The flight of the meadowlark: understanding systemic domestic violence
3. VIOLENCIA S IS TÉMICA Y ES TRUCTURAL
Es la persona que se siente sin poder la que apela al último recurso – agresión y v io- lencia. Paradójicamente no es el poder, sino la falta de poder lo que corrompe. Perder demasiado no construy e carácter; construy e frustración y agresión.
Bertrand RUSSELL.
El discurso social predominante sobre la violencia familiar (y en especial sobre sus principales víctimas, las mujeres y los niños) parece centrarse en sobreseñalar la expre- sión cruel y definitiva del homicidio; y esto es debido, en gran parte, a la influencia de los medios de comunicación, por cierto agentes de socialización no siempre difusa. Sien- do esto importante, el sobreseñalamiento puede conllevar efectos perversos: por un lado, el efecto «llamada» por presentar al maltratador como protagonista y no hacer referencia al castigo; y, sobre todo, de un modo más preocupante, que permanezca oculta la verda- dera catástrofe social de la violencia larvada contra las víctimas. Mi intención es hablar de lo no dicho: de toda esa parte verdaderamente grave del problema que, lejos de lo que cabría esperar por el impacto mediático, no ocupa el primer puesto en la lista de preocu- paciones de los españoles3(posición del terrorismo o el paro según el momento en que se realiza la encuesta). La violencia en el ámbito doméstico no es percibida como un pro- blema social; se asocia a una problemática de pareja o familiar y, en la peor de las deri- vaciones posibles, sería un «asunto de mujeres».
Sin embargo, el discurso mediático comienza a hacerse eco de indicios de transforma- ción en algunos sectores de la sociedad4. La construcción de la identidad de género mas-
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3 Encuestas periódicas del CIS, Barómetro de Diciembre de 2007. El problema más importante es el terro-
rismo de ETA (39,6%), seguido del paro (38,6%) y la economía (32,9%). La violencia contra la mujer re- sulta ser lo más grave para el 3% de los encuestados.
4 «¿Qué les pasa a los hombres?» por Soledad Gallego-Díaz, El País, 2/3/08. «El feminismo abre la puer-
culina es hoy, más que nunca, objeto de análisis social por parte de quienes reconocemos que la violencia se da, socioculturalmente hablando, contra lo femenino. Siendo esto cier- to, y sin ánimo de compensar debilidades, la violencia cultural se manifiesta también en la obligación social de una falsa valentía que lleva a los varones a una suerte de analfa- betismo emocional (de «los niños no lloran») que les impide o dificulta la expresión de algunos de sus sentimientos más profundamente humanos: el miedo o la ira. Las muje- res, las niñas y los niños son víctimas de una forma de violencia que podemos calificar de sistémica y estructural por cuanto ha sido construida culturalmente, y mantenida me- diante un proceso de ocultación sintetizado en esa máxima popular de «los trapos sucios se lavan en casa».
Sin embargo, ¿puede haber algo más grave que no garantizar el derecho a la vida de mujeres y niños o niñas que mueren por el mero hecho de ser quienes son? ¿Puede una sociedad considerarse desarrollada, e incluso potencia mundial, cuando sigue tolerándose esta forma de terrorismo? ¿Es que el Índice de Desarrollo Humano no contempla estos da- tos? ¿Cómo definir calidad de vida y estado de bienestar si calculamos que dos millones de mujeres sufren violencia directa cada día en España? ¿Se puede cuantificar el maltrato a un menor? Es decir, ¿es posible no ya hacer justicia, sino salvar a las víctimas? De- masiadas preguntas para deshacer una espiral que no conduce sino a la desazón.
No está de más reconocer que algunos movimientos se descubren en la escena políti- ca y legislativa. De hecho, la Ley integral contra la violencia de género es una normati- va con un elevado nivel de consenso, dado que se hizo como debe abordarse un tema de gran repercusión social: preguntando a las mujeres que, conscientes de su discriminación, atienden a otras maltratadas5. La cuestión, pues, es ¿por qué no surte efecto? ¿por qué no da resultado? La ley es fruto de la participación y el conocimiento profundo de muchos colectivos y asociaciones de mujeres sobre un problema que permanece oculto e incom- prendido6. La violencia no está solamente en la muerte o en el golpe que recibe una mu- jer o un menor, con todo lo dramáticos que pueden ser estos actos. Su origen está en el modelo sociocultural que tolera sin condenar ese acto. Si bien es cierto que estamos en un momento en que la violencia machista se torna visible, no es menos cierto que hasta no hace mucho permanecía velada como «crimen pasional» o conflicto íntimo de pareja. Queda mucho camino por recorrer hasta que el halcón se quite la caperuza para ver que sólo responde a la voz de su adiestrador, que es un instrumento en manos de la violencia sistémica y que al agredir y matar a la alondra se mata también a sí mismo, porque mata la vida.
Al visibilizar el problema conseguimos el doble objetivo de desvelar cuanto perma- nece oculto y empezar a vislumbrar las raíces de la situación. Como podemos ver en el siguiente esquema, la base de la pirámide se extiende en forma de pautas culturales difí-
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5 Conviene prestar atención a la voz de colectivos de mujeres feministas que nos llevan a reflexionar acer-
ca de una sobreprotección paternalista hacia las mujeres (maltratadas, trabajadoras del sexo, inmigradas, etc.). Consideran que los modelos de actuación sobreprotectores reproducen el efecto tutelador masculi- no del que rehuímos. Se produce una coincidencia en los fines pero una divergencia en los medios para alcanzarlos. www.otrasvocesfeministas.org
6 Ver el clarividente análisis de Ana M.ª Pérez del Campo, Una cuestión incomprendida. El maltrato a la
cilmente descalificadas como sexistas, dado su carácter cotidiano y extendido por cualquier sociedad o colectivo. El hecho de que un comportamiento constituya un rasgo cultural no le otorga el valor de que sea inherente, invariable o insustituible. El problema de que un fenómeno social tenga la categoría de hecho cultural estriba en que no es identificado como dañino y por tanto susceptible de ser modificado, ni siquiera se ve como un pro- blema, menos todavía como un conflicto7. La diferenciación entre sexo y género resulta imprescindible para comprender que los roles asociados a lo masculino y a lo femenino constituyen una construcción sociocultural, en la que debemos introducir el matiz de la orientación sexual. De hecho, algunas autoras consideran sinónimos el sistema sexo-gé- nero y el patriarcado, puesto que sin desigualdad social no habría diferenciación por géne- ro (De Miguel, 2002).
El estudio de los investigadores Barry, Bacon y Child8 confirma que el patriarcado se extiende a lo largo y ancho de nuestra historia común como especie. Tras analizar los va- lores transmitidos en el proceso de socialización en diferentes culturas, llegaron a la con- clusión de que «valerse por uno mismo» es un aprendizaje inculcado a los varones en un 85% de las sociedades estudiadas, como el «cuidado» se atribuye a las mujeres en el 82% de las culturas. En definitiva, aparecían como variables de presión femeninas la obedien- cia y la responsabilidad, mientras que el logro era claramente masculino en todos los pro- cesos de socialización. Vemos, desde la perspectiva dominante, que el patriarcado como modelo sociocultural ha triunfado a lo largo del tiempo y del espacio, tanto que puede que a su éxito debamos más que a nada la invisibilización de lo femenino. O mejor podría- mos decir que el proceso es el inverso y la ocultación fue requisito previo para que el pa- triarcado se implantara. En el proceso de mantener velada una parte de la realidad y la his- toria de más de la mitad de la población tuvo su influencia la separación de los espacios y tiempos (y dineros) públicos y privados con la consiguiente atribución de roles mascu- linos y femeninos a cada uno de ellos, como veremos más adelante.
De todo este engranaje deriva el hecho de que las agresiones por razón de sexo deban ser entendidas teniendo su origen en un contexto sociocultural, como bien dice Luis Bo- nino, «los micromachismos comprenden un amplio abanico de maniobras interpersonales que impregnan los comportamientos masculinos en lo cotidiano (… ) Los micromachis- mos son microabusos y microviolencias que procuran que el varón mantenga su propia posición de género (… ) Están en la base y son el caldo de cultivo de las demás formas de violencia» (Bonino, L. en Corsi, J. 1995: 4). El piropo, por poner un ejemplo de mi- cromachismo, comienza a ser percibido como agresión a partir del momento en que plan-
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7 El dilema sociológico, ya clásico, entre consenso y conflicto sirve para contextualizar el debate y el te-
mor que existe en la sociedad en torno a los aspectos o las personas tipificadas como conflictivos. Un con- flicto social, desde una perspectiva psicosocial, no es sino una divergencia de intereses y puntos de vista presente en toda interacción, y algo tan propio de la intersubjetividad ejerce su función constructiva en el desarrollo cognitivo de los sujetos. De ahí que en intervención social resulte adecuado trabajar la resolu- ción de conflictos, utilizando en beneficio del grupo que se trata de una herramienta de reflexión para me- jorar la convivencia mediante el conocimiento de las posturas ajenas.
8 BARRY, H.; BACON, M. K., y CHILD, I. L.: «Una revisión transcultural de algunas diferencias de sexo
en la socialización» en VELASCO, H. (Coord.): Lecturas de antropología social y cultural. UNED, Ma- drid, 1995.
teamos que varones y mujeres son sujetos deseantes y no aceptamos que las mujeres son los únicos objetos de deseo. Se vislumbra la falta de reciprocidad cuando el sujeto de de- seo varón anhela estar con una mujer para la que no contempla siquiera el derecho a de- sear, cuanto menos interesa preguntarle su opinión, su rol en la interacción es pasivo.
ESQUEMA1
VIOLENCIA SISTÉMICA VISIBLE Y OCULTA
Sabemos desde un conocimiento antropológico que cuando nuestro interlocutor le- vanta los hombros y nos dice que algo siempre se ha hecho así debe tratarse de un rasgo cultural. En ocasiones, nos encontramos ante un comportamiento al que no dedicamos atención por ahorro de energía psíquica, es decir, no podemos decidirlo todo y automati- zamos actuaciones. Efectivamente, la violencia contra las mujeres, las niñas y los niños existe desde «siempre», si bien es cierto que no podría afirmarse «desde que el hombre es hombre»9. El modelo sociocultural que sostiene esta violencia es el patriarcado y su ex- pansión a nivel planetario resulta prácticamente un universal. Sin embargo, que las cosas se hagan siempre de una manera no implica que se estén haciendo bien, tampoco que no puedan hacerse de otro modo. Partiendo de esta premisa, revisemos cuánto del contexto cultural influye y determina la violencia y cuánto de la violencia encuentra su expansión
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9 Ver para ello los análisis de Graves en La diosa blanca o de Engels en El origen de la familia.
Violencia visible Violencia oculta, invisibilizada Bonino, L., 1995 y 2002 Violencia Verbal (Micromachismos) Violencia cultural Violencia psicológica (Dinámicas violentas) Violencia económica Violencia física
en la cultura. Nos resistimos al cambio social por miedo, por la inseguridad de dejar sen- das conocidas por lo ignorado, la diferencia nos atemoriza porque no la asumimos como condición humana. Estamos en lo cierto al afirmar que no podemos ser más diversos, pero también cabe añadir que nos humaniza, precisamente, tener la igualdad como pre- tensión.
Dado que el origen del feminismo está en la Ilustración, siendo el «hijo no deseado» de la misma, como dice Amelia Valcárcel, revisemos sus supuestos básicos. Cuando Rousseau, desde la profunda misoginia de algunos de sus escritos, decía «entre el débil y el fuerte, es la libertad la que oprime y la ley la que libera» estaba pensando en un uso un tanto perverso de la libertad, aquél que nos lleva a dejar hacer. La situación que podrí- amos calificar en verdad de «libertad» no requeriría la acción liberadora de la ley. Ocurre que no podemos establecer una negociación de significados sin un equilibrio previo, la condición de igualdad debe ser anterior a toda forma de resolución de conflicto. Hablamos de igualdad, aunque exista una relación de poder en el sentido de autoridad, pero sin igual- dad la negociación deviene en imposición y resulta imposible la justicia (Coria, C., 1996). La ley garantiza que esa negociación tenga un resultado equitativo en función de las renuncias y aceptaciones de cada parte, por eso «la ley libera». Pero no oprime la li- bertad cuando se ejerce, lo que oprime es no actuar, dejar hacer es una forma de estar ha- ciendo que conlleva un riesgo como toda opción. Oprime el hecho de no tomar concien- cia de nuestro poder de actuación y permitir que otras personas o instituciones, el destino o un «ser sobrenatural» decidan por nosotros, pero ésta no puede ser una definición ajus- tada de libertad.
El problema de la equidad social estriba, a mi modo de ver, en que confundimos o convertimos con demasiada frecuencia diferenciación social (que hace referencia a la sin- gularidad de cada persona) con desigualdad social (que ya es en sí misma injusticia). La diferencia nos trama como sujetos en tanto en cuanto la construcción de la identidad guar- da relación con la composición que cada ser humano es capaz de hacer a lo largo del pro- ceso de socialización que protagoniza. Mi identidad es lo que hace que yo no sea idéntico a ninguna otra persona (Maalouf, 2004: 18). Sin embargo, la desigualdad se sustenta en la creencia de que un grupo de personas por el hecho de responder, de forma más o me- nos ajustada, a las características de una de las variables de la identidad (sexo, edad, etnia, estatus, etc.) tienen más poder o derechos que otras no integradas en ese grupo. Toda si- tuación derivada de la confusión descrita genera violencia al menos larvada y en demasia- das ocasiones manifiesta y visible.
Tendemos a resolver la desigualdad creándonos (y creyéndonos) la necesidad de igualar para no discriminar, compensar de algún modo una situación injusta de partida. En el ejer- cicio de la política se establecen medidas de acción positiva para que quienes viven cual- quier forma de discriminación sean tratados con la isonomía que se espera de un estado de derecho. Sin la desigualdad existente no serían necesarias estas medidas de discriminación positiva, entre otras la política de cuotas. Más aún, sólo cuando la igualdad no la sinta- mos impuesta y la vivamos como de hecho y de derecho, dejaremos de conmemorar cada 25 de noviembre la lucha para combatir la violencia contra las mujeres. Para ello, resul- ta imprescindible lograr una convivencia basada en el reconocimiento de la singularidad, porque de ahí deriva el entendimiento que nos capacita para resolver situaciones de con- flicto y mejorar nuestras condiciones de vida.