• No se han encontrado resultados

FOLKLORE EN GESTACIÓN

In document Pasaporte a Magonia (página 50-57)

CAPÍTULO III LA COMUNIDAD SECRETA

FOLKLORE EN GESTACIÓN

Por interesante que pueda ser perderse en cábalas y conjetu- ras acerca del origen de estas antiguas creencias, la oportunidad de observar folklore «en gestación» aún resulta más atractiva para los que se sienten inclinados hacia la investigación. Cuando vemos que los rumores modernos parecen conformarse según el mismo patrón que ha intrigado a generaciones de científicos, teólogos y profesores de literatura, la sensación que se experimenta consti- tuye una mezcla de gratitud y entusiasmo. Cuando el teléfono sue- na en la Base Aérea de Wright-Patterson y un oficial de informa- ción local comunica la observación de un automovilista que acaba de sufrir una «pasada» de lo que él describe como un platillo vo- lante, en realidad somos testigos de una conjunción verdadera- mente única del mundo moderno, con su tecnología, y de anti- guos terrores dotados con todo el poder de su naturaleza repen- tina, fugaz e irracional. ¡Qué posición tan privilegiada la nuestra! Ni Wentz ni Hartland pudieron entrevistar a los individuos que acababan de presenciar el fenómeno que ellos estudiaban. Casi todos sus interlocutores hablaban de épocas pretéritas, de con- sejas oídas al amor de la lumbre. En cambio, nosotros tenemos la sensación de que, a poco que nos esforzásemos, podríamos aga- rrar en plena noche a esos escurridizos seres. Vamos pisándoles los talones; la atmósfera aún vibra de excitación, y el olor de azufre aún flota en el aire cuando registramos la historia.

Tomemos, por ejemplo, el relato del coronel de Aviación27 que iba en su coche por una solitaria carretera de Illinois, de noche,

100 JACQUES VALLEE

cuando advirtió que un extraño objeto sobrevolaba el vehículo. Según dijo, parecía un pájaro, pero del tamaño de un pequeño avión. Después se alejó moviendo las alas. Ésta es la clase de his- toria terrorífica que las adolescentes cuentan a veces a sus ma- mas cuando vuelven tarde a casa y un poco nerviosas. Pero, ¿un coronel de Aviación?

Durante los meses de noviembre y diciembre de 1966, en Vir- ginia Occidental se hicieron docenas de observaciones de un «pá- jaro» semejante, que algunos periodistas imaginativos bautizaron con él nombre de «The Mothman» (el hombre polilla). Un testi- go, el joven de veinticinco años Thomas Ury, que vivía en Clarks- burg, se encontró con este ser a las siete y cuarto de la mañana del 25 de noviembre, en las cercanías de un lugar llamado iróni- camente Point Pleasant. Lo describió como un enorme objeto gris que se levantó de un campo vecino. «Subió como un helicóptero y viró hasta colocarse encima de mi coche», dijo a John Keel, que pasó muchos días en la comarca investigando los informes2 8. El joven aceleró su automóvil hasta 120 km por hora, pero el «pájaro» continuaba volando sobre el vehículo y dando además grandes vueltas a su alrededor. Parecía tener casi dos metros de largo, y sus alas una envergadura próxima a los tres metros. Se- gún otros testigos citados por Keel, la figura poseía unos enor- mes ojos rojos, redondos y brillantes.

El 11 de enero de 1967, Mrs. McDaniel vio al «pájaro» en pleno día. Ella se encontraba fuera de su casa cuando observó lo que de momento tomó por una avioneta que volaba siguiendo la carretera, rozando casi las copas de los árboles. Cuando se acercó más, se percató de que era un objeto de forma humana provisto de alas. Dio una pasada a baja altura sobre su cabeza y después, antes de perderse de vista, describió un círculo alre- dedor de un restaurante próximo.

Mrs. McDaniel, que trabaja en la Oficina de Colocación de Point Pleasant, es muy conocida en esta población y considerada persona prudente y responsable. Pasemos a examinar ahora este otro in- forme:

El intruso era alto, delgado y fuerte. Tenía una nariz pro- minente y unos dedos huesudos de un enorme vigor, que pare- cían garras. Su agilidad era increíble. Llevaba una capa larga y holgada, como las que se ponen los que van a la ópera, los soldados y los cómicos de la legua. Se cubría con un yelmo alto y de aspecto metálico. Bajo la capa se vislumbraban unas ves-

tiduras de un material reluciente, como hule o cota de malla. Llevaba una lámpara sujeta al pecho. Pero el detalle más sin- gular era éste: las orejas del personaje estaban recortadas o eran puntiagudas como las de un animal.

P A S A P O R T E A MAGONIA 101

¿Se trataba de un guasón disfrazado de Barman? Parece muy posible. Especialmente teniendo en cuenta que el «pájaro» llevaba algo a la espalda y daba saltos increíbles —en una ocasión inclu- so llegó a volar— sobre las cabezas de quienes pretendían captu- rarlo. Esta explicación sólo tiene un inconveniente: el episodio que acabamos de reseñar no tuvo lugar en Virginia Occidental y en 1966, sino en los oscuros callejones de un suburbio londinense y en noviembre de 1837. Como ocurrió con el Mothman de Point Pleasant, el misterioso hombre volante de Londres fue ignorado el mayor tiempo posible por las autoridades de la época. Hasta que, un día, un vecino de Peckham escribió una carta al Lord Mayor de Londres, y fue imposible seguir manteniendo la censura. Todas las noches, patrullas a caballo recorrieron los campos de las afueras; el almirante Codrington ofreció una recompensa (que aún nadie ha reclamado), y J. Vyner, en un notable artículo sobre este misterioso caso2 9, dice que hasta «el viejo duque de Welling- ton colgó unas fundas de pistola en la silla de su caballo y salió después de anochecer en busca de Springheel Jack». *

El 20 de febrero de 1838, una joven de dieciocho años llamada Jane Alsop, de OLd Ford, lugar que se encuentra cerca de Bow, en Londres, oyó agitarse violentamente la campanilla de la puerta. Salió a abrir y se dio de manos a boca con Springheel Jack, bajo su «más horrible aspecto». Iba cubierto con brillantes vestiduras y una lámpara centelleaba en su pecho. ¡Sus ojos parecían dos bolas de fuego! Miss Alsop lanzó un grito de terror y el intruso la asió por el brazo con dedos que se hundieron en su carne como garras, pero la hermana de la muchacha corrió en su ayuda. El visitante arrojó entonces una bocanada de un gas abrasador al rostro de Jane, y la joven cayó desmayada. Acto seguido Jack em- prendió la huida, perdiendo su capa, que fue recogida inmediata- mente por una sombra que corría tras él.

Aunque esto no se reveló hasta después que los periódicos contaron bajo grandes titulares el incidente de Oíd Ford, dos días antes, una tal Miss Scales de Limehouse, se hallaba pasean- do por Green Dragon Alley. La callejuela era un simple pasaje muy mal alumbrado situado junto a una casa pública, cuando Miss Scales vio a una alta figura agazapada entre las sombras; entonces titubeó y decidió esperar a su hermana, que venía algo retrasada.

La hermana, que describió al desconocido diciendo que era «alto, delgado y (precisamente) de porte caballeresco», llegó a tiempo de ver como éste abría su holgada capa y enfocaba la luz de la linterna hacia la asustada joven. Ésta ni siquiera tuvo * L i t e r a l m e n t e : « J u a n i t a e l d e M u e l l e s e n los T a l o n e s » , q u e p o d r í a m o s tradu- c i r p o r « J a c k el S a l t a r í n , o el B r i n c a d o r » . N. del T.

tiempo de gritar; la espectral llama azul de Jack dio de lleno en el rostro de su víctima, que cayó al suelo desvanecida. Después, Jack se alejó caminando tranquilamente.

Vyner apunta la posibilidad de que Jack tuviese una cita en Green Dragón Alley y quisiera librarse de importunos. Una semana después del incidente de Oíd Ford, el extraño personaje llamó a la puerta de Mr. Ashworth, que vivía en Turner Street, y preguntó por él. El criado que le abrió llenó la casa con sus alaridos. Jack emprendió la huida y nunca más volvió a vérsele, por lo menos en Londres. ¿Había establecido un contacto? Resulta bastante sin- gular, observa Vyner, que Springheel Jack hubiese efectuado dos visitas con dos días de intervalo a unas casas que estaban a poco más de un kilómetro una de otra y cuyos moradores se llamaban Alsop y Ashworth, respectivamente. De los principales testigos, dos eran mujeres jóvenes, como en Virginia Occidental, acom- pañadas en ambos casos por sus hermanas. Esto parece obedecer a una norma. Pero —y esto también es típico— de nuevo se trata de una norma absurda.

En 1877, Jack fue vuelto a ver en Inglaterra, esta vez en Al- dershot, en el Hampshire. Vestía un traje muy ajustado y se to- caba con un yelmo resplandeciente. En esta ocasión voló sobre dos centinelas, que abrieron fuego contra él. Él replicó con una llama- rada azul, que dejó a los soldados aturdidos, y después desapare- ció. Vyner cree que hay que atribuir también a Jack el pánico que, a finales de agosto de 1944, cundió en la población norteameri- cana de Mattoon, en Illinois. Se le vio de noche atisbando por las ventanas, «como si buscase a alguien que conociese de vista». La mayoría de los testigos pertenecían al sexo femenino; algunas declararon que se habían desmayado cuando el visitante las apuntó con un aparato. Después de su paso quedaba en el aire un extraño olor dulzón.

En la primavera de 1960, un joyero italiano, Salvatore Cianci, recorría en automóvil una carretera de Sicilia próxima a Siracu- sa, cuando un pequeño personaje vestido con ropas brillantes y con la cabeza cubierta por un casco de buzo apareció a la luz de los faros. En vez de brazos, tenía unas «alitas». El signor Cianci sufrió un ataque de nervios.

El sábado 16 de noviembre de 1963, cuatro adolescentes se hallaban paseando cerca de Sandling Park, no muy lejos de Hythe, en el condado inglés de Kent. Uno de los cuatro, un muchacho de diecisiete años llamado John Flaxton, cuenta que un objeto que primero tomaron por una estrella les dio un susto:

«Era algo espeluznante. La luz rojo amarillenta bajaba del cielo con un ángulo de sesenta grados. Cuando se acercó a tie- rra pareció flotar con más lentitud.»

Una brillante luz dorada surgió de pronto en el campo, cerca de donde ellos estaban, cuando el primer objeto se ocultó detrás de unos árboles:

«Estaba a unos ochenta metros de distancia, y parecía flotar a tres metros sobre el suelo. Hubiera dicho que se movía con nosotros, parándose cuando nosotros nos parábamos, como si estuviese observándonos. La luz era ovalada y tenia de cuatro cincuenta a seis metros de diámetro, con un núcleo sólido y brillante.

«Desapareció detrás de unos árboles y pocos segundos des- pués vimos salir a una figura oscura. Era completamente negra, de la estatura de un hombre, pero sin cabeza. Una extraña carac- terística de aquel ser, que vino caminando pesadamente hacia nosotros, era que parecía tener unas gigantescas alas de mur- ciélago. Por supuesto, no nos quedamos para averiguar qué era.»30

Folklore en gestación... De los farfadets hemos pasado a los tiempos modernos, con Springheel Jack y el Mothman. Y hemos visto precisarse el arsenal de nuestros visitantes. La linterna y la pistola de rayos de Jack han sobrevivido en los cuentos mo- dernos, en las historietas del siglo xx y en los seriales de la tele- visión. Pero el verdadero problema estriba en saber si todo esto puede ser o no real. Si no puede serlo, ¿cómo podemos explicar la coherencia que presentan estos relatos, en una época en que aún no se conocían los comics ni la televisión?

El pintor italiano R. L. Johannis vivió un extraordinario su- ceso en 1947, en una época en que el nombre de «platillo volan- te» ya empezaba a ser popular en los Estados Unidos, pero en que la abundantísima documentación actual sobre aterrizaje era por completo inexistente. La fecha, según recuerda el testigo, fue el 14 de agosto. Hacía alpinismo solo, siguiendo un arroyuelo que discurría por la región montañosa que separa Italia y Yugoslavia. De pronto, vio entre unas rocas un gran objeto lenticular, de color rojo brillante y unos diez metros de diámetro. Junto a él distin- guió a dos seres, que de momento tomó por «niños» hasta que com- prendió que eran enanos... distintos a todos cuantos había visto.

Los dos seres no alcanzaban un metro de estatura y tenían la cabeza más voluminosa que la de un hombre. No mostraban ca- bellos, cejas ni pestañas. Su rostro era de color verdoso, tenían la nariz recta, y la boca reducida a una ancha hendidura, que,

104 JACQUES VALLEE

junto con sus ojos enormes, saltones y redondos, de color verde amarillento, les confería aspecto de pescado. La piel que rodeaba sus ojos formaba anillos en vez de párpados.

Cuando Johannis se movió, uno de los dos seres se llevó la mano al cinto. Inmediatamente, del centro de éste surgió algo así como un rayo y una nubecilla de vapor. Johannis experimentó lo que él describe como una descarga eléctrica y cayó a tierra, sin- tiéndose muy débil e incapaz de moverse. Tuvo que apelar a todas sus fuerzas para volver la cabeza y observar a los dos seres, cuan- do éstos se alejaron. Un instante después ya habían desaparecido 31. En 1965 se comunicó un caso muy parecido al de Johannis al Ministerio del Aire norteamericano, e intentamos vanamente que el proyecto Blue Book lo investigase. Finalmente, el caso se pasó «bajo mano», y por sugerencia mía, a un grupo civil, que realizó un rápido y cuidadoso estudio de la declaración hecha por el único testigo, un tal Mr. S. Los detalles de su declaración se en- cuentran en una excelente obra publicada por los fundadores de esta agrupación civil, el matrimonio Lorenzen32, por lo que no es necesario comentar aquí todas las circunstancias que rodearon esta observación. No obstante, vale la pena hacer algunas obser- vaciones acerca de este caso (que los Lorenzen calificaron de «el informe más espectacular que hemos examinado»).

El incidente tuvo lugar el 4 de setiembre de 1964, en las mon- tañas del norte de California, a unos trece kilómetros de Cisco Grove. Mr. S. había estado cazando hasta el momento en que se distanció de sus compañeros y se extravió. Como caía la noche, encendió algunos fuegos para señalar su posición.

No tardó en observar una luz en el cielo, que tomó por un helicóptero que había salido en su busca. Cuando se detuvo y se cernió en silencio a corta distancia, se dio cuenta de que era un objeto insólito y decidió trepar a un corpulento árbol para ob- servar mejor la situación. La luz dio una vuelta alrededor del árbol, S. vio un destello y un objeto negro cayó al suelo. Al ins- tante siguiente observó que una figura se abría paso entre la es- pesura hacia él y otra hacía lo propio, procedente de un punto algo separado. Ambas figuras se acercaron al árbol y le miraron. El testigo calcula que tenían algo más de metro y medio de esta- tura, y vestían un uniforme plateado que les cubría también la cabeza. Después apareció un tercer ser, cuyo comportamiento era más propio de un robot mecánico que de un animal o un hombre. Era oscuro y tenía dos «ojos» rojo anaranjados. En vez de boca, mostraba una ranura horizontal que «caía», abriéndose como la puerta de un horno.

Durante los instantes en que S. no perdió el conocimiento, los misteriosos seres apelaron a diversos medios para hacerle caer

PASAPORTE A MAGONIA 105

del árbol. Él consiguió mantenerlos a raya tirándoles pedacitos encendidos de papel y ropa, que, al parecer, consiguieron asus- tarles. El arma principal que estos seres emplearon contra S. fue curiosísima. Si hemos de creer su informe, el «robot» dejaba caer su «mandíbula» inferior, metía entonces su «mano» dentro de la cavidad rectangular así formada, y entonces emitía una bocanada de humo hacia el protagonista de esta extraña historia. El humo ascendía como una niebla, y, al alcanzarle, le hacía perder el cono- cimiento por algún tiempo. El efecto que producía, afirmó S., era comparable al de una súbita privación de oxígeno.

Se hace un poco difícil creer tan fantástico relato. ¿Por qué los extraños seres no podían trepar al árbol? Admitiendo que sa- lieran de un platillo volante, ¿qué les impedía elevarse hasta su refugio? Pero también resulta difícil demostrar que únicamente se trató de una pesadilla. El testigo no es un hombre dado a esta clase de fantasías, y cuando, al amanecer, despertó en lo alto del árbol, al que aún seguía atado con su cinturón, todos los ob- jetos que había arrojado en su intento por librarse de sus perse- guidores aún estaban esparcidos por el suelo. Además, tenemos la descripción del extraño gas de efectos tan fulminantes y que desempeña un papel tan importante en esta historia, lo mismo que en los incidentes que se atribuyen a Springheel Jack, el caso Johannis y el de Sonny Desvergers, acaecido en agosto de 1952.

Según el informe que redactó el capitán Ruppelt, en el que resume sus investigaciones en Florida el tal Desvergers, un jefe de boy-scouts que se metió en un bosque para investigar una extraña luz y terminó enfrentándose, según aseguró, con un ser horrible que le miraba desde la torreta de una máquina volante distinta a todo cuanto había visto, se encontró respirando el mis- mo gas desconocido.

Paralizado de terror, vio que una pequeña bola de fuego rojo se aproximaba a él. Al caer, emitió una bruma igualmente roja. Soltando la lámpara y el machete, Desvergers se cubrió la cara con ambas manos y se desvaneció cuando le envolvió la nube. Esto se halla confirmado por el memorándum que redactó Ruppelt con fecha 12 de setiembre de 1952, a su regreso de West Palm Beach, y que nunca ha sido dado a la publicidad. El capitán Ruppelt y el teniente R. M. Olsson iniciaron una encuesta confe- renciando con el capitán Corney, oficial de Información del Ala 1707 de la Base Aérea. Esta reunión se celebró la mañana del 9 de setiembre.

Celebramos una conferencia con el capitán Corney a fin de determinar si en este caso se habían producido hechos poste-

riores que hubiesen escapado al conocimiento de los dos ofi- ciales del ATIC. El capitán Corney declaró que, por lo que él sabía, no había ocurrido nada notable. Se le preguntó acerca de la veracidad que había en las supuestas llamadas telefónicas de amenaza que Mr. Desvergers había recibido. Contestó que Des- vergers le había llamado aproximadamente hacía quince días para decirle que había estado recibiendo llamadas telefónicas anó- nimas de amenaza mientras trabajaba en la empresa donde es- taba empleado. El anónimo comunicante le decía a Desvergers que desmintiese su relato, pues si no lo hiciese, esto le traería malas consecuencias.

La verdad es que no se prestó mucha atención a estas afirma- ciones, y Ruppelt continuó su encuesta entrevistando a personas que conocían al jefe de boy-scouts, y especialmente a los explo- radores que se encontraban con él en el coche cuando decidió aden- trarse en el bosque:

Ordenó a los muchachos que fuesen a buscar ayuda si él no

In document Pasaporte a Magonia (página 50-57)