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EL MARCO MÍTICO DEL RELATO

El relato se situaba en un marco que tenía, a decir verdad, rasgos poco innovadores en relación con el dibujado por las historias mitológicas y caballerescas conocidas hasta el momento. Pues la primera página de cualquier historia nacional del XIX describía la tierra en que habitaba el pueblo protagonista con unos elogios ditirámbicos que en nada diferían de los que en etapas anteriores habían servido para demostrar la preferencia del Altísimo sobre el reino o linaje elegido. En el caso español, eran los famosos laudes Hispaniae, cuyos antecedentes se remontaban nada menos que a Isidoro de Sevilla, iniciador de una tradición continuada por historiadores y cronistas de las Edades Media y Moderna.

España —entiéndase, siempre, la península Ibérica— era, según la muletilla, “suelo privilegiado”, dotado de perfecciones naturales no igualadas por ningún otro. “Este país goza de cielo sereno, su clima es templado, su terreno es fértil, sus ríos abundantes en pesca y sus montes en caza y minerales”, se leía en un manual aparecido poco antes que la historia de Lafuente; otro, posterior en pocos años, se refería al clima templado de España, sus “ríos caudalosos” y campiñas fértiles, donde se producen “toda clase de granos, frutas sabrosas y vinos exquisitos”. “Sabrosos frutos” y “exquisitos vinos” eran igualmente expresiones usadas por un tercero, de la misma época, que añadía “excelentes maderas de construcción, toda clase de cereales y abundantes pastos que alimentan toda especie de ganados”; como todos, subrayaba la riqueza de metales existente en el, en este caso, “subsuelo privilegiado” (“abunda el oro, la plata, el cobre, el mercurio, el plomo, el zinc, el hierro”) y terminaba, con algo más que exageración, refiriéndose a las “infinitas vías fluviales” que, “en todas direcciones […] fertilizan de continuo las risueñas comarcas que atraviesan”. Era una tierra, en fin, según resume el propio Lafuente, en la que “parecen concentrarse todos los climas y todas las temperaturas” hasta el punto de que “si algún Estado o imperio pudiera subsistir con sus propios y naturales recursos convenientemente explotados, este Estado o imperio sería España”[18].

No hay obra de la que no pudieran extraerse frases de tono similar. Citemos, para cerrar este punto, la más extrema de ellas, la ingenua autoproclamación como Paraíso

Terrenal que escribió el historiador Patxot y Ferrer bajo el seudónimo de M. Ortiz de la Vega: “no sin visos de fundamento”, comenzaba este autor, los escritores griegos habían colocado los Campos Elíseos en “nuestra patria”, “la más hermosa de las tierras”. La localización del Paraíso Terrenal no era segura, pero “el raciocinio, la tradición y las más fundadas conjeturas” sugerían que había estado también en España, “tierra predilecta, casi redondeada por los mares; miranda del orbe, con vistas a América, al Polo, a África; cabeza de la Europa y centro de todos los mundos”. Los Anales de España —título de su libro— comenzaban, por tanto, “en el acto de la creación del mundo”; “el primer español fue, pues, Adán” y “la primera española se llamó Eva”. Empujado por un entusiasmo que arrasaba toda cautela, el atrevido autor remataba esta introducción a su obra describiendo a aquella primera española, y primera dama de la especie, en términos muy distintos a los de la pecaminosa Eva, origen de las desgracias humanas: “tipo de todos los encantos, dechado de dulzura, delicadeza, amor tierno, candor e inocencia”[19].

Sin abandonar el tradicional sobreentendido de que se trataba del pueblo preferido por la divinidad, los laudes Hispaniae de la era nacional perseguían otra finalidad: vincular el grupo humano cuyas hazañas se iban a historiar al entorno geográfico, de tal modo que sus rasgos étnicos fuesen tan permanentes y tan netamente diferenciados de los demás que nadie pudiese dudar de su calidad de nación. “La naturaleza marca los límites de este hermoso territorio”, escribía Víctor Gebhardt en 1861, y ello explicaba que existiera una “nacionalidad española tan real y compacta”. Y Modesto Lafuente comenzaba precisamente su magna obra con estas líneas: “Si alguna comarca o porción del globo parece hecha o designada por el grande autor de la naturaleza para ser habitada por un pueblo reunido en cuerpo de nación, esta comarca, este país es la España”. Lafuente expresaba en otros momentos su inquebrantable fe en la existencia de caracteres nacionales permanentes, creados por la divinidad (cada pueblo tiene un “destino providencial”, “las sociedades no mueren”), fe que, a lo largo de su texto, aplicaba repetidas veces al “múltiple” pero “siempre uno” pueblo español: Sagunto, por ejemplo, expresó “aquella fiereza indomable que tantas veces habrá de distinguir al pueblo español”; Viriato fue uno más de “ese tipo de guerreros sin escuela de que tan fecundo ha sido siempre el suelo español”[20].

De acuerdo con la tradicional conexión entre la geografía y la psicología colectiva, que venía de Bodino y había sido reiterada por Montesquieu, los laudes Hispaniae anclaban la personalidad social y cultural de la colectividad nacional en un territorio de suprema excelencia. Y continuaban, lógicamente, con una descripción nada modesta de los rasgos físicos y psicológicos del pueblo cuyas hazañas se iban a narrar: Masdeu, en el siglo XVIII, había explicado que las delicias de la tierra y el clima peninsulares eran causa de la buena “complexión natural” de sus habitantes, “hombres amantísimos de la industria, hombres de sumo ingenio para las ciencias y para las bellas letras, hombres de carácter excelente para la sociedad”. Los autores del XIX repiten fielmente: al nacer bajo la “halagüeña influencia” de una “hermosa Península cuyo suelo produce cuanto puede hacer grata la vida del hombre”, éste “reúne en sí la fogosidad oriental y la fuerza del raciocinio del habitante del norte”; “los naturales de España son de buena presencia, robustos, sufridos, celosos de su libertad e independencia y de ingenio despejado, como se prueba por el gran número de españoles célebres que han brillado en todos tiempos, por lo heroico de sus hechos de armas, por lo atrevido de sus descubrimientos y conquistas, por sus profundos conocimientos e investigaciones en las ciencias y por su habilidad en las bellas artes”; España, en fin, además de “célebre por sus glorias, grande por sus conquistas, hermosa por su cielo, rica por sus varias producciones”, se ha acreditado “en todos los tiempos y en

todos los países por el valor, buena fe, sufrimiento, sobriedad y religión de sus naturales”. Conclusión a retener por la tierna mente escolar que estaba formándose como española: “pocos pueblos hay en el mundo que puedan gloriarse de empresas más heroicas y memorables que nuestra España”[21].

Una última función cumplían los laudes Hispaniae, imprescindible en una mitología basada en tan benéficas condiciones iniciales: explicar “el origen del mal”, las causas de las desgracias patrias. Porque no era fácil encontrar razones para las muchas adversidades que había que narrar luego si se partía de un suelo tan feraz, de individuos dotados con tan excelentes prendas y, para colmo, del favor de la divinidad. La propia riqueza del territorio servía de respuesta, pues era ella la que había atraído sobre la Península sucesivas invasiones extranjeras, ante las cuales “los españoles” habían reaccionado con una resistencia “tan extraña como terrible”; “lo fecundo y óptimo” del suelo de España, y en especial sus minerales, había sido la “causa de porfiadísimas guerras con cartagineses, romanos[…]”. Desde tiempos inmemoriales, la riqueza de las tierras de España había excitado la rapacidad de los vecinos y de ahí las invasiones y guerras de liberación. Antes de iniciarse las tragedias, sin embargo, hubo una época en la que los habitantes del país disfrutaron de su identidad nacional y de las riquezas del territorio propio sin interferencias foráneas. La historia nacionalista asociaba explícitamente aquel momento inicial, en que los españoles, en su entorno natural y dejados a su albur, gozaban legítimamente de lo que era suyo, con la felicidad paradisíaca. Antes de las invasiones, “los españoles eran felices, libres e independientes; sus costumbres, sencillas; sus necesidades, pocas; y los medios de satisfacerlas, abundantes”. Tan idílica situación se rompió con la llegada del perverso extranjero, atraído por la “proverbial riqueza de nuestro suelo” y admitido ingenuamente por “la sencillez natural de unos pueblos incomunicados”, que no les permitió sospechar la malicia que encerraban unos extranjeros astutos. Abundancia, felicidad, sencillez e ingenuidad, por un lado; codicia, astucia y malignidad, por otro. Doble creencia que expresó de forma directa Vicente de la Fuente cuando escribió que “todos los antiguos pintan las costumbres de aquellos primeros pueblos como puras y sencillas hasta que se depravaron con el comercio y la dominación extranjera”[22]. Más sonora y fácil de recordar había sido la síntesis que en el siglo XVIII había ofrecido el padre Isla, en su popular versión en pareados de la historia de Duchesne:

Libre España, feliz e independiente se abrió al cartaginés incautamente.

En el primer verso, la Arcadia originaria, situación “feliz” (precisamente por ser “libre” o “independiente”) y de plena legitimidad (por la misma razón), cuya recuperación se convertía en objetivo nacional por excelencia. En el segundo, el perverso extranjero, causa de la salida del paraíso y de los males subsiguientes.

Esa personalidad nacional que, al anclarse en la geografía, se presentaba como natural e inmutable, tenía, además, que adquirir lustre y reforzar su realidad gracias a su antigüedad. Es misión de la historia nacionalista encontrar hazañas y antepasados remotos, tan remotos que se remonten, a ser posible, al origen mismo de los tiempos. En el caso español, ese flanco se había cubierto durante siglos haciendo referencia a la fundación de la nación por el mítico Túbal, nieto de Noé. No cabía mayor antigüedad, pues se trataba del segundo y definitivo comienzo de la especie humana, tras el Diluvio bíblico, y de la primera división en pueblos y razas. La leyenda provenía del historiador romano Josefo y,

según vimos en el capítulo anterior, quedó incorporada de manera estable a las historias de España por Juan de Mariana, necesitado de este tipo de datos legendarios para poder comparar con ventaja la antigüedad del pueblo español en relación con el italiano. La creencia en Túbal sufriría duros embates durante el siglo ilustrado, inspirados por el deseo de rigor y depuración de fuentes históricas, pero el siglo XIX, en general, prolongaría su vigencia durante bastante tiempo, aunque frecuentemente se advirtiese de que sólo era una “tradición”. Dominado por la competición entre las naciones europeas, el ambiente decimonónico consideraba, no sólo permitido, como Mariana, sino incluso obligado para un historiador glorificar a su nación, aunque para ello tuviera que pagar un precio intelectual muy alto. Como recuerda Alcalá Galiano refiriéndose a las teorías que hacían venir a los celtas desde África y no desde Europa, había relatos históricos que se usaban para “evitar odiosas dependencias de Francia”[23].

Estas descripciones iniciales también permiten trazar el retrato ideal de ese tipo español “natural”, anterior a la contaminación foránea. Según resume Monreal y Ascaso en 1867, esos españoles primitivos eran “semejantes a los espartanos”, “tan frugales en sus alimentos como sencillos en el vestir”; “así debieron vivir por algunos siglos los españoles, más o menos felices, pero independientes”; y precisamente por ser tan “amantes de su independencia”, “se daban la muerte antes que dejarse caer en poder del enemigo”. Orodea, el mismo año, hace confluir la “sobriedad” y “ligereza” de los iberos con el carácter celta, que era “sencillo: respiraba rudeza y candor, animación y vida: era libre e independiente […] reunía al valor la lealtad, a la fe religiosa el amor de su libertad nacional”. Modesto Lafuente, poco antes, había establecido la versión canónica de las “virtudes de los españoles” en el origen de los tiempos: ante todo, desde luego, “el valor”; junto a él, “la tendencia al aislamiento, el instinto conservador y el apego a lo pasado, la confianza en su Dios y el amor a su religión, la constancia en los desastres y el sufrimiento en los infortunios, la bravura, la indisciplina, hija del orgullo y de la alta estima de sí mismo…”[24]. Todos los elementos fundamentales se hallan presentes en estas citas: sobriedad, religiosidad, independencia, valor suicida, pero a la vez individualismo y tendencias anárquicas. Los objetivos políticos del mito son obvios: ensalzar tal manera de ser y reclamar su perpetuación en los tiempos actuales, salvo en aquellos aspectos —como la tendencia a la desunión— contra los que hay que precaverse.

Como puede verse, si hay un rasgo del carácter colectivo y esencial de los españoles en la historia que ningún autor deja de destacar es la belicosidad. “Los españoles nos hemos esmerado más en el manejo de la espada que de la pluma”, dice Ortiz de la Vega, parafraseando a Mariana; los primitivos españoles se caracterizaban por sus “fieros hábitos y espíritu indomable”; el “espíritu dominante” en la España primitiva fue “el marcial”, como prueba “lo sangriento y continuado de las guerras que sostuvieron los españoles”, que anteponían a cualquier otro honor “el inmortalizarse por su valor y sus hazañas”[25]. Siguiendo el clásico método de la cita de autoridad, estos historiadores se amparaban en la observación de Tito Livio, según la cual Hispania habría sido la primera tierra no italiana que pisaron los ejércitos romanos y la última en ser dominada totalmente, lo que le había hecho concluir que allí “la naturaleza, tanto del suelo como de los habitantes, es más favorable para la guerra, no sólo que en Italia, sino que en cualquier otro lugar del mundo”. Esta cita solía venir precedida por largas páginas en torno a Sagunto y Numancia, consideradas irrefutables demostraciones de un valor por encima de toda ponderación, a las que se añadía Viriato —caudillo lusitano, incorporado a la historia de España cuando este término incluía a toda la Península y nunca borrado luego de la lista de caudillos españoles

— e incluso Sertorio, un romano que buscó refugio en Hispania durante una de las últimas guerras civiles republicanas y cuya historia era necesario deformar de pies a cabeza para presentarlo como abanderado de la resistencia “española” contra la invasión extranjera. Una vez terminados estos minuciosos relatos sobre los avatares de la conquista, el nacionalismo canónico, especialmente en sus versiones escolares, tendía a liquidar en pocas líneas los cinco siglos siguientes, durante los cuales la Península vivió apaciblemente integrada en el mundo romano.

Quizás no sea ocioso aclarar que esta versión heroica de la conquista romana de Hispania es difícil de aceptar por alguien que, en la actualidad, posea sentido histórico. En primer lugar, debería ponerse en cuestión la relevancia misma de la conquista para entender la personalidad colectiva resultante, si se compara con la romanización de los cinco siglos siguientes, la época más larga de paz y prosperidad en la historia peninsular, durante la cual se integró el territorio gracias a una red de comunicaciones, a unos centros administrativos e incluso a un idioma, como el latín, del que derivaría la futura lengua nacional. Podrían discutirse también las hazañas e incluso la duración de la conquista, ya que las legiones romanas que desembarcaron en la Península no tuvieron el propósito de ocuparla, sino de combatir a los cartagineses, y lo limitado de la expansión durante el periodo siguiente podría atribuirse en parte a las discordias internas y guerras civiles que afectaron a la república romana; cuando, superada esta fase, se emprendió en serio la conquista, Hispania quedó sometida entre Julio César y Octavio Augusto. Por otra parte, incluso si las dificultades ofrecidas por los ibéricos a los conquistadores fueron mayores de lo habitual, no tenían por qué deberse a la existencia de una fuerte conciencia de identidad y una voluntad férrea de expulsar a invasores extranjeros. Podrían, al revés, derivarse de la propia fragmentación de las culturas y unidades políticas existentes en el territorio, ya que es más ardua la dominación de un mundo montañoso y dividido que la de un reino centralizado y unificado cuyo ejército o centro neurálgico se puede neutralizar en una sola batalla[26]. Todas estas consideraciones se dejaban de lado por la historia nacionalista. Hasta la cristianización, y pese a la general identificación del carácter nacional con el catolicismo, perdió importancia relativa entre estos historiadores del XIX, comparados con los de siglos anteriores. Entre 1830 y 1880, lo crucial era dejar sentada la existencia de “españoles” en “España” desde el principio de los tiempos, con conciencia de su identidad y decididos a combatir ferozmente frente a los intentos de dominación extranjera, hasta el punto de no dudar en ofrecer la vida por salvar la independencia de la nación. Los sentimientos nacionales, proyectados de manera disparatada hacia el pasado, ciegan así la sensibilidad histórica de estos autores, que no comprenden la imposibilidad, aunque sólo fuera por problemas de comunicación, de concebirse a sí mismos en términos globales y aplicar la idea de independencia nacional a época tan remota.

De inevitable mención en este momento son Sagunto y Numancia, memorables tragedias invocadas ritualmente para probar la existencia de ese carácter. Sagunto era una ciudad de colonización griega, aliada de los romanos, cuyo sitio y conquista por Aníbal desencadenó la segunda Guerra Púnica. Ante la tenaz defensa de los saguntinos —a los que Tito Livio distingue netamente de los “hispanos”—, el caudillo cartaginés dio orden de pasar a todos a cuchillo, lo que bien pudo redoblar su decisión de resistir; cuando las circunstancias se hicieron desesperadas, arrojaron a una pira sus bienes más valiosos, para evitar que fueran botín del vencedor, e incluso se inmolaron en la misma muchos de ellos. Un episodio similar ocurriría setenta años más tarde en Numancia, esta vez frente a Roma y protagonizado por población celta. Según la descripción de Estrabón, “cercados los

numantinos por todas partes, se sostuvieron con heroica constancia, a excepción de unos pocos que, no pudiendo más, abandonaron la muralla al vencedor”. Para convertir estos dos episodios en prueba de la existencia de un “carácter español”, persistente a lo largo de milenios, marcado por un valor indomable y una invencibilidad derivada de su predisposición a morir en combate antes que rendirse, era preciso pasar por alto detalles cruciales, como el origen griego de la población saguntina o la conducta de aquella parte de los sitiados que, cuando la situación se convirtió en desesperada, tomó la razonable decisión de entregar la muralla[27].

Juan de Mariana, en este punto, mostraba su respeto de humanista hacia las fuentes clásicas al escribir sobre Sagunto, muchos de cuyos defensores, dice, se dieron muerte, pero otros fueron pasados a cuchillo y hasta los hubo que “fueron presos”. No así en Numancia, donde el erudito jesuita se dejaba arrastrar por su rivalidad con las glorias italianas: en Numancia, “temblor que fue y espanto del pueblo Romano, gloria y honra de España…”, “los mismos ciudadanos se quitaron las vidas”, “se mataron a sí y todos los suyos”; y si algún autor latino consigna que, al entrar en las ruinas humeantes, las legiones romanas encontraron defensores vivos, “contradicen a esto los demás autores”; todos resistieron hasta la muerte, caso sin par de heroicidad colectiva. La obsesión por comparar a España