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3.2.2.2 Hay mujeres que no resisten el cambio

755 Ibídem, p.260.

De todas estas mujeres -importantes en diferentes grados para los protagonistas masculinos- hay algunas que no resisten el cambio de lugar y el momento en que se conocieron, por razones que ahora voy a tratar de justificar. Esto pasará con Virginia de Tantas veces..., con Sandra de La vida exagerada..., y con Eusebia de La última mudanza...

Pedro conoce a Virginia en San Francisco. Es una muchacha humilde, y con cierto complejo de clase y de nacionalidad, que ella trata de paliar atribuyéndole cualidades de virtud más que de defecto (humanamente no sería ni uno ni otro, pero "realmente" es más una desventaja):

...Creo que el hecho de que yo naciera pobre constituye en sí una virtud moral, puesto que mi nacimiento no fue para nada un accidente, sino el resultado del buen gusto de no querer nacer en un mundo privilegiado. Y ello hace de mí una aristócrata en esencia, aunque no lo sea en las contingencias de mi vida.757

Ideas que se contradicen con aquella forma de obrar, cuando Virginia y Pedro van juntos a visitar el pueblo donde nació Virginia:

Ella le acarició el culo y aprovechó para decirle que prefería no presentarle a sus padres, para evitarles mayores preocupaciones de las que ya tenían en la vida. Pedro le dijo que comprendía perfectamente, y que él en cambio sí deseaba presentarle algún día a su madre, a ver si por fin encontraba algo que le preocupara en la vida. Virginia tampoco quiso mostrarle su casa, aunque por la forma tan intensa con la que le acarició al acercarse a la casa más fea de Tampax, Pedro comprendió que ahí había nacido el nuevo amor de su vida.758

Ésta que ha sido una acotación del narrador, quedará completada por la forma de actuar de la muchacha a lo largo de la narración.

Virginia y Pedro fueron felices en California. Aquí la muchacha tenía amigos, era independiente, afectiva y personalmente; y en definitiva estaba en su medio, aunque a pesar de todo fue una relación marcada por el miedo. Pedro tiene que volver a París y Virginia lo acompaña; y la muchacha no resiste el cambio - demasiado para alguien como ella, americana y sencilla, y ahora extranjera en el viejo corazón de Europa. (Recordemos que ya en el aeropuerto, y nada más desembarcar ambos se hubieran querido quedar allí, para estar "más cerca" de aquel país que los hizo felices).

Después de esos primeros momentos desesperanzadores, la ternura de Pedro consigue templar el espacio afectivo, pero ambos son conscientes de que están repitiendo gestos que fueron felices, allá en Berkeley, y de los que éstos no son más que una copia desteñida. Viriginia no resistió el cambio y se marchó de París antes del tiempo convenido y desde México podrá escribir, siendo sincera, que esa hostilidad que sintió en París "en el fondo no es..."

...más que uno de mis más antiguos prejuicios. Me aterra la idea de sentirme en una ciudad repleta de mujeres a la moda. Me siento atacada, maltratada, burlada. Siento que algo hiere mi vanidad, y caigo en un estado cercano a la depresión, que hace que termine ocupándome únicamente de mi persona (...) Pedro, te juro que cada vez que me proponías comer en un restaurante francés, sentía un incontenible deseo de tragarme un hamburguer.759

Será Pedro el que si estará dispuesto a cambiar de locus: México, para continuar con Virgina. Pero ya la muchacha había hecho su elección y ahora era Pedro el que no entraba, en ese nuevo entorno...

La segunda mujer fue Sandra, muchacha que "sirvió" a Martín para hacer las barricadas, y para salvar (con una inmediatez que no resiste el tiempo, por definición) esa carencia afectiva en que le había dejado Inés. Y a Sandra, también, Martín le propuso un viaje, esta vez a España; y esta otra americana tampoco resistió el cambio, por parecidas razones que Virginia.

Inés siempre se había negado, por principios, a visitar a unos acaudalados amigos de los padres de

757 Alfredo Bryce Echenique, Tantas veces..., opp. cit., p.47. 758 Ibídem, pp.42-43.

Martín que vivían en Barcelona. El protagonista aprovecha esta ocasión para hacerlo con Sandra, y éste es el cambio que no resiste la muchacha. De la "pocilga andina" en la que vivía en París:

Un lavatorio, una mesita, algunos libros, una cama que era un tabique sin colchón, y los dibujos y pósters con que había ocultado a medias la inmundicia de las paredes760

a la casa de los Felius en España: "el magnífico salón del magnífico departamento de los Felius..."761 había una distancia tan "conceptual" que era imposible el acomodo. Y la verdad algo de culpa tuvo Martín, que desde su posición privilegiada (aquella que le reprochaban casi todos los que le rodeaban en la época de Inés), no fue capaz de darse cuenta de lo que otra persona podía sentir ante tan escandalosa diferencia:

Me habían hablado tan mal de los capitalistas, en los últimos años, que a éstos los encontré francamente encantadores. A la que no encontré nada encantadora, en cambio fue a la hasta entonces encantadora Sandra. Dormía ya profundamente en un dormitorio de dos camas, cuando entré, y no sólo no se le había ocurrido juntarlas sino que además me largó con un manazo (...) Le dije soy yo, es Martín, mi amor, pensando que a lo mejor me había tomado por Mario, por culpa de Buñuel y sus películas sobre esa gente en España pero nuevamente me largó tan dormida como la primera vez, pero con un inglés que ni Shakespeare...762

Fue esto, pero fue algo más, en esa actitud ya predispuesta en las jornadas de Barcelona, y que continuaron en Madrid:

Y nos acostamos juntos nuevamente y hacemos el amor pero algo falla, se nota, quién no nota cuando falla en estos casos, los dos lo notamos. Al Museo del Prado. En el Museo del Prado, Sandra requinta sobre la cultura y sólo soporta a Goya y en todo caso a mí no me soporta porque yo soporto también a El Greco, a Velázquez, a Murillo...763

Esa relación no pudo acabar de otra forma como terminó, uno cogiendo el tren hacia Oviedo, y la otra hacia Madrid.

Y la última mujer que no resistió el cambio, pero ya con la lucidez adulta de un personaje como Felipe Carrillo, fue Eusebia, la mulata y sirvienta de la casa alquilada en Colán, para recuperar a Genoveva.

Habría que empezar diciendo que Felipe fue a Colán impulsado por la nostalgia de que en Colán todo podría arreglarse, en esa falsa imagen que uno se hace de los recuerdos de niñez y de adolescencia, sin tener en cuenta que no sólo es el lugar, sino la época, y por supuesto, también, las circunstancias. Derrumbada esta primera nostalgia, Felipe Carrillo se sintió atraído por otra, también peruana, una mujer de gran porte, del corazón del Perú, Sullana, y que congeniaba perfectamente con esos boleros que se escapaban de sus labios y de su "tondero".

Eusebia resistió "a medias" el cambio de Piura a Querocotillo, la hacienda de unos amigos de Felipe, y de su misma clase adinera, a donde huyeron, en helicóptero, del doble "Fenómeno del niño" y de Genoveva. Aceptaron a Eusebia porque Felipe era uno de los suyos y un amigo muy querido desde los tiempos de adolescencia, lo cual no evitó que:

...la verdad es que las cosas como que empezaban a deteriorarse un poquito en el día a día de la hacienda Montenegro, y yo quería sacar de ahí a Eusebia, sobre todo porque se me había puesto más terca que una mula con eso de que ni ropa le podía comprar, y si no les gusto a tus amigos como soy, me largo, Flaco, ya tú sabes muy bien cómo soy yo: Mejor decir que huyó que aquí murió (...)o sea que casi no salíamos del dormitoriote y de la camota.764

Y Felipe viajó con Eusebia a París, pero desde el espejo (ya he dicho que los personajes fueron "madurando" con el tiempo y la experiencia), y no pasó "la prueba de fuego"; y se intentó de nuevo, siempre con

760 Alfredo Bryce Echenique, La vida exagerada..., op. cit., p.340. 761 Ibídem, p.418.

762 Ibídem, p.419. La cursiva es mía. 763 Ibídem, pp.421-422.

la imaginación, pero Eusebia tampoco "resistió" ese "simulacro", y se quedó en el Perú:

Me fui, pues, a París con Eusebia esa misma mañana (...) Tres meses después de nuestra llegada, yo había perdido cuatro amigos, siete se habían alejado, y a cada rato algún conocido se me hacía el loco por la calle (...) Según el, en París había gente de todas las razas y colores, y Eusebia podría pasar totalmente inadvertida. Pues ahí sí que se equivocó el espejo. Se equivocó por completo porque mi verdadera preocupación no era esa. Cualquiera puede pasar inadvertido en París, y un negro puede ser presidente de una república africana (...) pero tanta alharaca sólo me sirvió para darme cuenta como nunca hasta entonces, de mi verdadera y única preocupación: ni París, ni mucho menos yo, en París, pasaríamos inadvertidos para Eusebia en París.765