Uno de los objetivos centrales de la tortura es quebrar la resistencia de la per- sona detenida y obligarla a colaborar con sus torturadores. En muchos de los casos analizados forzar al detenido a dar nombres.
F.E.A. fue detenido en 1970 y 1975. Estuvo cinco días en comisaría, du- rante los cuales sufrió malos tratos. Sobre todo recibió golpes y puñetazos. Según su testimonio, había policías con distinto comportamiento que “in- terpretaban los papeles del policía malo y el policía bueno”, para conseguir información y sobre todo que admitiese su participación en los hechos que habían tenido lugar en una iglesia. Finalmente, agotado y sufriendo por la
claustrofobia, firmó una declaración, en la cual admitía que había participado en la manifestación.
A diferencia de la primera vez, en 1975 le interrogaron tratando de obtener información y nombres de las personas que participaban en células políticas. Durante los interrogatorios tuvo que dar el nombre de algún compañero al que después le obligaron a ver detenido a través de una mirilla, motivo por el cual sufrió vejaciones por parte de la policía. Ante la Comisión relató que para él lo peor de toda la detención es el sentimiento de debilidad por haber dado los nombres de sus compañeros, en medio de la tortura.
Esa misma sensación y sufrimiento trasmitía L.Z.A. a la Comisión tras relatar su experiencia de haber “cantado” a un compañero que, tras ser detenido, le mostraban cómo le torturaban ante él. L.Z. fue detenido con 24 años en 1969 cuando colaboraba con algunos grupos nacionalistas pasando propaganda por los Pirineos, siendo detenido por agentes de la Gendarmería francesa que lo entregaron a la Guardia Civil. Fue llevado a Dantxarinea y desde allí a la comisaría de Pamplona, donde comenzaron los malos tratos. Fue golpeado repetidamente por todo su cuerpo, tanto con una porra como con listines de teléfono. Como consecuencia de los golpes, perdió el conocimiento y cuando despertó se encontró en la cárcel de Pamplona, pero tras dos días fue de nuevo llevado a la comisaría. En medio de la tortura, proporcionó el nombre de uno de los compañeros que había participado en el paso de la propaganda, que fue posteriormente detenido, por lo cual aún hoy se siente muy afectado. Como las declaraciones de L.Z.A. y de su compañero no coincidían, decidie- ron trasladarlo a la comisaría de San Sebastián, donde volvió a ser torturado repetidamente a lo largo de un mes, hasta que fue trasladado a la cárcel de Martutene, donde pasó nueve meses. Desde este centro posteriormente fue trasladado a la cárcel de Burgos.
En muchos casos las personas con militancia política o sindical resistieron a dichas acciones en base a sus propias convicciones o a su capacidad de resistencia. En otros, llevadas a situaciones límite, las personas hablaron o dieron datos ya fueran ciertos o no como una manera de tratar de acabar con la tortura sufrida. Frecuentemente la tortura conlleva enfrentar a la víctima con ese dilema dramático de hablar para tratar de acabar con el tormento o evitar hablar para proteger a otros o a sí mismo.
M.E. estuvo detenido durante tres días. Las torturas físicas se dieron sobre todo desde el momento de la detención hasta el día siguiente, tanto de día
como de noche. A consecuencia de las torturas finalmente dio un nombre y a partir de ahí los golpes se suavizaron, aunque eso fue lo que más le afectó psicológicamente. Dictamen M.E.
Amenazas y detención por relaciones afectivas
Varios casos recogidos por la Comisión se refieren a mujeres que fueron detenidas por sus vínculos afectivos, en un claro ejemplo de violencia es- pecífica contra las mujeres. También en esos casos sufrieron amenazas, humillaciones y otras formas de torturas. En uno de los casos el coman- dante mandó salir a todos y dejó sola a B. Pasados 15 minutos regresó y B. volvió a repetir que no sabía dónde estaba su novio. Entonces comenzaron las amenazas de nuevo, diciendo que no iba a salir en todo el estado de excepción. Durante los siguientes días apenas pudo dormir, el teniente la amenazaba constantemente, le ponía un arma en la cabeza y disparaba, aunque sin munición. Esos días estuvo en una habitación con un armario donde guardaban las armas y todas las noches entraban a cogerlas y a dejarlas después.
El día 8 de mayo escuchó durante todo el día los gemidos y lamentos de una persona a la que estaban torturando, probablemente en el mismo archivo donde ella. B. llegó a ingerir jabón en repetidas ocasiones con la intención de ponerse enferma para que la llevaran al hospital y poder salir de la co- misaría. Relató a la Comisión cómo escuchó comentarios entre la policía que hablaban de matar a los detenidos. El interrogatorio se centraba en el paradero de su novio, pero como ella no contaba nada, la amenazaron con cortarle el pelo; con que había ratas, llegando incluso a simular el ruido de estas tras encerrarla a oscuras en la habitación; con hacer daño a su familia, detener a su hermano pequeño y pegarle hasta que ella hablara; llevar a su padre que tenía unos 69 años y torturarle a ella delante de él... Amenazas que llegó a creer que podrían cumplir, lo que le causaba verdadera angustia. Pasados unos días fueron sus hermanas a verla. La policía advirtió a su fa- milia de que solo si le detenían al novio, dejarían en libertad a B. Tramaron incluso un plan, para que si su novio se pasaba por la casa de la familia, la familia avisara a la Guardia Civil y así proceder a detenerle. La familia decidió salir de la vivienda y no colaborar con la Guardia Civil.