3 Reunificación en la era budista
7. La exitosa historia de los Qing
La conquista de los manchúes
La conquista de los manchúes en 1644 mostró una vez más que podía ser más sencillo apoderarse de China desde fuera que desde dentro, puesto que la mezcla esencial de militarismo y administración civil, el wu y el wen, podía ser reunida afuera de la Muralla más fácilmente que adentro. La geografía era clave en ello. En el siglo XVI, Manchuria se había sumado al estilo chino de agricultura intensiva sólo en la región del extremo sur bajo Mukden (hoy Shen-yang). Los Ming habían reconocido la naturaleza fronteriza de esta región organizándola en distritos militares además de a través de una administración civil. Por medio del establecimiento de unidades militares registradas y hereditarias en puntos estratégicos, separadas de la administración civil de la zona agrícola, los Ming buscaban a la vez mantener una barrera militar contra incursiones nómadas y un control sobre cualquier tendencia separatista por parte de los funcionarios locales chinos; no podían ignorar el hecho de que Manchuria del Sur era un rehén que proporcionaba riquezas y que podía ser seccionada de China del Norte en el atascadero de Shanhaiguan, donde el acantilado de la Gran Muralla se hunde en el mar (ver Mapa 19).
En su asunción al poder, los manchúes aprovecharon al máximo su posición estratégica en una frontera donde podían aprender los métodos chinos sin estar todavía sometidos por completo al dominio chino. El fundador del estado, Nurgaci (1559-1626), comenzó como un jefe de rango menor en el límite este de la cuenca agrícola de Manchuria del Sur. El pueblo que él llegó a dirigir constituía un grupo mixto con una mayoría de descendientes de las tribus seminornadas ruzhen que durante el siglo XII habían establecido su dinastía Jin en China del Norte. Al igual que Gengis Kan entre los mongoles, Nurgaci sometió a las tribus vecinas bajo su dominio personal y, a comienzos del siglo XVII, estableció su dinastía Jin tardía, con capital en Mukden. Su hijo y sucesor, el muy capaz Hong Taiji -nombre manchú: Abahai- subyugó a Corea en el este e hizo alianzas con las tribus mongoles al oeste en la Mongolia Interior. En 1636, él le dio el nombre de manchú a su pueblo y proclamó la dinastía Qing (“puro”). Entretanto, se había desarrollado un lenguaje escrito manchú y algunos de los clásicos chinos habían sido traducidos a ese idioma.
Para 1644 los manchúes ya habían realizado varias incursiones a China del Norte, pero aún no habían logrado derrotar a los Ming. El régimen Ming en China se había debilitado en forma progresiva. La rebelión ya era endémica. Un rebelde chino llamado Li Zicheng había atacado vastamente la China noroeste, llegando incluso hasta Sichuan y el valle del Yangtsé. Finalmente, se rodeó de consejeros letrados y comenzó a establecer un sistema de gobierno dinástico. En 1644 pudo capturar Pekín, teniendo así la sucesión dinástica al alcance de su mano. Sin embargo, fue incapaz de consolidar institucionalmente la posición que había ganado por la fuerza.
Mientras tanto, los militares Ming en China del Norte y en el noreste se habían enemistado por completo con los pendencieros funcionarios letrados de la capital, provenientes en su gran mayoría del bajo Yangtsé. Gracias a su predominio en los exámenes, las familias terratenientes de esta región centrooriental estaban fuertemente representadas en el gobierno de Pekín, pero manifestaban pocas habilidades bélicas. Los capaces comandantes Ming conocían perfectamente el impresionante poder de los manchúes, pero, como sus fuerzas en China del Norte eran todavía más numerosas, algunos tenían la esperanza de poder utilizar a los manchúes dentro de la Muralla. Esto llevó al general Ming Wu Sangui y a varios de sus colegas a dar la bienvenida a los manchúes contra quienes habían estado luchando, para que ingresaran a China del Norte y les ayudaran a reprimir a los rebeldes en Pekín. Pero, una vez traspasada la Muralla, los manchúes procedieron a tomar el poder.
Estudios realizados sobre este turbulento período por Frederic Wakeman Jr. (1985) y Lynn Struve (1984), entre otros, destacan la diversidad de intereses que alentaban a las familias terratenientes del bajo Yangtsé y a los comandantes Ming en China del Norte. Fue en esa diversidad que los manchúes vieron su oportunidad. En enérgicas campañas, destruyeron a los rebeldes en el norte y posteriormente tomaron posesión de la zona central del bajo Yangtsé. Allí, adoptaron rituales y precedentes confucianos, evidenciando también su capacidad para ejercer la crueldad imperial. Los emplazamientos Ming en Yangzhou -en el Gran Canal-, por ejemplo, fueron masacrados en una orgía de sangre que duró diez días y constituyó un claro mensaje a todas las áreas colindantes. Los funcionarios y los comandantes Ming se vieron enfrentados a la dura elección entre la deslealtad y la muerte. Cuando, en 1621, la esposa de un funcionario Ming se enteró de que éste había sido capturado por los manchúes, supuso que él preferiría morir antes que abjurar de su lealtad, de modo que instó a suicidarse a 42 “criados de la casa y familiares”. El marido, más pragmático, había decidido sin embargo que el Mandato Celestial ya no tenía valor, por lo que se rindió para servir a los manchúes. Su
nieto, un funcionario Qing de alto rango, rehusó en 1677 entregarse a los rebeldes anti-Qing y fue asesinado; su esposa también forzó a 38 miembros de su familia a cometer suicidio, los “que se sucedieron durante toda la noche”. Aun con una lealtad de esa magnitud por parte de los funcionarios chinos (y de sus esposas) los manchúes pudieron gobernar el imperio. Algunos funcionarios Ming eligieron la muerte, pero otros se convirtieron en administradores de alto rango para los manchúes, contribuyendo a suavizar la toma del poder.
Aunque los manchúes se apoderaron de Pekín en 1644, su conquista de China permaneció incompleta durante toda una generación. Tres de sus colaboradores chinos, entre ellos el general Wu Sangui, tomaron el poder de grandes satrapías en China del Sur y del Suroeste, y se atrincheraron en el poder territorial. En 1673, estos así llamados Tres Vasallos se rebelaron y se apropiaron de la mayoría de las provincias del sur. Al joven emperador Kangxi, qué recién comenzaba a gobernar, le tomó ocho años restablecer el control Qing. La riqueza del bajo Yangtsé fue una base de gran ayuda; también lo fue el sentimiento de lealtad hacia los Qing. Wu Sangui, después de todo, había sido desleal dos veces, hacia los Ming y hacia los Qing. La eficacia del dominio sinobárbaro quedó rápidamente comprobada. La destrucción al final del período Ming se debió principalmente a las rebeliones chinas, en particular la encabezada por Zhang Xianzhong, que redujo significativamente la población de Sichuan. Tanto Zhang como su competidor Li al noroeste intentaron en vano ganarse el apoyo de los eruditos y establecer un régimen al estilo dinástico; ambos fracasaron. El éxito de los manchúes donde los rebeldes chinos fallaron es esencialmente un logro en la creación de instituciones políticas.
Adaptación institucional
El primer problema de los manchúes había sido el desarrollo de un Estado que fuera más allá de las instituciones políticas tribales. Lo lograron cerca de 1601 mediante la creación de una administración territorial unificada de sus tierras, paralela a una organización militar de todos los guerreros manchúes en ocho divisiones, cada una de ellas con una bandera o estandarte diferente. A los miembros de estas divisiones manchúes -los abanderados- les eran asignadas tierras, pero éstas se hallaban dispersas y las divisiones militares no se convertían en unidades territoriales. Los mongoles y los chinos que llegaron donde los manchúes ingresaron al sistema organizándose en torno a sus propias divisiones militares. Las veinticuatro divisiones resultantes quedaron formadas todas por soldados unidos personalmente al emperador. Pamela Crossley (1990) ha rastreado su origen en la institución turco-mongol de la servidumbre militar hereditaria. El emperador no era su padre, al estilo confuciano, sino más bien su dueño, al estilo nómada. Los abanderados disfrutaban de los botines de guerra y de los estipendios de arroz y dinero en tiempos de paz. Apreciaban su altamente ritualizada esclavitud como un “emblema de su importancia para la corte y de su intimidad con la misma”, lo cual elevaba su lealtad al grado máximo. Fijémonos si no en el hecho de que cerca de 150 mil invencibles miembros de estas divisiones -solamente 169.000 aparecían siquiera en una lista en ese tiempo-abatieron a la China Ming, si bien ayudados por colaboradores chinos. A pesar de que la organización en divisiones militares tenía fama de ser multiétnica, en 1648 los miembros chinos de estas divisiones constituían en realidad tres cuartas partes del total, mientras que el 8% eran mongoles y sólo el 16%, manchúes. Para 1723 el componente manchú había aumentado al 23%, todavía lejos de un tercio del total. En todo caso, dicha organización en divisiones -al igual que los siervos chinos- constituyó un gran adelanto sobre los eunucos como fieles servidores del emperador y ayudantes de la Corte Interior. Sus miembros formaban un talentoso equipo del que se podían seleccionar individuos para trabajar como burócratas civiles. Nurgaci había asignado a sus hijos la tarea de dirigir las divisiones, pero el poder de éstos fue sometido al control central en un Consejo de Estado. De este modo, las relaciones originalmente personales entre el líder del Estado y sus leales jefes y miembros de las diferentes tribus se institucionalizaron.
Finalmente, los primeros gobernantes manchúes, al igual que los emperadores Jin y Yuan que los precedieron, adoptaron la terminología, las formas y las ideas del confucianismo y las utilizaron como debían para el apoyo y la mantención de la autoridad política. Promovieron el estudio de los clásicos y la veneración por los antepasados, establecieron el culto estatal de Confucio, hablaron y escribieron acerca de “el estilo del gobernante” -tal como lo harían los japoneses en Manchukuo tres siglos después-, resaltaron las virtudes confucianas y aceptaron la idea de que el gobernante reina en virtud de su corrección moral.
Más de una década antes de su ingreso a China, los manchúes habían creado en Mukden una administración pública en miniatura que imitaba a la de Pekín, incluyendo la instauración formal de los seis ministerios y otros elementos típicos del gobierno Ming; su personal lo constituía una burocracia en la que estaban representados los manchúes, los mongoles y los chinos. Para el momento en que invadieron China del Norte y asumieron el Mandato Celestial, los manchúes se hallaban completamente preparados para resolver el fundamental problema de cómo gobernar al estilo chino manteniendo su identidad manchú.
Varias circunstancias les fueron de gran ayuda. A diferencia de los mongoles, ellos no poseían ningún gran imperio al oeste para distraerlos del importantísimo problema de China. Ya que provenían de la frontera de Manchuria del Sur y no de la estepa mongoliana, no tuvieron que sortear la gran brecha cultural entre el entorno de la estepa y el de los sembradíos. Debido a los reinados inusualmente largos y enérgicos -sesenta años cada uno- de dos de sus primeros emperadores, tres gobernantes fijaron durante 133 años un fuerte Iiderazgo ejecutivo: el emperador Kangxi (quien reinó de 1662 a 1722), Yongzheng (1722 a 1736) y Qianlong (1736 a 1796). Los tres fueron soberanos trabajadores y concienzudos que por lo general visitaban a sus ministros diariamente al amanecer, estudiaban los clásicos en forma asidua y mantenían un fuerte dominio personal.
Resulta sumamente interesante analizar los diversos mecanismos a través de los cuales los manchúes buscaron preservar su vitalidad y su identidad dinásticas. Los emperadores manchúes pasaban los veranos en Mongolia Interior, dando un ejemplo totalmente no confuciano de aptitud física para cabalgar, cazar y disparar. Cerraron las puertas de su tierra natal a la inmigración china y mantuvieron Manchuria del Norte como un coto de caza, fuera de la economía agrícola china. Con el objeto de frenar la inmigración china desde Manchuria del Sur hacia el norte, reforzaron una empalizada de varios cientos de kilómetros, consistente en una gran zanja bordeada por sauces plantados a todo lo largo de ella, para marcar el límite que los chinos no debían sobrepasar (ver Mapa 19). Organizaron Manchuria bajo un gobierno militar manchú. Manchuria permaneció como un territorio escasamente poblado hasta fines del siglo XVIII: un bocado muy tentador para los futuros imperialistas rusos y japoneses.
Los manchúes también persiguieron su preservación manteniendo su pureza racial. El matrimonio entre chinos y manchúes estaba prohibido, y se fomentaban las diferencias en las costumbres de ambos grupos. Las mujeres manchúes, por ejemplo, no se vendaban los pies (ver Capítulo 8). Los manchúes no debían dedicarse al comercio ni al trabajo manual. La organización de clanes manchú fue preservada por su sistema religioso chamánico.
El control militar de China por parte de los manchúes se mantuvo mediante el establecimiento de guarniciones en puntos estratégicos. Las únicas tropas chinas que tuvieron una existencia reconocida fueron las fuerzas provinciales utilizadas principalmente como fuerza policial en las rutas postales y contra los bandidos, pero que carecían de un entrenamiento como fuerza de choque.
Con el objeto de conservar un Iiderazgo fuerte, los primeros emperadores manchúes dispusieron que a los príncipes imperiales se les otorgaran una pensión y también riquezas, pero que no se les permitiera convertirse en señores territoriales. Se les retenía en Pekín, alejados del poder. Hasta 1860, la dinastía pudo evitar el gobierno de emperatrices y eunucos, los que tan a menudo en dinastías previas habían derivado sólo en intrigas de palacio.
En la administración pública de China, los manchúes utilizaron un sistema de nombramientos dual, en el que tanto chinos como manchúes eran designados para funciones importantes. Jonathan Spence (1990) ha demostrado cómo en un principio ellos confiaban en sus aliados chinos de Manchuria del Sur, los que por lo general se habían enrolado como abanderados militares o como siervos especialmente dependientes de los gobernantes manchúes y leales a ellos. A la larga se escogió la fórmula de hacer que los chinos más capaces realizaran el trabajo vigilados por los leales manchúes. En la capital, los manchúes superaban a los chinos en número, pero en provincias predominaban con largura los funcionarios chinos. Para atraer a su servicio a los chinos más capaces y prometedores, los manchúes se preocuparon de que el sistema de exámenes continuara funcionando con la máxima eficiencia y manteniendo su elevado prestigio.
Se usó muchísimo el mecanismo de la sinarquía -la administración conjunta entre dos o más partidos-, no sólo manteniendo divisiones militares mongoles y chinas dentro del sistema de divisiones, sino también con una administración dual que implicaba la presidencia conjunta china y manchú de los seis ministerios en la capital (de ahí que fueran denominados Consejos por los occidentales), y a través del emparejamiento en las provincias de gobernadores generales y gobernadores manchúes y chinos. A menudo un gobernador general manchú
estaba a cargo de dos provincias, cada una bajo el mando de un gobernador chino. Estos altos funcionarios informaban conjuntamente al emperador en forma directa, mientras en cada provincia la organización central enviaba sus informes de rutina a los Seis Consejos en la capital. Los censores continuaron con su papel de investigar e informar acerca de la conducta oficial en quince diferentes circuitos, incluida la capital. También, aunque no muy a menudo, las reclamaciones podían ser presentadas directamente al emperador.
Como parte de su sistema de control los gobernantes manchúes trataron de preservar su lenguaje, siguiendo el ejemplo de los qidan, los ruzhen y los mongoles, en la creación de una documentación manchú que por lo general no estaba disponible para funcionarios chinos. Lo más importante era el Departamento de la Casa Imperial, que tenía su propia tesorería y cuyo personal estaba constituido por siervos y abanderados del emperador. Funcionaba en una categoría paralela a los ministerios formales en Pekín, aunque secreta, por lo que recaudaba enormes ingresos procedentes tanto de tierras como de monopolios comerciales -entre ellos el del ginseng, la raíz antigeriátrica originaria del noreste del país-, impuestos de aduana -incluyendo el comercio de Cantón-, la gabela a la sal, la fabricación de textiles de seda, préstamos, multas y tributos. Con todo ello la dinastía sacó provecho del crecimiento del comercio y la industria. Aunque este gobierno interior había surgido de un plan para mantener bajo vigilancia a los eunucos de palacio, evitando su inveterada tendencia a la corrupción, el mismo se volvió corrupto con el tiempo. Aun así, los gobernantes Qing preservaron de esta manera bajo su propio control inmediato grandes recursos más allá del alcance de la administración pública.
Los Qing establecieron el control en Asia Interior organizando primero a los mongoles al estilo Ming: en diferentes ligas, a las que les eran asignadas determinadas tierras de pastoreo. Ello inmovilizó y dividió a los mongoles acabando con la esperanza de una unificación bajo un nuevo Gengis Kan. Los Qing también apoyaron la secta lamaísta amarilla del budismo tibetano, que se había expandido entre los mongoles orientándolos hacia Lhasa. Tales disposiciones en el Asia Interior se hallaban a cargo de un Ministerio de Dependencias especial, el Lifan Yuan, mientras que el Consejo de Ritos continuaba a cargo de las misiones de tributo que llegaban de zonas colindantes como Corea y Vietnam, y también provenientes de países extranjeros por vía marítima.
Los manchúes no intentaron ninguna revolución social. Mataban a quienes se resistían, pero confirmaban el status de las familias de la nobleza china si éstas aceptaban el dominio Qing. La prueba más visible de éste, exigida a todo varón chino, era la inconfundible tonsura manchú: la frente afeitada y la cabellera formando una trenza que caía sobre la espalda. También los Qing se vieron forzados a aceptar las insuficiencias del gobierno Ming: su debilidad fiscal, debida a una estructura tributaria que recaudaba menos del 5% del Producto Geográfico Bruto, y su anticomercialismo, un ejemplo del cual fue el ineficiente uso del intercambio entre la plata pura y una gran variedad de unidades de cuenta (taels u onzas). Al igual que los mismos habitantes del Asia Interior, los manchúes compartieron la falta de interés de los Ming por las relaciones y el comercio marítimos.
El emperador Yongzheng, que reinó desde 1722 a 1736, reforzó el sistema administrativo mediante eficaces reformas, primero que nada en la tributación. Especialmente en las fértiles provincias del bajo Yangtsé, descubrió, los terratenientes bien conectados se confabulaban con los empleados del palacio del mandarín para obtener reducciones de sus impuestos por medio de sagaces subterfugios, cargando la tributación principalmente a la población agrícola. Madeleine Zelin (1984) ha descrito cómo los auditores de Yongzheng trataron sin mucho éxito de recaudar impuestos de los terratenientes pertenecientes a la nobleza. Una reforma sustituyó las pequeñas sobretasas acumuladas por una sola sobretasa del 15 al 20% sobre el impuesto territorial básico, que era más bien bajo. Las provincias en parte utilizaban los ingresos así obtenidos en pagar sueldos oficiales más altos, para “alimentar la honestidad”.