Capítulo 2. Interacciones, relaciones y grupos de iguales en la infancia
3.7. Estrategias para afrontar el maltrato entre iguales
(…) Todos los domingos Bruno se preguntaba si debía hablar con su padre, y al final concluía que era imposible. Su padre pensaba que era bueno que un chico aprendiera a defenderse.
Michel Houellebecq20
¿En qué modo afrontan las personas las agresiones que reciben de sus
compañeros en la escuela? ¿Cuál es su comportamiento en reacción al maltrato y cuáles son sus estrategias cognitivas para sentirse mejor, o minimizar los efectos negativos de la victimización? La base de muchas de las investigaciones relacionadas con modos de afrontamiento en general se encuentra en los análisis conceptuales de estrés y
confrontación de Lazarus (1966). Lazarus y sus colegas desarrollaron más tarde un instrumento llamado Maneras de Confrontación (Folkman y Lazarus, 1980; 1985) que contiene una serie de afirmaciones. Cada afirmación se refiere a una cognición o acción que las personas emprenden cuando se encuentran bajo estrés. En esta escala se puede distinguir entre dos maneras de afrontamiento: una centrada en el problema, con intención de resolver el problema o hacer algo para cambiar la fuente del estrés, y otra
centrada en la emoción, i.e. en la reducción o control del disgusto emocional que está
asociado con la situación. Aunque en muchas situaciones de estrés se usarán estrategias que se refieren a los dos tipos, la idea de Folkman y Lazarus (1980) es que las
estrategias enfocadas en el problema predominan cuando uno siente que puede hacer algo constructivo, mientras que los modos centrados en la emoción predominan cuando uno siente que el factor de estrés es algo que hay que aguantar. Sin embargo, esta distinción es demasiado simple, como demuestran varios investigadores que afirman que hay más de dos factores en juego (véase Carver, Scheier y Weintraub, 1989, para una revisión).
Carver et al. (1989) desarrollaron un instrumento (COPE) que incluye 13 escalas conceptualmente diferentes, en cuanto a maneras de reaccionar al estrés. Cinco escalas se centran en aspectos conceptualmente diferentes de confrontación enfocada en el problema: confrontar de modo activo, planear, suprimir o no realizar actividades competitivas, esperar a enfrentarse a la situación cuando exista una oportunidad adecuada, buscar apoyo social instrumental. Otras cinco se fijan en aspectos de
20 De la novela Les particules élémentaires (1998) traducida por E. Castejón: Las partículas elementales. Barcelona, Anagrama, 1999.
afrontamiento emocional: buscar apoyo social emocional, reinterpretar positivamente, aceptar, negar, volver a la religión; y tres escalas se centran en respuestas de
afrontamiento “menos útiles”: centrarse en, y liberarse de emociones, desocupación conductual y desocupación mental. Parece que estas últimas estrategias también pueden ser útiles, ya que en el primer caso se trata de afrontar los efectos emocionales negativos y en los otros dos casos se puede tratar de un tipo de negación del problema. De todos modos, es cierto que la eficacia de estas estrategias es discutible: no se trata de resolver el problema, sino de no pensar en ello durante el tiempo que dure, aunque sí puede disminuir los efectos psicológicos negativos. En cualquier caso, las tres últimas escalas de Carver et al. (1989) no parecen sustancialmente diferente de elementos ya
incorporados en las escalas relacionadas con emoción y resolución de problema. El modelo de Folkman y Lazarus parece por lo tanto, por lo menos en cuanto a las contrasugerencias mencionadas, poder seguir en pie.
En relación con los estudios que se centran en los modos de afrontar el maltrato entre iguales en la escuela, muchas veces no se observa esta distinción entre estrategias dirigidas a la resolución del problema y aquellas que se centran en la emoción. Sin embargo, ambos tipos de confrontación sí se encuentran en los estudios que se comentarán a continuación, aunque la mayor parte de ellos se ha centrado sólo en las conductas que muestran las víctimas con intención de resolver el problema.
Los adultos del estudio de Crozier y Skliopidou (2002), al que se ha referido antes en el apartado de consecuencias a largo plazo, indicaron si habían sufrido insultos o motes dañinos en sus años escolares. También mostraron cuáles habían sido sus modos de reaccionar a este maltrato. Los investigadores ofrecían varios tipos de estrategias en el cuestionario. Las maneras más elegidas eran devolver la agresión
verbal (62% de los participantes), ignorarlo (46%). Otras acciones eran comunicarlo a otras personas: a padres (39%), otros niños (37%) y a profesores (16%), devolver las
agresiones de modo físico (23%) y “retirarse” (24%). Hablar con los profesores era entonces la opción menos seleccionada. Las personas victimizadas en sus años escolares indicaron además que la escuela no había sido útil, de poca ayuda. Esto también lo dijo la mayoría de aquellos que señalaron haber hablado con un profesor.
En Reino Unido, 132 chicos y chicas de dos cursos (séptimo y noveno) entre 11 y 14 años indicaron, por medio de una pregunta abierta en un cuestionario cómo habían afrontado los abusos que sufrían (Naylor, Cowie y del Rey, 2001). Los participantes
modo físico o verbal (7%), manipular el contexto social (sin contarlo a alguien; por
ejemplo “evitar a los agresores” o “no ir a la escuela”; 5%), contarlo a alguien (adultos, padre, madre, amigo, igual; 86%), admitir no haberlo afrontado (9%) y planear una
venganza (1.5%). Entonces, en este estudio se encontró que la gran mayoría de víctimas
de abuso, independiente del tipo que habían sufrido, contaban a otras personas lo que estaba pasando, lo que está en contraste con el trabajo de Crozier y Skliopidou (2002). Esta persona a quien se contaba era sobre todo un familiar o amigo, pero también casi un 50% señaló que lo decía a un docente. En séptimo, no había diferencias entre chicos y chicas en cuanto al uso de esta estrategia, pero en noveno, los chicos tendían menos que las chicas a contarlo a alguien. Hunter, Boyle y Warden (2002) obtuvieron un resultado muy similar. En su investigación, con una muestra de 830 niños y niñas entre los 9 y 14 años, encontraron que las chicas más que los chicos tendían a buscar ayuda, como también aquellos alumnos con niveles altos de emociones negativas. Además, las chicas tendían más a ver el apoyo como la mejor estrategia para parar el abuso y para sentirse mejor. En el estudio español de incidencia también había una diferencia significativa en la mayor comunicación con otros por parte de las chicas (del Barrio, Martín, Montero et al., 2003). Hunter et al. (2002) concluían que los alumnos pueden tener más deseos de buscar ayuda cuando perciben la situación problemática como una situación en la que se puede conseguir algo. Los alumnos también pueden buscar apoyo para poder soportar las emociones negativas. A los chicos quizá habría que animarles a través de campañas de tipo “cuéntalo a alguien”.
En dos estudios cualitativos diferentes, el primero con una muestra de 40 participantes (del Barrio et al., 1999) y el segundo con 120 niños y adolescentes españoles y portugueses (Almeida, del Barrio, Marques, Gutiérrez y van der Meulen, 2001; del Barrio, Almeida, van der Meulen, Barrios y Gutiérrez, 2003) el objetivo era indagar acerca de las representaciones que los niños y adolescentes tienen de diversos aspectos de la victimización escolar. Por medio de entrevistas semi-estructuradas se preguntó a los participantes, entre otros asuntos acerca de a) maneras para acabar con
esa situación y b) estrategias para sentirse mejor. De esta manera se tiene en cuenta la
distinción de Folkman y Lazarus (1980; 1985) entre modos de afrontamiento centrado en el problema y aquellos centrados en las emociones, aunque los participantes podrían mencionar más maneras para superar situaciones de abuso por parte de iguales. Visto que los resultados de los dos estudios en relación con este aspecto son similares, ya que
el segundo es en cierta medida una elaboración del primero, se comentarán aquí sólo los resultados del último trabajo.
Se agruparon las respuestas de los niños y niñas y adolescentes de 9, 11 y 13 años en un conjunto de categorías de estrategias de afrontamiento o superación,
seleccionadas a partir del estudio de Hymel, Woody, Bowker y Zinck (1991). En cuanto a las estrategias que los participantes mencionaron para solucionar la situación de maltrato, las más mencionadas pertenecen a las categorías acudir a los adultos en busca
de ayuda (37%), respuesta asertiva (hablar directamente con los agresores para que
paren: 26%), evitar a las personas o los lugares relacionados con el maltrato (21%),
adaptación temporal (20%), estrategia que “consiste en resolver el conflicto
adaptándose temporalmente de modo que el yo salga bien parado aunque después se complete con otra acción distinta, i.e., hacer primero lo que quieren los agresores para informar luego a una tercera parte que ayude a acabar con la situación de maltrato”
(del Barrio et al., 2003, p. 72) y buscar ayuda en los iguales (19%). Los niños mayores, en comparación con los niños de 9 años, tendían más a utilizar una respuesta asertiva o a buscar el apoyo en los iguales y menos a buscar apoyo en los adultos. Las chicas de todos los grupos de edad mencionaron más que los chicos que irían directamente a hablar con los agresores, eso es a dar una respuesta asertiva. En este estudio entonces, las niñas no buscarían más apoyo en otras personas que los chicos, como en las otras investigaciones mencionadas, pero a diferencia de estas en el trabajo que se comenta no todas las chicas han sido víctimas; la muestra incluye personas tomadas al azar.
En cuanto a las estrategias que podrían producir alivio emocional, un 18% de todos los participantes indicó que intentaría mantener una imagen positiva de sí mismo (autorrefuerzo). Esta estrategia destacaba en las niñas de 11 años; un 55% mencionó reforzarse a si misma para sentirse mejor. Un 17% de los participantes intentaría
reestructurar cognitivamente lo que pasa, tratando de minimizar el impacto negativo
mirando la situación desde otra perspectiva. Sobre todo los adolescentes de 13 años utilizaban la estrategia de reestructuración cognitiva.