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FORMA DE VIDA DE LAS REDUCCIONES

In document La conquista amorosa en tiempos de Irala (página 124-128)

La jornada de trabajo era de ocho horas, pero con desigual rendimiento. Después de la Misa trabajaban hasta las cinco de la tarde. El final de la jornada era anunciado por un toque de campana, mientras que el Angelus de las cinco y cuarto daba la señal de levantarse, aunque muchos ya estaban tomando mate a esas horas, obligados a madrugar por el clima.

Tenían la obligación de asistir a Misa todos los días, después hasta los caciques iban a trabajar; las mujeres en la agricultura, sobre todo en época de recolectas y cosechas. El resto del año se dedicaban más bien a las actividades domésticas: cocinar, lavar en las lavanderías públicas, limpiar la casa y cuidar la huerta. Las niñas hilaban, tejían y cosían y los niños aprendían a cantar y a tocar algún instrumento musical. No había un verdadero corte entre la escuela y el trabajo. Los que no trabajaban no comían, salvo los viejos y enfermos. Todo se desarrollaba bajo el estricto control de un inspector.

La asistencia a la escuela o talleres era obligatoria para los niños a partir de los siete años, y para los adultos existían cursos de perfeccionamiento donde se aprendía contabilidad y administración. Seleccionaban a los mejores para formarlos en las ciencias y letras. La enseñanza se impartía en

guaraní, y luego de la expulsión de los jesuitas se prohibió hablarlo en las escuelas. Los guaraníes eran muy buenos copistas; escribían en caracteres de imprenta y caligrafía gótica.

En las horas libres escuchaban la lectura de un libro hecha por un Padre. El teatro también era una ocupación importante, el primer drama representado por los indígenas fue una pieza antiesclavista compuesta por un jesuita, pero, sobre todo a los hombres les gustaba el juego de la pelota, el fútbol en particular.

Todos iban vestidos de la misma manera, los adultos recibían ropa una vez por año y los niños dos. Los hombres llevaban bombachas amplias como los españoles y por encima un poncho blanco. No usaban medias ni zapatos. Las mujeres llevan vestidos sin mangas, largos hasta los tobillos, anudados con un cinto, y una túnica con mangas que se llamaba typói por encima, y se la sacaban para trabajar.

Desde el punto de vista urbano, todos los pueblos de las reducciones estaban construidos siguiendo un mismo modelo. Ocupaban lugares estratégicos, con buen clima y ventajas defensivas, en la proximidad de los ríos y a pocas leguas de distancias unos de otros.

En el centro de las misiones se hallaba una gran plaza, por lo general. En ella se colocaba la estatua del patrón religioso. La Iglesia era el centro de referencia de las demás construcciones; a un lado de ella se ubicaba el cementerio; del otro el hospital, que a veces estaba junto a la Casa de las viudas y de los Padres o Colegio. Las tiendas y la Alcaldía generalmente también se hallaban junto a la plaza, como el tambo donde hospedan a los extranjeros y la Casa del Pueblo, que en San Ignacio, con su hilera de columnas, era especialmente bella. De la plaza central salían tres o cuatro amplias avenidas. Los talleres ocupaban grandes espacios y los indígenas trabajaban en el patio o en las arcadas. Las casas de los indígenas, de madera o piedra, dispuestas en grupos de siete u ocho bloques, rodeaban la plaza, cada bloque tenía unos ciento treinta metros de largo, con un corredor a nivel de la calle por delante y otro por detrás, y un patio interior común a todas las habitaciones. Estas casas no tenían ventanas, ni muebles; se dormía en hamacas que se retiraban durante el día. De la plaza central salían tres o cuatro grandes avenidas de quince a veinte metros de largo. En días de lluvia se podía atravesar sin mojarse bajo los corredores.

Organización política

La autoridad suprema de cada pueblo era el Rector. El Provincial vivía en la capital de las Provincias y se comunicaba con el Rector por medio del Coadjuntor. El Doctrinero era el encargado de propagar la fe y el Despensero de repartir las provisiones. Un Corregidor español representaba al gobierno de la Provincia y un Protector de Indios se encargaba de hacer aplicar las leyes. El Alcalde imponía la justicia y el Capitán se hacía cargo de la instrucción militar y organización de las fuerzas armadas, ambos indígenas.

El acceso de los caciques a las funciones públicas los convirtió en la pequeña nobleza, y aunque Doblas niegue la importancia que pudo haberles sido atribuida, de cualquier manera fueron nombrados Tenientes o Mayordomos, destinados a controlar a los demás indígenas, lo cual suponía una discriminación.

El voto era público y no había partidos políticos. Un Corregidor podía quedar indefinidamente en su puesto si era votado varias veces consecutivas. El Concejo se reunía regularmente y duraba varias horas. Todas las mañanas, el Corregidor, el Alcalde y el Cura, se reunían. El libro de Órdenes

contenía el Código Penal, donde estaban escritas las sanciones que serían aplicadas a los delincuentes y criminales . Los castigos consistían en oraciones y ayunos y para las más graves, el encarcelamiento. El castigo corporal en principio estaba fijado a veinticinco latigazos, pero se podía repetir según la importancia del delito. Los brujos eran expulsados del pueblo, después de cumplir un año de prisión y recibir tres series de latigazos. Cuando los indígenas se resistían a asistir a Misa o al Rosario, se los mantenían encadenados. No existía la pena de muerte pero sí la cadena perpetua que en 1716 se reducía a diez años. Las mujeres eran juzgadas por otras mujeres y las condenas femeninas se cumplían en la Casa de las viudas.

Organización económica

La organización económica fundamentalmente basada en la agricultura les hacía estar expuestos a los cambios de clima bruscos, debían luchar contra el viento norte que azotaba como el fuego y el helado del sur. El granizo y las plagas de langostas eran otros de los principales enemigos.

Grandes viveros protegían los cultivos de las escarchas y tormentas. Existían además, canales de irrigación y máquinas hidráulicas. Producían todo el año con cuatro cosechas, y los cultivos habituales eran el maíz, la mandioca, las papas y la yerba mate. Los jesuitas introdujeron el trigo, el arroz, la caña de azúcar, el algodón y el tabaco que eran considerados tan buenos como los de La Habana. La yerba mate era de un gran rendimiento comercial y se exportaba en grandes cantidades. En las huertas, cubiertas de legumbres y verduras, nunca faltaban los yuyos o plantas medicinales muy estimadas por los guaraníes. Las grandes cosechas de los pueblos jesuíticos contrastaron con el desarrollo de la América española que, sin lugar a dudas, no conocía igual prosperidad.

La distribución de los productos se hacía sin intermediarios, y ellos además servían como sistema de pago. El funcionario responsable distribuía directamente al representante de la familia, teniendo en cuenta el número de hijos y dependientes. Ciertos productos eran distribuidos dos o tres veces por semana y otros todos los días. El valor de los productos se fijaba en pesos, simbólicamente, sólo por dar un valor relativo a las mercancías, según la rareza de los productos, y el trueque era una práctica muy frecuente.

El comercio, dirigido por la comunidad, llevaba a centenares de indios sus productos a los pueblos. Los productos de exportación se llevaban a Buenos Aires y Santa Fe, y eran transportados en canoas y barcos. La yerba mate y el tabaco, el algodón y el azúcar, los encajes y bordados, los objetos fabricados en madera y cuero, y las tinturas, la miel y las frutas, eran enviados al extranjero, y se traían del exterior minerales, utensilios de trabajo y uso doméstico de los más sofisticados, como la seda, el papel y el vino. En “Esprit des Lois” Montesquieu defiende a los jesuitas y señala el carácter colectivo de los beneficios del comercio. Como los rumores de explotación no cesaban, los jesuitas se defendían afirmando que las ganancias de todo lo vendido iban a la comunidad, salvo lo que se retiraba para pagar impuestos a la Corona; la plusvalía servía para crear nuevas empresas y mantener las no rentables como las diferentes Casas, Iglesia y Ejército. Los jesuitas insistían en señalar que los avambaé pertenecían a los indígenas y que el tupambaé era comunal, aunque no decían que los avambae no fueron casi explotadas y no porque estuviesen en contra de la propiedad privada, sino porque la rentabilidad de la producción comunitaria artesanal, industrial y comercial, no se lo permitía. Tampoco se conocían talleres privados. Los jóvenes recibían, una vez casados, viviendas en propiedad.

que haya sido conservado hasta el final. Azara, nombrado Comisario del Gobierno en la demarcación de límites tras la expulsión de los jesuitas, critica el régimen diciendo que el sistema comunitario ha impedido desarrollar talentos y cohartado la iniciativa personal tomando a los indígenas por niños grandes. Fue, en 1803, bajo indicación de Azara, cuando se produjo la distribución de tierras a los particulares.

Nada pudo impidir que las estancias que poseían los Padres fueran las más bellas del continente; tenían centenares de hectáreas, cuyos límites estaban delimitados por una muralla de cactus. Dicen que la estancia del Padre Sepp tenía más de diez mil animales, y las demás entre cinco y seis mil. Poseían unas modestas minas de hierro para fabricar armas, pero el oro, la plata y el cobre los traían desde afuera.

El arte y la imprenta

Los indígenas sabían construir casas de paja y canoas, fabricar utensilios, armas y confeccionar sus adornos de pluma, pero no sabían tejer ni ejercían ningún oficio. Muy pronto, sin embargo, se convirtieron en grandes tejedores, confeccionaban sus propias ropas y hasta las exportaban a Europa, además se convirtieron en buenos orfebres, relojeros, cerrajeros, carpinteros y albañiles de sólidas construcciones de ladrillos. Tampoco faltaron sierras y curtiembres, en las que trabajaron hábilmente. Al borde de los ríos Paraná y Uruguay construyeron barcos. Y se convirtieron en pintores y escultores, creadores renombrados por la belleza de sus creaciones, en particular de los tapices y encajes que las mujeres tejían copiando a los más sofisticados modelos europeos, y los relojes que los hombres fabricaban a la manera de la metrópoli. Montesquieu dice al respecto que la obra de los jesuitas en el Paraguay ha sido grandiosa, aun si se la reduce únicamente al ámbito industrial. Los colonizadores españoles despreciaban las artes y los oficios, mientras que los misioneros enseñaron a los indígenas a apreciarlos; tanto fue el entusiasmo que pasaban la mayor parte del tiempo metidos en sus talleres, y hasta consideraban que ejercer algún arte u oficio los ennoblecía.

Hasta entonces, las formas visuales desarrolladas por los indígenas en sus comunidades de origen tenían una significación socio-cultural y no estética: aunque no estaban aisladas de las funciones culturales y sociales, el contenido determinaba la significación en forma tal que lo estético pasaba a ser secundario. Los complejos símbolos socio- culturales, de carácter elemental, ritual, social o mítico, iban ligados a la experiencia de la vida cotidiana y a la naturaleza; a partir del siglo XVIII, la estética occidental dominó las manifestaciones indígenas artesanales.

Con el impacto colonial —dice Ticio Escobar— el indígena no incorporó los signos coloniales al núcleo central de su cultura visual, y los elementos fabricados bajo la influencia europea sólo afectaron a las piezas destinadas al trueque. Las piezas destinadas a las prácticas cotidianas, comprometidas con los aspectos más profundos de su ser, relacionadas con los actos ceremoniales y funerarios, permanecieron relativamente inalteradas, mientras que las esculpidas en madera y piedra, los frescos y cuadros de las iglesias, fueron inspirados en obras clásicas o renacentistas.

Louis Berger y Jean Vassaux les enseñaron la música instrumental y vocal a los indígenas, y ambos tuvieron una influencia fructuosa en las manifestaciones artísticas. En cada reducción existía una escuela de música y canto y se formaron en ellas verdaderos virtuosos del violín, que se fabricaba allí como los demás instrumentos. El repertorio era en latín y la música polifónica.

La primera imprenta del Río de la Plata se instaló hacia el año 1700, tal vez unos años más tarde, y fue enteramente fabricada en el lugar. Funcionó unos treinta años, en los que se editaron principalmente libros religiosos. Entre las publicaciones se encuentran el sermón de Nicolás Yapuguai, un guaraní convertido al catolicismo, un catecismo, una gramática y el diccionario guaraní de Montoya; también se tradujeron al guaraní el libro de Nieremberg y Temporal y Eterno del Padre Sepp. Quedan de esa época mapas astronómicos y geográficos elaborados en esa imprenta. Algunas de estas obras se pueden ver en la Biblioteca de la Universidad de Munich o en el Museo Histórico de Buenos Aires.Una Ordenanza Real prohibió, años después de fundada la imprenta, ediciones en guaraní.

Si bien se publica en guaraní, no se trata de literatura guaraní. Es una literatura para el indígena guaraní, pero no es la suya. El catequizador dio por hecho el vacío espiritual del indígena; su cultura de transmisión oral fue totalmente relegada y desplazada por otras reglas, usos y costumbres. Persistieron, sin embargo, los mitos y leyendas, como dice Josefina Pla, parte de un sistema hermético y diferenciado de sabiduría que ya tiende a alcanzar el nivel de superstición. A través del proceso de mestizaje y catequización de la masa rural la tradición se dispersa y desfigura.

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