por Fray Saturnino Gutiérrez O.P.
“Deogratias qui deditnobisvictoriam per Dominum nostrum Iesus Christum”. (1ª.Pauli ad Corintios Cp. 15, Vers. 57)
(1) Todos los seres nacen, crecen, se perfeccionan y mueren; ley universal cuyo cumplimiento da por resultado el orden, la belleza y armonía en el mundo de los seres físicos. Aparece la luz matinal por el oriente entre colores de ópalo de rosa, las aves despiertan y entonan la oración de la mañana, las flores entreabren sus tiernos capullos para recibir las caricias del calor, la naturaleza toda palpita y se estremece dulcemente al recibir el impulso de una nueva vida, el anciano se juzga joven, el joven ostenta la plenitud de la virilidad y el niño da pasos en la vida de las ilusiones. (2) En la plenitud del día la naturaleza ostenta sus regalos, descubre sus tesoros y enriquece con sus dones, pero al descender el paso de la luz en los saludos un suspiro inmenso y profundo se deja oír por los confines del mundo: es la angustia, el último grito de los seres que luchan con las tinieblas … cotidianas de la muerte. Bella y altiva, todos los días, la palma del desierto extiende sus ramas para proteger sus frutos contra los ardores de la sequía50
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El término sequía es añadido por la significación del contexto. El manuscrito no es claro.
o contra los helados vientos del invierno, pero cansada de su laboriosa tarea al través de los siglos, un día los estrecha contra su seno e inclina la cabeza para dormir su último sueño; del mismo modo, la linda cineraria de los jardines y la humilde violeta de la campiña. (3) La una recoge las alabanzas de sus cortesanos, la otra representa el mérito de la modestia y la sencillez, y juntas al recibir el beso vespertino ambiente, doblan su flexible tallo para nunca más vivir. (4) (4) La desconocida fuente que nace en la cumbre de las cordilleras andinas, aquí corre tersa y pura sobre el verde prado, allá desgranándose en lijar perlas y diamantes forman vistosos raudales, luego. Recogiendo a sus dispersos hermanos se precipita en la espantosa catarata y afanosa se apresura a buscar el descanso en el océano. La mar, en su eterno flujo y reflujo baña las riveras de las fértiles mareas aquí, borra las huellas del arado y oculta las ruinas de las grandes ciudades allá. (5) Y tras la mañana y el medio día vienen la tarde y la noche; y un día sucede a otro, y un siglo a otro siglo; tras la juventud la ancianidad; y después de la primavera con sus flores viene el crudo invierno con sus rigores. (6) Lucha eterna de la vida contra la muerte, de la existencia contra la nada. En medio de ese terrible drama a cuyo desempeño concurren todos los seres, desde la ignorada estrella, cuya luz se pierde en la inmensidad del espacio, hasta el hongo que rastrea una vida precaria en la corteza de la selva, solo un ser debate contra los insultos de la corrupción y de la muerte y de la misma manera que el náufrago sorprendido por la tempestad en medio del mar, asido a un débil vástago disfruta su vida contra la inclemencia del tiempo y la furia de los elementos, así el hombre defiende su inmortalidad en medio de la mortalidad que por todas partes le rodea. (7) Ave Fénix, no duda que revivirá de sus
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propias cenizas y conociendo instintivamente el soplo de Dios animando este barro incorruptible se ríe del ariete del tiempo y para él nada valen la sucesión de los siglos.
(8) Nada importa que algún día el vaso de arcilla se desmorone51
(11) La muerte es antipática no solo al hombre sino a todo ser creado: parece que la infinita sabiduría ha dado a todo lo criado cierto sentimiento repulsivo que le impulsa a desechar todo lo que amenaza su existencia, así como todos tenemos el instinto de la conservación. Recorriendo la escala de los seres en su inmensa variedad, en todos hallamos esa tendencia a conservarse en su estado normal y todos huyen con pavor de la muerte desde la columna de granito colocada por la mano de Dios para señalar límites al mar hasta la tierna sensitiva que recoge sus palmas al más ligero contacto. (12) Con todo, la muerte o la descomposición es una condición necesaria de las criaturas sensibles; el roce gasta las fuerzas y éstas divididas producen la descomposición de sus partes. Así todos los seres en el mismo día de su nacimiento empiezan a dejar germinar el principio de su disolución, y cual más, cual menos, todos deben más tarde o más pronto pagar este tributo a la contingencia y variabilidad de las cosas criadas: solo el ser por excelencia, el ser inmutable por su naturaleza, el alfa y el omega es uno y siempre el mismo. (13) La sabiduría infinita, fecunda sobremanera, ha armonizado así esta ley de variabilidad con la de conservación
y vuelva al seno de la común madre. Nada importa que pronto, demasiado pronto, los hielos del sepulcro congelen la sangre que circula en nuestras venas y luego la corrupción se apodere de nuestra carne; el espíritu inmortal hecho a la imagen y semejanza de Dios algún día vendrá a reanimar nuestros mortales despojos y entonces, reintegrados en nuestra naturaleza para siempre seremos en el alma y en el cuerpo inmortales. (9) Esta sublime y consoladora doctrina expone el autor de las cartas a los fieles de Corinto en su primera carta. El misterio y su explicación que da explicado por el Apóstol en esta sencilla conclusión: Demos gracias a Dios que nos ha concedido la victoria por Nuestro señor Jesucristo.
(10) Economizando un tiempo que nos es precioso abordaré el asunto de mi razonamiento y de vuestra benévola atención sentando la siguiente proposición: Jesucristo, en el adorable Sacramento de la Eucaristía nos anticipa el triunfo de la inmortalidad en nuestra peregrinación sobre la tierra.
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51 Se cambia el término “monorone” que aparece en el texto por “desmorone” 52
Se omite una expresión no legible en el manuscrito.
de la asombrosa variedad de cambios y transformaciones que por todas partes nos rodean. Descubrimos la unidad, la constancia, la invariabilidad en el orden para las criaturas destituidas de razón y la inmortalidad para los seres inteligentes. (14) Así la bella crisálida despliega sus alas fosfóricas en medio de las tinieblas, duerme su sueño de muerte para resucitar bajo otra forma y bello gusano trabaja con la seda la mortaja funeraria de donde saldrá a la luz del día bajo la hermosa mariposa matizada con el turquí del cielo y el verde de la esmeralda. Imágenes risueñas de la transformación del hombre que sintiéndose invadido por la inercia y la muerte, entrevé los purísimos e inefables resplandores del día sin fin y de la primavera eterna. (15) En el hombre, el instinto de la inmortalidad se deja percibir de una manera irresistible; es verdad que desde el momento de su concepción empieza a recorrer los anillos que forman la cadena del tiempo, verdad es que cada pulsación de su corazón representa un paso más hacia el sepulcro, verdad es que su corazón lleno de vigor y de vida, es impotente para borrar la huella que el tiempo imprime en su rostro y que cada hora que termina se lleva consigo algo de su existencia; pero igualmente es cierto que esto y más no pueden extinguir el sentimiento de su inmortalidad y por un fenómeno raro, nunca ama el hombre mejor la vida que cuando se acerca a su término. (16) Bien sabéis vosotros que por un privilegio particular el hombre
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fue exento en su origen de la ley cósmica de la muerte impuesta a todos los53
(24) Es pues una ley necesaria la muerte temporal y así como los elementos que constituyen estos cuerpos no se aniquilan ni perecen, sino solo se descomponen entrando en la organización de otros cuerpos así el hombre por la separación del alma de su cuerpo no se aniquila ni perece, solo
seres orgánicos y que Dios, sin alterar las leyes comunes a todos los seres colocó en el jardín de las delicias aquél árbol misterioso de la vida, cuyos frutos tenían la propiedad de dar una juventud eterna a quien los gustara. (17) Sabéis igualmente que roto por parte del hombre el pacto de su Alianza con Dios y perdidos los privilegios otorgados a su obediencia, su naturaleza sufrió un rudo golpe que alteró las primitivas condiciones de su existencia y entre las consecuencias de su delito no fue la menor la perdida de la vida, no solo la vida del alma, sino también la del cuerpo. (18) Viciada la naturaleza del hombre en sus fuentes, todo hombre al venir al mundo trae consigo el virus de muerte, e impotente para dar a su entendimiento la verdad, a su voluntad el bien, en vano se debate contra las acechanzas del sepulcro, porque el día que el ángel de la destrucción toque en su hombro levantará sin remedio su vuelo al mundo desconocido. (19) Más Dios no abandona la obra de sus manos, la suerte de su ingrata criatura halla piedad en los arcanos de la misericordia infinita. Cuando la mano del Señor cubría su desnudez corporal, emblema de la de su alma y la arrojaba del Edén para impedir que se acercara al árbol de la inmortalidad, Dios solo quiso hacerle conocer su miseria; la entrada al Paraíso le fue prohibida temporalmente, algún día vencidos la muerte y el pecado aquél árbol de vida eterna le será franqueado para recuperar en inmortalidad dichosa. (20) Penitente el hombre debe inclinar su cabeza ante el acoso de la muerte, pero presumido en el árbol del fruto de eterna vida su cuerpo volverá a la vida para nunca más morir. Demos las gracias a Dios que nos dio la victoria por Nuestro Señor Jesucristo.
(21) Ninguna idea es sopesada con tanta claridad y tesón cual la de la muerte enlazada con una vida inmortal. Este mismo árbol misterioso colocado al lado de la ciencia del bien y del mal y del cual solo del último probó el hombre sus amargos frutos.
(22) Aquella nave simbólica salvando las reliquias del género humano en medio de un mar cargado con los despojos de todo viviente –aquella sangre del cordero pascual que detenía al ángel exterminador a las puertas de los descendientes de Jacob- aquél maná incorruptible conservado en el arca santa como pruebas de las maravillas obradas por el Señor a favor de su pueblo – aquella ofrenda consumida por el fuego del cielo, señal de la victoria que un caudillo de Israel había de obtener sobre el orgulloso madianita – aquél pan de fortaleza que dio valor a Elías desfalleciente para llegar hasta el Horeb, monte santo de Dios –aquél rey emblema de la tribulación, sustituido por otro de gloria y magnificencia – aquél pueblo colgando sus liras en los sauces de Babilonia y luego volviendo al hogar patrio para realizar su último destino, - y en fin Jesucristo nuestro Señor, revestido de la carne del pecado, hombre de dolor, dando su vida al Padre entre mortales angustias, resucitando del sepulcro sin haber visto la corrupción y cargando con los trofeos de la muerte y del pecado. (23) En todos estos hechos misterios aparece siempre la idea del sacrificio, la idea de la destrucción y de la muerte como condición necesaria para obtener una vida sin término: de manera que todo el edificio de la religión está sostenido en el principio de la reparación por medio del sacrificio o sea de la destrucción y de la misma manera que en el orden físico la muerte es señal de una nueva existencia, así en el orden de la gracia la muerte temporal es condición necesaria para la resurrección eterna.
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duerme para despertar luego a una inmortal vida. (25) Aquí54
(29) ¿Queréis un alma en el ápice de la verdadera grandeza? ¡Quién como Jesucristo! ¿Queréis el mejor linaje? ¡Quién como Jesucristo rey según la divinidad de los siglos! ¿Buscáis la riqueza? ¿Quién como Jesucristo que como Dios pobló de diamantes el cielo…
hallo una armonía admirable entre las verdades religiosas y las necesidades de nuestro corazón. Jesucristo, objeto de nuestro culto, el modelo de nuestra conducta, el galardón de nuestros trabajos, la esperanza de nuestra felicidad, se presenta a sí mismo en el sacramento de la caridad bajo las condiciones del hombre viador. (26) Si en el misterio de la encarnación oculta su divinidad por la humanidad, si entonces según San Pablo se anonadó hasta tomar la forma del esclavo haciéndose hombre, aquí sobre nuestros altares oculta no solo su divinidad sino su misma humanidad bajo las apariencias de pan, aquí se presenta bajo la forma más común, aquí se presenta en su carácter de víctima cargada, como en el calvario, con el peso de nuestras iniquidades; (27) aquí nada presenta que deslumbre la vista, fascine la imaginación, cautive la voluntad, nada que pueda darnos idea de su soberana grandeza según los ojos de la sabiduría del mundo; pero también bajo las formas de pan y vino, es decir bajo la forma de los alimentos más generosos que conservan la vida nuestra, nos da a conocer que dominando nuestra orgullosa razón al dominio de fe al través del velo de su humillación y anonadamiento nos deja entrever la inmortalidad inenarrable que saciará nuestro espíritu y nuestro cuerpo el día que terminada la prueba la veremos cara a cara, como es, según la expresión de San Juan. (28) Esta razón de semejanza entre Jesucristo y nosotros será más completa si reflexionáis que no hay situación en la vida en que no se presente Jesucristo mostrándonos el sendero que debemos seguir y el premio que del amor esperar con su Cruz iluminada con los resplandores de la gloria.
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¿Queréis ciencia? ¡Quién como Jesucristo que dio leyes al mundo…con su infinito poder! ¿Buscáis el roce y amistad de los hombres prominentes por su ciencia y virtud? ¡Quién como Jesucristo cuyo rostro desearon ver muchos reyes y patriarcas e inspira las angélicas jerarquías! (30) ¿Buscáis al mismo tiempo un ejemplar que os sirva de modelo en las vicisitudes de vida? Vedle escoger por padres una humilde virgen y un oscuro artesano, vedle confundido con las últimas clases de la sociedad, viviendo de limosna, en compañía de los pobres y pecadores o sonriendo a la calumnia y a la envidia su inmaculada vida, enseñando a los pequeños palabras de vida eterna y apurando el cáliz de la muerte, abandonado de su padre, desconocido de sus discípulos, ultrajado por aquellos mismos a quien benefició con su caridad. (31) Pero vedle también desatar las ligaduras de la muerte, juntando su alma a su cuerpo para nunca más morir y escalando por su propia virtud los cielos en donde a la diestra de Dios su Padre recibe la adoración de todas las naciones que por herencia le dio su Padre. (32) Así su vida santísima, con sus amarguras, dolores y trabajos, imagen bien expresiva del hombre durante su peregrinación sobre la tierra; es la mejor garantía del cumplimiento de las promesas que ha hecho a quienes se conforman con el modelo mostrado sobre el monte santo. Claro es que después de la satisfacción dada al Padre por Jesucristo, su inigualable56
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Se omite una abreviatura. Por el contexto parece una expresión que Fray Saturnino se atribuye a sí mismo.
55El manuscrito está incompleto. 56
El texto no es claro, por el contexto se coloca la expresión inigualable
vida no podría tener otro objeto que nuestra felicidad realizable por el ejemplo de sus virtudes. (33) La vida temporal de Jesucristo, considerada sin relación al hombre, es misterio sin explicación posible, porque a la verdad, Jesucristo como Dios unido a la humanidad ¿tenía necesidad de ese lento sacrificio que comenzó en el portal y se consumó en la cruz? ¿Para la redención no había sido suficiente una sola lágrima de sus ojos, un solo suspiro de su alma, una sola gota de su sangre? (34) Si pues vivió la vida de los hombres, si se sujetó a sus miserias, si quiso ser el blanco de la maledicencia, de la perfidia, de la crueldad; si aceptó el amargo cáliz de su pasión y
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muerte fue para enseñarnos la senda de la verdadera felicidad, y si agotó los padecimientos fue para hacernos conocer que era necesaria la lucha para hacernos ceñir la corona, para presentarnos visiblemente por qué la muerte temporal no tiene ningún dominio sobre los que siguieron sus pasos57
(35) Es una verdad universalmente reconocida que el hombre . Apliquemos estas verdades a mi proposición.
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(40) Habéis visto cómo Jesucristo se manifestó a los hombres como la virtud práctica en su más sublime ejercicio, pero esto no era suficiente para regenerar al hombre. El ejemplo, si bien es cierto, es una lección de grandes enseñanzas, es impotente para detener los desórdenes de las pasiones en el corazón humano. (41) La vida de Jesucristo considerada en sí hubiera sido vista por el hombre como una exhortación luminosa durante la noche del tiempo y los hombres la habrían contemplado con asombro pero sin resultado como frecuentemente admiramos acciones heroicas cuya belleza percibimos, pero nos encontramos sin fuerzas para imitarlas. Un escollo insuperable tiene toda virtud humana: nuestra propia fragilidad. (42) No hay persona que por mucho que se haya desviado del sendero del deber y se haya familiarizado con el crimen, que de vez en cuando no haya tendido una mirada sobre su fragilidad y miseria, pero la servidumbre de la carne pesa mucho sobre el ser humano, sus cadenas tienen una dulzura indefinible y para recobrar nuestra vida
ha estudiado la naturaleza física, las ciencias, las matemáticas y todas aquellas que se fundan en la observación, pero su entendimiento ha divagado lastimosamente en las grandes cuestiones sobre su origen, su naturaleza, su destino sobre la tierra, su fin después de sus días.
(36) Colocado entre la duda, dominado por la incertidumbre, por un “quien sabe”, capaz de petrificar su corazón, jamás ha podido dar una satisfacción cumplida a estas cuestiones que son de vital importancia. Reconoce la necesidad de una causa, pero aunque esta convicción no deja de tener su incertidumbre ignora cuál sea y qué relaciones le unen con el autor de su existencia. (37) Siente en sí algo distinto de su cuerpo en que están radicadas sus ideas, sus deseos, pero ignora quién es el sujeto de estas profundidades. Siente el instinto de la virtud pero no puede determinarla y se decide, acosado por sus pasiones se revuelca en el cieno inmundo de la carne, de la concupiscencia, tiene presentimiento de su destino pero lo confunde con el de la bestia y de suposición en suposición, de ensayo en ensayo llega por fin a dudar de todo o entregarse a una criminal indiferencia. (38) La duda, que sorprendió el primer acto de su razón le acompaña hasta el sepulcro y en fin rasga con su muerte el velo de la eternidad y se encuentra en la presencia del soberano juez sin haber conocido ni su origen, ni su destino, ni su fin. (39) Este hecho probado con la historia de la razón humana basta para demostrar la necesidad de un maestro que viniera a