galletas, para darles la bienvenida. Su madre sonreía detrás de ella, en calidad de servicial chofer, apoyando el deseo de su hija de ministrar.
Otra madre se preocupó un día porque su hija de dieciséis años no llegó a casa a la hora habitual. Cuan-do la muchacha finalmente llegó, su madre la interrogó con cierta frustra-ción acerca de dónde había estado. La jovencita respondió casi tímidamente
que le había llevado una flor a una viuda que vivía cerca; había notado que la hermana mayor parecía muy sola y sintió la impresión de visitarla. Con la plena aprobación de su madre, la joven siguió visitando a la anciana; se hicieron buenas amigas, y esa dulce asociación continuó por años.
Cada una de estas mujeres jóvenes, y muchas más como ellas, notan la necesidad de alguien y se esfuerzan para satisfacerla. Las mujeres jóvenes tienen el deseo natural de cuidar y compartir, el cual puede ser dirigido adecuadamente al ministrar en compa-ñía de una hermana adulta.
Sin importar nuestra edad, cuando consideramos cómo ministrar de mane-ra más eficaz, preguntamos: “¿Qué necesita ella [o él]?” Combinando esa pregunta con un deseo sincero de ser-vir, el Espíritu nos guía a hacer lo que animaría y fortalecería a la persona. He escuchado innumerables historias de hermanos y hermanas que fueron bendecidos con un simple gesto de inclusión y bienvenida en la Iglesia, un amable correo electrónico o mensaje de texto, un contacto personal en un momento difícil, una invitación a parti-cipar en una actividad de grupo o una oferta para ayudar con una situación difícil. Los padres solteros, los nuevos conversos, los miembros menos acti-vos, las viudas y los viudos, o los jóve-nes con dificultades pueden necesitar atención adicional y ayuda urgente de
hermanos y hermanas que ministren. La coordinación entre la presidencia del cuórum de élderes y de la Sociedad de Socorro da lugar a que se hagan las asignaciones apropiadas.
Después de todo, la verdadera ministración se realiza uno por uno, siendo el amor la fuerza motivadora. ¡El valor, el mérito y la maravilla de la verdadera ministración es que real-mente cambia vidas! Cuando nuestros corazones sean receptivos y estén dispuestos a amar e incluir, alentar y consolar, el poder de nuestra minis-tración será irresistible. Con el amor como la fuerza motivadora, ocurrirán milagros y encontraremos maneras de llevar a nuestros hermanos y hermanas “ausentes” al abrazo incluyente del evangelio de Jesucristo.
El Salvador es nuestro ejemplo en todo, no solo en lo que debemos hacer sino en por qué debemos hacerlo8. “Su vida en la tierra fue [una] invita-ción a nosotros para elevar nuestra visión un poco más, olvidar nuestros propios problemas y tender una mano de ayuda a los demás” 9. Al aceptar la oportunidad de ministrar de todo corazón a nuestras hermanas y herma-nos, tenemos la bendición de ser más espiritualmente puros, de estar más en armonía con la voluntad de Dios, y ser más capaces de comprender Su plan para ayudar a todos a regresar a Él. Reconoceremos más fácilmente Sus bendiciones y estaremos ansiosos de extender esas bendiciones a los demás. Nuestros corazones cantarán al uníso-no con nuestras voces:
Quiero yo amar a todos, pues yo tengo Tu amor Mi deseo es servirte; pido que me des valor. Quiero amar a los demás;
Aunque echo de menos a mi que-rido amigo el presidente Thomas S. Monson, amo, sostengo y apoyo a nuestro profeta y presidente, Russell M. Nelson, y a sus nobles consejeros.
También me siento agradecido y honrado por volver a trabajar más de cerca con mis amados hermanos del Cuórum de los Doce.
Más que nada, me siento profun-damente humilde y muy feliz por ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, donde millones de hombres, mujeres y niños están dispuestos a impulsar desde
don-de están —en cualquier llamamiento
o asignación— y se esfuerzan de todo corazón por servir a Dios y a Sus hijos, edificando el Reino de Dios.
Hoy es un día sagrado; es domingo de Pascua de Resurrección y conme-moramos aquella gloriosa mañana cuando nuestro Salvador rompió las ligaduras de la muerte 1 y salió triunfan-te de la tumba.
El día más importante de la historia
Hace poco pregunté en internet: “¿Qué día alteró más el curso de la historia?”.
Las respuestas oscilaron desde lo sorprendente y lo extraño a lo Por el élder Dieter F. Uchtdorf
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
M
is amados hermanos yherma-nas, queridos amigos, agra-dezco estar con ustedes este maravilloso fin de semana de conferen-cia general. Harriet y yo nos regoci-jamos con ustedes al sostener a los élderes Gong y Soares, y a los muchos hermanos y hermanas que han recibi-do varios nuevos llamamientos durante esta conferencia general.