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El segoviano Andrés Laguna, célebre médico que había tenido como pacientes al emperador Carlos V y al papa Julio III, veía a la Europa de mediados del siglo XVI en términos muy pesimistas: “toda llorosa, triste, pálida, truncada y mutilada en sus miembros, hundidos los ojos y como escondidos en una caverna, extremadamente macilenta y escuálida, cual las viejas que a mí suelen acudir tantas veces consumidas por la tuberculosis”[4]. El fenómeno nuevo, que más impresionaba a Laguna, era la fragmentación de la unidad cristiana. Una unidad que nunca había pasado de ser un ideal, pero que, como tal, había durado siglos; y aún se creía en él durante los primeros años del reinado de Carlos V. Al igual que tantos monarcas europeos que le habían precedido, el joven Carlos de Habsburgo siguió soñando con regir un imperio o humanitas christiana de carácter universal. Ese sueño iba a terminar en fiasco en vida del propio emperador y la Europa posreformista lo sustituiría por una realidad fragmentada, compuesta por un mosaico de monarquías, algunas duraderas y otras efímeras, en permanente competición. Una competición lamentable, para Laguna y tantos otros de los que la vivieron, pero en la que historiadores recientes ven la clave de la futura superioridad europea sobre civilizaciones como la china o la musulmana, donde no había incentivos para aplicar los avances militares. Esas mismas necesidades militares de las monarquías obligaron a aumentar sus exigencias fiscales y a expandir unas burocracias que tendían, lógicamente, a trabajar en un idioma único, el más cercano a la corte, que acabó siendo considerado el oficial. Se fue produciendo así la unificación de unos ambientes lingüísticos, que habitualmente coincidían con los súbditos de las más estables de aquellas monarquías, mucho más extensos que los dominados por los anteriores dialectos o variantes de alcance comarcal o regional, pero sin la ambición paneuropea del latín medieval: unas “naciones”, según término acuñado mucho tiempo antes[5].

La palabra natio, en efecto, era conocida en el latín medieval, e incluso en el antiguo, y se aplicaba a una comunidad o grupo de personas procedentes de una misma zona lingüística. Fue en el Renacimiento cuando comenzó a atribuirse a esos grupos diferentes cualidades psicológicas y morales. El antropólogo Benedict Anderson, en un libro merecidamente célebre, ha explicado el fenómeno a partir de ciertas innovaciones culturales, aparentemente desligadas entre sí, como la utilización de la imprenta y la Reforma protestante, que cambiaron la imagen que los europeos tenían de sí mismos. Es obvio que la imprenta aumentó el número de libros y folletos disponibles y abarató su precio, lo que multiplicó el público lector. Al dirigirse a lectores tan distintos de los destinatarios de los manuscritos medievales, cambió también el estilo de la escritura, convertida en un arma didáctico-informativa en los conflictos políticos. Surgió así la figura del libelista o publicista profesional, capaz de utilizar técnicas de persuasión emocional como la distorsión, exageración, manipulación, utilización de imágenes gráficas… Tanto las guerras de religión francesas como la de los Treinta Años, la revolución inglesa o la Fronda, fueron ya luchas propagandísticas, además de físicas, expresadas en enorme cantidad de hojas volanderas, panfletos y libros a favor de cada uno de los bandos, lo cual era nuevo respecto de los conflictos anteriores. Lutero, Guillermo de Orange o Cromwell

fueron, por encima de cualquier otra cosa, magníficos panfletarios o propagandistas. Pero lo que más importa para nuestro tema es que la imprenta transformó también el tipo de información difundida. Como ha observado Anderson con especial agudeza, el invento de Gutenberg favoreció la extensión de los estereotipos. Y no sólo por permitir la llegada de imágenes y textos idénticos a grandes públicos, sino porque éstos se expresaban en una lengua que ni era ni pretendía ya ser universal, como el latín, pero que, para que las ediciones resultaran rentables, tampoco podía limitarse a uno de los dialectos hablados en los antiguos valles o comarcas que podían recorrerse a pie o a caballo, sino que tenía que abarcar un área lingüística amplia. Para colmo, desde que se estabilizó la situación religiosa tras las querellas luteranas según el principio cuius regio, eius religio, cada una de aquellas unidades político-culturales interpretaba de distinta forma el mensaje divino. Cada nación, no sólo tenía un carácter o forma de ser propio, sino que creía en verdades diferentes y, en definitiva, rendía culto a unos valores distintos. Fue entonces cuando el mundo europeo se dividió en comunidades imaginadas, según el término acuñado por Anderson. Europa, la vieja cristiandad, afianzaba de esta manera su fragmentación en las “naciones” modernas[6].

Faltaban aún, desde luego, ciertos requisitos para poder usar la palabra “nacionalismo” en toda su plenitud. Habría que esperar a que Rousseau y los fundadores de la teoría democrática inventaran la noción de “alma común”, o voluntad general, distinta a la mera suma de voluntades individuales, lo que posibilitaba que ese conjunto se constituyera en sujeto de derechos políticos. Sería preciso, además, que Herder y los románticos alemanes de fines del XVIII o comienzos del XIX atribuyeran a estas “comunidades imaginarias” una continuidad histórica, una permanencia, a ser posible a partir de los orígenes mismos del mundo, derivados de la voluntad divina. Y habría de establecerse, como culminación del proceso, el principio de las nacionalidades, es decir, la exigencia de adecuación de cada unidad política a una de esas unidades previamente definidas en términos históricos, psicológicos y morales. Lo cual significaba legitimar el poder de una manera radicalmente distinta a como habían hecho las teocracias o los derechos divinos de los reyes: no ya de arriba abajo —de Dios a los gobernantes, ungidos por la Iglesia— sino de abajo arriba —del pueblo a los gobernantes, elegidos por aquél y representantes suyos—. Con todo, la creación de “comunidades imaginarias” gracias a la imprenta y las guerras de religión significó un jalón importante en la gestación de la visión del mundo como dividido en “naciones”.

De esta nueva visión del mundo europeo deja constancia, por ejemplo, el Elogio de la Locura de Erasmo de Rotterdam. Para comprobar hasta qué punto estos estereotipos son arbitrarios y cambian con el paso del tiempo, baste recordar que Erasmo creía típicas de los ingleses la belleza, la música y la buena comida, y de los alemanes la inclinación por la magia y el esoterismo. La expresión más elaborada de estas creencias la ofreció, durante aquel mismo siglo XVI, el francés Jean Bodin, Juan Bodino en castellano, en su famosa obra Los Seis Libros de la República, donde estableció una teoría sobre el asunto que iba a ser tenida por científica durante varios siglos. Para Bodino, las diferencias psicológicas de cada pueblo se debían al clima: según él, los habitantes del norte actuaban de manera ardiente y enérgica como reacción natural ante el frío, y estaban por tanto muy dotados para la guerra, así como para el trabajo y las artes mecánicas; los del sur, en cambio —los españoles, por ejemplo—, eran menos activos por efecto del calor y se veían obligados a explotar su inteligencia, por lo que obraban de manera lenta y reflexiva, lo que les hacía maestros en los saberes contemplativos: las ciencias ocultas, la filosofía, la matemática, la

religión. Al competir con los demás, cada grupo usaba de los recursos que le eran propios: “el pueblo del septentrión de la fuerza, el pueblo central de la justicia, el meridional de la religión”. De nuevo, se constata la arbitrariedad de estos estereotipos, pues los españoles, para Bodino, al revés que para Erasmo, no eran guerreros —propio de los habitantes de países fríos—, sino religiosos. No hará falta añadir, aunque sea anecdótico, que los nacidos en las zonas centrales —los franceses, cómo no— representaban para Bodino la combinación más feliz de fuerza y astucia; maestros en “las ciencias políticas, las leyes, la jurisprudencia, la gracia en el discutir y bien hablar”, sólo ellos eran capaces de fundar imperios grandes y florecientes en las armas, las leyes y el comercio[7].

Por mucho que la incipiente “opinión pública” comenzara a verlos de ese modo, no debe creerse que los problemas políticos de la Edad Moderna temprana respondieran a intereses —ni enfrentaran a comunidades— nacionales o prenacionales. Es cierto que con la imprenta y la Reforma protestante coincidió también el comienzo de los conflictos ideológicos y hemos mencionado a Lutero, Guillermo de Orange o Cromwell. Pero todos estos nombres se relacionan con guerras religiosas y revolucionarias de aquella época libradas en el interior de colectividades humanas que usaban o podían comprender un mismo idioma. Las otras, las guerras que hoy llamaríamos internacionales, no fueron protagonizadas por “naciones” ni por las comunidades étnicas o culturales que precedieron a las naciones. Dicho de otra manera: aunque la historiografía nacionalista de los siglos XIX y XX nos haya acostumbrado a ver las luchas de los siglos XVI a XVIII como protagonizadas por holandeses frente a españoles o franceses frente a ingleses, lo cierto es que se trató de conflictos dinásticos, entre Habsburgos, Borbones, Valois, Orange o Tudor, príncipes que usaban ejércitos multinacionales siempre que sus medios se lo permitían. Y en estas guerras dinásticas no volcaron sus esfuerzos los publicistas, es decir, no se buscó el apoyo de la embrionaria opinión pública. La propaganda se usó en los enfrentamientos internos, librados entre los partidarios de mantener las estructuras político-sociales heredadas, rígidamente jerárquicas, con una religiosidad oficial vinculada al papado y fielmente vigilada por los monarcas absolutos, y quienes creían conveniente establecer controles institucionales sobre el poder real y, si no tolerancia en materia religiosa, al menos independencia frente a Roma. Estas tensiones, desde luego, no se desataban entre un reino o país y otro sino dentro de cada uno de ellos. Eran guerras civiles, pues en todas las sociedades europeas había partidarios de las estructuras heredadas y partidarios de su reforma. Mas lo interesante es que los propagandistas encontraron un argumento extraordinariamente efectivo al presentarlas como enfrentamientos del conjunto social contra un enemigo extranjero —colectivo también— dotado de alguna especie de maldad innata, o al menos de ciertas tendencias psicológicas y éticas que lo convertían en incompatible con nuestra forma de ser.

En el reparto de papeles, a “España” le tocó el de potencia papista, absolutista, intransigentemente católica. Ya los cuidadosos informes de los embajadores venecianos al Consejo de los Diez, a comienzos del siglo XVI, describían a los españoles como un grupo humano caracterizado por virtudes, entre las que destacaban la perseverancia, el valor y la religiosidad, y defectos, como la arrogancia, la soberbia o la crueldad[8]. Aparecía ya, tan temprano, la religiosidad en un lugar prominente. Vimos cómo Bodino, medio siglo más tarde, ratificaba la inclinación española hacia lo religioso. Reinaba entonces Felipe II, y empezaba ya a ser opinión común entre los europeos informados que la manera de ser española llevaba consigo una versión intransigente del catolicismo romano. Enseguida veremos que ello no se debía a ninguna inclinación innata de aquel grupo humano hacia las

“supersticiones papistas”, sino que era el resultado de un duro enfrentamiento interno y de una situación internacional que favoreció el poder absoluto de la casa de Habsburgo. Porque la imprenta y la Reforma, los dos grandes fenómenos que estamos aceptando como impulsores del surgimiento de comunidades imaginarias prenacionales, coincidieron con la hegemonía europea de la rama hispana de los Habsburgo, alrededor de la cual sabemos que se articuló la identidad española emergente. Y esta casa reinante, bien fuera por sinceras convicciones religiosas o, más probablemente, por cálculos sobre sus intereses dinásticos, tomó a su cargo la defensa del catolicismo contra el protestantismo, e incluso convirtió esta defensa en el principal argumento legitimador de su poder.

No hay duda de que la identificación con la religión romana engarzaba también con una tradición medieval de los reinos cristianos del norte peninsular, que habían ido conformando una identidad colectiva en pugna con un “otro” no cristiano, proceso que había adquirido caracteres especialmente duros, según apuntamos también más arriba, desde aquel final del siglo XI en que se había importado el espíritu de cruzada. A raíz de la caída del último reino musulmán en la Península, los Trastámara Fernando e Isabel obtuvieron del papa el título honorífico de “Reyes Católicos”. Aparentemente, sólo se trataba de rivalizar con el monarca francés, reconocido hasta entonces por el papado como Sa Majesté Très Chrétienne, el “más cristiano” de los reyes de la cristiandad. La pugna era, por tanto, por el liderazgo moral y político de Europa. Y Fernando e Isabel, como su sucesor Carlos de Habsburgo, siguieron siendo halagados por sus ideólogos, en términos todavía muy medievales, con el augurio de ser los destinados a unificar a la cristiandad y dirigirla hacia la conquista de Jerusalén, culminación de la historia humana. Pero el título mismo de Su Católica Majestad, y la actuación del emperador en la polémica luterana, comenzaron a colorear la identificación religiosa de la monarquía hispánica con un matiz nuevo, mucho más específico y definidor de la identidad de sus súbditos frente a los vecinos europeos, no menos cristianos que ellos pero dominados por otras casas dinásticas: la defensa de la Iglesia, del catolicismo, frente a la herejía. El propio Carlos V, tan despreocupado de joven por el significado teológico de la disputa luterana —aunque siempre lo estuviera por las perturbaciones que ésta podía producir en sus dominios—, terminó sus días aceptando esta misión como eje director de su poder: con palabras de Domínguez Ortiz, “sus veleidades juveniles de concordia e irenismo se transformaron en las terribles exigencias de fuego y sangre contra los rebeldes herejes que inspiraron no sólo sus últimos actos de gobierno sino las recomendaciones imperativas que dirigió a su hijo y sucesor Felipe”[9].

El hereje protestante, tanto o más que el turco, pasó entonces a ser el enemigo. Nuevos telones de acero se alzaron, esta vez por el norte. Como tantas otras de las naciones que se estaban construyendo a comienzos de la Edad Moderna, la española se identificó con la defensa de la fe verdadera, en este caso el catolicismo, lo que en cierto modo dotaba al español de una conciencia, similar a la judía, de pueblo elegido. Ciertamente, si atendemos a la producción artística e intelectual de los grandes creadores del llamado Siglo de Oro, hacia 1600 el catolicismo había sido asumido por todos como aspecto irrenunciable de la identidad colectiva. Como ha escrito Juan Linz, la España de la Contrarreforma ofreció “un ejemplo de vida intelectual caracterizado por la integración en la sociedad […] y no por el conflicto”[10]. Y es cierto que no se encuentran, en efecto, discrepancias dignas de mención sobre este aspecto fundamental de la monarquía —y de lo español—, que es su unión consustancial con el catolicismo. Se distinguen, eso sí, grados de entusiasmo entre los diferentes autores. Lope de Vega, por ejemplo, fue uno de los más ardientes defensores

de esta imagen oficial de un pueblo fundido con el monarca en la providencial misión de defender a la Iglesia. En El cerco de Viena por Carlos V —transcurrido ya un siglo desde los hechos que narra—, Lope llama al césar “emperador de España”, expresión que es muy dudoso usara el propio monarca alguna vez, y pone en su boca esta improbable arenga a sus tropas:

¡Ea, soldados de España, defendamos nuestra Iglesia! ¡Católicos españoles, muramos todos por ella! ¡Viva la Fe! ¡Viva, amigos, y los enemigos mueran!

¡Al arma contra el Gran Turco! ¡Guerra, aquí de España, guerra![11].

Calderón de la Barca, pocos años después, superaría el ardor de Lope. En El gran teatro del mundo presenta así a su personaje “España”:

Yo soy España, en quien tiene su Metrópolis la Fe, la Religión su eminente Solio Augusto, de quien es base el tronco de mis Reyes…

Y en El sitio de Breda, la belicosidad antiherética de Calderón llega a hacerle poner en boca de un tal capitán Alonso versos terribles:

¡Oh, qué maldita canalla! Muchos murieron quemados. Y tanto gusto me daba Verlos arder, que decía, Atizándoles la llama: Perros herejes, ministro Soy de la Inquisición santa.

España fue “luz de Trento”, según célebre expresión de Menéndez Pelayo que es difícil de rebatir. No sólo la monarquía hispánica de los Habsburgo se implicó a fondo en el combate contra el luteranismo, sino que los teólogos y canonistas de Salamanca o Alcalá trabajaron como nadie en la teorización de la réplica católica al luteranismo. Al finalizar el primer siglo de la Edad Moderna, propios y extraños vinculaban a los súbditos de los Habsburgo con la versión apostólico-romana del cristianismo. A los súbditos, y no sólo a la monarquía. El catolicismo encarnaba, no en tal o cual rey o casa dinástica, sino en “España”. La Contrarreforma desempeñó, por tanto, en la monarquía española el papel moldeador de la identidad colectiva que en otros países corrió a cargo de la Reforma protestante.

La argumentación de Anderson requeriría, sin embargo, para que de la situación española surgiera una identidad similar a la protestante, que la Iglesia hubiera fomentado la lectura de la Biblia, y que hubiera aumentado, a partir de ahí, la producción editorial y el nivel de alfabetización de la población. No parece que ocurriera tal cosa en la monarquía

católica, donde el clero hizo lo posible por mantener al pueblo al margen de los debates teológicos —incluyendo en el pueblo a las clases medias urbanas alfabetizadas— y de ningún modo emprendió, ni toleró, la intensa actividad panfletaria y propagandística del protestantismo. Pero el catolicismo contrarreformista poseía otros canales de difusión de ideas, que no requerían lectura, así como variados instrumentos para moldear conductas, creencias y actitudes: para empezar, el sermón semanal o las esporádicas campañas misionales o de purga herética, que constituían los medios de comunicación fundamentales para la población analfabeta; en segundo término, actos culturales, algunos de gran creatividad e interés, como las representaciones teatrales, por medio de las cuales los mensajes ideológicos contenidos en los autos sacramentales o comedias de Calderón o Lope llegaban al gran público; por último, otros medios disuasorios o discriminatorios, como el Tribunal del Santo Oficio, que no sólo controlaba la fe sino que perseguía a minorías étnicas y reprimía conductas desviadas, y los estatutos de limpieza de sangre; sobre estos últimos aspectos, de cariz menos amable, volveremos enseguida[12].

Al ser diferentes los canales de difusión, el tipo de identidad difundido por la Iglesia contrarreformista tuvo que ser distinto al fomentado por las Iglesias protestantes del norte. En vez del silencio y la contención de gestos propios del pietismo luterano, consecuencia de una visión interiorizada de la religión que se basaba en la comunicación directa con la divinidad y la responsabilidad personal del creyente, es sabido que el catolicismo fomentó el culto a objetos y lugares sagrados y la realización de actos y ceremonias públicas, a través de los cuales Dios se revelaba y desplegaba. Especial importancia tenían los