EL EXPERTO EN EXPERTOS

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Aunque es mejor no nacer pollo, nacer gallo es especialmente malo.

Desde el punto de vista del avicultor, los pollos macho son inútiles: no ponen huevos, su carne es correosa y se gastan malas pulgas con las gallinas, que son las que ponen los alimentos en nuestra mesa.1 Las granjas avícolas tienden a

tratar a los pollos macho como si fuesen retales o chatarra: el subproducto no rentable pero necesario de un proceso industrial. Cuanto antes se puedan librar de ellos —a menudo forman parte del picadillo de la comida para animales—, mejor. Sin embargo existe un costoso problema que lleva miles de años desconcertando a los avicultores: resulta prácticamente imposible distinguir los pollos macho de los hembra hasta que tienen de cuatro a seis semanas de edad, cuando comienzan a desarrollar un plumaje distintivo y características sexuales secundarias como la cresta. Hasta entonces no son más que bolas de plumón indistinguibles que hay que alojar y alimentar, incurriendo en un gasto considerable.

Por algún motivo nadie dio con la solución a este costoso dilema hasta la década de 1920. El trascendental descubrimiento fue efectuado por un grupo de científicos veterinarios japoneses, que cayó en la cuenta de que justo en el interior del trasero del pollo existe toda una constelación de pliegues, marcas, manchas y bultos que al lego en la materia le parecen arbitrarios, pero que si se sabe interpretar debidamente puede revelar el sexo de un ave de un día de edad. Cuando se dio a conocer en el Congreso Mundial de Avicultura de Ottawa de 1927, dicho descubrimiento supuso una revolución en el sector a escala internacional y acabó provocando la bajada del precio de los huevos en el mundo entero. El sexador de pollos profesional, dotado de unos conocimientos que tardaba años en adquirir, pasó a ser uno de los trabajadores más valiosos dentro de la agricultura. Los mejores entre los mejores cursaban los dos años de estudios necesarios en la Escuela de Sexadores de Pollos Zen Nippon, cuyo nivel de exigencia era tal que sólo aprobaba entre el 5 % y el 10 % de los alumnos. Sin embargo aquellos que lo conseguían ganaban la nada despreciable cantidad de quinientos dólares al día e iban por el mundo de granja en granja como asesores de primera. Una diáspora de

sexadores de pollos japonesa recorriendo el planeta.

Sexar pollos es un arte delicado que requiere una concentración tipo zen y la destreza de un neurocirujano. El ave se sostiene con la mano izquierda y se aprieta suavemente para que evacúe los intestinos (demasiada fuerza y los intestinos se volverán del revés, con lo que el ave morirá y su sexo será irrelevante). Con el pulgar y el índice el sexador le da la vuelta al ave y aparta un pequeño faldón del recto para dejar al descubierto la cloaca, la diminuta porción final del intestino en la que desembocan los conductos genitales y urinarios, y mirar en profundidad. Para hacerlo debidamente han de tener las uñas cortadas con precisión. En los casos sencillos —aquellos que el sexador puede explicar— el experto busca una protuberancia apenas perceptible llamada eminencia, más o menos del tamaño de la cabeza de un alfiler. Si la protuberancia es convexa, el ave es macho y va a parar a la izquierda; si es cóncava o plana, es hembra y acaba en una rampa situada a la derecha. Esos casos son bastante sencillos. A decir verdad, un estudio ha demostrado que bastan unos minutos de formación para que un aficionado aprenda a identificar la protuberancia. Sin embargo en aproximadamente el 80 % de los pollos la protuberancia no es obvia y no hay otro rasgo distintivo al que pueda apelar el sexador.

Según algunos cálculos existe hasta un millar de configuraciones cloacales distintas que un sexador ha de aprender para hacer bien su trabajo. Dicha labor se complica más si cabe debido a que el experto ha de emitir su diagnóstico tras echar un vistazo. No hay tiempo para un razonamiento consciente. Si vacila aunque sea un par de segundos, la presión ejercida puede ocasionar que la cloaca de una hembra se hinche y parezca sin lugar a dudas la de un gallo. Los errores son caros. En la década de 1960 una granja pagaba a sus sexadores una moneda de un penique por cada pollo sexado correctamente y descontaba 35 centavos por cada equivocación. Los mejores del sector pueden determinar el sexo de 1.200 pollos por hora con un 98-99 % de aciertos. En Japón un puñado de superhéroes del ramo ha aprendido a coger a los pollos con ambas manos y sexar a dos de cada vez, a razón de 1.700 por hora.

Lo que hace que sexar pollos sea un tema tan fascinante —el motivo de que filósofos docentes y psicólogos cognitivos hayan firmado tesis al respecto y el motivo de que mi investigación sobre la memoria me haya llevado hasta esta misteriosa destreza— es que hasta los mejores sexadores profesionales no son capaces de describir cómo determinan el sexo en los casos más complicados y ambiguos. Su arte es inexplicable. Aseveran que en el plazo de tres segundos simplemente saben si el ave es macho o hembra, pero no saben decir cómo. Incluso cuando responden a las preguntas de los investigadores no son capaces de dar razones por las cuales un ave es macho y otra hembra. Lo que tienen, dicen, es

intuición. En cierto sentido fundamental, el sexador de pollos experto percibe el mundo —al menos el mundo de las partes pudendas de los pollos— de una forma completamente distinta a como usted o yo lo percibimos. Cuando le miran el recto a un pollo, ven cosas que una persona normal sencillamente no ve. ¿Qué tiene que ver sexar pollos con mi memoria? Todo.

Decidí que sería buena idea sumergirme (darme una panzada, a decir verdad) en la literatura científica. Buscaba alguna prueba sólida de que nuestra memoria realmente pudiera mejorar de la manera drástica que prometían Buzan y los atletas mentales. No tuve que buscar mucho. Mientras peinaba la literatura científica, un nombre aparecía una y otra vez en mi investigación sobre la mejora de la memoria: K. Anders Ericsson. Era profesor de psicología en la FSU, la Universidad de Florida, y autor de un artículo titulado «Memoriosos excepcionales: se hacen, no nacen».2

Antes de que Tony Buzan popularizara la idea de «utilizar una memoria perfecta», Ericsson sentaba las bases científicas de lo que se conoce como la «teoría de la memoria experta», que explica cómo y por qué nuestra memoria es susceptible de mejora. En 1981, él y el también psicólogo Bill Chase llevaron a cabo un experimento ya clásico con un universitario de la Carnegie Mellon que ha alcanzado la inmortalidad en la literatura con sus iniciales: SF. Chase y Ericsson pagaron a SF para que pasara varias horas al día en su laboratorio realizando una sencilla prueba de memoria una y otra y otra vez. Dicha prueba era similar a la que Luria le diera a S la primera vez que entró en su consulta. SF se sentaba en una silla e intentaba recordar la mayor cantidad posible de números a medida que le eran leídos, a una velocidad de uno por segundo. Al principio sólo era capaz de retener unos siete dígitos, pero cuando concluyó el experimento —dos años y 250 soporíferas horas después—, SF había ampliado su capacidad y podía recordar números multiplicados por diez. El experimento echó por tierra la vieja noción de que nuestra capacidad de memoria es fija. La forma en que lo hizo SF, en opinión de Ericsson, encierra la clave para entender los procesos cognitivos básicos que subyacen a toda forma de competencia: de los memoriosos atletas mentales a los grandes maestros de ajedrez o los sexadores de pollos.

Todo el mundo posee una memoria excelente para algo. Ya hemos visto el talento de los taxistas londinenses, y la literatura científica está repleta de trabajos sobre la «memoria superior» de los camareros, la gran capacidad de los actores para recordar textos y la retentiva que tienen distintos expertos en una amplia variedad de campos. Los investigadores han estudiado la memoria excepcional de médicos, aficionados al béisbol, violinistas, jugadores de fútbol, jugadores de billar,

bailarines de ballet, forofos del ábaco, amantes de los crucigramas y defensas de voleibol.3 Escoja cualquier empeño humano en el que destaque alguien y le

apuesto a que algún psicólogo en alguna parte ha escrito un artículo sobre la memoria excepcional de expertos en dicho campo.

¿Por qué los camareros veteranos no necesitan apuntar la comanda? ¿Por qué a los mejores violinistas del mundo se les da tan bien memorizar partituras nuevas? ¿Cómo es que, según demostró un estudio, los jugadores de fútbol de elite pueden echar un vistazo a un partido de fútbol televisivo y reconstruir casi con exactitud lo que estaba pasando en dicho partido? Una posible explicación podría ser que quienes tienen buena memoria para las comandas acaban trabajando en el sector de la restauración, o que los jugadores de fútbol que tienen mejor memoria para la disposición de jugadores se las arreglan para llegar hasta primera división, o que quienes tienen buen ojo para los traseros de los pollos tienden por naturaleza hacia la escuela de sexadores Zen Nippon. Sin embargo parece poco probable. Tiene mucho más sentido pensar que la causalidad funciona a la inversa. Existe algo en el dominio de un campo concreto que hace que se tenga mejor memoria para los detalles de dicho campo. Pero ¿qué es ese algo? Y ¿se puede generalizar ese algo de manera que cualquiera pueda adquirirlo?

El laboratorio Human Performance Lab, que Ericsson dirige con un grupo de investigadores de la FSU, es el lugar al que acuden los expertos para someter a prueba su memoria y muchas otras cosas. Probablemente Ericsson sea el mayor experto del mundo en expertos. De hecho, ha cosechado cierta popularidad a lo largo de los últimos años gracias a una investigación que demuestra que los expertos tienden a requerir al menos diez mil horas de formación para gozar de prestigio a escala internacional. Cuando lo llamé para contarle que me estaba planteando ejercitar la memoria, él quiso saber si había empezado ya. Repuse que en realidad no, y él se mostró entusiasmado: me dijo que casi nunca tiene la oportunidad de estudiar a un novato en el proceso de convertirse en experto. Si yo lo decía en serio, añadió, quería convertirme en objeto de estudio por su parte. Me invitó a ir a Florida unos días para hacer algunas pruebas. Quería obtener mediciones básicas de mi memoria antes de que empezara a intentar mejorarla.

El Human Performance Lab ocupa un lujoso complejo de oficinas situado a las afueras de Tallahassee. Las estanterías que recorren las paredes están repletas de una ecléctica serie de títulos que han sido relevantes para la investigación de Ericsson: El temperamento musical, Cirugía del pie, Cómo ser una estrella en activo,

Secretos de la estrategia moderna para el ajedrez, Saber correr, El sexador de pollos experto.

alegremente el lugar como «nuestro palacio de juguetes». Cuando llegué, un par de semanas después de que llamara a Ericsson, me encontré una pantalla de suelo a techo de casi tres metros por más de cuatro instalada en medio de una de las habitaciones donde se pasaba un vídeo con imágenes a tamaño natural de un control policial. Estaba rodado desde la perspectiva de un agente de policía que se dirigía hacia un coche detenido.

Durante las semanas anteriores, Ericsson y sus colegas habían estado llevando al laboratorio a miembros del SWAT, un cuerpo policial de elite, de Tallahassee, así como a policías recién salidos de la academia, y los habían colocado ante la enorme pantalla con una Beretta cargada con munición de fogueo al cinto. Los investigadores acosaron a los agentes con un escenario espeluznante tras otro para ver cómo respondían. En uno de los escenarios, el agente veía a un hombre que se dirigía hacia la puerta de un colegio con un bulto sospechoso que parecía una bomba en el pecho. Los investigadores querían saber cómo reaccionarían agentes con distinto grado de experiencia.

Los resultados fueron sorprendentes. Los agentes expertos del SWAT sacaron el arma de inmediato y le dieron el alto al sospechoso repetidamente a voz en grito. Cuando el hombre no se detuvo, en la mayoría de los casos le dispararon antes de que entrara en el colegio. Sin embargo se demostró que era más probable que los recién salidos de la academia dejaran que el hombre con la bomba subiera las escaleras y entrara en el edificio. Sencillamente carecían de la experiencia necesaria para evaluar la situación y reaccionar de la manera debida. Al menos ésa sería la explicación superficial. Sin embargo, ¿qué significa exactamente experiencia? ¿Qué vieron exactamente los agentes más veteranos que los más jóvenes no vieron? ¿Qué hacían con los ojos, qué pasaba por su cabeza, en qué medida procesaban la situación de forma distinta? ¿Qué les proporcionaba la memoria? Al igual que los sexadores de pollos profesionales, los agentes veteranos del SWAT poseían una destreza difícil de definir. El programa de investigación de Ericsson se puede resumir como el intento de aislar eso que llamamos experiencia para que él pueda analizarla minuciosamente e identificar su base cognitiva.

Con ese objeto Ericsson y sus colegas pidieron a los agentes que comentaran en voz alta lo que se les pasaba por la cabeza a medida que iban viendo el escenario. Lo que Ericsson esperaba deducir de esos relatos era lo mismo que se ha encontrado en todos los demás campos que ha estudiado: los expertos ven el mundo de manera distinta. Reparan en cosas que los no expertos no ven. Se concentran en la información más importante y saben casi automáticamente qué hacer con ella. Y, lo que es más importante, los expertos procesan la ingente cantidad de datos que perciben sus sentidos de forma más refinada. Pueden superar una de las restricciones más importantes del cerebro: el mágico número

siete.

En 1956, un psicólogo de Harvard llamado George Miller publicó lo que se convertiría en un trabajo clásico en la historia de la investigación de la memoria. Comenzaba con una introducción memorable:

Mi problema es que me ha estado persiguiendo un número entero. A lo largo de siete años este número me ha seguido, se ha entrometido en mis datos más privados y me ha asaltado desde las páginas de nuestras revistas con mayor difusión. Este número adopta distintos disfraces, en algunas ocasiones es algo mayor y en otras algo menor de lo habitual, pero nunca cambia lo bastante como para que resulte irreconocible. La perseverancia con que este número me atormenta es mucho más que un accidente aleatorio. Existe, por citar a un famoso senador, un patrón subyacente, un modelo que rige sus apariciones. O bien al número le pasa algo raro o sufro de manía persecutoria.

A decir verdad a todos nos persigue el número entero al que se refería Miller. Su ensayo se titulaba «El mágico número siete, más dos o menos dos: algunos límites en nuestra capacidad para procesar información». Miller descubrió que nuestra capacidad para procesar información y tomar decisiones en el mundo se ve limitada por una restricción fundamental: sólo podemos pensar en siete cosas a la vez.

Cuando una idea o percepción nueva entra en nuestra cabeza, ésta no se almacena de inmediato en la memoria a largo plazo, sino que más bien existe en un limbo temporal, en lo que se conoce como memoria de trabajo, una serie de sistemas del cerebro que retienen todo cuanto ronda nuestra conciencia en el momento actual.

Sin volver atrás para releerlo, intente repetir para usted las tres primeras palabras de esta frase.

Sin volver atrás

Ahora, sin volver atrás, intente repetir las tres primeras palabras de la frase anterior a ésa. Si le resulta algo más complicado, es porque esa frase ya ha sido olvidada por su memoria de trabajo.

La memoria de trabajo desempeña un papel crucial de filtro entre nuestra percepción del mundo y nuestra memoria a largo plazo de la misma. Si cada sensación o pensamiento fuese almacenado en el acto en la enorme base de datos que constituye nuestra memoria a largo plazo, nos ahogaríamos, como S y Funes, en información irrelevante. La mayor parte de las cosas que nos pasan por el cerebro no necesita ser recordada más que en el instante que dedicamos a percibirlas y, de ser preciso, reaccionar a ellas. De hecho, dividir la memoria en almacenes a corto plazo y a largo plazo es una forma tan inteligente de gestionar la información que la mayoría de los ordenadores funciona siguiendo el mismo modelo: poseen memorias a largo plazo en forma de discos duros y una memoria de trabajo caché en la CPU que almacena lo que quiera que el ordenador esté procesando en el momento.

Al igual que un ordenador, nuestra capacidad para funcionar en el mundo está limitada por la cantidad de información que podemos barajar simultáneamente. A menos que repitamos las cosas una y otra vez, éstas tienden a caer en el olvido. Todo el mundo sabe que nuestra memoria de trabajo es pésima. El artículo de Miller explicaba que es pésima dentro de unos parámetros muy concretos. Hay quien sólo puede tener cinco cosas en la cabeza en un momento dado, hay quien puede tener nada menos que nueve, pero el «mágico número siete» parece ser la capacidad universal de nuestra memoria de trabajo a corto plazo. Para colmo de desgracias, esas siete cosas sólo son retenidas unos segundos, y con frecuencia ninguno si estamos distraídos. Esta limitación básica, que todos compartimos, es lo que hace que las hazañas de los gurús de la memoria nos resulten tan increíbles.

La prueba de memoria a la que me sometí no se llevó a cabo delante de la pantalla de suelo a techo del Human Performance Lab. No tenía arma alguna en el cinto ni ningún dispositivo de seguimiento ocular en la cabeza. Mi humilde contribución al saber humano fue extraída en la habitación 218 del departamento de psicología de la FSU, un pequeño despacho sin ventanas con una alfombra manchada y antiguas pruebas para determinar el CI esparcidas por el suelo. Podría describirse mezquinamente como un trastero.

Quien me facilitaba las pruebas era Tres Roring, un doctorando de tercer año que trabajaba en el laboratorio de Ericsson. Aunque las chanclas y la melena rubia de surfista tal vez no lo sugirieran, Tres había crecido en una pequeña

población del sur de Oklahoma, donde su padre es un magnate del petróleo. A los dieciséis años era el campeón juvenil de ajedrez del estado de Oklahoma. Su nombre completo es Roy Roring III, de ahí lo de Tres.

Tres y yo nos pasamos tres días enteros en la habitación 218 haciendo

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