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2. INSUMOS TEÓRICOS COMO CATEGORÍAS CONCEPTUALES

2.1 EL TEXTO EN LA HISTORIA

Muchas discusiones se han tejido entorno al descubrimiento de la imprenta que es, para muchos, donde inicia el balance historiográfico que sitúa el inicio de los textos. Se atribuye inicialmente a la China debido al desarrollo en la técnica del sello grabado o el relieve, y que se convirtió en el principio de su funcionamiento, sin embargo, las pruebas iniciales que utilizaban tipos móviles y que permitieron entenderla como un artefacto mecánico, desarrollados en Europa y conocidas en occidente, datan de mediados del siglo XV.

Esta teoría rebate la certidumbre reconocida de la invención de la imprenta en territorio europeo, y la ubica en China sobre el año 960, durante el periodo de la Dinastía Song (960- 1279), cuando se utilizaron para la escritura, tipos móviles de madera. Este invento sería extendido en todas direcciones, por lo que posiblemente la Europa Central de principios del Renacimiento ya lo conocía. No obstante, algunos países han pretendido apropiarse de la invención, por un lado, los holandeses sostuvieron que Coster en la ciudad de Haarlem era su inventor, por otro, los franceses aseguraron que se trataba de un invento de artesanos de Estrasburgo. Desde tiempo atrás, en muchas partes de Europa se conocía la prensa y las técnicas

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de aleación de metales estaban ampliamente desarrolladas por lo que se conoce de la fabricación de tipos móviles. Al parecer, todos los elementos existían, pero no lograron combinar las técnicas y el conocimiento para poner en marcha esta empresa. (López, 2010).

La descripción literal que hace López permite identificar la diferenciación entre el concepto de imprenta como artefacto mecánico y como proceso técnico artesanal:

“La imprenta es cualquier medio mecánico de reproducción de textos en serie mediante el empleo de tipos móviles. Es diferente a la xilografía, grabado en madera sobre una sola plancha. Ambos son inventos chinos, aunque estos no llegaron a extraer a la imprenta todo el rendimiento que era capaz de ofrecer. De cualquier modo, y dada la incomunicación existente entre Oriente y Occidente, puede considerarse que su re-invención en el siglo XV es su verdadero punto de partida, ya que será entonces cuando alcance las dimensiones que de ello cabía esperar.” (2010).

El más claro indicio de la invención de la imprenta ha sido extraído de una pequeña edición que data de 1502, elaborada por Tito Livio en Maguncia (Alemania), e impresa por Juan Schoeffer quien fue sucesor de la imprenta que en el pasado le perteneció a Gutenberg, texto que dice: “Este libro ha sido impreso en Maguncia, ciudad donde el arte admirable de la tipografía fue inventado en 1450 por el ingenioso Johann Gutenberg y luego perfeccionado á costa y por obra de Juan Fust y de Pedro Schoeffer...”

Parcialmente se pone punto final a la discusión respecto a la invención de la imprenta, sin dejar de lado las intenciones y los intereses existentes en la publicación de libros y los contenidos de dichos escritos. Pese a la discusión anterior, la actualidad plantea de forma prácticamente universal que fue Johann Gutenberg el primer impresor, al menos, el primero conocido. No significa esto que en el pasado no se hubiera experimentado esta técnica de manera artesanal, ni que se hubiera explorado este campo, al parecer fue exactamente eso lo que sucedió, y la manera como se conecta es creer que probablemente, Gutenberg conoció y aprovechó estas prácticas del pasado, las sofisticó y creó una máquina de recogía los principios artesanales y que producía impresiones de mayor calidad en menor tiempo.

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Este nuevo artefacto revolucionó el mundo de la impresión y del arte, por lo que se expandió rápidamente por Europa, inicialmente se impuso en muchas ciudades alemanas donde se hicieron mejoras que buscaban optimizar la máquina para agilizar la producción, luego, llega a Italia alrededor del año 1475. Este veloz desarrollo logró que a finales del siglo XV funcionaran, al menos, 250 imprentas en ciudades europeas.

Es Italia donde el arte tipográfico, la industria y el comercio del libro alcanzan un mayor desarrollo (López, 2010), sin embargo, la historia del libro en Francia, enriquecida por el amplio espectro de desarrollo intelectual, presentó un desigual reparto de los impresos en la sociedad, de ahí, la construcción de una serie de indicadores culturales nuevos que permitieron encontrar diferencias sociales entre quienes poseían libros adquiridos o heredados, y quienes no. De este modo, la desigual posesión de textos y los contrastes entre bibliotecas de los distintos grupos sociales pueden considerarse como indicios de las oposiciones que fragmentaban la sociedad, entre los familiares del libro y aquellos que permanecieron ajenos a la cultura de lo impreso, lo que revela separaciones al interior de las élites letradas, es decir, clérigos, nobles, burgueses, hombres de talente y hombres de oficios. (Chartier, 1993, p. 18).

La aparente migración de textos franceses pudo permitir el acceso a contenidos de diversos estilos, a personas en otros lugares del mundo, según (Chartier, 1993) desde el siglo XVI, editores extranjeros, instalados en el perímetro de las fronteras, pero también en otras partes, alimentaban el mercado francés publicando numerosos títulos prohibidos que importaban de forma clandestina. Ya en la segunda mitad del siglo XVIII es posible que uno de cada dos libros franceses haya sido editado por fuera del país. Este fenómeno tendría efectos decisivos, no solo en las condiciones de la actividad editorial sino en los distanciamientos de las clases sociales, movidos por los nuevos conocimientos que eran aprehendidos de los libros en quienes tuvieron acceso a ellos.

Desde ya se notaban los intereses y las intencionalidades que se podían manifestar con la publicación de libros y contenidos, pues también se permitió la publicación, a gran escala, de los textos de las censuras que las autoridades monárquicas, eclesiásticas y parlamentarias, pretendían

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ahogar por creer que eran portadores de pensamiento heterodoxo o porque atacaban los fundamentos mismos de la sociedad cristiana y absolutista. Incluso, se postuló que las formas a través de las cuales era aprehendido un libro carecían de importancia en términos de su significación, por ello, la historia del libro seguía siendo muy dependiente de la más antigua de las historias literarias que trataba el texto como abstracción, como existente fuera de los objetos escritos, como un proceso universal sin variaciones históricas necesarias. Pero, sostiene Chartier, los textos no han sido depositados en libros como simples receptáculos, aunque los lectores los encuentren inscritos en dispositivos escritos que pretenden guiar la operación de producción de sentido.