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La paradoja de la China Song y el Asia Interior

3 Reunificación en la era budista

5. La paradoja de la China Song y el Asia Interior

La simbiosis del Wen y el Wu

Numerosas creaciones chinas en tecnología, gobierno, arte, pensamiento, organización social y otras áreas alcanzaron su punto culminante durante el período Song; lo mismo sucedió con la invasión y toma del poder de China por parte de tribus no chinas del Asia Interior. El que China fuese conquistada por extranjeros justo en el apogeo de su civilización resulta una sorprendente paradoja. El misterio se intensifica si observamos que esta conquista no ocurrió en forma repentina, sino que de hecho comenzó en el año 907, antes de establecerse la dinastía Song, y continuó en forma intermitente por más de tres siglos y medio, hasta el año 1279. A un desarrollo tan prolongado casi no se le puede considerar accidental. ¿Qué tendencias a largo plazo se escondían detrás?

Uno de los factores de la debilidad de los Song fue la formación de un burocratismo que cargó con los costos de la defensa. Paul J. Smith (1991) ha llegado a declarar que “durante la época de los Song del sur, el Estado se tornó parasitario”. Detrás de ello encontramos el desdén confuciano por los militares, clasificados incluso como inferiores a los mercaderes. Tan arraigado era este rechazo que los militares fueron excluidos de la lista confuciana regular de los cuatro grupos o clases ocupacionales: erudita (shi), agrícola (nong), artesana (gong) y comercial (shang). Derk Bodde (1991) señala que ni Confucio ni Mencio sugirieron alguna vez esta división de la sociedad en cuatro partes, la que probablemente apareció por primera vez entre los autores legalistas de finales del período Zhou y comienzos de la era Han. Sin embargo, desde aquel entonces y durante veintiún siglos esas cuatro clases han permanecido como tales en el saber popular acerca de China.

El poder militar fundaba y mantenía las dinastías, construía imperios y los defendía; por tanto, el estamento militar solía tener un tamaño considerable. Resulta fácil argumentar que los guerreros constituían también un grupo o clase ocupacional en China. Algunos han sugerido que los shi registrados en los huesos de oráculo Shang eran en ese entonces “guerreros” o más tarde “servidores”. Obviamente, los militares no figuraban en la lista como una quinta clase ocupacional: los wenren (letrados) confucianos consideraban a los profesionales del wu (violencia) como sus enemigos mortales, como la encarnación del demonio de la fuerza bruta, y el deber moral de los confucianos era extirparlo en favor del comportamiento civilizado. Incluirlos como una quinta profesión en una lista confeccionada por ellos habría sido perdonarlos, legitimar su existencia, otorgarles una cierta estatura moral.

Un confuciano podría sostener además que el uso de la fuerza militar fue siempre una medida que estuvo a disposición de la élite gobernante de funcionarios y eruditos: uno ingresaba a dicha clase convirtiéndose en erudito, más tarde en funcionario; un funcionario podía comandar tropas. Existían generales eruditos que a menudo ejercían el poder militar. En un principio, las tropas estaban conformadas meramente por campesinos reclutas o conscriptos. La única “clase” militar en sí misma, nos podría decir un erudito, constaba de bandidos que se habían rendido, caballería mercenaria, sargentos instructores, arqueros y gente así, un grupo misceláneo que ocupaba un lugar muy inferior en el sistema oficial. Los letrados menospreciaban explícitamente los exámenes, las jerarquías y los cargos militares, a pesar de ser paralelos a los civiles. En calidad de profesionales de la violencia, los soldados formaban parte de la Corte Interior del emperador, más allá del control del complejo wen de la burocracia. En ocasiones, los eunucos dirigían tropas.

¿Por qué durante dos mil años los eruditos chinos han perseverado en su negativa confuciana a aceptar el estamento militar como una clase ocupacional? Las fuerzas militares profesionales aparecen siempre en la historia china; el que no las consideremos como una clase militar sugiere que los eruditos chinos aún hoy están bajo el dominio del gran mito confuciano del Estado, el gobierno por la virtud. Visto desde otro ángulo, ésta es una de las glorias de la antigua China, un pacifismo racionalmente justificado, y al mismo tiempo una de sus mayores debilidades: no haber sido capaz de evitar la conquista extranjera desde las praderas.

A juzgar por las preguntas de los exámenes, afirma Peter Bol (1992), los Song del sur eran bastante conscientes de sus problemas militares, pero nunca confiaron en tropas mercenarias provenientes de la escoria de la sociedad, pobremente disciplinadas y a quienes no se les podía delegar poder de decisión ni siquiera en el nivel de comando. La dominación civil de la fuerza militar formaba parte del control estatal de la élite gobernante, pero dejaba al Estado militarmente débil. En tamaño y recursos militares los Song más que igualaron a los Jin (y posteriormente a los mongoles), pero la oficialidad civil Song no gustaba mucho de la violencia. Charles Hucker (1975) y otros concluyen que la porción china del imperio conformado por China y el Asia Interior se había tornado tan civilizada que carecía de los valores marciales y del sentido de etnicidad -en oposición al culturalismo- necesarios para combatir a los invasores que por lo general prometían gobernar a la manera china. En efecto, los confucianos eran especialmente adecuados para la administración, no para mantener el máximo poder imperial. Después de todo, a ellos se les había educado para ser funcionarios públicos en un sentido literal, y podían prever que el hecho de recurrir a la violencia sólo generaría más violencia. Sin embargo, después de todo lo dicho, el hecho es que los Song del sur mantuvieron a raya a los mongoles -que todo lo conquistaban- durante 45 años, casi dos generaciones.

Algunas perspectivas acerca de las relaciones de los gobernantes chinos con el Asia Interior nos las proporciona Thomas J. Barfield, en su informe cronológico de la sucesión de pueblos tribales de las praderas. Barfield concluye que en épocas de estabilidad la conexión china con un poder tribal propiciaba la hegemonía de éste en Asia Interior. Así, cuando los Han eran fuertes fueron testigos de la larga dominación de los Xiongnu sobre Asia Interior, como los Tang lo fueron de los turcos uigures. La evidencia procedente mayoritariamente del lado chino impide una visión equilibrada de dichas relaciones.

La falta de contacto con Asia Interior puso a los Song en desventaja por la dificultad de asegurarse caballos para la guerra. Las dinastías Qin-Han y Sui-Tang habían estado todas en contacto con quienes detentaban el poder en Asia Interior, por medio de comerciantes y enviados. Eran expertas en hacerse de aliados y utilizar a algunos pueblos en contra de otros. La ineptitud de la diplomacia Song -demostrada cuando inicialmente ayudaron a los ruzhen contra los qidan sólo para ser derrotados posteriormente por los ruzhen, y después ayudaron a los mongoles contra los ruzhen sólo para ser luego destruidos por los mongoles- supuestamente se debía a su falta de contacto directo con la vida del Asia Interior y a una participación exclusivamente marginal en ella. La China Song, a pesar de todo, coexistió con varios estados periféricos -Vietnam al sur, Nan Zhao al suroeste, el Tíbet, el estado de Xia oeste (Xixia) o Tangut en el noroeste, y el estado Liao de los qidan al norte-, de modo que China estaba, de hecho, como lo califica Morris Rossabi (1983), diplomáticamente “entre iguales”. La afirmación Ming de su superioridad universal sería sostenida sólo después que el imperio mongol del siglo XIII hubo sentado un precedente.

A partir del período Song, dentro de la organización política imperial confuciana se observa un complejo administrativo civil y un complejo militar que gobiernan en tándem; ambos eran necesarios para dirigir el Estado. El complejo civil constaba de los poseedores de grados por exámenes y los funcionarios y eruditos de la administración pública instruidos en el neoconfucianismo, junto con la élite local o nobleza de las que provenían. El complejo dueño del poder militar, menos estudiado, incluía al emperador, su familia y su nobleza, fuerzas de choque del ejército y tropas de guarnición, más los eunucos de palacio y el aparato de seguridad (como lo llamaríamos hoy), todos especialmente ligados al emperador.

Quizá podamos distinguir una cierta división de funciones entre estos dos complejos. Tal como he sugerido más arriba, la autocracia imperial era una contraparte necesaria a la administración burocrática. Podía ser una fuente de innovación o una repentina intervención autónoma y no rutinaria; naturalmente, era impredecible, a menudo cruel y potencialmente desastrosa. Dentro del bien organizado orden confuciano, el emperador funcionaba como el ápice de la estructura y, al mismo tiempo, representaba el principio del desorden violento en su máxima expresión. El era el gran verdugo.

Casi desde el comienzo el gobierno de China había implicado un dominio conjunto de estas dos funciones. Los guerreros tribales del Asia Interior habían contribuido a reforzar la función imperial a través de un continuo patrón militarista propio de los pastores nómadas. Los administradores civiles confucianos chinos ejercían la otra función. Las dinastías eran militaristas en sus inicios, pero una vez establecidas sus burocracias eran civiles. La ideología de cada una se adecuaba a sus necesidades. Los hombres de armas que fundaron las dinastías creían en el Mandato Celestial, que era confirmado como el suyo una vez que cesaba la resistencia. Los eruditos administradores integrantes de sus burocracias despreciaban a los hombres de violencia, quienes al recurrir a la fuerza (wu) evidenciaban su falta de cultura

(wen). El mito central del Estado confuciano se refería a que la conducta ejemplar y

benevolente del gobernante -la que manifestaba su virtud personal (de)- atraía a la gente hacia él y le otorgaba el mandato. Esto se podía afirmar mientras se pudiese reprimir a los rebeldes, de preferencia decapitándolos.

La gran debilidad de este mito confuciano del Estado radicaba en que el gobernante, si deseaba seguir reinando, nunca podría prescindir de la prerrogativa militarista de decapitar a quien quisiera pour raison d'état, para preservar la dinastía. De este modo, el gobierno bajo el confucianismo imperial fue manejado por burócratas que servían a un autócrata, y ambos dependían del otro. En la práctica, a menudo se lograba un equilibrio entre el wen y el wu cuando a los administradores territoriales de enseñanza confuciana se les permitía dirigir tropas para destruir a los rebeldes. Muchos eruditos se especializaron en asuntos militares; algunos llegaron a convertirse en generales muy capaces. Pero tuvieron poder sólo en la medida en que ésa era la voluntad del emperador.

Mientras los chinos bajo la dinastía Song perfeccionaban el clásico sistema de exámenes como un mecanismo a través del cual educar a burócratas obedientes, los invasores contemporáneos no chinos de China -los qidan (dinastía Liao), los ruzhen (dinastía Jin) y los mongoles (dinastía Yuan)- comprobaron la utilidad del militarismo como fuente del poder imperial. El antiguo adagio que dice que China podía ser gobernada sólo a la manera civil confuciana es sólo una verdad a medias. El confucianismo imperial podía funcionar siempre y cuando la dinastía gobernante impusiera la violencia suficiente como para destruir a los rebeldes, y este tipo de poder era la especialidad de las tribus no chinas del Asia Interior. De esta manera, se podría distinguir históricamente una especializa-ción de funciones entre los administradores chinos y los poderosos caudillos del Asia Interior: éstos participaron en forma creciente en el gobierno imperial, en ocasiones apoderándose de él.

El surgimiento del dominio no chino sobre China

Retomemos por un instante el surgimiento de este componente de la organización política china procedente del Asia Interior. Las dinastías Zhou y Qin en la China noroeste habían obtenido algo de su vigor militar a partir de sus contactos con las tribus del norte y de los matrimonios mixtos, como ocurrió con los Sui y los Tang en su época. Ello fue sólo un paso más en el proceso por el cual las tribus invasoras del norte se apoderaron directamente de una parte de China y la gobernaron con ayuda china, pero a través de una casa dinástica no china. Este modelo de gobierno dual sino-nómada se hizo visible desde el siglo cuarto de la era cristiana en Manchuria del Sur, y alcanzaría su apogeo durante el control global que siguió a las conquistas de los mongoles y de los manchúes.

El dominio por parte de miembros de otra cultura presentó un serio problema para la teoría política china. Desde épocas muy antiguas, bajo los reyes del período Shang, la cultura -incluyendo el sistema chino de escritura, el uso de bronces rituales, la relación chamanística con los antepasados y la observancia ritual del gobernante hacia los poderes de la naturaleza- había sido parte integral de la organización política. El antiguo principio del sinocentrismo establecía que la superioridad de Zhongguo, el Estado Central, en el wen (cultura y civilización) inevitablemente dominaría la mera violencia militar (wu) de las tribus del Asia Interior. Esto sería posible requiriendo a los jefes tribales no chinos a que reconocieran la superioridad china postrándose ante el emperador, quien poseía el Mandato Celestial para gobernar China y cuya magnífica benevolencia y compasión compelía de manera natural a los extraños a acercarse y transformarse en contacto con la civilización.

En ausencia de contacto con algún otro estado de similar nivel cultural, la política internacional de los Han y los Tang llegó así a basarse en un sistema de tributo, en una relación recíproca entre superior e inferior comparable a las Tres Obligaciones que mantenían en orden a la

sociedad nacional china. Puesto que el emperador generalmente retribuía la presentación de ofrendas de tributo con espléndidos obsequios, materialmente valía la pena aceptar la supremacía china. Además, el sistema de tributos se transformó tempranamente en el marco institucional -y en una cobertura efectiva- para el comercio con los extranjeros.

Con la cesión del poder central Tang, los cerca de diez estados sucesores de la China del siglo X se concentraron en una organización política multiestatal algo similar a la de la era de los estados guerreros previa a la unificación Qin. En sus relaciones interpersonales los gobernantes recurrieron a algunas prácticas propias de aquellos tiempos, tales como negociar a través de mensajeros, a pesar de que sus relaciones multiestatales estaban ahora centradas en la cuestión de quién haría revivir el poder imperial central. Pero ahora tomaron parte en esta competencia los gobernantes no chinos de la periferia del país. Cuando los no chinos comenzaron a gobernar por primera vez un pueblo chino en el norte, la vieja amalgama de organización política y cultura se vino abajo. El orden mundial chino establecido por los Han y revivido por los Tang como un sistema de pensamiento e instituciones para manejar las relaciones internacionales se había desintegrado.

La dominación extranjera comenzó con el surgimiento de los qidan -un pueblo mongol, del cual la Europa medieval tomó el nombre de Catay para China del Norte-, quienes mantuvieron por más de dos siglos (916-1125) un imperio sobre algunas regiones de China del Norte, Manchuria y Mongolia. En su origen los qidan habían sido un pueblo sólo seminómada, que dependía tanto de los cultivos agrícolas, especialmente el mijo, como de las ovejas, los caballos y los cerdos. Llegaron al poder situándose a horcajadas en ambos lados de la frontera entre la estepa y los terrenos cultivados, combinando la fuerza militar de los jinetes nómadas con el sustento económico que proporcionaba el trabajo de los campesinos. La federación de tribus que fundó el imperio fue dirigida por el clan imperial Yelü, que prolongó su régimen adoptando la institución china de la monarquía hereditaria y muchas de las formas de gobierno confuciano. Según los estudios de KA. Wittfogel (Wittfogel y Feng, 1949) y otros, el imperio Liao, como se autodenominó, fue un Estado dual: su zona sur comprendía dieciséis prefecturas de China del Norte (de las cerca de trescientas en el imperio Song; ver Mapa 13), las que eran gobernadas al estilo chino por instituciones de la burocracia civil heredadas de los Tang. La zona norte del dominio qidan, muchísimo más grande, era gobernada por los jinetes, como siempre. De esta forma, mientras los funcionarios del emperador qidan para el área sur se reclutaban mediante el clásico sistema de exámenes, los arqueros montados del norte se movilizaban y entrenaban para servir en una guardia de élite, el ordo (de donde deriva el término “horda”). Con el tiempo se estableció una docena de ordos en áreas separadas totalizando unos 600 mil jinetes, una fuerza móvil de choque mantenida en reserva.

Este Estado dual descansaba sobre una población de tal vez cuatro millones de habitantes, esto es, aproximadamente un quinceavo de la población del imperio Song localizado al sur. No obstante, el impresionante poder de la caballería Liao obligó finalmente a los Song a pagarles subsidios anuales para mantener la paz en la frontera. En Kaifeng, los emperadores Song del norte debieron contemporizar con los qidan celebrando tratados en los años 1005 y 1042, por los cuales los Song aceptaban un status inferior y pagaban un tributo anual. En 1044 debieron aceptar similares términos en un tratado con los gobernantes tangut del estado occidental de Xia (Xixia) en China noroeste. A pesar de toda su riqueza y progreso, el gran imperio Song careció de la determinación más que de los medios para someter a estos bárbaros.

Sorprende que la pólvora haya sido creada por alquimistas chinos en el siglo IX, como nos cuenta Needham, porque contra los invasores nómadas los chinos sólo utilizaron bombas simples y lanzadores de fuego. Es evidente que ese gran avance en la tecnología militar fue de poca importancia para los estadistas Song de enseñanza clásica. En este sentido, el confucianismo fue poco ágil para ir al ritmo de la tecnología.

En el año 1125, las tribus tanguts ruzhen (jurchen) de Manchuria del Norte se apoderaron del estado de Liao, tomando el nombre dinástico de Jin, “Dorado”. En un principio se mantuvo el modelo de gobierno dual. Al igual que Liao, el imperio sino-nómada Jin pudo disponer tanto de los caballos de los pastizales como del grano de China del Norte para preparar ofensivas militares que empujaron a los Song hacia el sur. Desde la fundación de su dinastía en el año 960, los Song habían tenido su capital en Kaifeng, en el origen del Gran Canal en el río Amarillo, pero hacia 1126 los ataques Jin los forzaron a abandonar China del Norte. La resistencia Song hacia dichos ataques de los ruzhen se vio maniatada por las controversias acerca de si era mejor pelear o apaciguar a los invasores. El dilema tuvo un punto álgido en 1141, cuando el consejero jefe y principal negociador Qin Gui dispuso el asesinato de un líder guerrero, el general Yue Fei, quien fue por tal motivo inmortalizado como un modelo para los patriotas chinos en el futuro. El año siguiente los Song del sur debieron ceder por un tratado la China del Norte hasta el río Huai, y aceptaron convertirse en vasallos de los Jin y pagarles un tributo anual. La llanura de China del Norte, unida a la región inferior del Yangtsé, había sido el