2. INSUMOS TEÓRICOS COMO CATEGORÍAS CONCEPTUALES
2.3 ESTRATEGIAS EDITORIALES
Los primeros procesos de alfabetización y lectura se remiten a Francia, entre los siglos XVI y XVIII, incipientes textos impresos cargados de palabras e imágenes que sirvieron como insumo fundamental de la circulación de formas culturales. Pensar que si gran parte de una población no podía leer directamente sino debía utilizar lectores, su cultura estaría direccionada por el texto, de él se aprovecharía su calidad, para asumir como propias las costumbres, el lenguaje o las imaginaciones. En este escenario, Chartier propone una confrontación entre las estrategias de los editores y las tácticas de los lectores, lo que permitió la proliferación de impresos dirigidos a una población más humilde, poniendo en la clase de lo “popular” a la actividad de los libreros. Este hecho le otorgó al libro la posibilidad de transformar, en parte, esa enorme categoría denominada “cultura popular” y, simultáneamente, generó el mejoramiento de las prácticas y las políticas editoriales. (Chartier, 1993, p. 93).
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Este escenario trajo consigo una especie de apertura comercial del libro, de donde se pudo concluir que los “libros religiosos” fueron los de mayor aceptación dentro de la clase popular, especialmente las diferentes biblias y los libros de devoción. Pese a esto, y basados en los inventarios y las constataciones de las bibliotecas francesas de finales del siglo XVI, se puede establecer que los lectores populares no formaban más que una minoría limitada a comprar solo aquellos títulos económicamente viables. De allí que la labor editorial estuvo menguada y sujeta a la impresión de textos dirigidos a los colectivos citadinos, a las lecturas señoriales y a las veladas literarias.
La industria editorial encontraría un escenario ideal de producción, los almanaques económicos, textos pequeños que suscitaron una lectura plural de la población. Un almanaque contenía texto para quienes sabían leer y signos e imágenes que descifraban quienes no sabían leer, en ellos se consignaba información sobre las injusticias, las ferias, los calendarios, horóscopos, predicciones y consejos; y se convirtieron en los primeros libros de uso colectivo. Las nuevas formas editoriales que produjeron librillos baratos no lograron apoderarse de la totalidad de los grandes títulos pero esta dinámica constituyo, al menos en Francia, una especie “cultura de lo impreso”, que no necesariamente pertenecía a las elites por eso el libro se convirtió en signo de distinción y en portador de cierta forma de identidad cultural. (Chartier, 1993, p.125).
La comunicación de los textos y la circulación de un objeto especifico, el libro en cuadernillos, denominado entonces libelo, periódico o diario, supone una primera revolución, la del codex, momento que modeló un modo de relación con lo escrito, una tecnología intelectual, un repertorio de actitudes y de prácticas de la innovación ulteriores en la manera de reproducir los libros. En consecuencia, una razón distinta y poderosa llevó a inscribir la cultura de lo impreso como una continuidad de la cultura de lo manuscrito. En efecto, antes de Gutenberg cuando aparece en occidente una forma de leer visual y silenciosa, rompe con la lectura oralizada, subvocalizada, obligada durante mucho tiempo para los lectores.
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La revolución del leer procede de las revoluciones anteriores del libro, aquellas que a finales de la Edad Media, hicieron que el libro copiado a mano fuera sucedido por el libro compuesto por caracteres móviles e impreso en la prensa. Esta perspectiva que demandó rapidez de lectura como consecuencia de la innovación técnica que suponía la invención de la imprenta, además de las transformaciones culturales, debe relacionarse con las mutaciones de formas del libro, las mismas que permitieron la continuidad denominada print culture.
Las antiguas técnicas tipográficas desarrolladas entre los siglos XV y XIX permitieron que la actividad editorial se convirtiera en una actividad estrictamente comercial. Muchos de los comerciantes franceses lograron un amplio desarrollo económico ejerciendo en la compra y venta de todo tipo de materiales manuscritos. Simultáneamente las formas de edición no escapaban de esta lógica comercial y los editores estaban sujetos a movimientos del mercado, de hecho, muchos de ellos estaban sujetos a decisiones monárquicas de donde recibían protección económica y judicial para la publicación de sus textos.
La edición como profesión autónoma en el sentido moderno no aparece sino a mediados de 1830 específicamente en Francia, donde tuvieron ciertas condiciones dignas de trabajo apartadas del factor estrictamente económico, y se les vinculo más directamente con la fabricación del libro y con su aspecto estético. De allí, el éxito alcanzado por los libros ilustrados que fueron la propuesta más innovadora de la época.
El texto, entonces, atestigua claramente la invención de una profesión que se constituye de dos maneras; la primera, una separación de las prácticas técnicas de la imprenta y de las comerciales de la librería que al situarse del lado de la actividad intelectual y artística, obligo al editor a dedicar la mayor parte de su tiempo a la lectura profunda de los manuscritos. Una crisis en el sistema crediticio bancario francés relegó la actividad editorial, por lo que la naciente industria vinculó a la publicidad para sobreaguar la crisis de 1830 conocida como “crisis del libro” y que se extinguió hasta la década de 1890.
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Una fuerte revaloración del concepto de lectura se mantuvo a la par del concepto de edición. La historia del libro, en términos generales, ha considerado la lectura como una práctica de recepción pasiva de los mensajes portados en los objetos impresos, sin embargo, la comprensión de las discrepancias socioculturales a partir de indicadores estadísticos como las tasas de alfabetización, han resultado escasas. La preocupación se centró en una forma de lectura que se contrastaba con aquello que los lectores aprehendían, manejaban y apropiaban libremente, los textos puestos en los libros, dejando en libertad las formas de leer, y a la interpretación, las variaciones cronológicas y las diferencias culturales. (Chartier, 1993).
Con la imprenta se logró establecer un nuevo espacio desde donde se cuentan ideas menos cotidianas y con un mayor nivel de profundidad, espacio desde el cual se ejerció un dominio menos exigente sobre lo pasional y se fortaleció lo racional que se presentaba como un escenario más sólido y duradero, y la verdad se convirtió en una ventaja. La razón se sirvió de convicciones y de argumentos retóricos que daban certeza e irrefutabilidad a lo que era considerado verdad desde la deducción lógica y el razonamiento matemático.
Mientras la oralidad entonces suponía la parcelación de los conocimientos; la circulación de los textos impresos acarreaba la necesidad del uso universal de la razón, de donde la imprenta reservó la posibilidad de propagar el conocimiento y darle movilidad a los textos.
La universalidad prometida por la imprenta tiene, sin embargo, límites; ella es parcial, incompleta todavía. Su perfección supone dos condiciones. La primera es la generalización de una “instrucción pública” que quebrase el control de la iglesia sobre la enseñanza y brindase a todos la competencia necesaria para que sea posible la lectura “de los libros destinados a cada clase de hombres, a cada grado de instrucción”. La segunda reside en la proposición de una lengua común, única capaz de suprimir la contradicción implícita en una fórmula de universalidad entre los hombres que hablan una misma lengua. Esa lengua no podría ser matemática pues dividiría la sociedad en dos clases desiguales, una compuesta por hombres que, conociendo la lengua, tendrían la clave de todas las ciencias; la otra, por quienes no habiéndola
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podido aprender, se encontrarían con la posibilidad de adquirir la ilustración. (Chartier, 2000, p. 46).