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EXPECTATIVAS Y DECEPCIONES

In document La conquista amorosa en tiempos de Irala (página 130-132)

El gran éxito de los jesuitas no excluyó la resistencia y rebelión indígena; el Beato Roque González y el Beato Rodríguez fueron asesinados por indios. Las expectativas que creaba la protección jesuítica contra el enemigo o a favor de los enfermos fueron reemplazadas por las decepciones. Los rechazos, sobre todo, fueron provocados en reacción a las campañas de los

misioneros por los bautismos, confesiones, casamientos religiosos y catequización a fin de que los hombres dejaran “los vicios”. Los que pudieron huir y protegerse de los que vinieron a destruir sus creencias y reemplazar sus milagros, hacerles adorar a un sólo dios y además “pedirles dinero para celebrar los entierros”, se encaminaron hacia la Tierra sin Mal.

La rebelión de los indios partió principalmente de la amenaza que sintieron hacia su tradición religiosa, que defendieron con hechos y palabras; en el transcurso de una expedición horrorizó a los sacerdotes encontrar una cruz de madera esculpida en la que en reemplazo del Redentor, había un pájaro negro clavado. Una de las manifestaciones de resistencia religiosa más significativas fue dirigida por Obera; los guaraníes cantaron y danzaron ininterrumpidamente durante días, re- bautizando a los bautizados y signándoles nuevos nombres. El sentido de este movimiento era la liberación contra la sevidumbre colonial, la defensa del modo de ser tradicional y autoafirmación de la propia identidad.

Las reacciones de violencia y los castigos del “cielo” contra los rebeldes llegaron de inmediato. Algunos misioneros no aguantaron la lucha y se volvieron a España, pero los que se quedaron, con la firme convicción de ser los privilegiados y ayudados por la mano de Dios, soportaron inundaciones, calores, tormentas, mordeduras de insectos, víboras, y con el cuerpo cubierto de heridas, sanguijuelas, picaduras y piques, o quemaduras de sol, siguieron su misión evangelizadora.

Las poblaciones nativas recibían a unos mejor que a otros, Montoya se encuentra entre los afortunados porque al llegar por primera vez a un pueblo le recibieron con llantos y lamentos — dicen que cuanto más importante era el invitado más fuerte el tono de los llantos y lamentos— le sentaron al lado del anfitrión, llegaron unas mujeres y lo rodearon sin que nadie hubiese abierto la boca, hasta que se pusieron a llorar y gritar, a lamentarse por sus muertos o mala suerte, a contar sus expediciones. Los hombres los siguieron, y también cubriéndose la cara con las manos se lamentaron y lloraron y secándose las lágrimas le dieron la bienvenida.

En el Brasil, los misioneros encontraron un medio de acercamiento que tuvo gran aceptación, que consistía en ir de pueblo en pueblo cantando con palabras de alabanza al Dios cristiano, con niños huérfanos rescatados de las tribus indígenas o traídos de Portugal. El que comenzaran la evangelización con música, dada la fascinación que sentían los indígenas por la música y el canto y que además lo hicieran con niños, resultó una táctica muy eficaz. El padre Dobrizoffer cuenta que tocaba el violín y aunque era un malísimo intérprete, lo miraban como a Orfeo.

En el Paraguay intentaron la misma experiencia, con huérfanos de yanaconas o comprando niños a los prisioneros o tomando gemelos recién nacidos que algunas tribus tenían por costumbre matar. Niños no faltaron. Pero esta práctica de cantar con los niños ambulando de pueblo en pueblo dejó muy pronto de ser considerada por la Corona un medio privilegiado de evangelización y fue prohibida en el Paraguay. El resto continuó: tanto los cantos, la liturgia, y las manifestaciones colectivas como la comunión o las procesiones, con velas y campanillas. Nada de esa fastuosidad, que tanta impresión causara a los ojos del indígena, se eliminó; ni los regalos ni las perlas ni las cintas de colores, pero sin duda alguna, fue el aspecto ritual el que se adecuó mejor a la manera de ser del indígena. No se debe olvidar que todas las etapas de la vida del guaraní estaban marcadas por rituales. Vivían con el temor a que la tierra les tragara o el cielo se les cayera encima, porque si no respetaban sus reglas podían ser objeto de represalias por parte de los espíritus maléficos. Creían que las almas errantes causaban disturbios a las personas y que sólo la práctica de sus ritos, fiestas y danzas tradicionales, acompañados de instumentos rituales, —takuaras o yvyraí y maraka— con sentido mágico, podían combatirlas.

En ningún pueblo como en los del Paraguay el paje cumplía una función tan importante. Aun sin ser considerados sacerdotes eran muy respetados por su don de profecía y adivinación. Sus prácticas religiosas ponían orden donde había desorden, castigando al que no seguía las reglas convenidas y sancionando a los que las violaban; con la “succión” extraían el mal del cuerpo y lo liberaban de las malas influencias. Sin duda, su papel pudo haber sido reforzado por la realidad colonial, y su importancia hubiera servido a facilitar el papel de los sacerdotes al reemplazar a sus mesías. Con todo, no parece que los indígenas interio-rizaran las nuevas enseñanzas. La noción de pecado, aun en la búsqueda constante del estado de purificación, no fue asimilada, como tampoco el ser bueno o malo tenía sentido para el indígena, ya que después de todo fueron “los cristianos los que mataron a

Cristo”. Esto llevó a un paje a preguntar a un misionero por qué su dios, tan misericordioso, había

podido dejarlos tanto tiempo en la obscuridad y en las tinieblas de la infidelidad, y permitido que se condenaran...

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