Otro espacio interior que es tratado por Bryce en su narrativa es el de los ídolos.
Son dos los protagonistas de este espacio creado por la admiración de un personaje hacia otro. Uno de ellos reúne unas características "especiales" que lo harán destacar dentro del grupo; y el otro, desde el que siempre se escribe la historia, es el que no posee esos rasgos y, sin embargo, le gustaría tenerlos.
El espacio de la adolescencia es un marco adecuado para que se despierten estos sentimientos. Es esa época en el que el entorno familiar oprime y el modelo a quien imitar se busca en el ámbito extrafamiliar.
"Muerte de Sevilla en Madrid" de La felicidad ja-ja narra un caso "extremo" de idolatría, llevado a sus últimas consecuencias.
Este cuento tiene como tema principal el viaje accidentado y casual de Sevilla (un oscuro protagonista con una oscura vida) a Madrid, pagado por una compañía de aviación con el objeto de promocionarse.
Es el viaje tema común y sugerente para gran parte de la Literatura Universal. De él pueden surgir,- y se espera que surjan- emociones de todo tipo: amores, riesgos, aventuras... Todo menos indiferencia. Sin
166 Alfredo Bryce Echenique, Dos señoras conversan, op. cit., p.148. El subrayado es mío. 167 Ibídem, p.153.
embargo para el protagonista del relato el viaje es todo un suplicio al que se ve obligado por la timidez al rechazarlo, y porque (ya aparece el ídolo):" Le daba miedo hacerlo pero lo haría. Llamar por teléfono era lo más fácil; sí, llamaría por teléfono y diría que le era imposible viajar por motivos de salud. Pero algo muy extraño le sucedió momentos después. Salvador Escalante le aconsejó viajar mientras estaba rezando el rosario con su tía".168
La figura del héroe, aparentemente, no tiene nada que ver con el viaje, pero si la tiene para el protagonista que hizo de él santuario de sus devociones y de sus pocas "decisiones".
Es por el viaje por el que conocemos al protagonista siendo adulto, y es el narrador quien retrocede en el tiempo, la adolescencia, para perfilarnos la personalidad de Sevilla (en este caso su ausencia), Sevilla ¡como no! fue colegial en el Santa María (colegio al que parece que asistieron todos los protagonistas de las novelas de Bryce, incluido el mismo autor), y observaba, como todos los estudiantes adolescentes del Santa María, a las niñas del Villa María (el Santa María de muchachas) a la salida del colegio, pero con una intención muy diferente a la del resto:
El partía a pie y, mientras avanzaba por la Diagonal para dirigirse hacia un sector antiguo de Miraflores, se cruzaba con las chicas que bajaban del ómnibus del Villa María (...) En los últimos meses de colegio empezó a mirarlas, trató de descubrir a una, una que fuera extraordinariamente bella, una que sonriera aunque sea al vacío mientras él pasaba. Si una hubiera sonreído con sencillez, con dulzura, Sevilla habría podido encontrar por fin a la futura esposa de Salvador Escalante.169
Esta extraña afición, quizá convertida en costumbre, continuó después de que muriera Salvador Escalante (probablemente era la única forma de atreverse a mirar a una chica). Muerte que no le impidió buscar compañera para él, ni tampoco llamarlo cuando lo necesitaba: "desde tiempo atrás el gran futbolista escolar170había quedado para siempre presente en la vida de Sevilla. Con él resistió el asedio sufrido durante los últimos años de colegio (...) Sevilla llamaba silenciosamente a Salvador Escalante porque con él no había sufrimiento posible..."171
Una coincidencia espacial, un viaje, y una sensación compartida con otra de la adolescencia en aquel viaje en que Salvador Escalante lo tomó como amigo, hace que Sevilla "viva" el recuerdo de una forma muy próxima: Cuántas veces había pensado en sus recuerdos, pero esta noche en vez de traerlos a su memoria era él quien retrocedía hacia ellos, dejándose caer, resbalándose por sectores de su vida pasada que lo recibían con nuevas y angustiosas sensaciones. Volvía a vivir quinto, sexto de primaria cuando empezaron los preparativos para el viaje a Huancayo.172
Y después de esta vivencia, de esta "aproximación" espacial, será mucho más fácil hacer este otro en compañía, "arropado" por la presencia de Salvador Escalante:" no se le ocurrió preguntarse cómo habría sido todo un viaje dialogando feliz y tímido con Salvador Escalante(...) Cuando el señor de enfrente se le antojó cambiar de sitio y se instaló en el asiento donde empezaba a viajar Salvador Escalante, Sevilla aceptó esta repentina invasión de las cosas de la vida como años antes..."173 Mas la imaginación es capaz de vencer tan pequeños obstáculos, y aquí siempre habrá un lugar vacío que podrá ser ocupado por el amigo. Después los recuerdos se mezclarán y él estará viajando a Huancayo, el lugar en que por primera y última vez triunfó:
'Una buena película para estos días', pensó Sevilla, mientras recibía un chicle de manos del ídolo. 'Entramos', dijo Salvador Escalante y él como que no comprendió, en todo caso se quedó atrás contemplando como boletera, controladora y acomodadora se agrupaban para admirar la entrada de su amigo. Fue cosa de un instante, una especie de rápido pacto entre las tres cholitas guapas (...), mientras Sevilla sentía de golpe la profunda tristeza de haber quedado abandonado en la calle. Y desde entonces revivió hasta la muerte el momento en que Salvador Escalante no lo olvidó. Ya estaba en la entrada de la sala, él en la vereda allá fuera, cuando volteó y le hizo la seña aquella, entra, significaba, y Sevilla se encogió todito y cerró los ojos, logrando pasar horroroso frente a las tres señoritas del cine. Fue una
168 Alfredo Bryce Echenique, La felicidad ja,já, op. cit., p.184. 169 Ibídem, p.178.
170 Esta característica es común en todos los personajes-ídolos de la narrativa de Bryce. 171 Alfredo Bryce Echenique, La felicidad..., op. cit., p.181.
172 Ibídem, p.185. La cursiva es mía. 173 Ibídem, p.206.
especie de breve vuelo, un instante de timorato coraje que, solo cuando abrió los ojos y descubrió a Salvador Escalante esperándolo sonriente, se convirtió en el instante más feliz de su vida 174
Bien se ve que esta es una historia extrema de idolatría. Podríamos decir que hay una verdadera invasión de espacio, una enfermiza manera de ocupar el espacio afectivo con un recuerdo y unos hechos que en sí no tuvieron nada de extraordinarios, aunque si es cierto que para Sevilla fueron y son los únicos gestos de verdadera amistad que recibió en su vida, y como tal se guardan.
Después, y ya en España, aparecerá otro espacio compartido con el amigo, pero ya pertenecerá al subconsciente, al mundo confuso de los sueños donde todo es posible (Sevilla también es capaz de soñar "despierto", pero son evocaciones de situaciones vividas. Esta será la diferencia): "En una playa desconocida estaba Achikawa175, él y Salvador Escalante. Una muchacha para Salvador Escalante apareció en la playa (una playa que Sevilla murió sin saber cuál era) (...) No pudo verla y la muchacha se esfumó, dejándolos a los tres echados tranquilamente en la arena. Achikawa se metió al mar y Sevilla siguió conversando con su amigo horas y horas...)"176
El relato termina con la muerte de Sevilla en Madrid, como ya sabíamos por el título, pero lo que se ignora hasta el final es que Sevilla sintió repetidamente una atracción al vacío, y que repitiendo el gesto de la entrada en el cine de Huancayo allá en la adolescencia: "se encogió todito y cerró los ojos...", se suicidó tirándose por la ventana. Convirtiendo aquel instante, el más feliz de su existencia, en el único digno de recordar y repetir. "Nació" a la vida con ese gesto de amistad y murió con él. Los dos espacios se han convertido en uno solo que durará la eternidad...
Hay otras historias de ídolos a lo largo de la narrativa de Bryce. Julius, el niño de Un mundo... admiró en un momento de su infancia a aquel muchacho algo mayor que él, Arzubiaga, del que Raúl, el protagonista de la novela que veremos después tiene muchos rasgos. En Un mundo... y en "los grandes hombres..." se cuenta la anécdota del héroe del colegio que lloró cuando "la Zanahoria" (una monjita del Inmaculado Corazón) les quitó la pelota. A los ídolos se les cree por encima de estas debilidades (en cierta etapa de la vida, claro) y verlo en ese estado provocó en Julius, por lo menos, perplejidad:
Arzubiaga era el dueño de la pelota. Por las tardes la guardaba en una red blanca y esperaba que vinieran a recogerlo. Pero una tarde un grupo se quedó junto a la puerta principal, querían jugar un poco. Prohibido jugar en ese jardincito porque ahí estaban las rosas de la Madre Superiora y además había una ventana. Sin embargo Arzubiaga sacó la pelota e hizo un pase lateral, Martinto la elevó y de cabecita se la pasó a Julius quien, a su vez, se la entregó a Del Castillo, Del Castillo a Sánchez Concha, (...) Y así sucesivamente hasta que apareció la Zanahoria como loca con la campanita y reclamando en inglés la pelota (...) Arzubiaga se puso a llorar, (...) eso que estaba en tercero, eso que era un grande (...) Bastantes días estuvo Julius preocupado por lo del llanto de Arzubiaga...177
Mañuco el de "Un sapo..." además de amistad por don Pancho, sintió una gran admiración, y puede ser que una fuera consecuencia de la otra.
"Los grandes hombres son así. Y también asá" de Dos señoras conversan es una historia de ídolos (son dos y de diferente sexo), lo marca el título "Los grandes hombres son así...", pero también es una historia de relativización a la que se llega con el tiempo y que de igual manera lo refleja el título "... Y también asá", que se refiere al lado oscuro de la moneda de la que sólo conocemos cuando conseguimos ver a través de la opacidad.
"Los grandes hombres..." es la historia de un ídolo, Raúl, vista y contada, en parte, por el que padece el encantamiento, aunque desde dos perspectivas. La adolescente: allí existió la auténtica veneración, y la del adulto que cambia aquel sentimiento por el de la amistad hacia el hombre y la del distanciamiento irónico para el héroe.
174 Ibídem, p.189. La cursiva es mía.
175 Achikawa es un compañero de viaje al que Sevilla soportó estóicamente en su estancia en Madrid, y que invadió, prácticamente, su espacio físico (el psíquico estaba invadido ya). El sueño, como suele ocurrir, libera emociones que en la vigilia también existen
176 Alfredo Bryce Echenique, La felicidad. .., op. cit., p.213. 177 Alfredo Bryce Echenique, Un mundo. .., op. cit., p.100-101.
En la confección del relato intervienen un narrador en tercera persona que nos pone al corriente de los acontecimientos del presente, y otra en primera, Santiago, que nos habla desde el recuerdo a través de las páginas de un diario. Costumbre que viene desde la niñez, y que le sirve también de recordatorio.
Siempre hay un hecho, consciente o no, que hace saltar la chispa del recuerdo. En este relato es la muerte de Eugenia: " Una de las mujeres más atractivas e interesantes que había conocido en su vida acababa de morir estúpidamente y sin haber llegado a los cuarenta años"178; la mujer del héroe, de la que Santiago fue amiga de adolescencia, confidente y algo más en la edad adulta.
Eugenia muere en el Perú y Santiago está en París, su lugar de residencia. Esta distancia espacial impide que los dos amigos se vean en esos momentos, y posterguen su encuentro hasta el verano. Este impass sirve para que Santiago recuerde la adolescencia y con ella la historia de Raúl y de Eugenia (ídolo bis, como la llama Santiago):
Raúl y Eugenia...¿A cual de los dos conoció primero?¿A Raúl, a quien había observado y admirado desde la infancia, desde el primer colegio, o a Eugenia, que se le había acercado una pavorosa tarde de adolescencia infernal en el centro de Lima? Indudablemente, Santiago había visto, observado y admirado primero a Raúl, porque aquellos recuerdos se remontaban a los años de la infancia escolar (...) Después, Raúl había continuado siendo su ídolo deportivo (...) Pero los ídolos, con todo lo que tienen de impecables y de ejemplares, suelen ser mayores que sus pobres feligreses, y son tan inaccesibles y lejanos que a veces hasta lo miran a uno como a un fan de pacotilla, como a un lustrabotas...179
La segunda parte de la novela narra el conato de "un extraordinario-aparente" viaje con un fin catártico: hablar de Eugenia y para Santiago,además, perder el miedo a las arañas, enfrentándose con ellas en su medio. Uno y otro fracasarán. El héroe se limita a continuar con sus "hazañas bélicas" y a hacer el ridículo por ellas, y Santiago tampoco perderá el miedo a los arácnidos, mas bien casi se muere en el intento. Y de Eugenia... parece que nunca existió.
En la visión de adulto es cuando Santiago ve al ídolo en su verdadera dimensión:
-Siempre hay algo que aprender acerca de los ídolos, Nani -le dijo Santiago, al ver que Raúl se alejaba de ellos para ir a encerrarse en su habitación-. Nunca me había dado cuenta de que jamás crecen, por ejemplo.
-¿Sabes que lo voy a dejar, Santiago? -¡Qué! ¿Ahora?
-No bien lleguemos a Lima. Lo dejo, porque los ídolos ni crecen ni dejan crecer nada a su alrededor, tampoco.180
Tendrán que pasar varios meses para que la comunicación, no ya entre ídolo y "otro" sino entre amigos,se realice. Y será en París en uno de los tantos exilios que padece Raúl en donde se logra ese contacto pleno que quedó interrumpido cuando Eugenia murió. Además el héroe había entendido y valorado a Santiago en su justa medida. No desde su pedestal de ídolo, sino en un tête a tête en el que pueden mirarse a los ojos:
-¿Te acuerdas de Eugenia? ¿Te acuerdas de París hace veinte años...? Eugenia ha muerto, hermano...
Y mientras empezaba a repetir incesantemente aquellas mismas frases, entre sollozos incontrolables, Santiago logró adivinar que la extraña caja que Raúl tenía entre sus manos, y que de un momento a otro se iba a abrir, contenía la tarántula viva que su amigo le había traído de la selva del Perú,(...)Santiago sintió verdadero pavor (...) Pero después, al ver que Raúl empezaba a darse de cabezazos contra la pared, comprendió que recién había comenzado el verdadero viaje y que veinte
178 Alfredo Bryce Echenique, Dos señoras conversan, op. cit., p.168. 179 Ibídem, p.172.
años atrás, en París, Raúl habría sido totalmente incapaz de llorar así y de perder el tiempo en detalles inútiles como ése de la araña.181