El 3 de octubre de 1944 los guerrilleros de la zona del lago de Como asestaron un gran golpe. Residían entre Lenno y Cadenabbia numerosas familias de jerarcas. En Lenno tenía su domicilio, después de haber estado en la Villa Buonaventura de Griante, y más tarde en Maderno a orillas del Garda, la familia de Buffarini-Guidi. En Cadenabbia se habían instalado en distintas villas, aunque contiguas, las familias Zerbino, Tarchi, Morini, Tamburini. Otras familias de dirigentes menos destacados de la república social vivían desde hacía aproximadamente un año en los alrededores. El mando de la banda guerrillera que operaba en la Tremezzina proyectó capturar a estas familias, que constituirían un imponente número de rehenes.
El martes 3 de octubre, al anochecer, después de bloquear el túnel que de Cadenabbia conduce a Menaggio, y colocar un puesto de vigilancia al sur de Lenno, los guerrilleros atacaron a las fuerzas de policía republicana que guarnecían Lenno y tenían encomendada, al mismo tiempo, la vigilancia de la villa habitada por la familia de Buffarini. Los policías que no estaban de servicio tenían la costumbre de reunirse después de cenar en el pequeño café de la plaza. Los guerrilleros con la complicidad del propietario del local, quien, como se descubrió más tarde, formaba parte del movimiento clandestino, irrumpieron en el café y mataron allí a cuatro policías que estaban jugando a las cartas.
Puestas fuera de combate las fuerzas de Lenno, no había otros elementos fascistas sino en un pequeño cuartel en Cadenabbia, cerca de la Villa Buonaventura. Pero los guerrilleros ya habían cortado los hilos telefónicos precisamente para impedir que el pequeño cuerpo de guardia de Cadenabbia fuera avisado y pudiese acudir en ayuda de sus compañeros. Sin embargo otros agentes, que vigilaban alrededor de la villa habitada por la familia Buffarini-Guidi, al oír los disparos, acudieron dando al mismo tiempo la señal de alarma a Cadenabbia. Con ello tuvo lugar un choque armado. Al llegar los soldados de Cadenabbia, los guerrilleros fueron rechazados y obligados a dispersarse, dejando sobre el terreno cinco muertos y arrastrando consigo, según se pudo comprobar por las manchas de sangre, a numerosos heridos. El mismo comandante del grupo de guerrilleros, un cierto capitán Ricci, natural de Liguria, que según se rumoreaba tenía relaciones con la hija de un conocido industrial de la provincia, fué gravemente herido y se refugió sangrando a los montes, donde al poco tiempo falleció.
Grande fué la impresión suscitada por este episodio, que demostró que las familias de los jerarcas no estaban seguras a orillas del Lado.
A la mañana siguiente, el jefe de la provincia de Como, Celio, se personó en el lugar del encuentro y declaró que no asumía la responsabilidad de la permanencia de las familias de los jerarcas a orillas del lago, especialmente en aquella zona, y conminó a ministros, subsecretarios y jerarcas a que hiciesen el favor de trasladar cuanto antes a sus familias.
Aparte de unas familias que se habían establecido en la Tremezzina desde el otoño de 1943, la mayor parte restante habían llegado a aquellos parajes a finales de agosto de 1944, cuando, acercándose el frente a la línea de Rimini, se temía como próxima e inevitable la invasión del Valle del Po. Algunos miembros del gobierno republicano habían pensado en aquel entonces que, caso de ocupación total del territorio de la república por las tropas angloamericanas, sería prudente enviar a sus familias a Suiza, aun cuando el gobierno tuviese que trasladarse, como gobierno exilado, a Alemania, siguiendo los pasos de la retirada germánica. Este proyecto encontró sin embargo la oposición de los mandos alemanes, que preferían que no solamente los jerarcas, sino que también sus familias, se trasladaran a Alemania, caso de una retirada de Italia. Los germanos querían que no solamente los miembros del gobierno, sino también todos los altos funcionarios del gobierno y del partido, y todos los fascistas de cierto renombre, y por lo tanto más expuestos a las represalias de los "aliados" y del gobierno monárquico-antifascista, se refugiaran en Alemania. Habían proyectado constituir tres zonas de refugio para los fascistas republicanos en el territorio del Reich. La primera zona —la zona A— había sido establecida en Zurs, en el Voralberg. Los otras dos zonas, la B y la C, se constituirían en los alrededores del lago de Constanza, en territorio germánico. Como jefe de cada zona había sido designado un embajador o un ministro plenipotenciario del Ministerio de Asuntos Exteriores de Saló. Para la zona de Zurs asignada a las
familias de los miembros del gobierno y de los más altos jerarcas, había sido destinado el embajador Capasso Torre.
Después del episodio de Lenno y el forzoso desalojamiento de las orillas del lago de Como de las familias de los jerarcas, el embajador Rahn y el general de las S. S. Wolff, plenipotenciario del Führer en Italia, pusieron de relieve la oportunidad que se ofrecía de empezar a utilizar la primera zona, es decir la de Zurs.
Entre finales de octubre y finales de noviembre, casi todas las familias de los más altos jerarcas, de grado o por fuerza, fueron enviadas a Zurs.
El lugar elegido era uno de los más famosos centros de deportes de invierno de la antigua Austria, la conocida escuela de esquí austríaca, encima de S. Antón, cerca del lago de Constanza. Era un lugar encantador, a unos dos mil metros de altura. Recordaba un poco a Séstriéres. En efecto no había ningún pueblo; sólo unas excelentes pistas de esquiar. Los montes de Alberg, resplandecían de nieve y de hielo bajo un cielo límpido, con un sol centelleante. Algunos magníficos hoteles de alta montaña, abandonados a causa de la guerra, habían sido abiertos nuevamente para hospedar a las familias de los jerarcas.
Zurs estaba completamente aislada del mundo. En septiembre las nevadas ya habían sido abundantes y frecuentes. Desde noviembre hasta mayo sólo se podía llegar allí por medio de trineos, que, partiendo del ferrocarril de Langen, empleaban unas dos horas para llegar. Además de unos diez hoteles, no había otros edificios que los de correos y telégrafos y una pequeña iglesia, a la que iba todos los domingos para celebrar misa un cura de la cercana aldea de Lerch.
Los trineos eran pocos y los conducían prisioneros de guerra o internados rusos o yugoeslavos. Los hoteles empleaban para su servicio un personal de los más diversos países: checoeslovacos, ucranianos, franceses, servios, etc. Como representación alemana estaba en la zona un cortés diplomático, el barón von Reichter, que había estado durante muchos años en Roma. La vigilancia de la zona corría a cargo del gauleiter de Innsbruck, Hofer:
Cuando las primeras familias llegaron a Zurs, el embajador Capasso-Torre, que ya estaba allí desde unos días antes, y que no parecía demasiado entusiasmado con su misión, dijo a alguien: "Me parece un elegante campo de concentración para personas de cierta consideración". Era solamente una "boutade".
Sin embargo la frase se llegó a conocer y le valió al embajador italiano nada menos que la amenaza de comparecer ante un Tribunal Popular alemán, como... traidor. Más que nadie, se mostró indignado un consejero de la embajada alemana. Mazzolini intervino enérgicamente, y más tarde el mismo Mussolini; y todo se apaciguó.
En diciembre casi todas las familias de los miembros del gobierno ya se habían trasladado a Zurs. La marquesa Graziani prefirió ir, en cambio, a vivir con una familia amiga en Garmisch. Aplazaron su partida para la zona A (y acabaron por no emprenderla nunca) las familias de Bufarini-Guidi y de Moroni, mientras Pisenti, que no tenía hijos, quiso tener a su mujer consigo, en Italia.
Tampoco la familia Mussolini —para la que había sido reservado un pequeño y precioso hotel— apareció por allí. Solamente Vittorio y Romano visitaron por unos días las nieves de Alberg.
Para las familias de los jerarcas transcurrían los días en el más total aislamiento. En el hotel situado más arriba de todos, cerca de la mayor pista de descenso, fueron enviados más tarde a pasar su período de descanso, los submarinistas alemanes de las dotaciones de submarinos de gran recorrido, los cuales desde las profundidades de los mares se trasladaban a las grandes altitudes para reconfortar y purificar un poco sus pulmones.
Los hijos de los jerarcas esquiaban, sus madres tomaban el sol en las terrazas de los hoteles y confeccionaban prendas para los soldados del ejército de Graziani. Sin embargo, el resplandor de las nieves y del cielo no compensaba la tristeza de la soledad y la nostalgia de la Patria.
Era un momento particularmente eufórico. A mediados de noviembre había aparecido en los cielos de la guerra la V.2. Después del largo martilleo de las V.l, que ya tantas esperanzas había despertado, el bombardeo de Londres con las V.2, había dado rienda suelta a nuevas oleadas de ilusiones. Parecía seguro que las nuevas armas tuviesen que cambiar el curso de la guerra. La propaganda alemana daba a entender que se estaba en vísperas de aparición de otras y más decisivas sorpresas. La V.l, presentada como el principio de una nueva técnica bélica, desarrollaba de una manera impresionante sus principios innovadores. Un periodista suizo, en un artículo titulado "La V.l y Europa", concluía: "Aún sin querer tomar una actitud profética, puedo afirmar que la bomba volante (prescindiendo de sus derivados y desarrollos que ahora desconocemos, y que sin embargo podemos presumir) influenciará de una manera profunda en el destino de Europa. La guerra transforma el mundo". Cuando apareció la V.2, Luigi Romersa, que había ido a Alemania para llevar a cabo una encuesta de carácter periodístico acerca de las armas secretas, en un artículo titulado "Uno que ha visto" anunciaba nuevas armas aéreas y navales además de nuevas y más poderosas bombas volantes. "Ningún otro país puede garantizar con tanta seguridad —escribía— y la seguridad no la dan las palabras sino los hechos, hechos que quisiera mostrar a vuestros ojos con una serie de maravillosos fotogramas que entusiasmarían incluso al hombre más apático, que, dentro de breve tiempo, la marcha de la guerra será totalmente modificada."
El 16 de diciembre Mussolini estuvo en Milán y pronunció el conocido discurso del teatro Lírico. Era la primera vez después de los acontecimientos de julio y de septiembre de 1943, que Mussolini tomaba nuevamente contacto con Milán, que era ahora la mayor ciudad de la república limitada por la línea Gótica.
Habló en el Lírico, visitó la cuna del Fascismo: Plaza San Sepulcro, entró repentinamente en un comedor popular en la Plaza Díaz, recorrió en automóvil las calles y los paseos del centro y de la periferia, escuchó a muchas gentes y a varias representaciones en la Prefectura, pasó revista a la guardia republicana, a las brigadas negras, al ejército. Su discurso, que fué definido inmediatamente como "el discurso de la revancha" suscitó un confiado entusiasmo, especialmente entre los fascistas y los refugiados que llenaban Milán.
En su discurso, también Mussolini había aludido a las armas secretas, declarando: "No se trata de armas secretas, sino de armas nuevas que —es obvio decirlo— permanecen secretas hasta que son empleadas en combate; que tales armas existen, lo saben por amarga experiencia los ingleses; que las primeras, pronto serán seguidas por otras, lo puedo afirmar con conocimiento de causa; que estas armas lograrán restablecer al principio el equilibrio y sucesivamente pondrán la iniciativa de nuevo en manos germánicas está en el límite de las humanas previsiones, casi seguro y también bastante cercano. Muy comprensibles son las impaciencias, después de cinco años de guerra, sin embargo se trata de aparatos en los que ciencia, técnica, experiencia, adiestramiento de los individuos y de los grupos deben colaborar estrechamente. Lo cierto es que no ha acabado la serie de las sorpresas: y que miles de sabios alemanes trabajan día y noche para aumentar el potencial bélico del Reich."
La euforia llegó a su punto álgido dos días más tarde, cuando se anunció la gran ofensiva alemana en Luxemburgo. El 18 de diciembre el parte germánico decía: "Después de una breve y poderosa preparación artillera, poderosas fuerzas germánicas, el 16 de diciembre, a las 5,30 horas, procedentes de la Muralla Occidental, han pasado al ataque en un vasto frente y han arrollado ya en su primer asalto a las posiciones avanzadas de los norteamericanos entre el Alto-Venne y la parte septentrional del Luxemburgo. La gran ofensiva, sostenida y protegida por poderosas formaciones de aviones de caza, continúa." Esta ofensiva tuvo muy preocupados a los "aliados". Se comprobaba que el león aún no había muerto y que estaba en condiciones de lanzar todavía fuertes y peligrosos zarpazos. El 21 de diciembre la United Press, después de definir como difícil la situación de las tropas americanas en el sector de la ofensiva germánica, consideraba que la brecha conseguida por los alemanes en el frente del primer cuerpo de ejército americano era el más grave golpe recibido por los estadounidenses después de la pérdida de Filipinas.
A la euforia suscitada por las V.2, por el discurso del "Lirico", por la ofensiva de los Ardenas, se añadían las sugestiones de la propaganda y los rumores. Boccasile, que había pasado de las procaces silhouettes de las "Signorine Grandi Firme", a la pintura de guerra, había dibujado un gran cartel sobre las nuevas armas, en el que se veía un puño tendido amenazadoramente —con el
pulgar dirigido hacia abajo —hacia Londres en llamas. Oficiales alemanes de los servicios científicos hablaban en gran secreto con alguien, que, naturalmente, se apresuraba a no mantener el secreto, acerca de sensacionales descubrimientos, como la desintegración del átomo, el agua pesada, el bombardeo de uranio: la bomba atómica, en suma. Y había quien aseguraba que Hitler había exclamado: "¡Dios me perdone los últimos cinco minutos de guerra!" Había también quien afirmaba que la impresionante declaración del Führer estaba escrita en los muros de Berlín.
En este momento feliz, los dirigentes celebraron las Navidades en Zurs, junto a sus familias. Era una maravillosa Navidad con sol. Los jerarcas, por el paso de Resia, después de atravesar el Alto Adigio, habían bajado a Landek y desde allí, en tren, habían alcanzado Langen; por fin, en trineo, habían llegado a Zurs. Alguno, como Farinacci, había querido subir la cuesta andando. Algunos de sus hijos, hábiles esquiadores, habían ido al encuentro de sus padres sobre los esquíes, otros andando. Azul el cielo, oro de nieves, centelleo de hielos y emoción y esperanza en los corazones.
La noche de la Víspera todo el mundo escuchó la misa de Nochebuena en la pequeña iglesia. Había llegado de Lerch el sacerdote: los muchachos cantaron un canto místico y una pastoral. Se prepararon las mesas para la comida, y al finalizar ésta, se levantaron para hablar Farinacci y Basile: palabras de certidumbre el primero, acentos de nostalgia y poesía el segundo. Después de la comida, gran baile a cargo del personal del hotel: danzas rusas, bailes tiroleses, cantos en todos los idiomas, regalos para todos, camareros y camareras, cocineros y mozos.
Por la tarde del día de Navidad, los niños de los jerarcas recitaron una pequeña fábula en verso escrita por la baronesa Basile. La escena finalizaba con una apasionada invocación a Roma.
Sin embargo, seguidamente después de las Navidades, los entusiasmos se enfriaron hasta apagarse. La ofensiva de los Ardenas se estrelló contra los refuerzos anglo-americanos. En Milán los guerrilleros quisieron tomar la revancha por el duro golpe sufrido a causa del discurso de Mussolini, de la ofensiva germánica y de la propaganda sobre las armas secretas, e iniciaron una serie de actos violentos. El 29 de diciembre atacaron un camión de la brigada negra "Aldo Resega" y mataron a seis fascistas; una bomba lanzada en un café de Piazzale Fiume, mató a seis "maro" de la "X.a Mas". Y en Nochevieja los "Gap" aparecieron por vez primera en algunos cines del centro y de la periferia. Jóvenes armados irrumpieron en los escenarios, hicieron suspender el espectáculo, distribuyron folletos, e intentaron hablar al público. Esto ocurrió en el Cine "Pace", en Corso Buenos Aires, en el Cine "Imperio", en la calle Vitruvio, en el Cine "Smeraldo", en Puerta Garibaldi. En uno de estos cines hubo incluso un tiroteo, con un muerto. El 2 de enero un comunicado de la Prefectura disponía: "Considerando que unos elementos, especialmente en estos días de fiestas, con el evidente fin de turbar la tranquilidad y el sentido de disciplina de los milaneses, se han abandonado a actos violentos y perturbadores, haciendo repentinas irrupciones en locales públicos, lanzando folletos e incitando a acciones perturbadoras de la tranquilidad ciudadana, el jefe de la provincia dispone: todos los actos públicos, locales de diversión y de espectáculo —sin excepción alguna— tendrán que cerrarse —desde ahora en adelante— a las 19,30 horas. La circulación de bicicletas está prohibida desde las 19 a las 5 horas."