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4 Precisando conceptos

4.2 Formas de reciprocidad generadoras de ayuda mutua

“Porque ningún hombre da sino con intención de hacerse a sí mismo un bien, ya que el don es voluntario y en todos los actos voluntarios

el objeto que persigue cada hombre es su propio bien. De esto se desprende que si los hombres advierten que serán frustrados

no habrá una benevolencia o una confianza iniciales, ni, por consiguiente, ayuda mutua”

Hobbes

Menéndez (1984a: 91) menciona a la reciprocidad como un elemento constituyente de la autoayuda que está presente en todas las sociedades.39 Este autor extrae de Gouldner unas reglas básicas de la reciprocidad que son tan útiles como sencillas:

“Específicamente, sostengo que la norma de la reciprocidad, en su forma universal, plantea dos exigencias mínimas relacionadas entre sí: 1) la gente debe ayudar a quien le ha ayudado, y 2) la gente no debe perjudicar a quien le ha ayudado” (Gouldner, 1979: 232).

Esta concepción se encuentra habitualmente codificada por la práctica cotidiana en la creencia de que “la gente habitualmente ayuda a quien la ayuda” (Ibid.: 236). Siguiendo todavía la argumentación de Gouldner, Menéndez (1984a: 91) subraya que la reciprocidad no implica incondicionalidad ni que se intercambie lo mismo, puesto que la reciprocidad puede no cumplirse o bien pueden intercambiarse elementos diferentes siempre y cuando tengan equivalencia. A partir de aquí introduce un matiz que resulta decisivo para perfilar una definición de la ayuda mutua:

“(...) la reciprocidad puede darse a partir de posiciones que implican asimetría, en las cuales de hecho tiende a desaparecer el otro elemento: la ayuda mutua. En consecuencia,

la reciprocidad sólo implica ayuda mutua cuando opera entre iguales o por lo menos entre equivalentes. Por lo tanto, reciprocidad y ayuda mutua establecen un nivel horizontal de relaciones que no está implicado en la reciprocidad por sí sola (Ibid.: 92)40

39

Obsérvese que Menéndez utiliza autoayuda como sinónimo de ayuda mutua. 40 Las cursivas son mías.

Aceptando la propuesta de Menéndez, la ayuda mutua puede definirse por la existencia de relaciones de reciprocidad entre iguales o, en todo caso, entre equivalentes, lo que ya implica identificar a unas formas concretas de reciprocidad como las únicas productoras de ayuda mutua. Por otra parte, según el mismo autor los GAM en salud constituyen una variante actual de la autoatención (Ibid.: 85). En consecuencia, las modalidades de reciprocidad productoras de ayuda mutua permiten analizar tanto el fenómeno estructural de la autoatención en salud en el ámbito doméstico y su red social cercana, como esta presentación contemporánea y extradoméstica de la misma que son los GAM. Pero lo más atractivo de este enfoque es la vinculación que establece entre estas formas actuales de la ayuda mutua con un universal cultural tan poderoso como la reciprocidad. A partir de las referencias anteriores es posible establecer unas primeras condiciones elementales que ha de cumplir la forma de reciprocidad capaz de generar ayuda mutua: horizontalidad en las posiciones relativas de los participantes y simetría en sus intercambios. La igualdad que fundamenta las relaciones horizontales no puede ser medida con indicadores objetivos, puesto que difícilmente encontraremos a dos individuos realmente iguales y mucho menos en un agrupamiento situado fuera del ámbito de las redes primarias, que es el caso habitual en un GAM. Cuando Menéndez (1984a: 92) señala que “la reciprocidad sólo implica ayuda mutua cuando opera entre iguales o por lo menos entre equivalentes”, hay que retener a éste último término como noción operativa. Ahora bien, establecer equivalencias entre individuos que no son realmente iguales conlleva transacciones que son posibles en un determinado contexto pero que quizás no lo sean en otro. Si en un contexto “primitivo” la equivalencia puede significar igualdad, de manera genérica pero seguramente válida, en nuestras sociedades hay que atenerse al campo concreto en el cual los actores pueden aparecer o no como equivalentes. Desarrollamos demasiados roles en paralelo y en muy diferentes medios como para poder definir igualdades o equivalencias que tengan validez en todas las situaciones. En un GAM la equivalencia puede ser construida por las personas afectadas a partir de sus percepciones y de sus vivencias relativas a la historia compartida de un mismo problema, para decirlo retomando la premisa tan felizmente expresada por Silverman.41

41Percepción y vivencia son conceptos que cubren campos diferentes de significación. En este caso sería más oportuno hablar de vivencias, ya que la equivalencia se construiríamás sobre la coincidencia en lo sentido que sobre percepciones propiamente dichas, que presuponen cierta externalidad del sujeto respecto a aquello que percibe. Véase esta sugerente distinción enValderrama (1995: 17).

Si la reciprocidad por sí sola no define a la ayuda mutua, la horizontalidad y la simetría aparecen como condiciones necesarias pero tampoco del todo suficientes. Para que la ayuda mutua sea efectiva ha de poder mantenerse a lo largo del tiempo, aunque esta temporalidad pueda ser muy variable en cada caso. De no ser así estaríamos pensando en prestaciones recíprocas puntuales que quedarían cerradas inmediatamente, siguiendo el modelo de la llamada reciprocidad equilibrada (Sahlins, 1983: 213).42 Mantener vivo el circuito de la ayuda a lo largo del tiempo es algo imprescindible para la autoatención en el ámbito doméstico-familiar, pero también es importante para un GAM que pretenda perdurar. Intercambiar ayudas depende de necesidades concretas en momentos concretos que no siempre son previsibles. Casi por definición, las situaciones que conllevan la demanda de ayuda entran en el capítulo de lo imprevisible. La situación es distinta, pongamos por caso, al intercambio de regalos a lo largo del año con fechas bien conocidas y previstas como las Navidades o los cumpleaños. Teniendo este factor en cuenta, debe añadirse un tercer elemento a la horizontalidad y simetría ya mencionadas: la posibilidad de devolución de la ayuda recibida sin estipulaciones de tiempo. Esto significa incorporar el concepto de reciprocidad generalizada definido por Sahlins (1983: 211-213). Este autor califica a la reciprocidad generalizada como el extremo solidario, atendiendo a su posición en el espectro de los diferentes tipos de reciprocidad que propone (Ibid.: 211).43 En la siguiente cita aparecen bien caracterizadas las implicaciones de la reciprocidad generalizada:

“El aspecto material de la transacción está reprimido por el social: el reconocimiento de las deudas importantes no puede ser expresado abiertamente y, por lo general, se lo deja de lado. Esto no significa que entregar cosas de esta manera, incluso a los ‘seres queridos’ no genere una contraobligación. Pero esa contraobligación no se estipula por tiempo, cantidad o calidad: la expectativa de reciprocidad es indefinida. (...) Un buen indicador pragmático de la reciprocidad generalizada es una corriente sostenida en una sola dirección. La falta de reciprocidad no hace que el que da algo deje de hacerlo; los bienes se mueven en una sola dirección, favoreciendo al que no tiene, durante un largo período” (Ibid.: 212)44

42 Sahlins considera a la reciprocidad equilibrada como más “económica” y menos “personal” que la modalidad denominada generalizada por él mismo.

43 El extremo solidario correspondería a lo que Malinowski denominó don puro y que aparece en la literatura etnográfica bajo etiquetas variadas como compartimiento, hospitalidad, don libre, ayuda, o generosidad, términos que adolecen de vaguedad o que remiten muy puntualmente a la situación en la que se aplican (Sahlins, 1983: 212). El extremo solidario que representa la reciprocidad generalizada se contrapone a la reciprocidad negativa (extremo insociable), mientras que el punto medio estaría representado por la reciprocidad equilibrada (Ibid.: 212-213).

La existencia de reciprocidad generalizada presupone unas relaciones estables constituidas por fuertes vínculos estructurales, emocionales y morales, cuyo mejor paradigma serían los lazos de parentesco. Esto permite que más allá de la contabilidad precisa de las donaciones y de las retribuciones, lo más importante sea la disposición a dar y a retribuir las deudas, que ha de ser simbólicamente manifestada de algún modo. Por otra parte, en los contextos en que la reciprocidad generalizada resulta más viable la horizontalidad entre las personas implicadas se da prácticamente por supuesta. Una horizontalidad que también presupone confianza, que es una precondición moral de la ayuda mutua (Salazar, 1995: 72). Para que todo esto sea posible en el caso de los GAM, la equivalencia definida a partir de la historia compartida de un mismo problema ha de sustituir a los factores estructurales.45

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