Para muchos que no son exitosos cambiar de objetivos es dificilísimo, prácti- camente imposible; muchos ni se lo cuestionan. Hay empresarios que no son capaces ni de imaginarse haciendo otra cosa que no sea administrando su empresa; hay burócratas y políticos que nada más con el hecho de pensarse fuera de la política y administración pública se sienten deprimidos; hay maes- tros que se han atado de por vida a su profesión y les resulta inconcebible hacer otra cosa hasta que se jubilen; lo mismo sucede con artistas y deportis- tas que, cuando no tienen claras sus intenciones y han vivido en automático, cuando terminan las oportunidades en esta profesión, entran en un círculo complejo de decisiones. Estas personas han hecho de su profesión (objetivo) su esencia, su verdad, su intención, no conciben otras acciones (objetivos) en su vida que no sean éstas porque son ellas las que les dan identidad.
Estas personas no sólo se vuelven resistentes al cambio o a la innovación por- que inconscientemente consideran no sólo que la forma de hacer las cosas con la comodidad que las hacen cambiaría, sino porque sienten que su iden- tidad también se modificará y estará en juego su relevancia como individuos. Ellos, entonces, prefieren mantener el statu quo porque así aseguran su sobre- vivencia de identidad. ¡Qué triste una persona sea definida por su profesión! Una persona con sus verdades o intenciones bien claras (lo cual produce cla- ridad de identidad y reconocimiento claro de su esencia) puede cambiar de objetivos cuantas veces quiera y todas las que se le pegue la gana; la confian- za en sus raíces así se lo permite. Una persona exitosa es como una brújula o compás, tiene un profundo anclaje en un punto determinado y puede voltear, girar o apuntar en cualquier dirección.
Todo aquel que voltea a ver a un empresario que se fue de maestro y lo juzga de fracasado en realidad está mostrando él mismo, como crítico, su propio fracaso y una vinculación brutal con sus objetivos, poniendo en evidencia que no tiene claridad y solidez en su punto de anclaje (léase verdades, intencio- nes, esencia o identidad).
Si ves a un ser humano que un día decide emprender una nueva actividad, por más distinta a la original que sea, no lo critiques tan de prisa, analízalo con detenimiento: ¿qué tienen en común ambas actividades en el fondo? ¿Ves fe- liz a la persona? ¿Desempeña ambas con toda su pasión y entrega? Puede ser que sólo esté cambiando de objetivos pero sus intenciones son las mismas, tal vez encontró una ruta más fácil y rápida para llegar a éstas, incluso para potencializarlas. No te fijes en el potencial económico, la fama, o lo alto de una posición jerárquica para calificar las intenciones de otras personas.
Estamos acostumbrados a observar y poner atención con detenimiento en los objetivos y acciones de las personas porque hemos creído, incorrectamen- te, que estas nos ayudan a identificar las verdades y las intenciones de las personas: así sabemos de quién aprender, con quién hacer alianzas y hasta quien podría ser una amenaza para nuestros objetivos. Pero esto es un error, algo que se produce por costumbre, facilidad y ceguera de nuestro análisis, porque así hemos sido educados y entrenados para evaluar a las personas. La primer pregunta que le hacemos a alguien al conocerlo es “¿a qué te de- dicas?” o “¿en dónde trabajas?” o peor aún al presentarse te responden “soy Mario de IBM”, confundiendo totalmente la acción productiva que realizamos con nuestra propia identidad, como si la empresa en donde trabajamos nos otorgara un apellido.
Otros, antes de comunicarse con su verdad, muestran su auto, su reloj, la obvia marca de su chamarra que se nota a todas luces en su pecho, pretendiendo algo que ‘les parece bien’ ante la mirada de los demás, quienes obviamen- te logran captar y analizar primero las marcas, no nuestra verdadera esencia,
porque los objetos se atraviesan en la ruta de la mirada. Somos interpretados bajo estos valores. Todo esto es parte de la ceguera de nuestros tiempos y evidencia la incapacidad que tenemos como seres humanos para trasmitir nuestras verdaderas intenciones en un encuentro o reunión con otros; al mis- mo tiempo apunta a la incapacidad para observar y deducir verdades e inten- ciones en los demás. A muchos, esto ni les interesa porque no han visto aún los beneficios de hacerlo en sí mismos.
Cuando el viento cambia por los aires, las aves son capaces de re-definir su rumbo con facilidad, porque tienen clara su verdad “soy un ave que vuela fá- cilmente si sigo las rachas de los vientos” y su intención “soy un integrante de este equipo que le facilita el vuelo a las demás para llegar juntas a un lugar seguro, procrear y mantener viva la especie”.
Como seres humanos que buscamos el éxito, es más fácil que lo encontremos cuando nuestras verdades e intenciones están firmes, pues habrá cientos de caminos que nos llevarán a él, por lo que tendremos muchas más probabili- dades de cumplir nuestra intención con tantos objetivos posibles, mientras que aquellos que no tienen tronco firme (intenciones), se aferrarán a sus ra- mas (objetivos) porque de lo contrario caerían.
Las probabilidades de éxito son mínimas cuando creemos que el objetivo, ac- tividad, acción, puesto, empresa o profesión define nuestras verdades e inten- ciones y a que nuestro enfoque se basa en retener a como dé lugar ese objeti- vo o puesto. Si algo nos lo impide o nos despiden, sufriremos profundamente porque con el objetivo o puesto se va nuestra esencia y adicionalmente por- que la guerra por mantenernos ahí nos impedirá tener fuerza de voluntad, capacidad, tiempo y conocimiento para ver otros territorios de nuestra vida como nuestra familia, nuestra paz emocional, nuestro crecimiento intelectual o espiritual.
Fuerzas negativas como plataforma
Muchas personas, consideradas por los medios como muy exitosas, sufrieron profundos dolores emocionales de niños y adolescentes: abandonos, golpes, violaciones, discriminaciones, privaciones, rechazos, incluso situaciones que los hicieron sentirse muy culpables por algo.
Algunos estudios, documentales y autores consideran estos dolores emocio- nales como parte de una propulsión o fuerza que los lanzó a luchar por sus sueños, a destacar sobre otros y lograr indicadores de éxito profesional. In- cluso en muchas ocasiones sus éxitos profesionales fueron el refugio de sus tristezas personales.
Para Charles Dickens, Franz Kafka y Mark Twain fue escribir; para Lincoln fue su lucha contra la esclavitud y para Siddhartha Gautama (el Buddha) fue el
escape del reino de su padre y el periodo de meditación que concluyo en su iluminación.
Todos hemos escuchado acerca de grandes personajes que han sufrido pro- fundamente de niños. No olvidemos el sufrimiento que vivió Steve Jobs por el abandono y rechazos de bebé/niño. Lo mismo relata Ted Turner por los golpes que le propinaba su papá, Coco Chanel por su distanciamiento de sus padres y su pobreza o Martin Luther King y Freud por sus depresiones.
Para muchos de ellos los traumas de su infancia y adolescencia nunca des- aparecieron de sus vidas, por lo que jamás pudieron ser exitosos en el terreno personal aunque se les reconociera ampliamente en el profesional. Otros mu- chos aprovecharon sus dolores y traumas como plataformas para su propio auto-descubrimiento (léase Gandhi, Martin Luther King o el Buddha).