Para la feria 5a de la Dominica segunda de Cuaresma Compuesto por Fray Saturnino Gutiérrez O.P.
12 de Marzo de 1857
Haced cuanto sea posible para entrar por la puerta estrecha. (De Sn Lucas, Cp. 15 v. 24)
(1) Siendo mis amados la Religión del Crucificado la perfección de la ley natural grabada en nuestras almas, habiendo el hombre por su propia voluntad quebrantado la ley del Señor, nunca hubiera vuelto a recobrar aquella docilidad del corazón atento y cuidadoso de la observancia de los preceptos divinos. Esta verdad teórica se halla confirmada por la experiencia.
(2) El orden impuesto por el Supremo Creador del Universo exige que todo tienda a su perfección. Esta necesidad impuesta por la sabiduría por esencia en todos los seres la vemos observar menos en el hombre, que dotado de inteligencia y libertad tiene los medios más a propósito para conseguir este fin. (3) En efecto, en proporción que la familia humana iba extendiéndose por todas partes, a medida que las pasiones iban apoderándose del hombre, las ideas de la moral fueron extinguiéndose de tal modo que a la venida del Mesías la corrupción había extendido sus raíces por todas partes dejando solo pálidos destellos de las ideas de bien y de virtud.
(4) Los hombres más famosos en la antigüedad, por su conducta jamás conocieron que el fin del hombre19
19 Se añade la palabra hombre para completar el sentido. El texto manuscrito dice “jamás conocieron que el fin del no era solo la
honradez”
no era solo la honradez, sino que también debían aspirar a su perfección. Quien más se acercó a la verdad como el dichoso Sócrates condenado a beber la cicuta por sus doctrinas se contentó con decir que la felicidad del hombre solo consistía en el ejercicio de la virtud. (5) Solo el principio de toda verdad, pudo en su Evangelio recordar y obligar a los hombres a cumplir con aquél precepto que había grabado en sus corazones al sacarlos de la nada. Así nos manifestó su voluntad cuando habiéndole preguntado sus discípulos si eran pocos los que se salvaban les respondió: haced cuanto sea posible por entrar por la puerta estrecha, porque muchos son llamados y pocos los escogidos. Como si dijera: Todos están llamados a ser herederos del reino de mi Padre por medio de mi sangre, pero como ninguno quiere entrar por la puerta estrecha, esto es ninguno quiere avanzar en el camino de la perfección, por esta razón son pocos los escogidos. (6)
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En las noches anteriores hemos visto los fundamentos en que estriba nuestra Sacrosanta Religión; esto es la fe y la caridad. Pero no es suficiente remover los obstáculos para conseguir la virtud de la fe; así como tampoco basta amar a nuestro Dios y a nuestros semejantes de cualquier modo. Es necesario que esta fe y esta caridad sea tal que por ellas nos hagamos semejantes en cuanto sea posible a la perfección infinita. Esto es tenemos el deber de aspirar a nuestra perfección. Primera parte. (7) El mejor medio para conseguir este fin es corresponder a la gracia de la vocación a la cual Dios nos ha llamado, pues generalmente las almas se pierden por abrazar un estado al cual no estaban llamados. He aquí el objeto de mi discurso y de vuestra atención. Ojala que mis débiles expresiones os decidan a determinaros a seguir por el camino que el Señor os ha trazado.
(8) Para conseguir esta gracia imploremos antes los auxilios de la divina gracia por intercesión de María Santísima, espejo de perfección a quien reverentes la diremos: Ave María.
Haced lo posible. MA. Los lugares citados.
(9) Cuando el ojo de la inteligencia mis amados contempla la naturaleza, investigando su naturaleza y propiedades no puede menos que convencerse que todos y cada uno de los seres criados aspira a su perfección. En el reino vegetal, el grano oculto bajo las capas de la tierra allí fermenta, allí crece y por último convertido en menuda hierba o en corpulentos arbustos adquieren aquella perfección que le es posible a su naturaleza. (10) En el reino animal las substancias tiernas adquieren aquella solidez y consistencia que conviene a cada uno de ellos. En el reino animal vemos que desde que el feto principia a animarse va tomando aquella forma que la naturaleza le impone hasta que consiguen aquella existencia que conviene a su modo de ser. Esta verdad constantemente observada en todas las cosas, nos demuestra que el hombre, el ser por antonomasia, el más perfecto por su naturaleza en el orden creado20, no podía estar exento de esta ley. (11) Máxima21 verdad cuando el hombre se dedica a cultivar su inteligencia, cuando sus vastos conocimientos le dan cierta preeminencia sobre el común de los hombres y no hace otra cosa que perfeccionar aquella propiedad inherente a su naturaleza. (12) Nos llenamos de indignación al ver al hombre que postergando la virtud se entrega a la disolución y corrupción de sus costumbres; y la razón de esta justa ira es porque estamos convencidos que aquél hombre no obra como debía obrar. Al mismo tiempo que nuestro corazón se llena de entusiasmo en presencia del heroísmo, pues estamos persuadidos que el generoso comportamiento es la perfección del corazón de aquél que lo ejecuta. (13) Bastarían estas pequeñas observaciones hechas en el estado natural para demostrar esta ley impuesta por el Creador a todos los seres; pero no tengo necesidad de acudir a esta clase de pruebas cuando hablo a un pueblo Católico, gobernado por las instituciones de la Divinidad encarnada. (14) Habiendo venido el Hijo del Eterno para sacar al hombre del miserable estado de corrupción en que se encontraba sumergido, nos dio una ley que en todos sus puntos no es sino la perfección de la ley natural. En efecto, bajo cualquier punto de vista que miremos la ley del Evangelio hallaremos que todos sus preceptos son conformes a la razón. (15) El primer mandamiento que nos impone es la profunda sujeción22
20
El texto dice “criado”, su sentido corresponde al verbo crear y no de criar.
21Se coloca el término “Máxima”. El manuscrito no es claro en su legibilidad. 22
El texto dice profunda subjeción.
al Autor de nuestra existencia, acompañada de demostraciones de un corazón sensible y agradecido; y ya habéis visto que nada es más justo que el cumplimiento de este deber. (16) El hombre siempre había sentido la necesidad de tributar nuestro homenaje al Todopoderoso conforme a nuestra naturaleza, quiero decir el homenaje del alma y del cuerpo: pues bien, los hombres ignoraban el modo de cumplir con esta
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obligación, Jesucristo nos mostró este medio que ninguna inteligencia 23puede negar es el más a propósito para este fin con respecto al hombre y el más adecuado a la Divinidad. (17) El hombre no solo tiene deberes para con Dios y consigo mismo, sino que también los tiene para con sus semejantes. Vosotros habéis visto los estrechos lazos con los que24
23 Se omite un adjetivo al término inteligencia que no aparece legible. (Pág. 5 del manuscrito) 24
Con “los que el Divino Redentor”. El manuscrito dice “con el Divino Redentor”
el Divino Redentor quiso unir a los hombres. Lazos que si los hombres los adoptase serían suficientes para la tranquilidad de las naciones, para sus riquezas y felicidad. (18) El precepto del amor, del amor al prójimo conforme a la caridad Evangélica sería bastante para convertir la morada terrenal de los hombres en la mansión de los bienaventurados; porque el que ama a su prójimo desea su felicidad, estima todo lo que le pertenece; se alegra de la posesión de aquellos bienes de que le hizo dueño la Providencia; jamás abriga en su pecho el insano pensamiento de denigrar su honra, menoscabar su fortuna, mucho menos atentar contra su vida. (19) El cumplimiento de este deber haría de la sociedad humana una familia de hermanos que fundada bajo los principios de amor, tranquilidad, paz y dulzura, haría que sus miembros gozasen en vida de la bienaventuranza. Finalmente nuestro amable Salvador quiso elevar este precepto al mayor grado de perfección posible cuando nos mandó no sólo amar a nuestros semejantes, sino también a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos aborrecen y persiguen.
(20) Antes de la venida del Mesías, los hombres eran gobernados no como unos seres que depositan parte de su libertad, para gozar de mayor comodidad, así era que los pueblos eran víctimas de la ambición, caprichos y demás pasiones del que era más fuerte y más astuto; pero después del Evangelio no sucede así. (21) Los soberanos gobiernan a los pueblos no como una propiedad, ni con una autoridad de sí mismos, sino en nombre del Señor supremo Gobernador del Universo, y por eso sus leyes tienen esa sanción que las hace observar. Al mismo tiempo que los pueblos tienen el deber de obedecer a las autoridades como representantes del poder divino, los que llevan las riendas del poder no pueden hacer uso de su autoridad sino únicamente en beneficio de sus pueblos. (22) He aquí, mis amados, aunque imperfectamente, el espíritu de la Religión del Crucificado. Religión de amor, de perfección y puesto que la religión no es una cualidad en abstracto, sino que se patentiza en los individuos que la profesan, ved aquí también el deber de todo cristiano. (23) Yo no he hecho sino tomar las pautas más relevantes en que se manifiesta la perfección Evangélica y me sería fácil demostraros que la perfección de sus leyes, llenas de dulzura, bondad y amor son incompatibles con las del mundo, que como un tirano sacrifica todo a sus intereses, pero quiero últimamente daros una prueba del deber que todo cristiano tiene de caminar a su perfección.
(24) Habiendo preguntado un mancebo al Señor qué debía hacer para conseguir la vida eterna, pues el observaba estrictamente los mandamientos de la ley del Señor, nuestro Divino Redentor le dijo: “Vende tus bienes, distribúyelos entre los pobres y sígueme”. Este el precepto que han tenido presentes unas almas que pudiendo llenar en el siglo los preceptos evangélicos dejaron su mundo abrazando aquella clase de vida que los une íntimamente a su Dios. (25) Ved, por cierto, que no es otra cosa que el deseo de ganar en la perfección. Y por esto fue que el Salvador del mundo decía a sus discípulos: haced lo posible por entrar por la puerta angosta, es decir, haced cuanto esté en vuestra parte ganar terreno en el camino de la virtud. Veamos cómo el estado a que Dios nos ha llamado es el más a propósito para conseguir este fin y por qué son muchos los que quieren entrar por esta puerta y no pueden, que es el objeto de mi segunda parte.
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(26) Abrazar un estado para el cual no somos llamados es echar sobre nuestras espaldas una carga que no25 podemos soportar, sino también buscar fatigas, zozobras, y penas de las cuales estábamos
libres y lo que26
25 Se añade: una carga que “no” podemos soportar. 26
Se omite un “lo que” que aparece repetido en el manuscrito.
es más, poner los cimientos para nuestra eterna ruina. Esta verdad no es una vana especulación del entendimiento, es una ley eterna fundada en la naturaleza de las cosas y confirmada con la experiencia de todos los siglos. (27) Nuestro buen Dios que quiso que viésemos en él, la norma a la cual debíamos arreglar nuestras acciones acredita esta verdad con un ejemplo. Era Dios y con solo su palabra podía justificar al hombre, pero siendo la ofensa infinita porque la persona agraviada era infinita, quiso que la satisfacción fuese también infinita y por eso tomó nuestra frágil naturaleza para satisfacer como Dios y como hombre la enormidad del pecado. (28) Era el legislador, y por consiguiente no estaba como Dios obligado a observar las leyes judaicas; sin embargo se sujetó a la circuncisión para observar la ley que así lo disponía. Era el Padre, Creador de lo creado, no obstante vivió sujeto a María Santísima su madre, y a José, su putativo padre. (29) La ley de Moisés mandaba que ninguno pudiese enseñar ni predicar antes de cumplir treinta años, y pues sofocando sus ardientes deseos por la salud de los hombres, aguardó a este tiempo ejercer su misión. Finalmente toda su vida fue el más claro ejemplo de la observancia y sujeción a las leyes bajo las cuales estamos gobernados. (30) El Apóstol de las gentes en todas sus cartas siempre encontraba esas interesantes palabras que nos recuerdan el deber que tenemos de pedir al Señor nos ilumine sobre el estado que nos conviene. Como si dijera investiguemos nuestras inclinaciones, veamos cuáles son los sentimientos de nuestro corazón, midamos nuestras propias fuerzas y las luces de nuestro entendimiento y con estos datos abracemos aquel género de vida que nos convenga. (31) Es tal la entidad de este asunto que el Apóstol conocía que de él dependía la consecución de nuestra eterna salud cuando continuamente nos llama la atención sobre nuestra vocación. Es innegable mis hermanos que todas las cosas que Dios creó son perfectas, puesto que el historiador sagrado nos dice que vio Dios las cosas que había hecho y dijo que eran buenas. (32) Ahora bien mis amados los estados de los hombres no habían de ser de peor condición que los demás seres. Preciso es pues convenir en que todos los estados tienden a aquella perfección que quiso el Altísimo. Tomar pues el hombre un estado para el que no está llamado es trastornar el orden, es oponerse a los designios del Señor, es decir con el más descarado atrevimiento: No quiero hacer tu voluntad. (33) Desgraciadamente, el hombre que ha sido el objeto de los cuidados de un Dios amoroso es el que trastorna sus sabias leyes. Parece que la Providencia al dotarlo de inteligencia y libertad, lejos de hacerlo superior a los demás seres, rebajó su condición; pues no, es que el hombre, abusando de todo y aún de sus mismos intereses labra su infelicidad. (34) Ese deseo inmoderado de ambición es la causa de la mayor parte de sus desdichas. Quiso ser más de lo que debía ser y por igualarse al Altísimo, bajó a la degradante condición del bruto. En los seres destituidos de razón vemos que llenan su objeto conforme a las leyes que les impuso el Creador. (35) El sol atrayendo todos los planetas y éstos atrayéndose mutuamente conservan el orden y por los siglos no han variado. Si esas grandes moles variasen ese orden dejaría de existir la naturaleza. Si el ojo quisiese percibir los perfumes se invertiría el orden, si el oído intentare digerir lo agradable de los manjares reinaría la mayor confusión. (36) Pero no, el ojo fue hecho para gozar de la variedad de los colores, el oído para percibir la melodía, el olfato para recibir las impresiones de los olores, el gusto para discernir lo agradable de los alimentos, en una palabra, toda la naturaleza ha sido constituida en un estado y llena el objeto que se propuso su Creador. (37) Solo el hombre, que
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puede proponerse diversos fines, que conoce la bondad o malicia de sus acciones, que tiene los medios para adquirir su perfección y que dotado de voluntad puede amar su excelencia es el que trastornando el orden del Gobernador del Universo, labra su infelicidad.
(38) Cuando consideramos el estado actual de la sociedad nuestro corazón se llena de tristeza, al ver que no hay un solo individuo que pueda llamarse feliz. No ignoro que el hombre mientras esté revestido de este corruptible cuerpo, no puede conseguir aquella felicidad por la cual suspira su corazón; porque también estoy convencido que el hombre puede ser feliz en esta vida cuando cumple con sus deberes. (39) Y si preguntamos cuál es la causa, por qué ninguno está contento en su estado, veremos porque ninguno está en aquél que la Providencia le constituyó. Cuando el hombre obrando como racional con el auxilio divino se propone investigar su naturaleza, sus sentimientos, inclinaciones y demás cualidades que le caracterizan y con estos fundamentos abraza aquél estado análogo a su modo de pensar, entonces no puede menos que ser feliz; porque el conocimiento de nuestras propias fuerzas nos da valor para acometer cualquier empresa cuando por otra parte la Providencia no dejará abandonado al acaso a aquél individuo que se conforma a su voluntad. (40) Pero sucede lo contrario cuando el hombre lejos de consultar la voluntad divina solo atiende en la elección de su estado, a sus caprichos, sus preocupaciones y sus pasiones.
(41) Entonces, tomando sobre sus hombros cargas superiores a sus fuerzas, imponiéndose obligaciones que no tenía y agravándose de responsabilidades que carecía, entonces parece víctima de su inconsiderado proceder. (42) El que el cielo lo destinó para el cultivo de las ciencias, ¿cómo podrá estar satisfecha su indagadora inteligencia con los ásperos trabajos de la agricultura? ¿Cómo podrá el humilde labrador estar contento cuando contradiciendo la voz de su conciencia que le dice que el cultivo de los campos es el estado que conviene a su naturaleza, cómo podrá vivir feliz en medio del bullicio de las ciudades, entre las adulaciones y preocupaciones de la corte y difíciles circunstancias del gran mundo? ¿Cómo podrá encontrar reposo aquél que la Providencia dotó de los dones necesarios para hallar con sus pies el mundo, retirándose a un claustro y que sin embargo del íntimo convencimiento que continuamente le dice que aquél estado es el conveniente a sus inclinaciones, fascinado con los seductores resplandores de una vida mundana echa los fundamentos a su infalible ruina? ¿Cómo podrá sostener las gravosas cargas de la vida monacal aquél que no tiene el espíritu de la humildad que su naturaleza se resiente de una ciega y santa obediencia, que no puede observar los estrictos preceptos de la castidad religiosa y que carece de aquella abnegación total de sí mismo que es tan esencial al estado de perfección y que finalmente su genio, amigo de buscar los mares, conocer pueblos y especular bajo todos aspectos, cómo podrá vivir satisfecho en aquél estado que exige la continua permanencia en el recinto del claustro y el desprecio de los bienes de fortuna como opuestos a la pobreza religiosa? Últimamente ¿podrá gozar de tranquilidad aquél que en corazón bondadoso, su natural condescendiente, su espíritu débil y pusilánime son contrarias a la energía, fuerte carácter, fortaleza, valor y saber que son tan esenciales a quienes tienen en sus manos el timón de la justicia?
(43) Y sin embargo de que estas observaciones son manifiestas por sí mismas nos cuidamos muy poco de considerarlas.
(44) El deseo de representar en el mundo obliga a muchos a inscribirse en la lista de los ministros del Señor, contra los sentimientos de su corazón. El anhelo por gobernar decide a unos cuantos a aspirar los primeros puestos de la nación cuando su natural disposición es de obedecer. Unos aparentes bienes y la perspectiva de unos quiméricos placeres determinan a muchos a abrazar el matrimonio cuando el Señor los había escogido para ser los dispensadores de los tesoros de su
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misericordia. (45) Y finalmente como nunca se consulta la voluntad de Dios, ni nuestras propias