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4. EL CAPITAL CULTURAL, un análisis HORIZONTAL

4.2. Los títulos académicos

4.2.3. Estudios de pregrado

Pero entremos ahora al nivel que tal vez más nos interesa, el nivel universitario de pregrado, al cual los candidatos a la elite tienen que llegar, como hemos visto, a través de una secundaria clásica o académica, de preferencia en un plantel religioso ubicado en Bogotá o Medellín, y en todo caso ya no público.

Revisando primero el lugar en que la elite ve mejor hacer su inversión en el pregrado, el panorama y las tendencias cambian de forma evidente con respecto al bachillerato. Aquí, la cerrada “competencia”, o primacía que se alternaban entre Bogotá y Antioquia y que habíamos visto, queda relegada eventualmente para un futuro, y la primera conserva en esencia la formación de pregrado de la abrumadora mayoría de los personajes de la

elite del ejecutivo central, con un muy leve decrecimiento que pasa de un promedio de 69.4% entre 1934 y 1971, a uno de 68.5% entre ese año y 2008. Antioquia y Viejo Caldas por su parte crecen de forma significativa, siempre a costa del resto del país y del exterior que pierden terreno, pasando de un promedio del 10.9% a uno 14.7% en los mismos períodos.

Este crecimiento de Antioquia está sin duda jalonado por el crecimiento que vimos de los paisas en el gobierno, lo que sin embargo deja ver cómo Bogotá educa a nivel de pregrado a más de la mitad de los paisas de la

elite del ejecutivo central, al igual que a la mayoría de los nacidos en el resto del país. En otras palabras y como se puede ver claramente en la tabla adjunta, a pesar de que la participación de Bogotá en la elite es hoy apenas proporcional a su población, del orden del 16% en los últimos 7 años, en su universidad por el contrario se educa

a nivel de pregrado a más del 60% de aquella, incluyendo a aproximadamente la mitad del contingente paisa. Parece claro entonces que, una vez terminados los estudios de primaria y bachillerato, los candidatos a entrar en la elite del ejecutivo nacional se desplazan a Bogotá para iniciar allí sus estudios de pregrado, que evidentemente tienen un valor superior para el Capital Cultural que los estudios

básicos.

Por otra parte, la percepción de desvalorización del diploma de pregrado obtenido en Colombia frente a aquel obtenido en el exterior, que identifica por ejemplo Aline Helg en 1989 en su trabajo sobre La educación en Colombia 1958-

1980 (p140), debe a la luz de estos datos ser revisada, pues por el contrario el promedio del 9.6% que tenían los estudios en el exterior hasta el año 1959, baja a un 5.5% desde ese año y se mantiene hasta hoy, es decir, la elite del ejecutivo central, al menos, considera que la universidad colombiana, y en particular la bogotana, tiene para la inversión en educación profesional (ahora en el sentido de pregrado), una relación beneficio/costo suficientemente buena y aún mejor que la universidad en el exterior.

Sobre aquella “inversión” de profesiones que analizamos, de la más teórica de leyes a la más empírica de cifras y valores, y sobre la concentración de estudios en Bogotá, profundicemos un poco más en la

institución de estudios universitarios de pregrado, para identificar el tipo de institución que los candidatos a la elite ven más atractivos para su inversión cultural. En este escenario, la universidad pública, formadora por excelencia de la elite del ejecutivo central, que llega a niveles del 90% entre 1941 y 1942,

presenta un declive sostenido pasando de un promedio del 51% entre 1934 y 1970, a uno del 36% entre este año y 1998, para bajar a un 24% en los últimos diez años del período, en realidad ayudada por la Universidad de Antioquia que, con la “toma paisa”, recupera hacia final del período (con 13%) el brillo que tuvo entre 1939 y 1947 (casi un 12%). Este declive de la universidad pública, jalonado entonces por la Universidad Nacional85 (43% entre 1934 y 1952, 25% hasta el 92 y solo 7% de allí al

85 Se incluirán en este estudio como parte de la Universidad Nacional a todas sus sedes, de las que sin embargo

solo Bogotá, fundamentalmente (97.9%), y en mucho menor escala Manizales (1.8%) y Medellín (0.3%), tienen presencia en esta elite.

2008), responde al ascenso equivalente tanto de la universidad privada como de aquella de origen religioso, la primera representada por Republicana y Externado tiene un comienzo alentador, con un 2

hasta 1946, cuando decae a un promedio del 9% y a mediados de los 60s inicia una definitiva recuperación jalonada ahora por la Universidad de los Andes, que lleva su participación en la formación de los personajes de la elite al 13% entre 1966 y 1986, al 27% entre este año y 1999 y al 40% en los últimos 10 años del período de estudio.

1% de participación durante el período liberal

Si recordamos ahora la competencia que habíamos dejado abierta en los momentos en que López Pumarejo en su primer gobierno (1934-1938) integra y fortalece la Universidad Nacional, dotándola además

del amplio campus que tiene hasta hoy, competencia que ponía en el partidor por un lado a la Universidad Nacional y la de Antioquia, tomadas por el liberalismo, por el otro a las recientemente creadas Javeriana (1931) y Bolivariana (1936)86 que junto con

la del Rosario formaban el frente católico; en otro más a las universidades Republicana, Libre y Externado, que forman el frente Laico Liberal y, finalmente, a la laica e independiente Universidad de los Andes, podemos ahora, desde un atalaya bien posterior, ver lo que aquella competencia significó en la formación de las elites del ejecutivo central, y que resumimos en la tabla adjunta. Por un lado la universidad Laica Liberal, que parte del mismo punto que las religiosas, va decreciendo con el tiempo para ser marginal hacia el final del período. Por otro lado, como hemos visto, efectivamente para la universidad pública ésta reforma de López “... significó el comienzo de uno de los períodos más florecientes y dinámicos del primer centro de

estudios superiores del país”, como dice Darío Acevedo refiriéndose a la Universidad

Nacional (2007, p126), pero si bien esto es corroborado por los datos, igualmente es evidenciado por ellos aquello que ya habíamos advertido cuando en la época de la radicalización del movimiento estudiantil y de la progresiva represión que desde el

gobierno de Carlos Lleras (1966-1970) se desata en la universidad, llevan al Estado, con la consabida ayuda que “justifica” de las izquierda radical, a desvalorizar, vía las constantes interrupciones, paros y cierres, no solo la inversión que hacen las familias en las universidades públicas al llevar allí a sus hijos, sino también del propio diploma que comienza a responder a un proceso de formación que se percibe comprometido al menos por esa discontinuidad obligada. Aquel período floreciente y dinámico entonces, se ha ido apagando y la universidad pública ha ido perdiendo prestigio , para los candidatos a esta elite al menos, frente a las de origen religioso, particularmente la Universidad Javeriana, y a

la laica independiente Universidad de los Andes, que por el contrario han ido ganando participación, de manera pausada y permanente las primeras y acelerada la segunda.

Aquel grandioso esfuerzo de López Pumarejo dio entonces brillo y prestigio a la

Universidad Nacional, pero las serias dificultades financieras, de inestabilidad y de represión a la que fue sometida en las décadas siguientes, han apagado uno y otro pasándola a ser, de indiscutible formadora de las elites del gobierno central, a una institución intermedia que desaparece de este escenario. Por su parte, la independencia partidista y su carácter laico y abierto, parecen prometer a la Universidad de los Andes aquella posición de privilegio propiedad hasta entonces de la Universidad Nacional, pero guardando reserva en cuanto, si bien el comportamiento de la Universidad Javeriana tiene tendencia decreciente al final del período, esto sucede por su ausencia en 2004 y 2005, lo que es inusual y desde su ingreso en las grandes ligas en 1947 solo había ocurrido una vez en el año 1987, y esta universidad recupera su participación en 2007 y 2008 con niveles del 28% y 22% respectivamente, en otras palabras, no se puede hablar todavía de una tendencia declinante de la Javeriana..

Resumiendo, si bien la “toma paisa” ha salvado en los últimos años un poco la participación de la universidad pública en la formación de la elite del ejecutivo central, y el Externado mantiene aún alguna participación mínima para la universidad Laica Liberal, ante la contundencia de los datos las estrategias de largo plazo de las universidades religiosas, fundamentalmente Javeriana y Rosario, y de la universidad Laica Independiente, en este caso la Universidad de los Andes, son las que han tomado de manera hasta ahora absoluta y a partir de mediados de los 70s, el puesto

de honor en la formación de estas elites, lo que al ya estricto filtro del bachillerato clásico en planteles de prestigio, agrega aquí uno igualmente efectivo, como es el de tratarse de tres universidades con altos costos de matrícula y exigentes niveles educativos para su ingreso. La excepción sin embargo es la Universidad de Antioquia, que si bien no tiene aún el prestigio para atraer de manera significativa las elites de otras regiones de Colombia, claramente es apreciada por la elite local y acompaña a la actual “toma paisa”. Esta excepción abre aquí una nueva puerta de investigación futura, ¿por qué la de Antioquia logra lo que no dejan ver las en ésta elite anónimas universidades del Valle y de Santander, más jóvenes, o las del Cauca y Cartagena, más antiguas?, pero, sobre todo, ¿porqué la Universidad de Antioquia puede lo que no puede la Universidad Nacional?

Pero antes de pasar al análisis de los que sucede en el proceso educativo después del pregrado, conviene detenernos en un concepto que hemos utilizado quizás de manera superficial, eventualmente mal heredado de los trabajos de Aline Helg, cual es el del “Prestigio” de las universidades, o de las “Universidades de Prestigio”. Si bien se ha hecho claro que el objeto de este estudio no pasa en absoluto por medir la calidad de una institución u otra, ni menos el de compararlas o establecer un ránking entre ellas, sí pudiera parecer, por el momento, que Prestigio

en este escenario se puede asociar a Calidad, lo cual sin embargo requeriría un

análisis completamente distinto que pasaría seguramente por la evaluación de indicadores de producción académica, del nivel de los estudiantes, profesorado e infraestructura; de las actividades, recursos y resultados de investigación, de la calidad y cantidad de publicaciones, entre muchos otros indicadores, análisis que evidentemente y como se ha dijo arriba, no está en el camino de este estudio. Dejemos entonces por el momento, pues más adelanta encontraremos elementos que nos ayudarán, simplemente resaltada y severamente cuestionada esta eventual asociación entre Prestigio y Calidad de las universidades.