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7. Cómo medir el impacto de nuestra cuenta en Twitter
2.4. Finalizando el discurso
A la hora de finalizar un discurso, no podemos dejar por alto el que la finalización, al igual que el resto de las fases ha de realizarse mediante un pensamiento divergente o, lo que es lo mismo, partiendo del núcleo de nuestras ideas, ir expandiendo concéntricamente nuestro discurso.
Finalizar un discurso significa dar cuerpo a un esquema inicial que irá acumulando junto a cada idea todo aquel material que pueda considerarse de interés. Pero, ¿cómo organizamos el material? A la hora de finalizar el discurso lo más práctico es matizar todo aquello interesante y sobre este trabajo ir agregando las notas y claves que nos van a poder permitir depurar el mismo.
Como acabamos de matizar, el discurso debe crecer de dentro hacia fuera y en este punto es esencial que las ideas principales o clave de nuestro discurso sean ordenadas en función de su orden de importancia para que, de esta forma el discurso cobre una forma madura, consistente y dotada de lógica y, por tanto, de un alto poder de influencia sobre el auditorio. La presente ordenación o ampliación del discurso no debe realizarse en una única etapa sino que será necesario dividirla en varias, de forma que las ideas clave puedan madurar convenientemente e incluso puedan generar nuevas ideas, fruto de la inspiración.
Por tanto, será necesario que el orador vuelva sobre sus pasos, una y otra vez, y no deje de lado el tema principal del discurso, de tal forma que pueda reflexionarse sobre el mismo y descubrir o redescubrir nuevos aspectos del tema principal que sirvan como medio de enriquecimiento del discurso.
Llegados a este punto, el orador ya debiera tener una visión amplia sobre el tema del discurso y por tanto, centrarse en las líneas o ideas principales del mismo lo cual supone, evidentemente, desechar todas las ideas y material secundario que podrían 153
desviar al orador del objetivo principal de su discurso. Esta fase de finalización no es en absoluto baladí ya que es en este punto de muchos oradores, y de forma errónea, tienden a estancarse y generar, finalmente, un discurso de mala calidad. Fundamentalmente esto se debe a la resistencia del orador a dejar de lado las ideas secundarias pensando, infundadamente, que todo es útil y que quizá es mucho mejor optar por un discurso extenso a optar por un discurso claro y eficaz, fácilmente asimilable por el auditorio y que logre su objetivo final, influenciar al mismo.
Eliminar las ideas y el material secundario no significa que todo el trabajo realizado anteriormente sea inútil, al contrario, ya que ha permitido al orador encontrar la piedra angular y principal sobre la cual basar su discurso y, además que la permitido realizar un trabajo de síntesis que le permitirá definir y organizar las ideas principales y centrales del discurso.
En definitiva se trata de continuar con una síntesis progresiva que nos permitan simplificar y limpiar el discurso, de forma que sea posible, sin demasiado esfuerzo, regresar a lo ya creado para confirmarlo o mejorarlo.
Una vez realizada esta etapa en la que se han creado, depurado y organizado las ideas principales del discurso llega el momento de dar forma literaria al mismo teniendo presentes siempre, las siguientes pautas: ‐ Será necesario organizar las ideas del discurso de forma que el mismo discurra de una forma secuencial, natural y sobre todo lógica. ‐ Una buena forma de aportar claridad al discurso será respetando el orden sintáctico de todas y cada una de sus frases así como seleccionar las palabras precisas y ubicar a las mismas dentro del contexto necesario para lograr el efecto deseado, es decir, influenciar al auditorio.
‐ Se deberá redactar el discurso con un estilo pulcro y claro.
Sin embargo tener claras las pautas citadas anteriormente sólo será posible y el orador es un orador de calidad y que por tanto, deberá tener las siguientes características:
- Conocimiento profundo de la etimología de las palabras, lo cual supone comprende no solamente el análisis de las raíces o radicales de las palabras, sino también de sus elementos constitutivos: desinencia, tema, terminación y radical. El presente conocimiento permitirá al orador aprovechar al máximo el potencial expresivo del lenguaje.
- Encontrarse dotado de instinto, intuición, inspiración, agilidad mental y fluidez verbal de tal forma que sea capaz de seleccionar las palabras idóneas y ubicarlas dentro del discurso para lograr la máxima eficacia de cara a influir en su auditorio.
- Ser instruido o capacitado, eminentemente culto, brillante, elocuente y elegante.
Elaborar un discurso no es una tarea fácil y más si tenemos en cuenta que en la Era Moderna es francamente difícil crear algo nuevo pues prácticamente ya está todo dicho y hecho. Sin embargo lo importante no es crear algo nuevo sino decir algo de una forma nueva. Si bien el lenguaje, desde el punto de vista gramatical es igual para todos, el buen orador es aquel que en su discurso deja sellada su impronta, su sello, su marca personal y será, en este punto, lo que distinga su discurso de cualquier otro. Dicho sello o marca sólo es posible lograrlo si el orador tiene una actitud de constante curiosidad y búsqueda lo cual le dotará de la originalidad necesaria para decir y hacer las cosas de una forma distinta a los demás y eso será lo que llevará sus discursos al éxito pues no debemos dejar pasar por alto algo que ya dijimos al principio de estas líneas: la gente, el moderno auditorio exige originalidad, autenticidad así como soluciones no sólo nuevas sino también eficaces, lo que exigirá que el orador tenga que combinar las ideas, sus sentimientos y su experiencia de forma que se produzca un efecto, una reacción especial en el auditorio.
Esto sólo será posible si el discurso es un fruto natural de su creador en el que se 155
mezclen no sólo las ideas sino también sus creencias, valores y proyectos inspiradores de su vida, teniendo en cuenta cuatro aspectos fundamentales:
‐ El orador necesita provocar su imaginación por medio de la lectura, el análisis y la reflexión.
‐ El orador debe organizar sus ideas de tal forma que sean capaces de ofrecer una nueva y revitalizada visión sobre el asunto concreto que se vaya a tratar en el discurso. ‐ El orador debe ser crítico con su propio trabajo como medio para darle la forma correcta y necesaria teniendo presente que es necesario cuidar la calidad del contenido, la sintaxis y el estilo. ‐ El nuevo auditorio exige un cambio en los oradores modernos que deberán cultivar su propio estilo y adaptarlo a su personalidad. Ya no se trata de imitar a otros oradores, se trata de captar las cosas buenas de otros oradores y adaptarlas al propio estilo.
3. Nociones generales de la argumentación
Tal y como establece Perelman79 cuando se trata de argumentar o de influir, a través del discurso, en la intensidad de la adhesión de un auditorio a ciertas tesis, no es posible ignorar completamente, las condiciones psíquicas y sociales ya que sin estos dos componentes o condiciones la argumentación, en sí misma, no tendría objeto ni efecto.
Por tanto, el fin último de la argumentación no puede ser otro que lograr la adhesión de las personas y para ellos se hace totalmente necesario realizar un contacto intelectual con las mismas. Es decir, para que exista argumentación, se necesita como condición sine qua non una comunidad efectiva de personas y por tanto, es necesario formar dicha comunidad intelectual, algo que, por otro lado, no es una cuestión precisamente fácil.
Una de las consideraciones a realizar, aunque no la única reside en que para poder
79 Perelman, Ch y Olbrechts-Tyteca. Tratado de la argumentación. Editorial Gredos. Madrid. 1989 156
realizar cualquier tipo de argumentación es totalmente necesario que exista, de forma previa, un lenguaje común, es decir, el orador a de encontrarse dotado de una técnica que permita la comunicación y que el auditorio pueda comprender.
Sin que exista un lenguaje común es totalmente imposible empezar, siquiera, a hablar de la argumentación. Hemos de tener presente que en nuestra sociedad, totalmente jerarquizada, existen unas reglas unas reglas comunes que nos indican cómo se debe iniciar una conversación.
Una vez el orador se encuentra en posesión de ese lenguaje común que le va a permitir comunicarse con su auditorio, se hace necesario, para argumentar, tener en valor la adhesión del auditorio, es decir, es totalmente necesario tener en cuenta al auditorio y el consentimiento de éste a sus palabras. Esto implica, necesariamente que el orador debe tener muy presente que lo que dice no constituyen verdades universales y que su autoridad sobre el auditorio no es total lo cual implica que no todo lo que el orador dice sea totalmente indiscutible y lleva, de forma inmediata, a la plena convicción del auditorio. Partiendo de la presente premisa el orador debe ser plenamente consciente de que su objetivo reside en persuadir al auditorio y para ello deberá tratar de localizar aquellos argumentos que puedan influir en dicho auditorio, lo cual le tiene que llevas, de forma necesaria, a pensar que no todos los auditorios son iguales y que, por tanto, es necesario conocer tanto al auditorio en sí mismo como al estado de ánimo particular de cada auditorio en un momento concreto.
Ya hemos comentado con anterioridad que la sociedad actual o mejor dicho las personas de dicha sociedad desean y quieren que se les tenga en cuenta, no simplemente que se los ordenen a seguir un camino marcado. Muy al contrario la sociedad actual demanda una plena atención sobre sus inquietudes y valoraciones y tienden a que se les razone y no a que se los ordene.
Dicho de otra forma quiere que se les trate de igual a igual. Si los razonamientos del orador deben ser tenidos en cuenta por el auditorio, el auditorio también desea que sus razonamientos sean tenidos en cuenta por el orador.
Por tanto, un punto vital, imprescindible para que se desarrolle la argumentación reside claramente en conocer y prestar atención al auditorio. Haciendo un breve paréntesis en este punto podemos decir que uno de los procesos comunicativos que más atención presta al auditorio es, sin duda alguna, la publicidad y el marketing que se centran, fundamentalmente en atraer el interés de un público que, como norma general, suele ser indiferente a los esfuerzos realizados en este campo.
El mundo de la publicidad y el marketing no suele tener un auditorio excesivamente receptivo y aún así la publicidad y el marketing tienen éxito y puede medirse y cuantificarse sus tasas de éxito.
Tampoco es menos cierto, tal y como establece Perelman80 que la argumentación siempre se establece mejor cuando la desarrolla un orador que se dirige verbalmente a un auditorio determinado que cuando ésta se encuentra contenida en un texto o un libro y por tanto, muchas veces el contacto cercano entre el orador y su auditorio es altamente beneficioso para la argumentación.
Sin embargo debemos considerar al auditorio en los términos en los que Perelman81 lo hace definiendo, por tanto el auditorio como el conjunto de aquellos en quienes el
orador quiere influir con su argumentación. ¿Y por qué es necesario definirlo de esta
forma? Ni más ni menos porque el orador que desea que su argumentación triunfe, tiende no a crear una argumentación para un auditorio determinado, sino todo lo contrario, el orador crea un auditorio selecto para su propia argumentación.
No olvidemos, ni por un momento, que una mala selección del auditorio, cualquiera que sean las razonas para realizar dicha selección, puede tener unas consecuencias
80 Op. cit. Página 54. 81 Op. cit. Página 55.
totalmente nefastas.
El conocimiento y selección de un correcto auditorio supone otra más de las condiciones previas que un buen orador debe tener presente antes de realizar, siquiera, su argumentación. Incluso Aristóteles82, en su Retórica nos habla de auditorios clasificados según la edad y la fortuna e incluso Aristóteles, en la propia Retórica, establece que los teóricos de la retórica creyeron poder clasificar los géneros oratorios según el papel que cumple el auditorio al que se dirige el orador: deliberativo, judicial, epidíctico, que correspondían respectivamente a auditorios que deliberan, juzgan o sólo disfrutan como espectador del desarrollo oratorio, todo ello sin tener que pronunciarse acerca del fondo del asunto. Obviamente la presente clasificación ha quedado totalmente desfasada y, por ende, en desuso pero sí nos permite hacernos una idea clara y práctica de la importancia que ha de conceder el orador tanto al auditorio, como concepto global, como a sus integrantes como concepto individual.
Los auditorios por su propia esencia y naturaleza no son homogéneos sino todo lo contrario, tienden a ser heterogéneos y, por tanto, corresponde al orador tratar de acercar su auditorio, todo lo posible a la homogeneidad y únicamente, cuando esto no sea posible, deberá recurrir al uso de múltiples argumentos que le permitan conquistar al máximo número de miembros del auditorio. En este punto se hace totalmente necesario volver a citar a Festinger83 que explica la situación con especial maestría en base a un ejemplo tremendamente didáctico: « Ante una asamblea, el orador puede intentar clasificar al auditorio desde el punto de vista social. Entonces se preguntará si el auditorio está totalmente englobado en un único grupo social o si debe distribuir a los oyentes en múltiples grupos, incluso
82 Aristóteles. Retórica. Alianza Editorial. Clásicos de Grecia y Roma. Madrid. 2004
83 Festinger, L. (1950). «Informal social communication. Research Center for group dynamics,
University of Michigann». Psychological Review, vol. 57, nº 5, septiembre.
opuestos entre sí. En este caso siempre es posible la existencia de varios puntos de partida: se puede, en efecto, dividir de forma ideal al auditorio en función de los grupos sociales a los que pertenecen los individuos (por ejemplo: políticos. profesionales, religiosos), o según los valores a los que se adhieren ciertos oyentes. Estas divisiones ideales no son, en absoluto, independientes entre sí. No obstante, pueden conducir a la constitución de auditorios parciales muy diferentes.
La subdivisión de una asamblea en subgrupos dependerá por otra parte, de la propia postura del orador: si, sobre una cuestión, mantiene puntos de vista extremados, nada se opondrá a que piense que todos los interlocutores son integrantes de un único auditorio. En cambio, si es de opinión moderada, tendera a considerarlos componentes, al menos, de dos auditorios distintos»
Por tanto, un orador debe considerar que conocer al auditorio no significa, exclusivamente, conocer aquellos medios que son susceptibles de influir en él sino que además se deberá conocer su condicionamiento, tanto desde el punto de vista de cómo garantizar dicho condicionamiento, como desde el punto de vista de la realización de dicho condicionamiento.
Es por este motivo por el que se hace totalmente necesario que la argumentación se base, no en los criterios y opiniones del orador sino en la opinión preconfigurada de su auditorio y es esta razón y no otra la que obliga al orador a realizar un esfuerzo de adaptación y no a la inversa. Es importante recordar que el auditorio no debe adaptarse al orador sino que es éste último quien debe adaptarse al auditorio ya que el finalmente el auditorio el que va a valorar la calidad tanto de la argumentación como del propio orador.
Obviamente nadie dice que esto sea fácil, incluso para los grandes oradores. No en vano ha de tenerse en cuenta que igual que un actor se puede enfrentar a múltiples escenarios, un orador habrá de hacer frente a una infinidad de auditorios, lo cual significa tener que adaptarse a una gran variedad de problemas. La presente dificultad lleva a los filósofos y a los oradores a proponer o tratar de localizar una técnica 160
argumentativa que podríamos denominar universal y que pudiera imponerse a cualquier auditorio, con independencia de sus particulares características.
Tal y como establece Perelman84 la presente búsqueda de una técnica argumentativa universal es lo que ha llevado a realizar la distinción entre persuadir y convencer. En este sentido Perelman acaba definiendo cada uno de estos términos de la siguiente manera:
- Persuadir: Es aquella argumentación que sólo pretender servir para un
auditorio particular.
- Convencer: Es aquella argumentación que por su propia esencia supone la
adhesión de cualquier ente de razón.
Obviamente y tal y como dice el propio Perelman tratar de convencer, es decir, lograr la completa adhesión de cualquier ente de razón a la argumentación desarrollada por cualquier orador parece una pretensión exorbitante y hasta podría tildarse de egocéntrica, desde el punto de vista del orador. No obstante esa es la máxima a la que debe pretender llegar cualquier buen orador y, por tanto, podría decirse que la misma es cumplida si el orador considera que se dirige, de forma válida, al auditorio con la pretensión de convencerle.
No obstante los límites entre la persuasión y la convicción son totalmente difusos y es fácil para cualquier orador, incluso entre los mejores, traspasar la frontera que divide ambos términos ya que es altamente improbable poder definir, con total exactitud, los diferentes tipos de auditorios ante los cuales puede enfrentarse su argumentación y siempre teniendo muy presente que es la naturaleza del auditorio la que va a determinar el éxito o el fracaso de la argumentación desarrollada por el orador.
En este sentido, Perelman85, en un esfuerzo de síntesis trata de reducir la infinidad de auditorios a sólo tres como método de resolución del problema:
84 Op. Cit. Páginas 65-67
85 Op. Cit. Página 70
«Encontramos tres clases de auditorios, considerados privilegiados a este respecto, tanto en la práctica habitual como en el pensamiento filosófico: el primero, constituido por toda la humanidad o, al menos, por todos los hombres adultos y normales y al que llamaremos el auditorio universal; el segundo, formado, desde el punto de vista del diálogo, por el único interlocutor al que nos dirigimos; el tercero, por último, integrado por el propio sujeto, cuando delibera sobre o evoca las razones de sus actos.»
En primer lugar, la idea de un auditorio constituido por toda la humanidad, es decir, un auditorio universal, no deja de ser una mera simplificación, tal y como reconoce el propio Perelman. Una representación mental ficticia que el propio orador fabrica a
partir de lo que sabe de sus semejantes, de manera que transciende las pocas oposiciones de las que tiene conciencia86.
En segundo lugar nos encontramos con lo que podríamos denominar oratoria individual y en la cual, el orador se enfrenta cara a cara con un auditorio individual, es decir, aquel conformado por un único individuo y en el cual un discurso u argumentación unilateral y sin capacidad de respuesta por parte del auditorio se transforma en totalmente fútil y, por tanto, corresponde al orador tener en cuenta los razonamientos y las reacciones de su auditorio lo que hace sin duda alguna que la argumentación, se torne necesariamente, en un dialogo entre el orador y el auditorio.
Entramos pues en el campo de la dialéctica, en el cual, el objetivo del orador consiste en que su argumentación logre la aprobación del auditorio. No se trata de lograr la adhesión definitiva del auditorio, sino la adhesión de esa persona, particular, a la que no le debe quedar más remedio que rendirse ante la argumentación del orador puesto