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LAS REDUCCIONES

In document La conquista amorosa en tiempos de Irala (página 122-124)

Con una moral uniforme y un sistema de educación rígida, la Compañía de Jesús modeló a la sociedad paraguaya del siglo XVI y XVII. Presente en todo el país además se desplazó por otros territorios. Desde el punto de vista eclesiástico, las reducciones de Paraná dependían de Asunción y las de Uruguay, de Buenos Aires. Los jesuitas gobernaron con total autonomía, sin tener en cuenta las cláusulas del Concilio de Trento. Ninguna autoridad, civil ni eclesiástica, tenía poder sobre este “reino” jesuítico que se desarrolló con todo esplendor al margen del mundo colonial. De un extremo a otro del territorio colonial paraguayo dejó sus huellas perennes y ayudó a conservar la identidad lingüística de la población autóctona.

En 1589 se inició la aventura cuando dos jesuitas desembarcaron en este territorio, y a petición de Hernandarias juntaron a un centenar de guaraníes para formar un pueblo que se convertiría más tarde en treinta y tres pueblos con doscientos cincuenta mil indios. Comenzaron construyendo en Asunción una casa, una iglesia y un colegio. La población se multiplicó con facilidad gracias al atractivo que ellos ejercieron sobre los indígenas.

Las primeras misiones, en realidad, ya datan de 1580 y fueron franciscanas. Los jesuitas llegan a América, a Salta, recién en 1586, invitados por el dominico Francois de Vittoria, primer Obispo de Tucumán. La “República jesuítica del Paraguay”, que también se sitúa fuera del territorio paraguayo, se inicia a partir de 1589, como se menciona anteriormente, y llega a su apogeo cien años más tarde. Los franciscanos llegaron con Don Pedro de Mendoza, y aunque se ocuparon más que nada de la vida espiritual de los españoles, criollos y mestizos, en cada pueblo que iban fundando también tuvieron como objetivo la conversión de los indios. Los colegios y seminarios para los hijos de los españoles, las casas para jubilados y misiones ambulantes que organizaron los jesuitas fue seguiendo el ejemplo de los franciscanos.

Un conjunto de religiosos, que llevaban ya treinta años trabajando con los indígenas en el Paraguay, buscando evitar conflictos con los colonos se agrupó para fundar una Provincia separada. A éstos se fueron agregando otros, las misiones errantes se asentaron en núcleos cerrados, aislados, y muy pronto se convirtieron en las numerosas y prósperas Misiones del Paraguay. Hernandarias había tenido razón al decir a los reyes que el Evangelio lograría someter a los indígenas; hasta los del Guayrá terminaron acercándose a las Misiones.

Lo cierto es que franciscanos y jesuitas muy pronto cayeron en la cuenta, una vez disipadas las dudas de la condición humana de los indígenas y en virtud del Evangelio, de que habían encontrado almas vírgenes. En un principio los indios despertaron curiosidad en la Europa cristiana, pero también miedo, y aterrados los teólogos se preguntaban si no estarían frente a bestias. Recién en 1537 la bula papal de Pablo III los reconocieron efectivamente como hombres, pero algunos, como Las Casas, debieron seguir combatiendo bastante tiempo después para conseguir que los respetasen como seres humanos. La mayoría de los europeos utilizó el pretexto de la captura del diablo para justificar los malos tratos y sometimientos forzados.

La gran aventura de convertir a los espíritus de tantos miles de paganos fue la mayor conquista jamás concebida por los religiosos. En el Paraguay los misioneros bautizaron a centenares de indios, convencidos de ser los elegidos privilegiados de esta conquista espiritual. El Padre Montoya cuenta cómo se le acercó a tres Padres de la Compañía una tropa de “bestias muy brillosas”, con las cabezas agachadas, el hocico por el suelo y gruñendo como traídos a la fuerza, hasta que lograron juntarlos y guiarlos hacia una iglesia en la que, apenas entraron estas bestias, se transformaron en hombres y se escuchó una voz que repetía: “Señor, tu salvarás los hombres y las bestias “.

Los misioneros, animados por un fuerte espíritu místico, se martirizaban para poder enfrentar los peligros del espíritu o como ejemplo de santidad; en señal de esclavitud uno se hizo encadenar con alambres puntiagudos, otro escondió una herida hasta morir y hubo hasta quien pasó sin beber agua diez y ocho años, pero el más asombroso fue el padre Cataldino, que en ese ambiente de lujuria dijo no haber visto un rostro de mujer en toda su vida.

Pocos años pasaron desde la llegada de los misioneros y ya se contaban por miles los indios que aclamaban la bendición que les protegiese de Satanás. Y se convirtieron en seres “amables y pacíficos”, buenos trabajadores, carpinteros hábiles y agricultores competentes. Pero en lo que al bautismo y evangelización se refiere, fueron más rebeldes y muy pronto volvían a las andadas. “Se parecían a sus tierras, dice un Padre, si no se les cuida se llenan de hierbas y no hay mas solución que reducirlos a una vida de control y disciplina”. De esa rebeldía surgió el pedido de Hernandarias para fundar las misiones.

Pero, sobre todo, los jesuitas se convirtieron en precursores de la lucha contra el colonialismo y creadores de un pequeño paraíso, ejemplo a ser imitado por todos los estados. Montesquieu y Voltaire siguieron con sumo interés esta experiencia que les demostraba que hasta los pueblos más salvajes podían desarrollar ideas de progreso e igualdad, gracias a instituciones que respetasen las leyes y a un gobierno que inspirase amor hacia el otro. Unos la compararon con la República descrita por Platón, otros con el modelo utópico de Tomás Moro o Campanella.

Lo cierto es que en esta sociedad no había diferencias entre ricos y pobres, entre nobles y gente del pueblo. La experiencia —según opinaban algunos— se asemejaba a las de ideologías socialistas de inspiración comunitaria, que no habían sido conocidas ni prosperado en ningún sitio. Los padres se defiendían, alegando que se trataba de un malentendido, que no se trataba de ningún comunismo. Aquí se aplicaba escrupulosamente la legislación colonial española y la administración se ajustaba al carácter racial de los guaraníes. Esta explicación tranquilizó a los desconfiados sólo por un corto tiempo. La experiencia jesuítica duró con un éxito incuestionable, más de un siglo y medio en el Paraguay, hasta que llegó la orden de expulsión de la Compañia de Jesús de todo el territorio americano.

Montoya, autor de la “Conquista espiritual”, considerado el realizador del Estado Jesuítico, llegó en 1612 como superior de la República guaraní . Este ilustre apóstol que, según parece, había vivido una juventud muy descocada, pasó a su vocacion apostólica en el Paraguay, “...donde transportado

a una región extraña, lejana, se siente separado de sí mismo al punto de parecerle estar muerto... ahí ve una concentración de paganos cautivos, maltratados e injuriados... y al mismo tiempo estos hombres están más resplandecientes que el sol...”. Convertido en misionero, busca asumir el papel

de ángel de este cuadro apocalíptico, y comprende que es el Paraguay el lugar que Cristo le designara para llevar la Nueva Buena a los paganos.

Los milagros comenzaron a manifiestarse y los castigos que caían sobre los hijos del pecado también. Cuenta un Sacerdote que una indígena no quiso recibir el Bautismo y parió dos veces una

víbora. Pero no todos los métodos de persuación eran tan terroríficos, los jesuitas, hábiles y sutiles, adaptaron las creencias indígenas a los principios cristianos. En eso radicó el sincretismo eficaz de que nos habla Bareiro Saguier al señalar que el tupa guaraní, divinidad secundaria dentro de la mitología guaraní, se transformó en Dios cristiano, tal vez, por ser un Dios que infundía temor a los indígenas.

Una de las razones del éxito, sin duda, ha sido la utilización del guaraní como lengua de comunicación, como hicieron anteriormente los franciscanos. Los padres Bolaños y Solano editaron un catecismo, una gramática y un vocabulario, el Padre Montoya llegó a editar un diccionario y Roque González de Santa Cruz tradujo unas oraciones que facilitaban la tarea de evangelización de los jesuitas. Los padres aprendieron el guaraní, y lo estudiaron con un cuidado particular cuentan como prueba de un milagro el caso del Padre Barcena que a la edad de sesenta años aprendió en seis meses nueve lenguas indígenas.

Sin duda alguna, la sensualidad también jugó un papel muy importante en los fenómenos de sincretismo religioso, y tal vez se deba a eso la fuerte carga erótica que se ve en ciertas celebraciones actuales de carácter mágico-religioso; los payés buscan fundamentalmente solucionar querellas amorosas con reminiscencias de creencias indígenas sincretizadas con ritos cristianos. La interpretación erótica de la religión ha hecho inmensamente populares ciertos festejos, como el de la Virgen de Caacupé, en la que se hacen hijos orando a la Virgen, y las funciones patronales, donde se atribuyen funciones afrodisíacas a algunos santos y patrones, como a San Antonio.

El modelo de las Misiones distaba mucho de dar el trato ideal a los indígenas. Por eso en 1593 el Padre Romero condenó esta organización eficaz pero fuente de mala conciencia, y se rebeló contra el servicio personal de los indios. El Padre Lorenzana igualmente, a los que tenían indios capturados, alertó contra la cólera de Dios, lo que le valió la expulsión de la Iglesia. Cuando se comenzó a admitir como realidad el mal trato a los indígenas, les cortaron el suministro de víveres a los jesuitas y les prohibieron acercarse a los indígenas, aunque comprobamos que a pesar de estas contradicciones las misiones evolucionaron prósperamente.

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