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MUSSOLINI Y LOS ALEMANES

Desde el tiempo del Eje Roma-Berlín, Mussolini había definido a los alemanes como "enemigos peligrosos, amigos difíciles". Centenares de veces, en los años sucesivos, había tenido que repetir la amarga definición; tanto en los tiempos del Pacto de Acero, como al comenzar la guerra y, más frecuentemente, durante el conflicto. La definición había más tarde llegado a ser casi de actualidad diaria durante el período de la República Social Italiana. Se puede decir que no transcurría un día sin que las relaciones entre Mussolini y sus aliados germánicos encontrasen un punto de fricción. Desde el día del armisticio al de la constitución del gobierno fascista republicano, los alemanes habían considerado a Italia como territorio "conquistado"; y los mandos militares germánicos habían hecho cargar a la población con las consecuencias de la "traición" y todas las violencias reservadas a un territorio de ocupación, so- bre el que se abatía la ira teutónica. Para reconducir las relaciones a un plan de alianza y de respeto de la integridad nacional, de los bienes y de las personas, Mussolini tuvo que cargar día tras día con una fatiga ardua e ingrata, que no siempre fué coronada por el éxito. A las autoridades militares alemanas, la presencia y la acción del gobierno fascista republicano, por lo visto les fastidiaba notablemente, ya que no permitían que se considerase al país como territorio de conquista: y a cada acción los alemanes oponían necesidades de carácter operativo, de seguridad, de exigencias bélicas, para sustraerse a las peticiones de Mussolini o para sabotear las disposiciones adoptadas por el gobierno fascista republicano. En Gargnano, además, el mismo Mussolini estaba bajo la vigilante atención del general de las S.S. Wolf, plenipotenciario del Führer en Italia, y del embajador Rahn. A las continuas protestas de Mussolini esos personajes contestaban intentando justificar los excesos de los militares alemanes por las necesidades bélicas y con el espíritu de desdén y de desconfianza que animaba los ambientes militares germánicos después de la "traición" del 8 de septiembre. Añadían que era muy difícil, incluso para ellos, remontar la corriente que se había determinado en aquellos tristes días y abandonar su desconfianza para con las mismas autoridades del gobierno fascista republicano, ya que muchas de ellas parecían tener tendencias claramente anti-germánicas. Entonces Mussolini escribía a Hitler.

Su correspondencia epistolar duró durante todo el período de la república social. Una persona que por motivos de su cargo tuvo entre sus manos dicha correspondencia, se expresó de esta manera: "Las cartas de Mussolini estaban escritas en alemán, aunque había también el original italiano. Creo que el mismo Mussolini cargaba con el doble trabajo. Los temas que recuerdo son varios: el problema de nuestra soberanía e independencia, los muy espinosos de los "Altos Comisariados del Sur del Tirol y del Litoral Adriático", el adiestramiento de nuestras tropas y su intención decidida de no emplearlas contra los italianos, sino solamente contra el enemigo; la actitud de las tropas alemanas en Italia, el fraccionamiento de sus mandos, independientes unos de otros y desconectados hasta lo sumo; el problema de la socialización; la dolorosa cuestión de los militares que después del 8 de septiembre fueron arrastrados a los campos de concentración de Alemania, seiscientos mil soldados de Italia que, a través de la rendición incondicional habían sido abandonados por Badoglio al furor de los alemanes, contra los que hubieran tenido que dirigir de repente sus armas... Es un martillear continuo y sin cesar — afirma quien ha visto la correspondencia—para la defensa más celosa de nuestros derechos y de las prerrogativas que son indispensables al gobierno fascista republicano; es una intervención en el momento oportuno de los episodios más salientes y graves, hecha de par a par, con voz firme y a veces orgullosa. Era conocido el contraste entre la embajada y los mandos militares, ya que el embajador Rahn intentaba acceder a los deseos de Mussolini. Las cartas son una dramática confirmación de ello aunque el parecer de Mussolini más de una vez es contrario al de la embajada, como por ejemplo en el caso de la socialización, que era combatida por motivos de política interior e internacional. Recuerdo una frase a propósito de una represalia llevada a cabo por las tropas alemanas contra una aldea de Emilia. Mussolini escribía que, lo ocurrido, hubiese sido "incalificable y contraproducente, de no haber sido, además, idiota". Hitler intervenía, tanto dando seguridades a Mussolini, como dando órdenes a las autoridades del Reich. Pero hay que afirmar que, a menudo, los alemanes no obedecían ni siquiera las órdenes del Führer. También dentro de las Fuerzas Armadas había varias corrientes. Junto a las S.S. había la Wermacht,

donde no todos los comandantes eran nazistas y algunos de ellos, más o menos abiertamente antinazistas. Habían los que seguían creyendo en la victoria del Reich y los que consideraban la partida como irremisiblemente perdida. Había los antifascistas y los derrotistas a los que les agradaba sumamente no tener ninguna atención para con el gobierno fascista republicano y aprovechar todas las ocasiones para desahogarse contra los italianos.

El general Leyers, por ejemplo, superintendente de la producción industrial italiana, que controlaba directamente las factorías que trabajaban para los pedidos bélicos germánicos, ya no creía en la victoria alemana y odiaba al nazismo y a las SS. Pude darme cuenta de ello personalmente el 3 de noviembre de 1943, siendo vecino suyo de mesa en una comida ofrecida por las autoridades alemanas al Ministro de Cultura Popular Mezzasoma. En la sinceridad expansiva que un buen vaso de vino suscita (ojo con los bebedores de agua —decía Baudelaire— tienen siempre algo que ocultar) no disimuló su opinión de que la guerra estaba perdida. Sin embargo, me rogó calurosamente que no refiriera su juicio a nadie, porque "aquellos de allí —añadió indicando al comandante de las S.S. que estaba sentado frente a nosotros— si se enteraran, nos quitarían la cabeza, a mí y a usted". No obstante, el general Leyers hacía transportar a Alemania maquinaria e instalaciones completas de la industria italiana del Norte, además de materias primas para sustituir y alimentar las instalaciones alemanas dañadas o destruidas por los bombardeos enemigos. Y se precisó una gran sagacidad para resistir a las presiones que ejercía —atrincherándose tras órdenes superiores— para evitar que grandes complejos industriales italianos, especialmente los del sector siderúrgico, acabaran en Alemania. Fueron burladas también las tentativas de los mandos alemanes de fundir las campanas, y de adueñarse de las instalaciones tipográficas de las empresas editoriales. Desde Berlín se reclamaba el traslado de nuestra industria automovilística a Alemania, justificando esta pretensión por motivos de seguridad. Lo propio se pedía para nuestra industria aeronáutica, afirmando que no podía funcionar en Italia mientras en Alemania habían sido construidas amplias ciudades subterráneas, donde la producción estaba garantizada contra los peligros de los bombardeos. De vez en cuando se pretendía llevar a Alemania a los obreros de algunas factorías que, por falta de materias primas, tenían que trabajar a ritmo reducido. El Ministro de la Producción Industrial y el del Trabajo, junto al Ministro de Asuntos Exteriores, realizaron una encarnizada y victoriosa defensa de los establecimientos industriales del Norte. Asimismo fueron salvados por la intervención en debido tiempo del Ministro de Asuntos Extranjeros, el puerto de Trieste y el puerto de Genova de las formidables destrucciones que los alemanes estaban preparando. Fué salvada la reserva áurea del Banco de Italia, que permaneció en territorio nacional, en Fortezza. Se salvaron las obras de arte, que no salieron de Italia. Junto a la defensa continua de nuestra integridad territorial —y sobre todo de la italianidad de Trieste— a la salvación de nuestras ins- talaciones industriales, de nuestro patrimonio ganadero, continuamente en peligro a causa de los embargos y de las exportaciones de ganado (que hacían sangrar el corazón del Ministro de la Producción Agrícola, Edoardo Moroni) Mussolini llevó a cabo una asidua, áspera lucha para defender a la población de las represalias germánicas. :

El cadáver de Mussolini fué colgado junto a los de los fusilados de Dongo en Piazzale Loreto, donde el 14 de agosto de 1944 habían sido fusilados quince rehenes en represalia por el estallido de una bomba que había matado a dos alemanes. Sin embargo, ahora ya todos saben —y habló de ello en una carta al periódico "II Tempo", publicada el 22 de julio de 1947, Edmondo Cione— que Mussolini protestó personalmente y por escrito, en los términos más enérgicos, ante el embajador Rahn, por la odiosa represalia, y se enojó con el comandante de la "Muti" por haber facilitado los hombres del pelotón de ejecución. Sabido es también que el jefe de la provincia de Milán, Piero Parini, presentó su dimisión precisamente a causa de la matanza llevada a cabo por los alemanes. Sin embargo no es sabido que, al cabo de tres semanas, Mussolini evitó, con su rápida y decidida intervención, el fusilamiento de veinte italianos que los alemanes pretendían fusilar en la misma ciudad de Milán, como represalia contra el lanzamiento de una bomba en el restaurante reservado a los militares alemanes de tránsito, en la estación central. La bomba había matado a una enfermera de la Cruz Roja y herido a algunos soldados germánicos. Sin avisar a las autoridades italianas, el mando germánico había hecho publicar un comunicado que decía: "Después de que el 16 de agosto un suboficial alemán cayó víctima de una cobarde mano asesina en la calle Feltre y recientemente un capitán de la G. N. R. sufrió la misma suerte, los forajidos han efectuado un nuevo sangriento atentado contra la cantina-restaurante de la Estación Central de Milán. Con particular infamia ellos se han valido de la figura de algunos niños para

colocar un aparato explosivo en las cercanías de unas inocentes enfermeras de la Cruz Roja. A causa de la explosión, una enfermera ha fallecido instantáneamente, mientras otra ha sufrido graves heridas. Además han resultado heridos más o menos gravemente numerosos soldados alemanes y ciudadanos italianos que se hallaban en las cercanías. Fueron tomadas en seguida las medidas necesarias por parte de los órganos de seguridad, que consiguieron detener a nu- merosos bandidos y a sus cómplices. Veinte de ellos serán fusilados mañana."

El comunicado fué publicado en "II Pomeriggio" del 28 de agosto. En aquel mismo día se efectuaba la entrega de poderes entre el prefecto Parini dimisionario y el nuevo jefe de la provincia de Milán Mario Bassi. Tanto el comandante de la plaza de Milán, coronel Goldbeck, como el comandante de las S.S. coronel Rauff, habían visitado por la mañana al nuevo prefecto, sin aludir a la ya decidida represalia. Bassi acababa de leer el "Pomeriggio" y estaba pidiendo noticias al jefe de policía sobre el gravísimo comunicado, cuando se hizo anunciar Don Corbella, portador de una carta del cardenal Schuster, dirigida a Parini, ya que el Arzobispo ignoraba que ya había tenido lugar el "cambio de la guardia". Su carta decía: "Excelencia. He pedido en vano la gracia para los veinte condenados a muerte; ¡nadie me ha escuchado! La población milanesa insiste sin embargo y presiona en este Arzobispado, para que también en esta nueva circunstancia implore clemencia, y yo no puedo rehusarme a cumplir tal obra de caridad episcopal. Me dirijo por lo tanto a Vuestra Excelencia, para que se interponga a fin de ahorrar a nuestra ciudad una nueva tragedia de dolor y de luto, que no resultaría útil ni siquiera para las mismas autoridades. ¡La sangre no se lava nunca con la sangre, como desdichadamente nos enseña la Historia! Si otra cosa no se quiere conceder hay quien ruega que por lo menos se reduzca el número de las víctimas designadas. El Arzobispo ruega, implora y llora por todos indistintamente. Haga Vuestra Excelencia cuanto esté en su poder, e intente de todos modos, que se aseguren los sacramentos a los condenados, por los que mañana por la mañana celebraré la Santa Misa. Me suscribo suyo afectísimo, Ildefonso, Cardenal Arzobispo. Milán, 28 de agosto de 1944."

Bassi aseguró a monseñor Corbella, encargándole que lo transmitiera al Cardenal, que ya había decidido intervenir enérgicamente y que haría todo lo posible para evitar la represalia. En efecto, en cuanto salió Don Corbella, convocó al jefe de policía y al comandante provincial de la G. N. R. y les encargó que tomaran contacto, inmediatamente, con las autoridades germánicas, a fin de tener noticias directas y precisas sobre cuanto anunciaba el comunicado y para aclarar formalmente que las autoridades italianas no aprobaban el proyectado fusilamiento, que, mejor dicho, estaban decididas, caso de que se verificara, a separar claramente su responsabilidad de la de las autoridades alemanas, con un comunicado a la prensa. El prefecto pedía además que se le comunicaran en el acto los nombres y la "posición jurídica" de los veinte rehenes destinados al pelotón de ejecución. Jefe de policía y comandante de la G. N. R. regresaron al poco rato refiriendo que los alemanes habían sido muy evasivos y que no habían querido dar ni explicaciones ni seguridades. Bassi llamó telefónicamente a S. Vittore y supo que veinte detenidos, por orden del mando local de las S.S., ya habían sido trasladados al departamento de los condenados a muerte. Decidió entonces informar inmediatamente a Mussolini; se fué a la Telefónica para ponerse en comunicación con él a través del cable directo con el Cuartel General. La cabina de los cables estaba vigilada por militares alemanes. Bassi, obtenida rápidamente la comunicación, se lo contó todo a Mussolini, quien contestó: "Ya puede tomar nota el "escucha" telefónico alemán de lo que le voy a decir. ¿Qué es lo que quieren los alemanes? ¿Quieren repetir el episodio de Piazzale Loreto y ensangrentar de nuevo Milán? Esta vez no nos pondrán frente al hecho consumado. Hay que impedir por todos los medios esta represalia. Hay que recordar a los alemanes que casi en cada hogar de Milán hay un retrato de un abuelo, de un tío, de un padre, de un familiar que ha participado en las Cinco Jornadas 32. Diga a los comandantes militares que yo personalmente, me opongo a esta ejecución y que la impediré con todos los medios a mi disposición, aun cuando hiciese falta reñir con los amigos. Ordene a todos los grupos de la G. N. R., de la "Muti", de la policía, de las Brigadas Negras, que no pongan ni un hombre a disposición de los alemanes para la formación de los pelotones de ejecución. Llámeme a las 17."

Bassi regresó a la Prefectura y ejecutó las órdenes recibidas. Envió por lo tanto al jefe de

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En 1848 los milaneses se levantaron contra los austríacos, y después de cinco días de encarnizada batalla, consiguieron ahuyentarlos. — (N. del T.)

los intérpretes al comandante militar germánico de Milán para pedir la anulación del fusilamiento de los veinte rehenes, para comunicarle que ningún Cuerpo italiano daría los hombres para el pelotón de ejecución, para avisarle que las autoridades italianas —caso de que la represalia, a pesar de todo, se verificara— enviarían un comunicado a la prensa para declarar que la represalia no solamente no había sido aprobada, sino que había sido abierta y decididamente condenada por el gobierno fascista republicano. Todo esto el prefecto lo hacía conocer en nom- bre de Mussolini, quien había dado precisas disposiciones telefónicas. El coronel Goldbeck dijo al intérprete que esta intervención era para él como el estallido de una bomba y hería profundamente el prestigio de los mandos militares germánicos, que, sin embargo, no podían tomar ninguna medida distinta a las ya adoptadas. Sin embargo, puesto que el prefecto había informado al Duce, él tenía la obligación de informar al mando superior de Verona, que, por otro lado, era el solo que podía decidir. A las 19 podría dar una contestación.

A las 19 el coronel Goldbeck comunicaba que, por orden de Verona y para acceder al deseo del Duce, la ejecución era suspendida.

Bassi, después de informar inmediatamente a Mussolini del buen resultado de los trámites, dio comunicación de ello al cardenal, y telefoneó a S. Vittore para notificar que los veinte, que ya habían sido confesados y comulgados por el capellán de la cárcel, ya no serían fusilados. Se supo más tarde que la comunicación telefónica entre el prefecto y Mussolini había sido interceptada y entregada al mando de las S.S. donde había suscitado a la vez impresión e irritación, y que, sin embargo, había provocado la suspensión de la ejecución.

Otro episodio que puso a dura prueba las relaciones entre Mussolini y los alemanes fué la sustitución de Buffarini-Guidi por Zerbino en el cargo de Ministro de la Gobernación. Esta tuvo lugar el 21 de febrero de 1945, pero sin embargo había madurado desde hacía un cierto tiempo en el alma de Mussolini. A mediados de octubre de 1944 había sido nombrado subsecretario de Estado para el Ministerio de la Gobernación, Giorgio Pini, antiguo director del "Resto del Carlino", con la esperanza de que pudiese corregir la política de Buffarini que era considerada demasiado ligada y sujeta a los designios de las autoridades alemanas. Sin embargo la rectitud de Pini había ingenuamente chocado contra la astucia de Buffarini y había nacido de ello una incompatibilidad de carácter entre ministro y subsecretario, que había empeorado la situación. Por fin Mussolini se decidió a liquidar a Buffarini, contra el que Giovanni Preziosi seguía conduciendo una implacable campaña. Mussolini, una mañana, mandó llamar a Giorgio Almirante, jefe de gabinete del ministro de la cultura popular (Mezzasoma estaba ausente de Saló), y le dio el comunicado que anunciaba la dimisión de Buffarini-Guidi y del Almirante Sparzani, subsecretario de Estado para la marina, y su sustitución por Pablo Zerbino y la medalla de oro Bruno Gemelli. Almirante envió en el acto el comunicado a la "Stefani" y a la radio. Sin embargo, el oficial germánico que ejercía la censura militar en la radio, declaró que el comunicado no se podía transmitir, ya que tenía él la orden precisa de que ninguna noticia relativa al Ministerio de la Gobernación y al secretario del Partido se podía transmitir sin la autorización del embajador alemán. Almirante se lo comunicó en seguida a Mussolini, que se enojó violentamente. "Haga saber —exclamó Mussolini— que si dentro de una hora el comunicado no ha sido divulgado, yo mismo iré a leerlo personalmente en la radio de Milán. Ya veremos quién se atreverá a impedírmelo."

Eran los días en que el subsecretario de Asuntos Exteriores Mazzoni estaba muriendo a causa de una infección debida a una inyección de insulina. Mussolini mandó llamar al jefe de gabinete del Ministerio de Asuntos Exteriores Alberto Mellini y le dijo: "La situación con los alemanes llega a ser cada vez más tirante. Buffarini es odiado por todo el mundo, por los fascistas y los antifascistas; incluso le odio yo. Los alemanes han intentado oponerse a su sustitución. He hecho saber que hubiera ido yo mismo a leer el comunicado. Por represalia los alemanes han arrestado a Tamburini y a Apolonio. Han acusado a Tamburini de haber tenido contactos secretos con los anglo-americanos en Suiza; a Apolonio (que había sido el jefe de gabinete del jefe de policía y más tarde funcionario a las directas órdenes de Mussolini y que