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LA MENTIRA EN ACCIÓN

In document Pasaporte a Magonia (página 87-91)

CAPÍTULO III LA COMUNIDAD SECRETA

LA MENTIRA EN ACCIÓN

¿Qué significado tiene todo esto? ¿Es razonable establecer un paralelo entre apariciones religiosas, la fe en las hadas, los infor- mes acerca de enanos dotados de poderes sobrenaturales, las ob- servaciones de la nave aérea que sobrevoló los Estados Unidos el siglo pasado, y los actuales casos de aterrizajes de OVNIS?

Yo afirmaría vivamente que lo es... por una sencilla razón: los mecanismos que han originado estas diversas creencias son idénticos. Su contexto humano y su efecto sobre los seres huma- nos son constantes. Y de ello deduzco, como conclusión, que la

observación de este profundísimo mecanismo tiene una impor- tancia capital. Apenas tiene nada que ver con el problema de saber si los OVNIS son o no son objetos físicos. Tratar de entender el significado, el propósito de los platillos volantes, como tantos in- tentan hoy, es algo tan fútil como lo fue en su tiempo la persecu- ción de las hadas, si se comete el error de confundir apariencia y realidad. El fenómeno posee unas características estables e in- variables, algunas de las cuales hemos tratado de identificar y clasificar claramente. Pero también hemos tenido que observar cui- dadosamente el carácter camaleónico que revisten las caracterís- ticas secundarias de las observaciones: la forma de los objetos, el aspecto de sus ocupantes, sus supuestas declaraciones, varían en función del medio ambiente cultural sobre el que se proyectan.

Bajo este aspecto, los relatos sobre la nave aérea tienen una especial importancia. Como hemos visto, un buen número de per- sonajes barbudos aterrizaron, en 1897, en el Midwest y otros pun- tos de la Unión para pedir agua de un pozo, sulfuro de cobre u otras chucherías. Las historias que contaban eran dignas de cré- dito, aunque algo asombrosas, para los sencillos labriegos norte- americanos de la época. En cuanto a la propia nave, correspondía a la idea popular de un complicado artefacto volador: tenía rue- das, turbinas, alas y potentes faros. Sólo hay un detalle del que no nos hemos ocupado: el hecho de que si bien la nave aérea podía ser digna de crédito para los testigos de 1897, para nosotros ya resulta increíble. Sabemos muy bien que el armatoste que aquéllos describen posiblemente no hubiera podido volar, a me- nos que su apariencia exterior tuviese por fin engañar a los posi- bles testigos. Pero, de ser así, ¿por qué lo hicieron? ¿Y qué era esta nave? ¿Cuál era su finalidad?

Quizá la nave aérea, como las tretas de las hadas y los pla- tillos volantes, no fuese más que una mentira, tan bien urdida que la imagen que proyectaba en la consciencia humana pudiese hundirse profundamente en ella para quedar después olvidada..., como quedan olvidados los aterrizajes de OVNIS, o la aparición de seres sobrenaturales en la Edad Media. Pero, ¿quedaron olvi- dados en realidad?

Las acciones humanas se basan en la imaginación, la creen- cia y la fe, no en la observación objetiva..., como los expertos en cuestiones militares y políticas saben muy bien. Incluso la cien- cia, que pretende que sus métodos y teorías se desarrollan de una manera racional, está conformada en realidad por la emoción y la fantasía, o por el miedo. Y quien controla la imaginación humana podrá conformar el destino colectivo de la Humanidad, a condición de que el origen de este control no pueda ser identifi- cado por el público. Y la verdad es que uno de los objetivos que

se propone la política de cualquier Gobierno es preparar al pú- blico con vistas a cambios inevitables o para estimular su acti- vidad en la dirección más deseable.

Así, los soviéticos han empleado hábilmente los servicios de escritores de cienciaficción para crear entre los jóvenes el estado de ánimo necesario para que éstos apoyen su aventura espacial. En el mundo occidental, el control que se ejerce sobre nuestra imaginación es más difuso, y son varios quienes compiten por mo- nopolizarlo. Pero resulta significativo que tanto los Servicios de Información como las compañías publicitarias demuestren un in- terés tan alto por el folklore. No hay que acudir únicamente a Batman y a Jolly Green Giant para encontrar ejemplos de expe- rimentos realizados en este sentido; la guerra de Vietnam ha per- mitido ver maneras parecidas de apelar a la imaginación de las gentes mediante el uso de supersticiones locales. Un caso extremo está representado por las recientes discusiones sostenidas en el Congreso de los Estados Unidos acerca de la conveniencia de rea- lizar experimentos militares con la brujería en el África negra. *

Naturalmente, no pretendo decir con esto que el fenómeno OVNI sea el resultado de una argucia parecida. Pero sí afirmo que además de la cuestión de la naturaleza física de estos objetos deberíamos estudiar el problema, más profundo, de su impacto en nuestra imaginación y nuestra cultura. Sean lo que sean, son ya muchos los libros que se han escrito, vendido y leído sobre ellos. Es imposible predecir cómo el fenómeno OVNI afectará a la larga nuestras ideas sobre ciencia, sobre religión y sobre la exploración del espacio. Mas para quienes siguen atentamente esta situación, el fenómeno OVNI parece tener, ciertamente, un efecto real. Y un rasgo muy curioso de este mecanismo es que afecta por un igual a los «creyentes» y a los que se oponen a la realidad del fenómeno en un sentido físico.

Por el momento, la única afirmación positiva que podemos ha- cer, sin temor a contradecirnos, es la siguiente: es posible hacer creer a grandes sectores de la población en la existencia de razas sobrenaturales, en la posibilidad de máquinas voladoras, en la plu- ralidad de los mundos habitados, exponiéndolos a unas cuantas escenas cuidadosamente preparadas, cuyos detalles se adaptan a la. cultura y a las supersticiones de una época y un lugar deter- minados.

¿Podrían ser creaciones artificiales como las aludidas los en- cuentros con ocupantes de los OVNIS? Consideremos su carácter cambiante. En los Estados Unidos, se presentan como monstruos de cienciaficción. En Sudamérica, son sanguinarios y pendencie-

, * Hace un siglo, los franceses se valían de magos para impresionar a los Jefes africanos. N. del A.

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ros. En Francia, se portan como turistas racionales, cartesianos y amantes de la paz. El Buen Pueblo irlandés, si tenemos que creer a sus portavoces, era una «raza aristocrática», organizada al es- tilo de una orden religiosa y militar. Los pilotos de la nave aérea eran tipos muy individualistas, con los rasgos propios del granje- ro norteamericano.

Consideremos ahora el caso siguiente, que yo considero como el «aterrizaje perfecto». Sucedió el 23 de octubre de 1954 en un lugar próximo a Trípoli, en Libia. Alrededor de las tres de la madrugada, un agricultor italiano vio aterrizar un aparato volador a unas docenas de metros de donde él estaba. Su forma era la de un huevo tendido horizontalmente. La mitad superior del objeto era transparente y despedía una luz blanquísima; la parte inferior parecía ser metálica. La parte delantera tenía dos ventanillas la- terales; la central, una escalerilla exterior. La parte posterior mos- traba dos ruedas dispuestas verticalmente, una encima de otra, y dos tubos cilindricos que asomaban. Mientras descendía, el apa- rato hacía un ruido parecido al de un compresor «de los que se emplean para hinchar neumáticos de automóvil». El testigo no distinguió ninguna hélice. El fuselaje estaba rematado por dos antenas, colocadas una detrás de otra, y llevaba una especie de tren de aterrizaje con seis ruedas (dos pares en la parte delan- tera y un par en la trasera). La máquina tenía unos seis metros de largo por tres de ancho.

Su interior se hallaba ocupado por seis hombres vestidos con monos amarillentos y provistos de mascarillas antigás. Cuando uno de ellos se quitó la mascarilla para soplar por una especie de tubo, su cara era la de un ser humano normal.

Cuando el testigo se acercó al objeto y puso la mano en la escalerilla para trepar por ella, recibió una fuerte sacudida eléc- trica que lo tiró al suelo. Uno de los ocupantes le advirtió, por gestos, que se alejase del aparato. Otro ocupante sacó un volan- te, tirando de él, y después volvió a dejarlo donde estaba. Luego, pulsando un botón, hizo que una especie de media cubierta tapa- ra el volante. En el interior de la carlinga era visible una especie de aparato de radio, en el que no faltaban ni los hilos ni el ope- rador provisto de auriculares. Los seis pilotos se hallaban todos muy atareados ante sus tableros de instrumentos.

El incidente duró unos veinte minutos. Luego el objeto des- pegó en silencio y se elevó hasta unos cincuenta metros de altura, y a continuación partió hacia el Este a una velocidad vertiginosa. Las huellas dejadas en la tierra blanda por las ruedas del tren de aterrizaje fueron fotografiadas. Son parecidas a las que deja- rían unas cubiertas normales de caucho. Su longitud era sólo de medio metro.

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Si fuese posible hacer hologramas tridimensionales provistos de masa y proyectarlos a través del tiempo, yo diría que esto es lo que vio el testigo. Y con esta teoría podríamos explicar tam- bién muchas apariciones: en numerosos casos de OVNIS y en al- gunos milagros religiosos, los seres aparecieron como imágenes tridimensionales cuyos pies no tocaban el suelo. Pero, ¿cómo se explican las demás acciones físicas, como las descargas eléctricas? Al leer el relato del caso de aterrizaje libio, resulta tentador suponer que el testigo, en vez de presenciar por pura casualidad las maniobras de unos visitantes interplanetarios, fue expuesto de- liberadamente a una escena destinada a ser recordada por él y transmitida a nosotros. De ahí las mascarillas antigás, los table- ros de instrumentos y el equipo de radio... en el que ni faltaban los hilos.

Otro tanto puede decirse del siguiente caso italiano, que tuvo lugar el 24 de abril de 1950 en un lugar próximo a Varese, llama- do Abbiate Guazzone:

A las diez de la noche, Bruno Facchini oyó y vio unas chispas que atribuyó a una tempestad, pero no tardó en percibir a dos- cientos metros de su casa, una masa oscura suspendida entre un poste y un árbol. Un hombre que llevaba vestiduras muy ajustadas y que cubría su cabeza con un casco parecía estar efectuando reparaciones. Había otras tres figuras afanándose alrededor del enorme aparato. Terminada esta tarea, se cerró una escotilla por la que había estado saliendo luz y el objeto despegó. El testigo observó también los siguientes detalles: el objeto emitía un ruido parecido al de una gigantesca colmena, y, a su alrededor, el aire parecía extrañamente cálido. Dos de los hombres estaban de pie en el suelo junto a una escalerilla; el tercero se encontraba sobre un ascensor telescópico, cuya base tocaba el suelo, y sostenía algo junto a un grupo de tuberías: era esto lo que producía las chispas vistas por Facchini. Los hombres medían aproximadamente 1,75 m. y vestían escafan- dras grises con un visor ovalado y transparente frente a la cara, que quedaba oculta tras una máscara gris. De la porción delan- tera de estas máscaras surgía un tubo flexible a nivel de la boca. Llevaban también auriculares. Dentro del aparato podían verse varias botellas parecidas a las de oxigeno y numerosas esferas. Cuando Facchini se ofreció para ayudarles, los hombres habla- ron entre ellos emitiendo sonidos guturales, y uno tomó una es- pecie de cámara que llevaba colgada al cuello y proyectó un rayo de luz sobre Facchini, que salió despedido a varios metros. Cuando trató de levantarse, una ráfaga de aire lo tiró de nuevo al suelo. Después dejaron de hacerle caso, mientras recogían el ascensor y lo metían en el interior del aparato, que acto segui- do despegó.

Después de una noche de insomio, Facchini regresó al lugar y encontró algunos fragmentos de metal procedente de la ope- ración de soldadura, con cuatro huellas circulares y zonas con la hierba chamuscada. Tardó diez días en revelar esta observa- ción, cuando su médico lo examinó a causa de sus contusiones y magulladuras resultado de su caída, aconsejándole que avisa- se a la Policía. Los técnicos del Ministerio de Defensa que exa- minaron los trozos de metal comprobaron que éstos consistían en un «material antifricción muy resistente al calor». El inci- dente tuvo otros testigos, que declararon privadamente. ¿Había sido expuesto deliberadamente el signor Facchini a una falsa aparición de «hombres del espacio»?

¿Cuál podría ser el propósito de un fraude tan complicado y de alcance mundial? ¿Quién puede permitirse el lujo de tramar un plan tan complejo, para obtener un resultado aparente tan menguado? ¿Hay que atribuir únicamente a la imaginación hu- mana la creación de estas visiones? ¿O debemos sustentar la hipó- tesis de que una especie avanzada de algún lugar del Universo y de algún tiempo futuro nos ha estado ofreciendo óperas espacia- les en tres dimensiones durante los últimos dos mil años, con el propósito de guiar nuestra civilización? ¡De ser así, ciertamente no se han hecho acreedores a nuestras felicitaciones!

¿Y si en realidad nos enfrentásemos con un universo paralelo, habitado por razas humanas, y al que podemos ir a nuestras ex- pensas, mas para no regresar jamás al presente? ¿Y si estas razas fuesen únicamente semihumanas, por lo que a fin de mantener contacto con nosotros necesitasen efectuar cruzamientos con hom- bres y mujeres de nuestro planeta? ¿Será éste el origen de los numerosos cuentos y leyendas en los que la genética desempeña un papel preponderante: el simbolismo de la Virgen en el ocul- tismo y la religión, los cuentos de hadas en que aparecen coma- dronas humanas y niños trocados, las alusiones sexuales de algu- nos informes sobre platillos volantes, el relato bíblico de la unión entre los hijos de Dios y las hijas de los hombres, cuya descenden- cia fueron los gigantes? ¿Hay objetos de ese misterioso universo que pueden materializarse y «desmaterializarse» a voluntad, y han sido proyectados hacia nosotros? ¿Y si las «ventanillas» de los OVNIS fuesen algo más que «objetos»? No hay nada que permita sustentar estos asertos, pero, sin embargo, a la vista de la conti- nuidad histórica del fenómeno, es difícil hallar otras alternativas, a menos que neguemos la realidad de todos estos hechos, como sin duda preferiría nuestra paz espiritual.

El problema no puede resolverse hoy. Si tanto deseamos creer en algo, en ese caso no tenemos más remedio que unirnos a uno cualquiera de los numerosos grupos de personas que lo saben todo

y tienen la «solución». Leamos los libros de Menzel o el Informe Condon12, esa obra maestra de impudor científico. O suscribámo- nos a las revistas que «demuestran» que los «platillos volantes son reales y provienen del espacio interplanetario». Yo no he escrito este libro para estas personas, sino para aquellas que han pasado ya por todo esto y han alcanzado un más alto y más claro nivel de percepción del significado total de ese tenue sueño subyacente bajo las numerosas pesadillas de la historia humana, para aque- llos que han descubierto, en su interior y en otros, las delicadas palancas de la imaginación y no temen experimentar con ellas.

CONJETURAS

Acaso parezca inútil perderse en conjeturas acerca de un fe- nómeno que, según todas las autoridades, sigue aún sin identi- ficar. Pero este libro ha demostrado que tal fenómeno ha dejado una clara serie de huellas en las creencias y actitudes de nuestros coetáneos, según un patrón no sólo identificable, sino que tiene, además, numerosos precedentes. De ahí que no sea necesariamen- te ocioso tratar de imaginar tests críticos, tanto sociológicos como físicos por su naturaleza, para determinar si hay o no hay un pro- pósito deliberado en el fenómeno que describen los testigos. Si la respuesta fuese afirmativa, ello no querría decir que el problema de deducir la identidad de la inteligencia que lo origina tenga que ser soluble. En consecuencia, esto último tendría que ser la base de cualquier futuro intento de interpretación teórica.

Cada vez que se presenta un conjunto de circunstancias insó- litas, es propio de la naturaleza de la mente humana analizarlo hasta descubrir, al nivel que sea, una constante racional. Pero es perfectamente admisible que la Naturaleza nos ofrezca unas cir- cunstancias tan profundamente organizadas, que nuestros errores lógicos y de observación oculten por completo la constante que hay que identificar. Esto no es nada nuevo para el científico. La historia de la ciencia consiste en un progreso dual: el refinamien- to de las técnicas de observación y el mejoramiento de los mé- todos analíticos. En cambio, la proposición de que el Universo pueda albergar a seres inteligentes dotados de tal organización que ningún modelo de ella pueda construirse basándonos en las ideas actualmente conocidas, es también teóricamente posible. En tal caso, el comportamiento de estos seres parecería necesariamen- te caprichoso o absurdo, o pasaría inadvertido, especialmente si poseyesen medios físicos de desaparecer a voluntad del campo de las percepciones humanas. Resulta interesante observar —aun- que esto no venga aquí muy a cuento—, que estas acciones físicas

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