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Los falsos problemas de la transición

III.1. El euro irrumpe con éxito

III.2.3. Los falsos problemas de la transición

Incluso en un proceso de transición que se llevó a cabo de forma ejemplar, no podían faltar pequeños traspiés y otros sucesos que, aunque no superaban la categoría de anécdota, saltaron a los medios de comuni- cación en unos días en que casi todo lo relacionado con el euro podía ser considerado noticia. Así, en los primeros días de enero se pudo escuchar alguna queja por la mala calidad de los billetes euro, que supuestamente desteñían; se dieron a conocer casos de monedas de 1 € que perdían su anillo central, o denuncias de alergias provocadas por el alto contenido en níquel de las monedas. Asuntos todos que quedaban reducidos a casi nada al ser contrastados con la realidad.

El caso quizá más preocupante fue el aireado por los servicios de un hospital barcelonés, que dio cuenta del tratamiento de una veintena de personas con síntomas de alergias cutáneas que podían estar relacio- nadas con el manejo de las nuevas monedas, debido a su contenido de níquel, un metal utilizado en la acuñación de monedas desde hace más de cien años. La realidad es que las monedas euro tienen un contenido en níquel inferior al de las antiguas pesetas. De hecho, la cuestión había sido tenida en cuenta en el proceso de fabricación de las monedas, e incluso, para evitar cualquier riesgo, se había modificado la composición inicial- mente prevista, tras realizar estudios científicos y consultar a asociaciones de consumidores.

Al surgir esta alarma, la Comisión Europea recordó que aproxima- damente un 90 % de las nuevas monedas euro no tenían níquel, lo que representaba un sensible descenso respecto a la situación existente antes del euro (solo se encuentra en las monedas de 1 € y 2 €, mientras que

todas las monedas españolas, a excepción de la de 1 peseta, lo tenían en su composición en diferentes porcentajes). Como medida de precaución adicional, el níquel solo es mayoritario en la aleación de las capas internas de la moneda de 1 € y 2 €, mientas que en la capa exterior que tiene contacto directo con la piel el grado de concentración de níquel es muy bajo (en torno al 10 %).

Enseguida se aclaró que no había evidencia clínica de que los casos tratados estuvieran causados por el contacto con las monedas euro, pero el asunto resurgió ocho meses más tarde, en septiembre, a raíz de la pu- blicación en la revista Nature de un informe de tres científicos suizos en el que se concluía que las monedas de 1 y 2 euros pueden causar picores y enrojecimientos en la piel de las personas con alergia al níquel.

El experimento realizado por estos científicos mostraba que, en contacto prolongado con la piel humana y por efecto del sudor, estas monedas liberan una cantidad excesiva de níquel y pueden causar algún tipo de dermatitis en las personas alérgicas a este metal (en su experimen- to pegaron una moneda con cinta adhesiva a la mano de varias personas durante 48 y 72 horas). Evidentemente, esta no es una situación muy corriente en la vida cotidiana, pero, ante la alarma que se pudiera provo- car en profesionales del comercio y la banca que manejan habitualmente monedas, la Comisión Europea recordó que los niveles máximos de liberación de níquel a los que se refiere la directiva comunitaria presun- tamente incumplida valen para productos en contacto constante con la piel, como son los de joyería, y no para las monedas. También se recor- dó desde Bruselas que no se habían observado casos de alergias desde la puesta en circulación del euro.

Más sorprendente resultó la información según la cual entre los materiales con que estaban fabricados los billetes euro había un ingre- diente tóxico... si era ingerido por un ser humano. Entre enero y febrero de 2002, las publicaciones alemanas Öktotest y Berliner Zeitung difundie- ron que un kilogramo de billetes euro contenía unos 7,5 microgramos de tributiltina o TBT, según un análisis encargado a un laboratorio espe- cializado. Esta sustancia se utiliza como estabilizador en envases de pro- ductos alimentarios, textiles, fábricas papeleras y otras muchas actividades industriales. Su ingesta diaria tolerable por el cuerpo humano es de 0,25 microgramos por cada kilo de peso corporal. La explicación oficial que

aportó el Banco Central Europeo dejaba claro el verdadero alcance de la cuestión: haría falta comerse más de dos mil quinientos billetes diarios durante un prolongado período de tiempo para que la persona resultara intoxicada. No obstante, el BCE ha iniciado conversaciones con los pro- veedores de materias primas para eliminar la TBT de la composición de los billetes.

Desde los Países Bajos llegó también otra señal de alarma. Los bi- lletes euro desteñían o, mejor dicho, perdían color si se frotaban con una hoja de papel blanco. El problema en realidad no era tal. Simplemente se trataba de una consecuencia lógica de la impresión calcográfica en relieve

(intaglio) que reciben en su anverso, que hace que dejen una marca de co-

lor al ser frotados. Es algo que ya ocurría con los billetes en pesetas y que, además, lejos de ser un defecto, sirve en cierta medida para acreditar la validez del billete, ya que permite distinguirlo de una posible falsificación por fotocopia, que no dejaría ningún rastro de color.

Alguna que otra llamada se recibió también en el Banco de España de ciudadanos a los que se les había desprendido el anillo central de la mo- neda de 1 o 2 euros. Efectivamente, a pesar de que el proceso de engarce de los dos anillos en las monedas bicolor los convertía en prácticamente indivisibles (deben soportar una presión mínima de expulsión de 2.000 newtons), no se podía descartar que, entre varios cientos de millones de unidades, alguna hubiera defectuosa. En todo caso, el número insignifi- cante de quejas lleva a pensar que el porcentaje de monedas incorrecta- mente acuñadas era despreciable.

Globalmente, y a pesar de las múltiples pruebas a que fueron so- metidos en esos primeros tiempos los nuevos billetes y monedas, se puede concluir que pasaron el examen con buena nota.