EL BIENESTAR SUBJETIVO
3.4. Relaciones sociales y soledad
3.4.1. Estructura de la red social y soledad
En la edad avanzada a menudo se producen cambios que afectan al tamaño y la composición de la red social, tales como la pérdida de personas significativas o la reducción de la actividad social debido a dificultades para mantener el contacto con amigos y familiares. No obstante, las personas mayores también experimentan ganancias que pueden llevar a una disminución de su soledad, como la aparición de nuevas parejas tras el divorcio o la viudedad, el nacimiento de los nietos o el establecimiento de nuevas amistades tras la jubilación (van Tilburg, 1998). En muchos casos se produce una compensación en la red social, manteniendo el nivel de satisfacción con las relaciones.
Desde la perspectiva de las redes sociales, se ha encontrado una relación negativa entre indicadores objetivos de la red social, como la cantidad y frecuencia de los contactos y la soledad (Dykstra, 1990; van Tilburg y cols., 1998). También se han encontrado mayores niveles de soledad en los grupos de personas que viven solas o que se encuentran aisladas socialmente (Victor y
cols., 2002a; Rubio y Aleixandre, 2001). Sin embargo, en otros estudios no se encuentra relación entre la frecuencia de contacto con familia, amigos y vecinos y la soledad (de Jong Gierveld, 1987; Victor y cols., 2003).
Por otro lado, es necesario tener en cuenta de qué modo se establece el contacto entre los miembros de la red social. A menudo las medidas de aislamiento se centran en el contacto directo con familia y amigos, subestimando la importancia del contacto indirecto (por ejemplo, vía teléfono). En un estudio de Fees, Martin y Poon (1999), la frecuencia de contacto telefónico, pero no la frecuencia de contacto cara a cara con otros, predecía una menor soledad subjetiva. En otro estudio de tipo cualitativo, los participantes describían el apoyo telefónico como una de las estrategias de afrontamiento más útiles contra la soledad (Mc Innis y White, 2001).
Se ha señalado que carecer de una relación íntima o figura de apego es el aspecto que más predice la soledad, tal y como demuestran los estudios que encuentran que las personas viudas o separadas se sienten más solas que aquellas que viven en pareja (de Jong Gierveld, Broewse van Groenou, Hoogendoorn y Smit, 2009; Dykstra, 1990). En otros estudios se ha demostrado que la presencia de un amigo íntimo es un factor protector importante contra la soledad y que las personas mayores que se sienten solas echan de menos un amigo o confidente de su edad (McInnis y White, 2001; Routasalo y Pitkälä, 2003).
Otros estudios han analizado la composición de la red social en relación con la soledad. Se ha demostrado que aquellos individuos con una red social más homogénea, formada únicamente por contactos con familiares, son más vulnerables a esta experiencia (Dykstra, 1990). Los contactos con amigos y vecinos también se asocian con menores niveles de soledad que los contactos con los hijos y otros familiares. Pinquart y Sörensen (2001) señalan que las
relaciones con personas no familiares son más importantes para aquellos sujetos que no están casados, ya que en las personas casadas, la pareja puede aportar el apoyo emocional necesario. También destacan la importancia de los vecinos en el afrontamiento de la soledad debido a que, por su cercanía física, pueden ofrecer apoyo frecuente a las personas mayores, así como ayuda en momentos de necesidad. En otros estudios se ha demostrado la importancia de tener amigos para prevenir o reducir la soledad. Las personas que tienen contacto con amigos, especialmente los que viven cerca y se encuentran satisfechos con dichas relaciones, se sienten menos solos (Dykstra, 1990; Mullins, Woodland y Putman, 1989).
En el caso de los hijos, se encuentra que el factor decisivo es la calidad de las relaciones y no sólo su cantidad. Para los padres mayores las relaciones afectivas con los hijos son de primera importancia como un amortiguador de la soledad, sobre todo a edades muy avanzadas, cuando es probable que el cónyuge y los amigos hayan fallecido. En un estudio de Long y Martin (2000) con díadas de padres muy mayores (85+) e hijos adultos, el afecto percibido de los padres de y hacia los hijos disminuía su soledad. Sin embargo, las relaciones estresantes o distantes con los hijos podían reducir enormemente el bienestar subjetivo de los mayores.
En otros estudios se ha analizado la relación entre varios indicadores de la red social y distintos tipos de soledad. Russell, Cutrona, Rose y Yurko (1984) encontraron que la soledad emocional correlacionaba de forma más intensa con la implicación en una relación romántica, mientras que la soledad social se relacionaba en mayor medida con tener una red de amigos. Vaux (1988) también presenta evidencia de que la soledad emocional se asociaba con características cualitativas de la red social, como la cercanía de los miembros, mientras que la soledad social estaba vinculada a características cuantitativas, como el tamaño de la red y la frecuencia de contacto.
Van Baarsen y cols. (2001) también encontraron que la soledad social se relacionaba en mayor medida con el tamaño de la red social y el apoyo recibido, mientras que la soledad emocional correlacionaba de manera más alta con la ausencia de una pareja y con una autoestima baja. Green, Richardson, Lago y Schatten‐Jones (2001) observaron que, en una muestra de personas mayores, la presencia de una pareja romántica predecía una menor soledad emocional, mientras que la cercanía media percibida de la red se asociaba con una menor soledad social. En este último estudio el tamaño de la red no tenía efectos significativos sobre la soledad.