3 Reunificación en la era budista
6. El gobierno en la dinastía Ming
El legado del emperador Hongwu
Durante los 276 años que reinó la dinastía Ming, desde 1368 hasta 1644, la población de China se duplicó, pasando de ser aproximadamente 80 millones a cerca de 160 millones de habitantes. Se evitaron en gran medida las destructivas luchas internas, y grandes logros en educación, filosofía, literatura y arte reflejaron el alto nivel cultural de la sociedad noble. Sin embargo, la transición de los Yuan a los Ming no fue muy prometedora: el régimen Ming primero se militarizó para expulsar y contener a los mongoles, y sólo posteriormente trabajó para mantener la estabilidad nacional y evitar la influencia desde fuera de China. El resurgimiento chino que arrojó fuera a los conquistadores mongoles no procuró la continuación de la era Song, pero en teoría intentó retornar a los modelos de los Han y los Tang, preservando todo ese tiempo, de hecho, ciertas características de los Yuan.
El carácter de la era Ming fue establecido por la mentalidad del fundador de esa dinastía, Zhu Yuanzhang, quien reinó como el emperador Hongwu (“vasta fuerza militar”) desde el año 1368 al 1398. Zhu había sido un campesino que de niño padeció hambre y fue mendigo; aprendió a leer y escribir gracias a unos sacerdotes budistas, e ingresó a una secta religiosa antimongol. Surgiendo como un guerrero rebelde, superó en violencia a sus competidores en la región del bajo Yangtsé, obtuvo la ayuda de eruditos confucianos para realizar proclamas y rituales en exigencia del Mandato Celestial, expulsó a los príncipes mongoles fisiparos en 1368, y construyó una gran capital en Nankín (ver Mapa 17).
Haciendo un balance, y a pesar de haber sido elogiada como la de cualquier fundador dinástico, la personalidad de este nuevo autócrata parece haber resultado un desastre para China. De aspecto muy desagradable, Hongwu era brutalmente enérgico y sufría de violentos accesos de cólera y de una suspicacia rayana en la paranoia en relación a supuestas conspiraciones en su contra. Frederick Mote (en CHOC 7) señala que muchas peculiaridades del dominio Ming provenían “de las características personales de este hombre extraño y poderoso”.
El anhelo de Hongwu era mantener el control centralizado sobre el Estado más grande y más diversificado del mundo. Con este fin, emitió un sinnúmero de advertencias y regulaciones para guiar la conducta de sus súbditos: códigos legales, mandatos, instrucciones ancestrales, una serie de magnas proclamas, estatutos para el pueblo y para el gobierno y regulaciones ceremoniales. Como Edward Farmer indica, tales códigos constituían un patrón del orden social ideal, e incluían sanciones para respaldarlo. Lleno de ideas, Hongwu fue más un ideólogo que un militarista.
En el terreno de la acción práctica, Hongwu comprendía gracias a su propia experiencia la penosa situación de los poblados agrícolas, y utilizaba todo un repertorio de estrategias políticas para recabar el impuesto territorial, plantar árboles para combatir la erosión, mantener los diques en los ríos Amarillo y Yangtsé, conservar los graneros abastecidos contra la hambruna, apoyar los sistemas de responsabilidad mutua para eliminar el bandolerismo y alentar a la nobleza a socorrer a los necesitados. No obstante, su perspectiva económica se veía limitada por la visión convencional confuciana de la agricultura como fuente de la riqueza del país, el comercio como algo deshonesto y parasitario, y la frugalidad como la principal virtud imperial. Su gobierno intentó fomentar comunidades autosuficientes que mantuviesen el orden por sí mismas, que el ejército se autoabasteciera y que la población rural proporcionara la mano de obra no remunerada para la construcción de caminos locales y para servir en el palacio del mandarín. Su idea de la frugalidad llegaba al punto de pagar a sus funcionarios sueldos meramente nominales, de modo que ellos tuviesen que mantenerse por medio de
cobros no estipulados en la ley. Así, la versión de Hongwu de la política de no imponer nuevos impuestos condujo inevitablemente a la corrupción.
La principal preocupación de Hongwu, en todo caso, era la fuerza militar. Con el fin de evitar un resurgimiento mongol copió el sistema militar de los Yuan, estableciendo guarniciones chinas en puntos estratégicos y creando una casta hereditaria de soldados que se mantendrían gracias a la agricultura pero que estarían siempre listos para la lucha. Donde los príncipes mongoles habían formado una nobleza disgregada con grandes propiedades, Hongwu hizo de sus comandantes una nobleza militar china con rangos y salarios superiores a los de los altos funcionarios civiles, por lo menos hasta que comenzó a sospechar de traición y mandó asesinar a un gran número de ellos.
Puesto a elegir entre el wen y el wu -los complejos civil y militar en el gobierno imperial-, Hongwu apoyó la violencia a pesar de todas las leyes y alocuciones morales que él mismo había dictado. En 1380, al percatarse de que su primer ministro conspiraba en su contra ordenó decapitarlo a él, a todos los integrantes de su familia y a todos los que estuviesen incluso remotamente conectados con ella, alcanzándose con los años un total de 40 mil personas (¡las redes de guanxi tenían sus peligros!). La continua decapitación de funcionarios y varias purgas posteriores pueden haber aumentado ese total a 100 mil víctimas. La pérdida de talentos y el reinado del terror resultantes difícilmente podrían haber permitido que el gobierno confuciano prosperara. Los castigos a golpes -azotes con varas de bambú grandes o pequeñas- y la humillación en recintos abiertos pasaron a ser cosa de todos los días en este período. La víctima era puesta boca abajo amarrada de manos y pies, y debía recibir tantos bastonazos en sus nalgas desnudas como fueran prescritos a viva voz. Ningún ritual pudo haber sido más degradante o más amenazador para la vida, ya que la piel se partía y resultaba muy difícil evitar una infección del tejido herido. ¿En 1519, por haber recomendado que el emperador no continuara en el sur alejado de sus deberes, 146 hombres fueron azotados, once de los cuales murieron. En 1524, algunos funcionarios rechazaron los honores imperiales hacia el padre y la madre del emperador, puesto que éste había heredado el trono de su primo: 134 fueron azotados, dieciséis de ellos hasta la muerte. Se tiene la impresión de que el emperador y sus burócratas se involucraron a menudo en una lucha institucional que la violencia imperial no fue capaz de resolver.
La devastadora determinación de Hongwu de imponer y mantener su control personal podría ser el origen de sus errores de juicio. De esta manera, su obsesión por retener el poder central -un imperativo heredado de la historia- lo llevó a abolir en 1380 la secretaría central y el cargo de Primer Ministro, de modo que él como emperador fuese el “gerente general” civil y militar del reino; ello le aseguraba el control pero también constituía una carga extraordinaria. Uno de los máximos especialistas en la administración Ming, Charles Hucker, relata que en un período de ocho días Hongwu recibía 1.600 comunicaciones-denominadas memorias- en las que se presentaban a su consideración 3.391 asuntos. A razón de 200 documentos en un día de diez horas, cada uno recibiría en promedio tres minutos de atención. En regímenes anteriores, el que manejaba la administración diaria era el Primer Ministro o canciller, junto a su equipo respectivo. Durante los gobiernos Ming y Qing, esta carga recayó sobre los emperadores. Puesto que no todos ellos eran superhombres, el gabinete imperial a menudo padecía de embotellamientos que fácilmente podían hundir al gobierno en una rutina ineficiente.
Al suprimir el cargo de Primer Ministro y la secretaría, Hongwu había decapitado la burocracia civil. Ese Primer Ministro, como funcionario máximo de la Corte Exterior -los seis ministerios, la censura y otras oficinas en la capital-, encabezaba el escalafón del personal y se encargaba del trabajo rutinario de oficina. Ello significó que los emperadores Ming debieron gobernar a través de sus séquitos -la Corte Interior-, lo cual determinó que los eunucos se hicieran cargo de la administración, como también de los asuntos militares y otros aspectos importantes. Con el tiempo llegarían a ser 70 mil los eunucos de la corte.
Problemas fiscales
Las insuficiencias más obvias en el legado de Hongwu, desde el punto de vista de un historiador fiscal como Ray Huang (1974), se encontraban en las finanzas del imperio. Para comenzar, no existía separación alguna entre los fondos gubernamentales y los del emperador. El tercer emperador, Yongle (1402-1424), usurpó el trono en una guerra civil y trasladó la capital a Pekín, el área donde podía hacerse fuerte y también el punto estratégico para vigilar a los mongoles. En la Ciudad Imperial que rodeaba a la Ciudad Prohibida -el complejo de palacio- en Pekín existía un área de casi ocho kilómetros cuadrados donde más de cincuenta tiendas de abastecimientos o servicios empleaban a cerca de 100 mil artesanos y otros trabajadores para satisfacer las necesidades de la familia imperial, sin distinción alguna entre funciones públicas y privadas. Ello concordaba con el hecho de que la vida personal y la conducta ceremonial del emperador constituían un factor clave en la actividad del Estado y estaban sujetas de diversas formas al escrutinio y comentario de los eruditos moralistas confucianos.
Bajo la administración de los eunucos, los gastos de palacio aumentaron sin razón aparente. Lo mismo ocurrió con el costo de las tropas personales del emperador, la Guardia de
Uniformes Bordados, que actuaba no sólo como guardaespaldas sino también como policía especial, manteniendo una temible prisión donde se aplicaba un “tratamiento especial” a los transgresores políticos. La Guardia se formó en 1382 con aproximadamente 16 mil hombres, pero fue ampliándose hasta totalizar 75 mil.
Sin perjuicio de la actitud de su corte y sus herederos, el mismo Hongwu aspiraba a la frugalidad extrema. Fijó el impuesto territorial en cerca del 10% del producto agrícola, una tasa poco onerosa. Mediante esta tributación leve y en apariencia benevolente dejó a su gobierno prácticamente sin ingresos. Desde un punto de vista moderno, ello impidió el desempeño de funciones de servicio público que podrían haber ayudado al pueblo en el aspecto económico. Hongwu esperaba que, en lugar del gobierno, fueran las comunidades locales las que efectuasen todo tipo de desembolsos privados relacionados con el pago de los impuestos. A partir de 1381, y con propósitos tributarios y de control, el campesinado fue organizado en grupos de 110 familias, dentro de un sistema de registro conocido como lijia. Cada año, diez familias encabezadas por una familia líder tomaban la responsabilidad de vigilar los pagos tributarios y los servicios de mano de obra no remunerada del grupo completo. También actualizaron los Registros Amarillos oficiales de todas las tierras y familias. Tales deberes se iban rotando año tras año durante un período de diez años, tras el cual el ciclo volvía a comenzar autoperpetuando el sistema.
Esta ingeniosa disposición compartía una importante desventaja con invenciones similares como el sistema de seguridad y vigilancia mutua baojia: constituían un modelo para mostrar al pueblo cómo realizar los diversos tipos de deberes que los eruditos administradores habían ideado para ellos, pero sus detalles dejaban poco espacio para modificaciones. Cuando hubo que ajustado a las particularidades del terreno y a las relaciones personales de la vida en la aldea, los abusos proliferaron y la corrupción se apoderó completamente del sistema. Este desastroso síndrome encuentra ejemplos en la tributación, el mantenimiento del ejército y la provisión de dinero, todo lo cual tarde o temprano se tornaría inadecuado. La causa que subyace a todos estos problemas es la petrificación de la estructura institucional del gobierno en el rígido molde decretado por el fundador, de modo tal que la administración Ming resultó a la larga incapaz de ajustaría a las cambiantes necesidades del país.
En cuanto a la tributación, en primer lugar, para evitar la gravosa tarea de llevar a Pekín los ingresos procedentes de las localidades de todo el imperio las transferencias se realizaban directamente desde una fuente de ingreso específica hacia una erogación autorizada. El resultado fue una compleja red de líneas cruzadas entre ingresos y gastos automáticos, o por lo menos legales, fijada a través de precedentes inflexibles, en la que no se pudo evitar la corrupción puesto que no contaba con la supervisión de siquiera un solo funcionario. Ray Huang concluye que el principal interés del sistema fiscal Ming “fue siempre la estabilidad gubernamental”. Como cada repartición fiscal debía obtener sus ingresos de innumerables fuentes, los funcionarios locales no podían hacer valer su independencia o mejorar la calidad de su administración. Jamás se desarrolló una base financiera adecuada como para apoyar una rebelión; “las operaciones fiscales del imperio estaban tan fragmentadas que se encontraban virtualmente al resguardo de cualquier captura”.
Esta fragmentación del ingreso y del gasto dejó impotente al gobierno central. Una amplia gama de mensajeros, escribanos y personal subalterno de la casa del mandarín se hallaba casi siempre ocupada en recaudar los diversos tipos de impuestos durante todas las supuestas fechas de vencimiento a lo largo del año. El monto total del impuesto territorial no era excesivamente gravoso para la economía; la verdadera carga consistía en la ineficiencia en la recaudación y en el exceso de personal en las agencias recaudadoras. En otras palabras, miles de intermediarios vivían del sistema de recaudación de impuestos gracias a sus engorrosos procedimientos.
Por ejemplo, no había ningún ítem presupuestario para financiar la conservación del Gran Canal, el que se mantenía gracias al trabajo local no remunerado: el gobierno central no aportaba ningún tipo de financiamiento. A mediados del siglo XV existían 11.775 embarcaciones para el transporte de grano, conducidas por 121.500 oficiales y soldados que se suponía recibían su pago de las raciones del ejército. Puesto que en realidad muy rara vez se les pagaba, dichas tropas de transporte debían depender del traslado de carga privada en sus barcas. En general, dado que cada ítem de ingreso fiscal se anotaba como un pago esperado antes de ser recibido, y que las órdenes pendientes de entrega conducían a un desembolso nominal antes de ser recaudados los fondos, no había flexibilidad posible. Cualquier calamidad, como una inundación, requería de un manejo de crisis para recaudar fondos especiales.
En segundo lugar, las crónicas de la era Ming que alaban la autosuficiencia de la fuerza militar -que cultivaba su propio alimento- no son de fiar. Ray Huang afirma que el ejército estaba lejos de poder autosustentarse. Las crónicas reflejaban el ideal, no los hechos: los funcionarios militares no llevaban registro alguno, y los historiadores Ming querían que la dinastía se luciera. El programa agrícola-militar en su conjunto fue un plan elaborado sin preparación, investigación ni experimentación que lo guiara. No se estableció ninguna agencia controladora, y la administración era muy laxa. Las familias eran presionadas a ingresar al servicio militar y frecuentemente desertaban. Los soldados no recibían un pago regular, sino premios ocasionales. El sistema simplemente derivó en que los soldados retornaron a la agricultura. El estamento militar decayó a medida que disminuían sus raciones. Los soldados vendieron o hipotecaron sus tierras. Al ejército cada vez se le pagaba menos, por lo que la deserción menguaba sus filas cada vez más. Las unidades militares se redujeron a aproximadamente un 10% de su tamaño original, excepto en las fronteras, donde el ejército debía ser abastecido. Sin embargo, como aún persistía la leyenda de un ejército autosuficiente, sus métodos de financiamiento no pudieron ser abolidos ni reorganizados. El sistema monetario, en tercer lugar, fue asimismo un fracaso, un sistema totalmente incapaz de ir al paso del desarrollo comercial. En un principio el gobierno avalaba el papel moneda, pero Hongwu no sabía que la emisión ilimitada de moneda produce inflación, de modo que continuó regalando billetes como premio y limosna y, para el año 1425, aquéllos se habían devaluado hasta suponer sólo de 1/40 a 1/70 de su valor original. Finalmente, el papel moneda dejó de utilizarse. Entretanto, el gobierno prohibió el uso de la plata.
Las monedas de cobre chinas eran fundidas, no estampadas, y todo debía ser pulido a mano. Los Ming fabricaron muchísimo menos monedas que los Song, a pesar de que la demanda era mucho mayor. A menudo el gobierno no acuñaba monedas nuevas: los falsificadores privados llenaban el vacío resultante. La tarea de acuñación fue entonces destinada a las provincias. Pero los fabricantes utilizaban algo de plomo en la mezcla, lo que reducía el valor de las monedas. Así, continuó existiendo una gran escasez de éstas. El que el gobierno no hubiese realizado un proceso de acuñación adecuado favoreció la falsificación de la mayoría de las monedas, cuyo valor decayó a seis mil por un tael de plata, en oposición al antiguo estándar de mil por un tael. En resumen, el gobierno Ming no fue capaz de proporcionar una acuñación de cobre apropiada para el uso de la gente, justo en el momento en que el crecimiento del comercio aumentaba la necesidad de dinero.
Durante el siglo XVI, el desarrollo del comercio internacional produjo una esporádica pero masiva importación de plata, especialmente desde Japón y a través de diversas rutas desde el Nuevo Mundo. Como resultado, la original economía de trueque china se monetarizó. Gradualmente, los pagos al gobierno en bienes y servicios, bajo la tendencia reformista conocida como el Unico Látigo, comenzaron a combinarse y conmutarse en pagos en dinero. Los impuestos exigidos a los residentes locales y recaudados a través del sistema lijia paulatinamente fueron absorbidos por el impuesto territorial, aunque eran preservados en las cuentas. En cuanto a los servicios personales del lijia, en lugar de trabajar en los caminos u otras obras públicas aquellos que podían permitírselo empleaban sustitutos. Al final, simplemente realizaban pagos en dinero en lugar de dichos servicios.
Desafortunadamente, la entrada de plata proveniente de Japón y del Nuevo Mundo no proporcionó a China una moneda de plata. Tanto la moneda de cobre como el lingote de plata fueron utilizados en lo que devino un sistema bimetálico. Las transacciones cotidianas se hacían en monedas de cobre, a pesar de que el gobierno raramente podía abstenerse de envilecerlas. Pero no fue posible mantener una moneda acuñada de un valor fijo en plata, ya que los Ming jamás intentaron acuñar dólares de plata. El pago de tributos mediante lingotes no refinados no respondió a una planificación, sino que simplemente se recurrió a él por necesidad, ante el fracaso de todas las demás monedas. En la dificultosa circulación de plata pura fundida la unidad de cuenta -la onza o tael- variaba de un lugar a otro, y también según el tipo de comercio y de agencia gubernamental. En una ciudad podían estar al mismo tiempo en circulación veinte unidades de cuenta de taeles de plata diferentes, requiriéndose una “moneda” diferente para cada artículo importante, como la sal o la tela de algodón, y para
pagos destinados a ciertos lugares determinados. Se debía pesar y también examinar cada lingote para comprobar su pureza. La multiplicidad resultante de unidades de taeles de plata, con las consecuentes transacciones cambiarías, representaron la dominación del manipulador de dinero, quien por medio de este complejo sistema sacaba provecho de cualquier inversionista que deseara colocar su dinero en empresas productivas planificadas.
El sistema fiscal parece haber imitado el fuerte sentido de austeridad de su fundador, en su