• No se han encontrado resultados

sido vendido en su mayoría. Estos procesos de lo que hemos llama- do despojo sutil, del territorio, de sus modelos productivos, de toda soberanía posible: económica, política y por supuesto alimentaria, termina subsumiendo la humanidad misma de los comuneros. La or- ganización de la vida, de las relaciones sociales, todo está sometido por la multinacional.

La violencia que se vive en estas comunidades aparentemente es imperceptible, se va introduciendo de forma silenciosa en todos los niveles, comprometiendo la dinámica familiar y el desarrollo del in- dividuo. Las compañías mineras se presentan bajo el eslogan de mi-

nería responsable, crean en los pobladores necesidades ficticias (Veraza 2008) de un mundo globalizado comandado por el consumismo, em- pujando a las personas de la comunidad a dejar actividades producti- vas de las cuales subsistían para volverse asalariados y subsumiendo formal y realmente sus consumos al capital (Veraza 2008).

La violación a los derechos humanos es ocasionada por la irrup- ción de estas compañías de forma abrupta en la vida de las personas, provocando afecciones sistemáticas, alterando el equilibrio de las co- munidades. Beristain (2007) menciona que estas experiencias trau- máticas conllevan un sentimiento de ruptura en la continuidad de la vida, y marcan un antes y un después en la vida de las personas afec- tadas. “Las consecuencias económicas o sociales de las violaciones significan un empeoramiento de las condiciones de vida, una pérdida de los proyectos y de las oportunidades de desarrollo de una persona o familia afectada” (Beristain 2007, 14).

Es notable el cambio que se da en estas comunidades. Antes del in- greso de Aurelian en el 2003, los habitantes de El Zarza y Río Blanco se dedicaban al cuidado de sus tierras, de su ganado; las actividades productivas de la zona permitían la sostenibilidad de las familias. Con el ingreso de la compañía minera Kinross, el panorama fue cam- biando. La gente que se dedicaba la minería artesanal empezó a tener limitaciones en la disposición del territorio, la compañía impuso las zonas en las que se permitía dragar y lavar oro, los empleados de la compañía no podían realizar minería artesanal en su tiempo libre. El panorama se vio aun más difícil con la reforma de la ley minera aprobada en el 2008, ley que criminaliza a los pequeños mineros coar- tando el sustento de vida de muchas familias.

El impacto social ha sido importante, el desarrollo de las comuni- dades, familias e individuos se ha visto afectado bajo estas circuns- tancias. Beristain (2007) menciona que se puede hablar de un trauma psicosocial, es decir que existe una relación dialéctica entre lo per- sonal y lo social, en la que el trauma se produce socialmente pero se alimenta en esa relación entre individuo y sociedad.

Frente a estos procesos de toma de control el territorio, los comu- neros que no fueron proletarizados al ser contratados como obreros de la empresa, decidieron salir de su comunidad. La desesperación de no tener el sustento para mantener a la familia, impulsó un fenómeno de migración masiva, “la gente empieza a migrar por falta de trabajo, dejan botadas sus casas” (Testimonio comunitario 2015). Los hombres salieron a buscar trabajo en provincias vecinas como Azuay y Loja, aunque los comuneros y el Estado hayan identificado estos procesos como migratorios, es evidente que se trata de procesos de despojo.

Esta separación trastocó de forma considerable la dinámica fami- liar y el desarrollo de los individuos. Los miembros de la familia que se quedaron en la comunidad empezaron un proceso de duelo oca- sionado por la partida de sus seres queridos.

La resolución del duelo depende de cada individuo, de los recur- sos personales que posea y el apoyo social que reciba de su entor- no, en el cual están involucradas la familia y la comunidad. El he- cho de que la migración (o a nuestro criterio, procesos de despojo sutil) sea un problema comunitario, permite la creación de una red de apoyo. Las personas pueden expresar sus pensamientos, se sien- ten comprendidas, sin embargo esto no remedia el daño en el teji- do comunitario. La sensación de olvido y soledad, la humillación de ser apartados de su tierra porque no existe otras opciones, dejan en una condición de vulnerabilidad a los comuneros. “Se ha vivido mu- cha injusticia, hemos vivido la irresponsabilidad de estas empresas.” (Testimonio comunitario 2015).

El ingreso de las compañías mineras, ha devenido en que los co- muneros se enemisten por la búsqueda de empleo: quienes obtienen empleo, se desvinculan de la causa común, cambian de posición y se ven forzados a respaldar a la empresa: “estoy de acuerdo con la en- trada de la compañía minera mientras yo tenga trabajo” (Testimo- nio comunitario 2015). Uno de los moradores de El Zarza durante la

entrevista manifestó que “empezaron a existir desigualdades, malos entendidos, empezamos a dejar que no exista la unidad, no cumplen con acuerdos que se hacen. Cada uno empezó a interesarse menos por los demás.” (Testimonio comunitario 2015).

La desestructuración comunitaria destruye las relaciones huma- nas, las desvaloriza y hace que los individuos pierdan el interés por el otro, cada uno piensa en su bienestar, busca los medios necesarios para sobrevivir. “En términos más amplios de una sociedad, adap- tarse a un contexto hostil puede conllevar insensibilización frente al sufrimiento de los otros, convirtiéndose también en una muestra de deshumanización o justificación” (Beristain 2007, 29). Los impactos colectivos como la división comunitaria, pérdida de proyectos de de- sarrollo, desconfianza, inseguridad grupal y clima de miedo entran en la dinámica y en el estilo de vida de cada una de los individuos pertenecientes a la comunidad.

Este sufrimiento colectivo, amenaza gravemente el desarrollo del individuo. Si la comunidad se encuentra tan perjudicada: ¿Qué se puede esperar en el ambiente familiar? ¿Cómo se está educando a los hijos? ¿Cuál es la realidad de los hogares y sus miembros es estas co- munidades?