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El Mariscal Rommel que en septiembre de 1940 tenía el mando supremo de todas las tropas alemanas que operaban en Italia, desde hacía tiempo tenía la intención de abandonar toda la Italia del centro y la del sur —difícilmente defendible por la longitud de sus costas— y la concentración de la defensa en una línea Spezia-Ri-mini. La república de Mussolini hubiera tenido que restringirse, por lo tanto, desde los primeros momentos, dentro de la línea que más tarde fué llamada Gótica. Rommel había claramente manifestado al Duce este punto de vista en la visita que le había hecho en Gargnano el 12 de octubre, en cuanto Mussolini se estableció allí. Sin embargo Mussolini no compartía esta opinión. Juzgaba gravísimo desde el punto de vista político y espiritual el abandono de Roma y el 13 de octubre se dirigió al Führer para hacerle presente el error de la tesis del mariscal Rommel. Portador de la carta autógrafa del Duce a Hitler fué el mariscal Graziani que partió en vuelo para el Cuartel General del Führer a fin de entrevistarse con el Jefe del Reich y con los jefes militares de Alemania. Mientras Rommel sostenía su tesis, el mariscal Kesserling apoyaba el punto de vista de Mussolini, que fué compartido inmediatamente por el Führer. De manera que fué decidido que las tropas alemanas no se retirarían del Sur de Italia, donde ocupaban la línea del Volturno. Al poco tiempo, Rommel fué sustituido por Kesserling.

La guerra en el Sur de Italia era favorable a las tropas del Reich. El avance anglo- americano era muy lento. Se hacía, como dijo Mussolini, "la guerra del centímetro". En el discurso pronunciado en la celebración del 9 de noviembre, ante los antiguos camaradas, Hitler había dicho en Munich: "La carrera hacia el Brennero ha llegado a ser una ofensiva-caracol muy al Sur de Roma." El 4 de diciembre la batalla se intensificó en todo el frente italiano, especialmente en el sector de los Abruzos y en la entrada del valle de Cassino. Sin embargo, los soldados del mariscal Kesserling impidieron al V ejército americano y al VIII británico la marcha hacia Roma. Las tropas anglo-americanas se extenuaban en una dura guerra de posición, sus ofensivas alcanzaban objetivos muy modestos. Hacia Navidad se combatía alrededor de la Majella, y a primeros de enero la primera división acorazada americana intentaba vanamente pasar por Cassino.

El 20 de enero la batalla llameaba en todo el frente del Garigliano. El 22, obstruido el camino de Roma en la línea Garigliano-Volturno, las tropas anglo-americanas desembarcaron en Anzio.

Pareció al principio que Roma estaba perdida. Pero al cabo de pocos días la cabeza de puente de Nettuno, restringida y martilleada por la artillería germánica y por los contraataques, asumió también ella el aspecto de la guerra de posición. Kesserling había parado apresuradamente el grave golpe a espaldas de sus huestes: "De haber desembarcado nosotros —había dicho, después de detener la ofensiva— habríamos llegado a Roma al cabo de pocas horas." Mussolini, hablando el 28 de enero a los comandantes regionales del ejército republicano, decía: "El desembarco de los anglo-americanos en Nettuno, ha tenido un resultado de naturaleza moral muy importante: ha sido un repique de campana para los mejores italianos. Roma es una palabra que tiene un mágico sonido. Si nuestros clásicos gritaron "Roma o Muerte" esto significa que, en el binomio, Roma representa la vida, es decir el corazón de nuestra raza. Ahora es para nosotros, para vosotros, una humillación que nos quema, casi quisiera decir físicamente, las carnes, tener que asistir como espectadores a la defensa de Roma, confiada —solamente por ahora— al indiscutible valor de los soldados del Reich." A mediados de febrero la bolsa de Aprilia había sido reducida y el peligro del avance sobre Roma eliminado. Unos miles de prisioneros anglo- americanos habían sido capturados por los alemanes; y los periódicos de la república publicaban una foto de la Plaza de Venecia con largas hileras de prisioneros escoltados por soldados germánicos, con este comentario: "Los anglo-americanos en Roma. No precisamente como conquistadores, sino como prisioneros, numerosos elementos de las fuerzas de desembarco de la cabeza de puente de Nettuno han penetrado en Roma." En los días sucesivos los alemanes lanzaron una poderosa contraofensiva para arrojar al mar las fuerzas anglo-americanas de la cabeza de puente, que había sido ulteriormente reducida; y en la batalla participaron las primeras fuerzas armadas de la república; los jóvenes de la "Xa Mas", del batallón "Barbarigo". El 16 de febrero en Venecia, en la inauguración del Instituto ítalo-Germánico, el embajador Rahn dijo que el tricolor de la república ya estaba en la línea de fuego.

El 15, había sido destruida por los bombardeos anglo-americanos la Abadía de Montecassino. A primeros de marzo, la batalla en el frente de Nettuno cesaba. Los alemanes no habían conseguido eliminar la cabeza de puente que sin embargo había sido reducida casi a los únicos poblados de Anzio y Nettuno; el primer grupo de aéreotorpederos italianos entraban en acción al lado de la "Lufwaffe" en el cielo de Nettuno. Con fecha 12 de marzo el Cuartel General de las fuerzas armadas republicanas lo comunicaba en un parte extraordinario.

"A mediados de marzo, un nuevo poderoso ataque contra Cassino fracasaba después de dos semanas de lucha; y las tropas del general Clark se veían obligadas a retirarse a sus puntos de partida. Después de dos semanas de furiosos ataques la batalla se apagaba entre los escombros de Cassino; el camino de Roma seguía obstruido para los anglo-americanos. Estabilizada la situación, Mussolini quiso dar una señal tangible de la presencia del gobierno fascista republicano en Roma. El 8 de mayo Paolo Zerbino, jefe de la provincia de Turín, era nombrado subsecretario de Estado en el Ministerio de la Gobernación y asumía el cargo de alto comisario para la provincia de Roma. Pero tan sólo al cabo de cuatro días se iniciaba la gran batalla del frente italiano. Zerbino partía de Turín despedido por un artículo de Concetto Pettinato en "La Stampo" que finalizaba "Hasta la vista, en Roma" y llegaba a la capital cuando la batalla ya llameaba ante Cassino. Durante tres semanas Mussolini siguió ansiosamente el desarrollo de la ofensiva contra Roma. Todos los días se hacía traer a todas horas, por el oficial de enlace con el Cuartel General Alemán los mapas con las noticias y las indicaciones de los avances anglo- americanos. Kesserling aseguraba que Roma no caería. En la batalla, los jóvenes soldados de la república se batían con encarnizamiento y el 22 de mayo el mariscal Kesserling enviaba al príncipe Valerio Borghese, comandante de la "Xa Mas", un telegrama en el que se complacía vivamente por el magnífico comportamiento del batallón "Barbarigo" afirmando que eran, aquellos voluntarios, "los mejores soldados del frente de Nettuno por su disciplina y valor". La noche del 2 de junio, Kesserling mandaba decir una vez más a Mussolini que Roma no caería, ya que las tropas alemanas habían constituido una sólida barrera en las colinas Albanas. Pero el 4 de junio llegó la fatal noticia. Roma tenía que ser abandonada.

Mussolini dirigió un mensaje a los italianos, anunciando que las tropas anglo-americanas habían entrado en Roma. "La noticia —él dijo— os turbará profundamente, al igual que nos adolece a todos nosotros; no queremos, recurriendo a fáciles medios de propaganda, disminuir la importancia del acontecimiento y tampoco subrayar el retraso con que se ha llevado a cabo en relación a las insolentes previsiones del ayer. Los soldados del Reich han disputado palmo a palmo, con un heroísmo que quedará imperecedero en la memoria de los pueblos, cada pedazo de tierra italiana. Por lo que Roma representa en la historia y en la civilización del mundo, para no infligir a una población ya duramente probada por el bloqueo, sufrimientos todavía mayores, el mando germánico ha renunciado a defender la ciudad, como estaba en condiciones de llevar a cabo. Nosotros decimos a los romanos: no cedáis moralmente al invasor que trae de nuevo entre vosotros a los hombres de la rendición incondicional y a un gobierno dominado por un agente de Moscú. A vosotros, hermanos del Mediodía de Italia, que ya desde hace meses estáis sufriendo bajo la cruel e injuriosa opresión angloamericana, os decimos: haced lo posible para que sea cada día más difícil y precaria la vida del invasor. A los italianos de las provincias de la república social italiana lanzamos la amonestación suprema: la caída de Roma no acabe con vuestras energías y aun menos con vuestra voluntad tendida para realizar las condiciones de la revancha. Todas las disposiciones necesarias serán tomadas para alcanzar este fin, que debe dominar imperiosamente la conciencia de todo el mundo en el cumplimiento del deber, tanto en el combate como en el trabajo. A los aliados del Pacto Tripartito y de una manera particular a nuestros camaradas alemanes confirmamos en esta hora grave nuestra inquebrantable decisión de seguir luchando a su lado, hasta la victoria. La palabra de la república es muy distinta a la de los reyes, preocupados por la suerte de su corona y no por la de su Patria. ¡Soldados, a las armas! ¡Obreros y campesinos, al trabajo! La república está amenazada por la plutocracia y por sus mercenarios de todas las razas. ¡Defended-la! ¡Viva Italia! ¡Viva la república social italiana!" Un comunicado de la Presidencia del Consejo disponía: "Desde hoy, durante tres días, todos los locales públicos de la República, permanecerán cerrados. Todas las manifestaciones deportivas serán suspendidas. La Italia republicana ha de asumir la faz austera de las horas más solemnes, en que las almas y las armas se templan para el desquite." También las tiendas se cerraron con el anuncio: ''Luto nacional". La caída de Roma impresionó profundamente a la población, al igual que había turbado a Mussolini. Una nota de la "Correspondencia republicana" decía: "El pensamiento que entre el

Coliseum y la Plaza del Pueblo menudeen tropas de color aflige nuestro espíritu y nos proporciona un sufrimiento que se va haciendo más agudo. Los negros han pasado bajo los arcos y por los caminos que fueron construidos en exaltación de las glorias antiguas y modernas de Roma. El ultraje infligido a esta ciudad sagrada para la historia y la civilización del mundo nos abrasa como un hierro candente. El grito de Garibaldi: "Roma o Muerte" ha de ser desde hoy en adelante el santo y seña, el mandamiento supremo de los italianos." Es siempre Mussolini quien habla. Es grande el abatimiento de todos y visible en el rostro de todo el mundo: El "Corriere della Sera" titula su comentario "La hora del valor", escribiendo: "De un gran dolor puede nacer un desesperado valor, que es la única fuerza capaz de levantar de nuevo nuestros destinos. Un refrán oriental amonesta: Perdida la riqueza, nada se ha perdido; perdido el honor, se ha perdido mucho; ¡perdido el valor, todo está perdido! Desdichadamente es éste el punto en que estamos nosotros; no nos queda más que el valor, que es el único que puede rescatar nuestro honor. Nuestro destino está en nuestras manos y sólo de nosotros depende vivir y resurgir, o cobardemente perecer." Seguidamente después se inició la invasión de Francia y nuevos golpes se añadieron para abatir la moral ya sacudida de Mussolini y de los fascistas. La retirada de las tropas de Kesserling se remonta hacia el Norte; atraviesa el Lacio, las Marcas, Umbría, Toscana, se va acercando a Emilia. A mediados de julio hace su aparición en el cielo de Londres la primera arma secreta germánica: el meteoro de dinamita, es decir la "V-l". Las esperanzas se reaniman. Mussolini mismo recobra cierta confianza y empieza a escribir la "Historia de un año", a saber, la historia del año que va del octubre de 1942 al septiembre de 19.43; y la "Correspondencia republicana" comentando la cesión de los poderes del rey al príncipe Humberto, lugarteniente del reino, escribe: "El rey ha dejado de existir como tal el 8 de septiembre, aun cuando los jefes antifascistas se han dado cuenta solamente al cabo de nueve meses; por esto su hijo tuvo que renunciar a la más sagrada y solemne prerrogativa soberana: la de juramento a la persona del rey. Con la monarquía ya no se tiene más deberes: por lo tanto, en sustancia, la monarquía ha dejado de existir."

La situación de la república parecía grave. La autoridad del gobierno y de Mussolini estaba en crisis. Los mismos fascistas estaban desmoralizados. El 21 de junio, en "La Stampa" apareció el artículo de Pettinato que levantó tanto alboroto. Se titulaba: "Si estás, pega un golpe" y describía la situación catastrófica de la república, donde aún no se había reorganizado un ejército y las divisiones adiestradas en Alemania todavía no habían sido enviadas a la línea de fuego, donde la socialización aún no había sido realizada, y el orden público estaba gravemente amenazado por el "rebeldismo". Pettinato lamentaba en términos graves la ausencia del gobierno, la incapacidad de las esferas dirigentes para arrostrar la situación; y concluía: "Con las órdenes escritas no se hace nada. Necesitamos ver, oír, tocar con nuestras manos el Gobierno de la república, porque en ciertas situaciones el hombre cree solamente en la presencia real. Al igual que en las reuniones espiritistas, desde la oscuridad en la que flotamos dolorosamente desde hace meses, gritamos al ente invocado: "¡Si estás, pega un golpe!".

El avance anglo-americano continuaba y no se podía prever dónde se detendría. También en el frente francés, las cosas iban muy distantemente a como los alemanes habían siempre esperado.

Mussolini pensó que ahora ya, ni las armas secretas podrían asegurar a Alemania una victoria absoluta. Los rusos habían llegado hasta la Beresina. Mussolini tuvo la sensación de que quizá había llegado el momento oportuno para lograr una paz de compromiso. Los anglo- americanos habían ocupado Roma, es decir, habían alcanzado un gran objetivo no tanto militar como moral y político; y habían abatido aquella Muralla Atlántica que Hitler había calificado siempre de inexpugnable. Por lo tanto habían tenido un éxito enorme. Sin embargo, la amenaza rusa se perfilaba en el horizonte. ¿Es que querían, los anglo-americanos, que el bolchevismo llegara hasta el corazón de Europa? Creyó por lo tanto que el momento fuese propicio para un compromiso que, mientras no destruyera a Italia ni Alemania, impidiera a los rusos que amenazasen la civilización de Europa y los intereses anglo-americanos en todo el mundo; e hizo saber a sus íntimos que más de una vez ie habían solicitado para que tomara contactos con los Aliados que estaba dispuesto a escuchar las condiciones de una paz de compromiso. Entre el 10 y el 15 de julio alguien vio a Mussolini dar vueltas por las afueras de Brescia, conduciendo personalmente un "Balilla", solo, entrar en una villa lejos de las grandes vías de comunicación. Después de sus acercamientos, habían entrado en Italia, vía Suiza, cuatro personajes, emisarios oficiales de la diplomacia inglesa y americana y habían sido hospedados por Mussolini en aquella

villa. Desde luego Mussolini había actuado plenamente de acuerdo con Hitler. Las conversaciones duraron seis días. Mussolini llegaba a la villa todas las mañanas a las nueve. Todas las noches informaba al Führer sobre las conversaciones y las propuestas. Mucho más tarde, en la primavera de 1945, puso al corriente a una alta personalidad de la república social de las conversaciones de aquellos días, de las que nadie, a la sazón, se enteró. Las misteriosas visitas matutinas del Duce a la villa escondida en las afueras de Brescia, pasaron entonces por visitas a la Petacci.

El proyecto general, que Mussolini había tomado en consideración, se basaba sobre estos puntos fundamentales. Italia mantendría su completa integridad territorial. Debería sin embargo renunciar al Dodecaneso sobre cuya suerte decidirían los Aliados. En el África Oriental conservaría Eritrea, a la que se añadiría el Tigrai. La suerte de Somalia constituiría objeto de ulteriores conversaciones. La Tripolitania quedaría para Italia, pero tendría que abandonar Cirenaica. Ninguna indemnización de guerra se impondría a Italia. La mitad de nuestra Armada tendría que ser desarmada, e Italia comprometerse a no aumentarla por un período de veinte años. La aviación militar no podría tener durante el mismo período más que cien aparatos. El ejército sería objeto de ulteriores discusiones. Hasta la paz definitiva los Aliados ocuparían Italia. Mussolini debía declarar que él personalmente se abstendría de toda actividad política, y que se constituiría, durante la ocupación de Italia, un consejo de Regencia, a favor del pequeño Víctor Emanuel, después de la abdicación del rey y del príncipe de Piamonte.

El Consejo de Regencia tendría que dar nuevamente a Italia un gobierno de gabinete. La Cámara de los Diputados tendría que ser elegida por colegio uninominal. El Consejo de Regencia estaría compuesto de tres miembros: uno designado por los Aliados, uno por Mussolini y el tercero, presidente de la Regencia, sería un cardenal de la curia, designado por el Papa. A la persona a la que confiaba estas noticias Mussolini decía que designaría al venerable Rolandi- Ricci como miembro del Consejo de Regencia. Sin embargo las negociaciones no tuvieron ulterior desarrollo. El 15 de julio Mussolini partía hacia Alemania, para entrevistarse con el Führer. Después de una inspección a nuestras divisiones que se adiestraban en los "Lager", a finales de mayo, se fué al Cuartel General del Führer y llegó allí a los pocos minutos de estallar la bomba que habría tenido que suprimir a Hitler. El atentado al Führer, en cuya desaparición tal vez habían confiado los Aliados, hizo pasar a segundo término los acercamientos mussolinianos para una paz de compromiso. En el Cuartel General del Führer, debido a la nueva atmósfera, probablemente ni siquiera se habló de ello.

La relación de las conversaciones entre el Duce y el Führer dice:

"El Duce ha empezado declarando que, dado el momento y la emoción que reinaba por el acontecimiento acontecido pocos instantes antes, expondría en pocas palabras la situación italiana, que se puede resumir de esta forma:

Primera fase: enero, finales de abril: reforzamiento de la autoridad del gobierno; Segunda fase: mayo: crisis moral en espera de los resultados de la batalla;

Tercera fase: grave crisis de la autoridad después de la caída de Roma, que ha repercutido en un notable aumento del número de los guerrilleros, una defección bastante general de las fuerzas ejecutivas del Estado, principalmente de los "carabinieri", y en los modestos resultados de la llamada a filas.

El Duce afirma que, a pesar de todo esto, la situación podría ser dominada, con tal de que: 1.°) sea defendida con extrema decisión la línea de los Apeninos; 2.°) no sea alterado el