The flight of the meadowlark: understanding systemic domestic violence
2. ES FERAS INTEGRADAS DE LA CONS TRUCCIÓN DE LA IDEN TIDAD
La grandeza del ser humano es ser puente y no meta.
Frederich NIETZSCHE
La construcción de la identidad de todo sujeto transcurre paralela al proceso de socia- lización que comienza con el nacimiento y dura toda la vida. En la interacción del indivi- duo con los grupos de socialización primarios y secundarios, esto es, la familia y los pa- res. Cada persona va tramando la articulación entre quien es, quien quiere ser y a quien re- conocen los demás. Según las variables sociológicas que estén en juego en cada contex- to sociocultural, los grupos se irán constituyendo en agentes socializadores para cada rol social. En tanto varón o mujer, el sujeto social recibe un bagaje cultural distinto, ya des- de el nacimiento y en la familia de origen, y de modo persistente durante la socialización secundaria y resocialización. Puede que no sea excesivo afirmar que la variable sociológi- ca que conforma la identidad de modo inherente es precisamente el género, puesto que edad, estatus e incluso el origen étnico, pueden variar en la percepción que cada individuo tiene de sí mismo a lo largo de su existencia.
Dicho esto, habría que añadir que no resulta posible analizar de modo aislado cada es- fera en la construcción de la identidad; primero, porque la trayectoria vital de cada sujeto se encarga de integrar sincrónica y diacrónicamente estos ámbitos, también porque los lí- mites entre estos tres escenarios se desdibujan en fronteras porosas por las que transcurren cada uno de nuestros roles sociales. El marco general es el del la cultura; el bagaje so- ciocultural influye en la forma en que cada familia asigna distintas tareas entre sus com- ponentes según la división sexual del trabajo; tanto como influye el hecho de ser hija úni- ca en la manera en que una mujer constituye su familia de elección. No puede desvincu- larse la esfera de lo cultural de lo grupal y personal, siendo el escenario antropológico el que otorga sentido a las relaciones intergénero e intragénero. La persona como sujeto de
estudio de una perspectiva psicológica responde al esquema de lo intrapsíquico. Siendo toda esta articulación obvia de tan conocida, conviene no olvidarla de cara a analizar qué ocurre con la violencia en el entorno familiar. Hablamos de familias y no tanto del ám- bito doméstico porque la escuela constituye un escenario relacionado dialógicamente con el hogar en la vida de los menores. Las familias son el grupo de socialización primaria por excelencia, sin duda en ello basa su función social prioritaria (Talcott Parsons), al tiempo que facilitan (y/o dificultan) la integración de cada sujeto en las otras esferas pú- blicas y semipúblicas de la sociedad.
Situar al sujeto social en el esquema de las tres esferas de lo intrapsíquico, lo grupal y lo sociocultural, nos permite integrar cualquier manifestación emocional, como la agre- sividad, derivada de la ira y propia de nuestra condición humana, con la violencia cultural o sistémica del patriarcado como modelo social dominante. Desde un esquema individual psicológico podemos encontrar explicación a las dinámicas violentas en la carencia de ma-
ternaje1 (Gutman, 2007, pp. 73-104). La violencia emocional surge, según esta autora,
cuando ante el nacimiento de un bebé se manifiesta el conflicto de la imposibilidad de que convivan el deseo de la madre y el del niño en un mismo campo emocional. Y como na- die puede ofrecer lo que no tiene (Ob. cit. p. 82) la situación se perpetúa de generación en generación poniendo de manifiesto formas de violencia activas o pasivas que se repro- ducen en todas las culturas. La fórmula para la resolución del problema pasa por encarar con la propia sombra el resentimiento de la carencia de maternaje para no reproducirlo hasta el infinito2. Una vez más, el darnos cuenta, el proceso de pararnos a sentir, pensar y actuar en conciencia, constituye la herramienta de cambio social más definitiva. Los y las profesionales que, desde su experiencia, determinan los protocolos de actuación para la atención psicológica a mujeres maltratadas, subrayan la necesidad de romper con la cul- pabilización de las victimas. Es por ello que el primer paso hacia la supervivencia de es- tas mujeres pasa por reconocerse víctimas, para posibilitar la acción terapéutica y la trans- formación de la experiencia del trauma en capacitación y templanza caracterial (Dio Bleichmar, 2001: 51).
Los modelos de socialización y de la división sexual del trabajo, por seguir con la tra- yectoria vital de un sujeto cualquiera, se expresan en familias cuyas pautas de funciona- miento están en crisis. La autoridad del pater familias cuando ya no responde en exclusi- va al prototipo de male breadwinner (el «ganapán» sustento familiar) se ve cuestionada. Por otro lado, la incorporación de las mujeres al mercado laboral tiene unas implicacio- nes de corresponsabilidad todavía hoy por resolver en contextos con igualdad jurídica, como ya analizábamos en otros lugares (Martínez Pérez, A. y Román Fernández, M., 2005, 2007). Carencias en la autoridad y la responsabilidad de los diferentes miembros de las familias proyectan la necesidad de resolver conflictos enquistados de modo exógeno,
128 Ana Mercedes Martínez Pérez SyU
1 Rodrigáñez y Cachafeiro hacen referencia al concepto de continuum (Liedloff, J. 1986) aplicado a la
crianza de los seres humanos, su análisis permite ampliar la reflexión sobre comportamientos violentos en torno a los alumbramientos de las madres y la crianza de los niños y niñas en nuestras sociedades occi- dentales.
2 Para una llevar a cabo una reflexión sobre el papel de la maternidad en la sociedad española de los últi-
mos treinta años puede verse el brillante análisis de Isabel ALER, La transformación de la maternidad en
recurriendo a profesionales de la educación o de la salud. Precisamente en este aspecto ra- dica lo particular de la situación actual: se da la ausencia de nuevas pautas en las prácti- cas familiares que sustituyan las tradicionales en la resolución de conflictos que permitan resolverlos en la intimidad. Este panorama incapacita a las familias como instituciones para el sustento del orden social, su rol por excelencia en otros momentos de nuestra his- toria. La pregunta que conviene hacer es si somos capaces, como sociedad y como colec- tivo humano, de construir pautas democráticas de resolución de la conflictividad familiar acordes con los nuevos esquemas de convivencia. La violencia familiar deviene una sali- da frecuente, y por lo demás, consecuente, a la crisis del cambio de época, o de la época de cambios, que estamos viviendo.