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Frecuencia de las categorías recurrentes

Doctrinas 3. Nivel teológico: a Inventario semántico y líneas de

3.1. LA EXPERIENCIA DE TRASCENDENCIA DE FRAY SATURNINO GUTIÉRREZ O.P.

3.1.3. La experiencia de Dios en la contemplación de la cruz

Se puede afirmar que la meditación detenida de la Sagrada Escritura le permitió a Fray Saturnino extraer el razonamiento para la enseñanza que aparece en el nivel de la doctrina.

“Sublime ejemplo que merece no pasar de prisa en su meditación. En él se encierran aquellas infalibles verdades del Espíritu Santo. “Piensa en tus postrimerías y no pecarás”… De aquí pues saco yo el objeto de un razonamiento y me ocuparé en demostraros que la sabiduría divina que resplandece en todas las obras del Señor, brilla igualmente en los castigos que inflige a los que faltan a sus mandamientos”. (S1: 8, 11)

Este dato se puede inferir también por la riqueza de reflexión que muestra en los sermones a partir del texto sagrado que lo inspira y es objeto de la predicación en cada sermón. Sin embargo, hay un texto y un lugar de meditación y contemplación que muestra claramente esta experiencia fundante, es el sermón 8, sobre la cruz, en el que muestra el carácter redentor del amor por el dolor de Cristo y María.

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La meditación de la Sagrada Escritura da paso a la contemplación. Las palabras faltan o sobran en la contemplación de los misterios de dolor y redención, calla la lengua, cesan las palabras y la imaginación se pierde en lo contemplado al punto de sentir identificación con aquello que se contempla. Esta identificación que transforma hasta su propia sensibilidad, es una experiencia de trascendencia tal, que el predicador comunica lo que se experimenta: se necesita tener la sensibilidad de un Dios para profundizar en el dolor de Jesucristo, se necesita la sensibilidad de la mujer, de la Madre de Dios para medir el abismo y percibir con María que aquél crucificado era no solo su hijo, era también su Dios. La experiencia de trascendencia es transformante, se somatiza en lo hondo de la sensibilidad, es experiencia de compasión que transforma el corazón de piedra en corazón de carne, tan similar a la sensibilidad del corazón de la mujer que ante el dolor se derrite como cera.

Una lectura atenta del sermón ocho permite inferir la práctica de la “Lectio Divina93

 El sermón invita a la experiencia de meditación que nuestro fraile comunica: “Reflexionad que en Jesucristo se reunieron todas las aflicciones…” “y se medita que aquellos atroces tormentos sobrepujan a toda ponderación, entonces la grandeza del sufrimiento nos da la medida del heroísmo de la víctima”. Aquí hay muestras de lo que el texto “le decía en la meditación”.

” en Fray Saturnino:

Se percibe una lectura atenta del texto sagrado que capta los detalles del pasaje de la cruz, es decir “aquello que dice el texto”

 Se percibe la oración que precede a la contemplación, allí entran en juego los sentimientos y el corazón humano. El texto traduce lo que sentía en su oración: “En orden al sentimiento, todas las más delicadas fibras del corazón fueron mortalmente heridas”… “Sabido es que el corazón de la mujer por su caracterizada sensibilidad es más susceptible de la compasión y su corazón cual cera líquida de prisa mira la desgracia; ¿que sería la tortura del corazón de María al presenciar tantos dolores acopiados en un solo hombre?”

 Finalmente aparece comunicando en su sermón su experiencia de contemplación: “Aquí faltan las palabras, enmudece la lengua y la imaginación se pierde al contemplar aquel piélago inmenso de amarguras y dolores”…

Este es el texto que aparece en el sermón ocho, que muestra el paso de la meditación de la palabra leída y orada a la contemplación, de la que emerge el sermón:

93La Lectio Divina, un camino más que una técnica, está conformada por cuatro actitudes básicas del creyente que desea seguir a

Cristo:

El primer paso es el conocimiento de su palabra, este supone la lectura atenta y asidua del texto. La relectura va mostrando los detalles, las significaciones que están en el texto, las que se captan por la atención y admiración de la palabra siempre viva. El segundo paso es la meditación por ella se penetra en el fruto que la letra nos ha mostrado, la apertura al sentido que el Espíritu quiere comunicar en el hoy al creyente, a la Iglesia. Lo fundamental es llegar a comprender cuál es el mensaje que este pasaje tiene para el lector. La pregunta es “qué me dice el texto”. Si bien en el primer paso la primacía es la in-formación que pasa del texto a la mente humana, en la meditación la primacía es la in-formación que pasa de la mente al texto, la Palabra que ya está en nuestro interior. Es aquí donde se establece el diálogo entre lo que Dios nos dice en su Palabra y lo que sucede en nuestra vida. El tercer paso en la Lectio Divina es la oración, provocada por la meditación, se transforma en actitud silenciosa y de adoración. La pregunta aquí es ¿Qué me inspira decirle a Dios el pasaje que he meditado?En la oración entran en juego el corazón y los sentimientos. El creyente responde a Dios, movido por el Espíritu.

Finalmente, el cuarto paso es la contemplación, es el punto de llegada de la Lectio Divina. La actitud es de silencio, sobran las palabras y se produce el encuentro, en los acontecimientos de la vida, con la presencia activa de Dios. Aparece el compromiso con la transformación de la historia que la Palabra de Dios provoca. Aquí, la Palabra de Dios el único punto de referencia de la vida.

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“Reflexionad que en Jesucristo se reunieron todas las aflicciones, todas las decepciones, todo el abandono, toda la desolación, y todos los sufrimientos físicos. En su cuerpo, como dice el profeta, no tenía una parte sana y así el abuso que el hombre había hecho de sus facultades físicas; él pagó esa prevaricación “pagué lo que no debía” y se medita que aquellos atroces tormentos sobrepujan a toda ponderación, entonces la grandeza del sufrimiento nos da la medida del heroísmo de la víctima. En orden al sentimiento, todas las más delicadas fibras del corazón fueron mortalmente heridas. La envidia forjó la calumnia pasa blasfemar del justo. Por coherencia, el odio y la venganza refinaron sus instintos crueles, en los tormentos, el desengaño patentizó en malicia y veleidad en aquel pueblo que como días antes lo había recibido con el hosanna y hoy pedía a gritos su muerte. No eran solo estos sentimientos naturales los que desgarraban aquel sacratísimo Corazón y aunque en verdad que uno solo de ellos habría bastado para aniquilar a toda virtud humana, otros dolores más terribles aún torturaban el alma de Jesucristo. El sufría no solo como hombre, sufría como Hombre Dios. (S8: 42, 45)

“Estaba junto a la cruz María, Madre de Jesús, dice el Evangelista, ¡que sencillez para tan elocuente cuadro! ...María solo comprendía los grandes intereses de la humanidad que allí se decidían: ella sola comprendía la grandeza de la víctima, lo acerbo de sus dolores, lo terrible de su abandono, lo infinito de sus tormentos. Aquellas dos almas eran dos fidelísimos espejos que se enviaban mutuamente los rayos de sus penas y multiplicaban el acervo de sus pesares, con la diferencia de que si Jesucristo padecía infinitamente en su cuerpo y en su alma, María sufría solamente todos los rigores de las penas de Jesús en su sacratísima ánima. Sabido es que el corazón de la mujer por su caracterizada sensibilidad es más susceptible de la compasión y su corazón cual cera líquida de prisa mira la desgracia; ¿que sería la tortura del corazón de María al presenciar tantos dolores acopiados en un solo hombre? Y aquel hombre era su hijo y su hijo era su Dios. Aquí faltan las palabras, enmudece la lengua y la imaginación se pierde al contemplar aquel piélago inmenso de amarguras y dolores: se necesitaría tener la sensibilidad de un Dios para profundizar los dolores de Jesucristo, se necesitaría la sensibilidad de la Madre de Dios para medir el abismo de amargura de María. (S8: 48, 51)

Para Fray Saturnino, en la eucaristía se prolonga el misterio de la encarnación. Su experiencia religiosa es que el ser creado de la nada tiene ante sí, en la fracción del pan, el anonadamiento del Hijo que lo redime. La eucaristía es para Fray Saturnino la experiencia del exceso del amor de Dios para con el hombre, el sacramento que trastorna la naturaleza, el que regenera a cada hombre, el anticipo de la verdad y el bien por la comunión con el Hijo de Dios. Si bien en el misterio de la 3.1.4. La experiencia de Dios en la eucaristía

La eucaristía tiene un claro predominio en los sermones de Fray Saturnino, es el tema más recurrente; así lo muestra el análisis de la estructura del sermón y el análisis de la doctrina. Dos líneas sobresalen en la experiencia de Dios en la eucaristía: la comunión y la redención.

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encarnación el Hijo escondió su divinidad, en las apariencias del pan, en el misterio de la comunión esconde ahora su humanidad.

En este sacramento prodigioso acontece la conversión y el reordenamiento de la existencia: por la comunión siente la presencia de Jesucristo en el interior y por su manducación la intimidad con Dios que hace del creyente su morada en el amor. En la eucaristía siente que el corazón experimenta su satisfacción, que la razón se rinde en la fe y escucha la voz de su Señor. Para Fray Saturnino, por medio de la eucaristía, la vida del hombre viador se abre a la trascendencia de una vida eterna que concilia la verdad religiosa con las necesidades del corazón humano.

“En este sacramento la naturaleza se trastorna, se pierde el equilibrio de los seres y todos sumisos escuchan la voz del Señor. Decidme pues, almas cristianas, ¿no es esta una maravilla de las maravillas, un prodigio de los prodigios?” (S6: 7)

“Por el admirable don de la Encarnación, uniéndose el Verbo de Dios a la naturaleza humana, se quitó ese impedimento que desviaba a la humanidad de su origen y destino; nuevamente por el dogma Eucarístico, Jesucristo regenera en cada hombre nuestra antigua miseria, y aunque exigiendo de nuestra orgullosa razón el sacrificio en la fe, anticipa, oculto bajo el velo del misterio, la suspirada posesión de la verdad y del bien por nuestra real y espiritual unión con Jesucristo, por la manducación de su cuerpo y sangre. (39) Por este acto de fe vuelve a comenzar la vida espiritual en nosotros. Declaramos por nuestra en la Eucaristía que el verdadero alimento aún de nuestro cuerpo no es pan ordinario, ni el manjar de nuestro espíritu la carne y la sangre, sino el Hijo eterno de Dios”. (S11: 38)

“Es pues una ley necesaria la muerte temporal y así ... el hombre por la separación del alma de su cuerpo no se aniquila ni perece, solo duerme para despertar luego a una inmortal vida. Aquí hallo una armonía admirable entre las verdades religiosas y las necesidades de nuestro corazón. Jesucristo, objeto de nuestro culto,... se presenta a sí mismo en el sacramento de la caridad bajo las condiciones del hombre viador. Si en el misterio de la encarnación oculta su divinidad por la humanidad,... aquí sobre nuestros altares oculta no solo su divinidad sino su misma humanidad bajo las apariencias de pan”. (S7: 25, 26)

“Jesucristo en la Santa Eucaristía satisface estas dos necesidades de nuestro corazón. Por la comunión espiritual sentimos su presencia en nuestro interior y por la manducación sacramental de su cuerpo y sangre se une al hombre con esa intimidad de voluntad que llenando el alma de la divina caridad cumple aquella sentencia del mismo Jesucristo: “si alguno me ama, mi Padre y yo vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. (S7: 51)

El versículo tres del sermón once es la invocación del sermón, la oración que el predicador hace en la introducción antes de comenzar a desarrollar el discurso. Esta es una oración que brota de la experiencia personal de Fray Saturnino y describe su experiencia de trascendencia en la eucaristía. Así como la meditación de la palabra lo condujo a la contemplación, la experiencia de la eucaristía

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deja percibir la realidad fundante de su autenticidad personal y de su autenticidad religiosa. Allí se da el proceso de transformación de su vida, así lo atestigua el sermón 11: “Por este acto de fe vuelve a comenzar la vida espiritual en nosotros. Declaramos por nuestra en la Eucaristía que el verdadero alimento aún de nuestro cuerpo no es pan ordinario, ni el manjar de nuestro espíritu la carne y la sangre, sino el Hijo eterno de Dios”. (S11: 38)

El versículo tres da cuenta de un proceso de conversión como un cambio de dirección y horizonte: inicia como una renuncia a la pretensión de mirar directamente la grandeza de Dios, incluso a la de contemplarla por medio de la grandeza del universo. En actitud de humildad encuentra el camino a la adoración de Dios en la florecilla del campo, en los arcanos contradictorios de su corazón y finalmente en la eucaristía, a la que llama ese “trozo de infinita caridad”. Allí surge un reordenamiento total en la realidad humana del predicador y teólogo que lo hace autocrítico y lo orienta de modo radical a la búsqueda de su autenticidad humana y cristiana: “iluminado por los resplandores de la fe caer de hinojos a tus pies y decirte con tu Apóstol: Señor y Dios mío”.

Esta expresión, “caer de hinojos a tus pies” y esta confesión “Señor y Dios mío” son expresiones de su conversión como acto de libertad personal. Conversión en el orden intelectual, en el orden moral y en el orden religioso. Por su conversión en el orden intelectual comprende que el intelecto humano se orienta a la verdad; por su conversión en el orden moral, Fray Saturnino hace una opción por los valores fundantes del cristianismo (la fe, la esperanza y la caridad) que le llevan a tener un discernimiento atento de los elementos de progreso y decadencia de la sociedad. Su conversión moral no es cambio de deseos, sino un cambio del criterio para las decisiones, es la sustitución de los gustos por los valores, la exigencia de una actitud crítica que se mostrará en el numeral tres de este capítulo (doctrina) y que le lleva a distinguir los procesos de ascenso y los de decadencia de su tiempo. Por su conversión religiosa se abre a una experiencia de reordenamiento total: “Señor mío y Dios mío”. La experiencia religiosa que tiene en la eucaristía lo sitúa frente a la experiencia del amor (gracia santificante), que es el fundamento de su autenticidad, y que consiste en un estar enamorado y sentirse amado por Dios, que Fray Saturnino explicita con las expresiones “el exceso de amor y el trozo de infinita caridad”.

“Con todo Dios y Señor mío yo no necesito penetrar con mi débil mirada en los arcanos de tu soberana grandeza e inmensa gloria; ni quiero buscar los caracteres de tu nombre tres veces santo en la brillantez e imponente silencio de las esferas que tu mano fijó hace millones de siglos en el firmamento; bástame Señor contemplar la florecilla del campo para alabar tu poder, admirar tu bondad, bástame Señor poner la mano sobre mi pecho y registrar los arcanos de mi corazón, para volver mis ojos a ese trozo de la infinita caridad e iluminado por los resplandores de la fe caer de hinojos a tus pies y decirte con tu Apóstol: Señor y Dios mío”.(S11: 3)

A modo de conclusión, si la experiencia religiosa es un tipo peculiar de experiencia humana que emerge en el nivel existencial, se puede afirmar que Fray Saturnino Gutierrez O.P., en sus homilías expresa de modo incondicional estar enamorado de Dios. El acto fundamental de nuestro predicador y teólogo fue la adoración. Su experiencia religiosa de meditación y contemplación provocó en su predicación el conocimiento teológico. Este emerge de un estado afectivo y valorativo fundamental. La palabra que se convirtió en doctrina e interpelación de la cultura en su predicación, el conocimiento que comunicó en sus sermones nació de su amor religioso, de su experiencia de trascendencia del Dios que lo fundamentó en su exceso de amor.

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La experiencia de trascendencia que muestra Fray Saturnino Gutiérrez O.P. en sus sermones permite afirmar que el fundamento para su hablar de Dios se encontró en la estructura dinámica de su ser humano, en su dinamismo inteligente, en su libertad y en su capacidad de ser amado y de amar. Lo que en teología se llama la gracia santificante, en Fray Saturnino fue la experiencia del exceso del amor de Dios derramado en la cruz, en la eucaristía y en el corazón humano.