El colegio ocupa un lugar preferente, en cuanto a tiempo, en la vida del adolescente. Sin embargo en cuanto a ámbito es un espacio superado ampliamente en esta edad, a diferencia de lo que ocurre en las primeras etapas de la vida: la ruptura por primera vez con el único medio protector como es el ambiente familiar, y después el despertar de un montón de sentimientos diversos, como veremos en Un mundo...,
Para un muchacho adolescente, Manolo de Huerto Cerrado, por ejemplo, el colegio es aquel lugar que le impide estar con su enamorada en "Una mano en las cuerdas", pero también es un lugar grato lleno de recuerdos:
Aún recuerda los días pasados en aquel colegio. Los amigos. Las fotografías de las enamoradas de los amigos. Las lavanderas tan feas. Los jardines y sus jardineras. Los profesores. Un
117 Ibídem, p.147. 118 Ibídem, p.150. 119 Ibídem, p.149.
profesor. Las pocas muchachas que pasaban por allí. El pescado de los viernes. La salida de los sábados. ¿Los libros? Aún recuerda... pero ¿por qué dice que "aún recuerda"? cuando jamás olvidará que allí vivió intensamente, y vivir intensamente es lo único que le interesa.120
Consecuencia como casi siempre de la nostalgia de su pérdida. Solamente y en algunas ocasiones cuando el tiempo se hace presente, formalmente se entiende, los hechos desagradables ocupan un lugar preferente. Y es lo que le pasa a Manolo en este relato, cuando el espacio del colegio- en este caso un internado inglés cerca de Lima-, usurpa el del esparcimiento: una salida de fin de semana. El castigo es mal aceptado no tanto porque le impide ver a Cecilia como porque él lo cree injusto: "Era como creer que hemos ganado la lotería, corre a cobrarla, y descubrir que hemos leído mal nuestro número: lo habían castigado por festejar el sábado; por celebrar la partida. Se había parado sobre la silla y había gritado: ' ¡Viva el sábado!¡Viva ella!' Y ese imbécil lo había castigado porque faltaban cinco minutos para que terminara la clase."121
El protagonista, ese muchacho que acepta la cotidianeidad del colegio en espera de la plenitud de su espacio afectivo: el reencuentro con su muchacha, no soporta el castigo y con una actitud propia de la adolescencia, se cree único en el sufrimiento. El tiempo se ha detenido (ha perdido importancia), y ha sido sustituido por el espacio opresor en este caso: "No tenía nada que hacer. Aceptó la realidad, y casi se muere de pena. Se dio cuenta de que el tiempo se había detenido, y de que se quedaría así, detenido hasta el lunes. Luego, avanzaría nuevamente, lentamente, hacia el próximo sábado.' No llegará nunca.' Era demasiado orgulloso para escaparse, pero no toleraba ver la puerta por donde se salía para ir a Lima. Decidió encerrarse en su dormitorio."122
Más adelante esta sensación de soledad es compartida con el de otra soledad. El espacio de la confidencia consigue unir a un muchacho de quince años y a un profesor de cuarenta y cuatro. Ambos se han encontrado en un espacio compartido: el amor y el dolor de su ausencia.
Una confidencia hecha en unas circunstancias especiales (no suele darse una relación de este tipo entre un alumno y un profesor), en un momento de permeabilidad receptiva, logra el contacto afectivo entre los dos personajes.
2.1.2.-La calle
"Una extraña diversión" es un relato de Huerto cerrado que tiene como escenario único la calle. El protagonista sigue siendo Manolo, pero un Manolo que no encaja con el del resto de los relatos, por su indumentaria y por su comportamiento. La primera más propia de un desclasado: "¿De dónde venía con sus zapatos cubiertos de barro, y con esa camisa mojada por las lluvias de julio? Ningún otro abrigo..."123, y la segunda de un loco, o quizás sería más apropiado decir, de alguien "del que no se sabe muy bien para quien trabaja":
Parecía tomar muy en serio esa larga caminata, y era muy extraño todo lo que hacía. Cogía una piedra a este lado de la pista (estaba en la avenida del Ejército), y la cambiaba por otra que recogía al otro lado de la pista. De su bolsillo del pantalón, sacaba una libreta negra. Luego, sacaba también un pequeño lápiz amarillo, buscaba una página en blanco, y dibujaba más piedras. Abandonó esa esquina (...) Contó las puertas y las ventanas, y apuntó esos números en la libreta. Dibujó la casa...124
Y también en este libro, en " Las notas que duermen en las cuerdas ", las calles y las gentes que las habitan son descritos con cierta morosidad (ya sabemos que Huerto cerrado supone la primera etapa del escritor, en la que todavía no había conseguido su estilo peculiar):
El sol brilla sobre la ciudad, sobre las calles, sobre las casas. (...) Por las calles, las limeñas lucen unos brazos de gimnasio. Parece que fueran ellas las que cargaran las andas en las procesiones, y que lo hicieran diariamente. Te dan la mano, y piensas en el tejido adiposo. No sabes bien lo que es,
120 Alfredo Bryce Echenique, Huerto cerrado, op. cit., p.97. 121 Ibídem, p.100.
122 Ibídem, pp. 100-101. 123 Ibídem,p . 167. 124 Ibídem, p.168.
pero te suena a piel, a brazo, al brazo que tienes delante tuyo, y a ese hombro moreno que te decide a invitarla al cine...125
Es diciembre en Lima y están próximas las vacaciones estivales y la Navidad. Manolo ya ha terminado las clases, y en su tiempo libre:
...Manolo salió a caminar. Contaba los automóviles que pasaban, las ventanas de las casas, los árboles de los jardines, y trataba recordar el nombre de cada planta, de cada flor. Esos paseos que uno hace para no pensar, eran cada día más frecuentes. Algo no marchaba bien (...) Aquel día había caminado mucho, y casi sin darse cuenta...126
Esta anécdota, si no fuera por un hecho concreto -allí se nos dice que se trataba de un hombre y aquí de un adolescente- parece coincidente con la anterior. y además es curioso observar, que los gestos que en el anterior relato nos había parecido propio de un loco, cambiando el condicionante de la edad -lo pasamos a la adolescencia-, deja de parecer cosa de orates.
Y estos paseos por las calles de Lima se repiten, la casa familiar le ahoga un poco, y siente necesidad de salir de allí. A veces la calle tampoco consigue darle esa tranquilidad ansiada:
Empezaba a oscurecer. Miles de personas caminaban lentamente por el jirón de la Unión. Se detenían en cada tienda, en cada vidriera, mientras Manolo avanzaba perdido entre esa muchedumbre. Su única preocupación era que nadie le rozara al pasar, y que nadie le fuera a dar un codazo.127
Otras veces y en gestos que han repetido miles de adolescentes, la calle es ese lugar donde las muchachas salen del colegio y se van a sus casas...
El centro de Lima está lleno de colegios de mujeres, pero Manolo tenía sus preferencias. Casi todos los días, se paraba en la esquina del mismo colegio, y esperaba la salida de las muchachas como un acusado espera su sentencia. Sentía los latidos de su corazón, y sentía que el pecho se le oprimía, y que las manos se le helaban. Era más una tortura que un placer, pero no podía vivir sin ello.128
Y también la calle, en el " Descubrimiento de América " es el lugar donde cada día Manolo ve pasar América, y el lugar de encuentro que quiere parecer fortuito entre Marta "la amiga de ambos", América y Manolo.
En los dos cuentos los lugares recorridos por los protagonistas son similares. En éste, la Plaza San Martín, la calle Boza, donde están las galerías Boza. Y en " Una mano... " la Plaza de Armas, la Plaza San Martín y las galerías Boza...
Y por último, y siempre en este libro, la calle es escenario de un hecho más dramático: el atropello y muerte de un hombre por un tranvía. Pero lo que llama la atención de este relato es, sobre todo, la futilidad de un gesto y sus consecuencias imprevisibles:
El hombre que podía ser un empleado continuó su camino, mientras el tranvía, como un temblor, pasaba delante del cine sacudiendo las puertas. Una hermosa mujer que venía en sentido contrario atrajo su atención. La miró al pasar. Volteó para mirarle el culo, pero alguien se le interpuso. Se empinó. Alargó el pescuezo. Dio un paso atrás, y perdió el equilibrio al pisar sobre el sardinel...129 Por otra parte, en los recuerdos de la adolescencia de Santiago, en el Perú, la calle puede convertirse en aquel lugar de espera a la salida de los colegios, como en otras ocasiones, para ver a Eugenia: "...me escondía por los rincones para verla pasar y estaba siempre dispuesto a partir la carrera si ella me miraba."130; pero la calle puede convertirse en mágica, un día en que "Yo estaba esperando que Eugenia entrara, para después 125 Ibídem, pp.63-64. 126 Ibídem, p.66. 127 Ibídem, p.70. 128 Ibídem, p.69. 129 Ibídem, p.162.
esperar que saliera, cuando ni entró ni salió sino que se detuvo en la esquina de mi vida, a unas tres cuadras de la puerta de aquella cafetería, convirtiéndola de esa manera en la puerta del cielo."131