Mientras que primen los dogmas religiosos, la eutanasia será considerada como un asesinato (o casi). Sin embargo se trata de algo completamente diferente. En todo caso, si es pedida por el interesado, puede decirse que es una forma de suicidio. Pero existen muchos casos en que practicarla en alguien cuyas condiciones son infernales, equivale justamente a lo opuesto que el asesinato.
Una persona que pide durante años la eutanasia, no es necesariamente un "deprimido" que quiere realizar un suicidio, sino alguien imposibilitado para practicarlo, y en cuyas mismas condiciones no quisiera estar nadie. Negarle a esa Alma el derecho a morir y liberarse de la cárcel física en que se encuentra, puede generar para las personas responsables, un karma por omisión bastante pesado. Su propia Alma buscará en alguna ocasión pasar por esa experiencia, ya que el vehículo (la personalidad) no ha comprendido y por lo tanto no ha permitido a su Alma comprender. Así que más vale tener estos asuntos claros, resueltos completamente, con los que se evita al Alma la necesidad de experimentar en carnes propias los sufrimientos.
En cuanto a las consideraciones legales de los casos en que una persona pide la eutanasia, que son parecidos a los del suicida, hagámonos estas reflexiones: Se dice que nadie es dueño de su vida; que ella pertenece a Dios. ¿De cuál dios hablamos?, ¿El de cuál religión?. ¿La del gobierno, la del país o la del interesado?.
Pero ¿Quién dice que nadie es dueño de su vida?, ¿Bajo qué seguridad y sentido lógico?, ¿Qué clase de potestad tiene un juez o un gobernante para determinar semejante aberración?. Bien en cuanto a que nadie puede disponer arbitrariamente de la vida de otros, pero... ¿Qué calidad "divina" tienen los jueces entonces para disponer de la vida de un sufriente que ve agotarse su dignidad y sus derechos a disponer de su propia vida?. He aquí que los legisladores (porque finalmente los jueces no pueden hacer más que su deber, obligando a cumplir las leyes promulgadas) se arrogan funciones más allá de los sacerdotes, como "ángeles del Señor", disponiendo de la vida de la gente, lo cual en muchos casos, es igual a disponer de su muerte, y en el caso puntual de la eutanasia tantas veces negada, es peor que ordenar la pena de muerte, porque obligan a alguien a vivir contra su voluntad, un infierno.
Hablamos de libertad de culto y supuestamente la tenemos en casi todos los países, pero en la práctica, cuando es necesaria para lo que nos interesa, nos encontramos con que las religiones imponen lo suyo en cuanto a promulgación de leyes, presionando en el ámbito político. En vez de primar el sentido ético, espiritual y humanístico, impera el fanatismo religioso.
En cuanto a la eutanasia aplicada sobre niños con taras genéticas severas, hay mil argumentos en contra desde las religiones, desde los "new age", desde los estrados legislativos y judiciales, pero en el fondo se revelan a la luz de la historia (antigua y reciente) como mera hipocresía. Observe atentamente el Lector, cómo son los grupos que más recalcitrantemente defienden la vida física como máximo valor, los mismos que se empeñan en las mayores carnicerías humanas, con pretextos antiterroristas o de cualquier otra índole.
Considerando la objetividad y pragmatismo de las antiguas civilizaciones, sin las técnicas que disponemos hoy para prever y evitar la reproducción humana cuando ésta dará lugar a personas deficientes, debemos decir que la eutanasia era algo muy diferente de la "barbarie" con que hoy se la califica. Ea una regla de supervivencia, un descargo social con vistas al futuro y una obra de caridad para con esa Alma, en cuyo cuerpo defectuoso nadie quisiera estar. Como bien dice la tablilla vikinga de Asgurdem, traducida por Hermann Rödlinger: "Que los dioses acompañen a este desgraciado. Que su espíritu venga en cuerpo sano porque ninguno osaría sufrir la vida que le esperaría, en vez de vivirla. Si vosotros, dioses de la Vida, juzgáis que hacemos error, sabréis hacernos una señal".
Durante más de cuatro mil años (al menos de historia escrita) se practicó entre los nórdicos este ritual en que se ahogaba a los niños que
nacía defectuosos. Desde el punto de vista de las religiones más "pro- vida", que son aquellas que niegan la existencia del Alma (como el judaísmo), habría que entender que un ser humano es sólo un cuerpo, cuyo cerebro genera las ideas por meras combinaciones químicas y mecanismos eléctrico-nerviosos. Entonces deberían preguntarse: ¿Qué sentido tiene dejar vivir a una persona que no podrá llevar una existencia digna de la especie humana?. De hecho los hebreos antiguos -más lógicos que los actuales- en concordancia con sus postulados religiosos practicaban la eutanasia cuando nacía un niño mogólico o con deficiencias severas.
Desde el punto de vista del cristianismo, la cosa es más rebuscada, porque sí se cree en la existencia del Alma, pero aún así, se considera la vida física como un valor superior a las virtudes de dicha Alma. Entonces la Dignidad del Ser queda relegada a un plano muy secundario. El católico no sabe si el Alma es preexistente al cuerpo, entonces supone que Dios la crea en el momento de la concepción (aunque la Iglesia tiene sus ambigüedades y vaguedades al respecto). Se entiende que el Alma -al margen de que sea preexistente o no- sobrevive al cuerpo. Entonces, si en función de tiempo tiene toda la eternidad por delante: ¿Cuál es el problema para facilitarle volver en mejores condiciones?. ¿Envidiaría algún Lector el hecho de empezar su existencia como Alma en un cuerpo deficiente, mogólico o con taras de cualquier tipo?.
La escatología católica (muy lejana hoy de la cristiana, que hasta hace pocos siglos conocía la reencarnación) representa tales estados post-mortem, que ni siquiera puede tacharse de pueril, sino de absurda. Los musulmanes tienen entre sí diferencias enormes, pues algunos sostienen que hay un espectro de posibilidades entre las que se encuentra la reencarnación (en grupos minoritarios, especialmente del occidente asiático). Entre los budistas la reencarnación es escatológicamente común a todos, pero con enormes diferencias en cuanto a los procesos post-mortem. No obstante, es el budismo la religión más cercana a la realidad en estas cuestiones. Pero influenciada por el occidentalismo pro-vida física, justifica con el karma (mal interpretado) el que se deje a un Alma sufrir cualquier martirio. Incluso, tanto budistas como ciertos grupos católicos, sostienen que el sufrimiento es beneficioso, como si fuera un factor causante de purificación, cuando la verdad que el sufrimiento en sí es la madre de la mayor cantidad de perversiones y desviaciones, cosa que puede comprobarse hasta en la más elemental comprensión de la psicología humana. Quien ve en el sufrimiento el "pago de una deuda", es que tiene
de Dios un concepto usurero, malévolo, vengativo y cruel. En el budismo no es tan así, pero se pretende conseguir la catarsis o purificación psicológica mediante el tormento físico. Aunque esto no ha sido óbice para que algunos magos, especialmente samanas, que se flagelaban o autotorturaban, hayan conseguido la Ascensión al Reino Krístico, si ha sido en realidad, absolutamente innecesario. Muchos otros, en vez de conseguir el objetivo ascensional, han torcido sus rumbos, han muerto sin poder hacer su Ascensión (desangrados o infectados), y esas prácticas han dado lugar al fakirismo, ya en su grado de distorsión total de los objetivos perseguidos, convirtiendo en espectáculo lo que originalmente era una catarsis con sistema brutal.
El propósito de la flagelación y otras torturas autoejecutadas de los samanas, consistía en la regla de aplicarse un sufrimiento corporal cada vez que la mente incurría en un pensamiento determinado por una mala emoción (miedo, odio o vicio). Pero esta práctica, como toda acción fuera de lo natural, fue tornándose un hábito masoquista. Así, esos mismos ultradefensores de la vida física, que no pisan una hormiga, se infligen ellos mismos los más brutales castigos. Igual ocurre con algunos pseudocristianos, que sostienen el martirio como medio de purificación, aunque estos prefieren "purificar" a otros.